martes, 9 de abril de 2019

14 DE ABRIL: DOMINGO DE RAMOS EN LA PASIÓN DEL SEÑOR



14 DE ABRIL

DOMINGO DE RAMOS

EN LA PASIÓN DEL SEÑOR

PALABRA PARA LA PROCESIÓN DE LOS RAMOS

Lucas: 19,28-40

“Jesús iba hacia Jerusalén, marchando a la cabeza. Al acercarse a Betfagé y Betania, junto al monte llamado de los Olivos, mandó a dos discípulos diciéndoles: “Id a la aldea de enfrente: al entrar encontraréis un borrico atado, que nadie ha montado todavía. Desatadlo y traedlo. Y si alguien os pregunta: “¿Por qué lo desatáis?”, contestadle: “El Señor lo necesita”. Ellos fueron y lo encontraron como les había dicho. Mientras desataban el borrico, los dueños les preguntaron: “¿Por qué desatáis el borrico?” Ellos contestaron: “El Señor lo necesita”. Se lo llevaron a Jesús, lo aparejaron con sus mantos, y le ayudaron a montar. Según iba avanzando, la gente alfombraba el camino con los mantos. Y cuando se acercaba ya la bajada del monte de los Olivos, la masa de los discípulos, entusiasmados, se pusieron a alabar a Dios a gritos por todos los milagros que habían visto, diciendo: “¡Bendito el que viene como rey, en nombre del Señor! Paz en el cielo y gloria en lo alto”. Algunos fariseos de entre la gente le dijeron: “Maestro, reprende a tus discípulos”. Él replicó: “Os digo, que si estos callan, gritarían las piedras”.

MISA DEL DÍA

1ª Lectura: Isaías; 50,4-7

No aparté mi rostro de los insultos,

y sé que no quedaré avergonzado.

Salmo 21:

Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?

2ª Lectura: Filipenses: 2,6-11

Cristo se humilló a sí mismo; por eso Dios lo exaltó.

PALABRA DEL DÍA

PASIÓN DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO

Lucas: 23,1-49

“El senado del pueblo, o sea, sumos sacerdotes y letrados, se levantaron y llevaron a Jesús a presencia de Pilato. Y se pusieron a acusarlo diciendo: “Hemos comprobado que este anda amotinando a nuestra nación, y oponiéndose a que se paguen tributos al César, y diciendo que él es el Mesías rey”. Pilato preguntó a Jesús: “¿Eres tú el rey de los judíos?”. Él le contestó: “Tú lo dices”. Pilato dijo a los sumos sacerdotes y a la turba: “No encuentro ninguna culpa en este hombre. Ellos insistían con más fuerza diciendo: “Solivianta al pueblo enseñando por toda Judea, desde Galilea hasta aquí”. Pilato, al oírlo, preguntó si era galileo; y al enterarse que era de la jurisdicción de Herodes, se lo remitió. Herodes estaba precisamente en Jerusalén por aquellos días. Herodes, al ver a Jesús, se puso muy contento; pues hacía bastante tiempo que quería verlo, porque oía hablar de él y esperaba verlo hacer algún milagro. Le hizo un interrogatorio bastante largo; pero él no le contestó ni palabra. Estaban allí los sumos sacerdotes y los letrados acusándolo con ahínco. Herodes, con su escolta, lo trató con desprecio y se burló de él; y, poniéndole una vestidura blanca, se lo remitió a Pilato. Aquel mismo día se hicieron amigos Herodes y Pilato, porque antes se llevaban muy mal. Pilato, convocando a los sumos sacerdotes, a las autoridades y al pueblo, les dijo: “Me habéis traído a este hombre, alegando que alborota al pueblo; y resulta que yo lo he interrogado delante de vosotros, y no he encontrado en este hombre ninguna de las culpas que le imputáis; ni Herodes tampoco, porque nos lo ha remitido: ya veis que nada digno de muerte se le ha probado. Así que le daré un escarmiento y lo soltaré. Por la fiesta tenía que soltarles a uno. Ellos vociferaron en masa diciendo: “¡Fuera ese! Suéltanos a Barrabás”. (A este lo habían metido en la cárcel por una revuelta acaecida en la ciudad y un homicidio). Pilato volvió a dirigirle la palabra con intención de soltar a Jesús. Pero ellos seguían gritando: “¡Crucifícalo, crucifícalo!”. Él les dijo por tercera vez: “Pues, ¿qué mal ha hecho este? No he encontrado en él ningún delito que merezca la muerte. Así es que le daré un escarmiento y lo soltaré”. Ellos se le echaban encima pidiendo a gritos que lo crucificara; e iba creciendo el griterío. Pilato decidió que se cumpliera su petición: soltó al que le pedían (al que habían metido en la cárcel por revuelta y homicidio), y a Jesús se lo entregó a su arbitrio. Mientras lo conducían, echaron mano de un cierto Simón de Cirene, que venía del campo, y le cargaron la cruz para que la llevase detrás de Jesús. Lo seguía un gran gentío del pueblo, y de mujeres que se daban golpes y lanzaban lamentos por él. Jesús se volvió hacia ellas y les dijo: “Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí, llorad por vosotros y por vuestros hijos, porque mirad que llegará el día en que dirán: “Dichosas las estériles y los vientres que no han dado a luz y los pechos que no han criado”. Entonces empezarán a decirles a los montes: “Desplomaos sobre mostros”! y a las colinas: “Sepultadnos”; porque si así tratan al leño verde, ¿qué pasará con el seco?. Conducían también a otros dos malhechores para ajusticiarlos con él. Y cuando llegaron al lugar llamado “La Calavera”, lo crucificaron allí, a él y a los malhechores, uno a la derecha y otro a la izquierda. Jesús decía: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”. Y se repartieron sus ropas echándolas a suerte. El pueblo estaba mirando. Las autoridades le hacían muecas diciendo: “A otros ha salvado; que se salve a sí mismo, si él es el Mesías de Dios, el elegido”. Se burlaban de él también los soldados, ofreciéndole vinagre y diciendo: “si eres tú el rey de los judíos, sálvate a ti mismo”. Había encima un letrero en escritura griega, latina y hebrea: ESTE ES EL REY DE LOS JUDÍOS. Uno de los malhechores crucificados lo insultaba diciendo: “¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros”. Pero el otro le increpaba: “¿Ni siquiera temes tú a Dios, estando en el mismo suplicio? Y lo nuestro es justo, porque recibimos el pago de lo que hicimos; en cambio, este no ha faltado en nada”. Y decía: “Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino”. Jesús le respondió: “Te lo aseguro: hoy estarás conmigo en el Paraíso”. Era ya eso de mediodía y vinieron las tinieblas sobre toda la región, hasta la media tarde; porque se escureció el sol. El velo del templo se rasgó  por medio. Y Jesús, clamando con voz potente, dijo: “Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu””. Y dicho esto, expiró. El centurión, al ver lo que pasaba, daba gloria a Dios diciendo: “realmente, este hombre era justo”. Toda la muchedumbre que había acudido a este espectáculo, habiendo visto lo que ocurría, se volvían dándose golpes de pecho. Todos sus conocidos se mantenían a distancia, y lo mismo las mujeres que lo habían seguido desde Galilea y que estaban mirando”.

Versión para Latinoamérica extraída de la Biblia del Pueblo de Dios

“Dejó en libertad al que ellos pedían, al que había sido encarcelado por sedición y homicidio, y a Jesús lo entregó al arbitrio de ellos.
Cuando lo llevaban, detuvieron a un tal Simón de Cirene, que volvía del campo, y lo cargaron con la cruz, para que la llevara detrás de Jesús.
Lo seguían muchos del pueblo y un buen número de mujeres, que se golpeaban el pecho y se lamentaban por él.
Pero Jesús, volviéndose hacia ellas, les dijo: "¡Hijas de Jerusalén!, no lloren por mí; lloren más bien por ustedes y por sus hijos.
Porque se acerca el tiempo en que se dirá: ¡Felices las estériles, felices los senos que no concibieron y los pechos que no amamantaron!
Entonces se dirá a las montañas: ¡Caigan sobre nosotros!, y a los cerros: ¡Sepúltennos!
Porque si así tratan a la leña verde, ¿qué será de la leña seca?".
Con él llevaban también a otros dos malhechores, para ser ejecutados.
Cuando llegaron al lugar llamado "del Cráneo", lo crucificaron junto con los malhechores, uno a su derecha y el otro a su izquierda.
Jesús decía: "Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen". Después se repartieron sus vestiduras, sorteándolas entre ellos.
El pueblo permanecía allí y miraba. Sus jefes, burlándose, decían: "Ha salvado a otros: ¡que se salve a sí mismo, si es el Mesías de Dios, el Elegido!".
También los soldados se burlaban de él y, acercándose para ofrecerle vinagre,
le decían: "Si eres el rey de los judíos, ¡sálvate a ti mismo!".
Sobre su cabeza había una inscripción: "Este es el rey de los judíos".
Uno de los malhechores crucificados lo insultaba, diciendo: "¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros".
Pero el otro lo increpaba, diciéndole: "¿No tienes temor de Dios, tú que sufres la misma pena que él?
Nosotros la sufrimos justamente, porque pagamos nuestras culpas, pero él no ha hecho nada malo".
Y decía: "Jesús, acuérdate de mí cuando vengas a establecer tu Reino".
El le respondió: "Yo te aseguro que hoy estarás conmigo en el Paraíso".
Era alrededor del mediodía. El sol se eclipsó y la oscuridad cubrió toda la tierra hasta las tres de la tarde.
El velo del Templo se rasgó por el medio.
Jesús, con un grito, exclamó: "Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu". Y diciendo esto, expiró.
Cuando el centurión vio lo que había pasado, alabó a Dios, exclamando: "Realmente este hombre era un justo".
Y la multitud que se había reunido para contemplar el espectáculo, al ver lo sucedido, regresaba golpeándose el pecho.
Todos sus amigos y las mujeres que lo habían acompañado desde Galilea permanecían a distancia, contemplando lo sucedido.
Llegó entonces un miembro del Consejo, llamado José, hombre recto y justo,
que había disentido con las decisiones y actitudes de los demás. Era de Arimatea, ciudad de Judea, y esperaba el Reino de Dios.
Fue a ver a Pilato para pedirle el cuerpo de Jesús.
Después de bajarlo de la cruz, lo envolvió en una sábana y lo colocó en un sepulcro cavado en la roca, donde nadie había sido sepultado.
Era el día de la Preparación, y ya comenzaba el sábado.
Las mujeres que habían venido de Galilea con Jesús siguieron a José, observaron el sepulcro y vieron cómo había sido sepultado.
Después regresaron y prepararon los bálsamos y perfumes, pero el sábado observaron el descanso que prescribía la Ley”.

REFLEXIÓN

LA PASIÓN SEGÚN LUCAS: EL EVANGELISTA DEL CICLO C.

Silencio ante Herodes (Lc 23,9)

Sólo Lucas nos recoge esta escena de la Pasión. Jesús fue llevado de Pilato a Herodes y de Herodes a Pilato. Era un juego de intereses y cobardías. Y resulta que, en el camino del uno y del otro, Jesús les reconcilió, “se hicieron amigos, pues antes estaban enemistados” (23,12).

Lo que más nos impresiona es el silencio de Jesús. Es un silencio muy elocuente, que se repite a lo largo de la Pasión, pero aquí es aún más significativo. Contrasta con “la palabrería” de Herodes. El rey es vano y superficial, Jesús es digno, auténtico. No quiere ser un bufón de la corte o una estrella para el espectáculo.

Un silencio lleno de dignidad y profundidad, no sólo en cuanto a palabras, sino en cuanto a signos. Podía haber hablado con señales, pero no quiso comprar su libertad ni con palabras ni con milagros. Hubiera sido como una broma al Espíritu que había recibido.

Consuelo de los que lloran (Lc 23,27-31)

Lucas recoge las lágrimas de estas buenas mujeres, que son la flor de la ternura, uno de los aspectos más luminosos de la Pasión. Son lágrimas de desconsuelo, lágrimas nada más, lágrimas de mujeres compasivas, pero son un reflejo de la parte sana del pueblo, una manifestación de los pequeños, de los pobres de Yahveh, de los que no tienen fuerza contra el poder, pero que agradan extraordinariamente a Dios. Estas lágrimas son muy valiosas, como las dos monedas de la viuda en el templo, como las lágrimas de todos los pobres y todas las víctimas.

Para Jesús no pasan inadvertidas. Olvidándose de su situación desesperada, agradece su compasión y las consuela. No lloréis por mí…

Palabras de perdón (Lc 23,34)

De la cruz otros evangelistas recogen el grito desgarrado del abandono. Lucas tres hermosas palabras, la primera de perdón. Mientras le crucificaban. Cristo está rezando al Padre y suplicando el perdón para sus verdugos, que “no saben lo que hacen”.

Necesitábamos esta palabra viva. Muchas veces nos había enseñado Jesús que perdonáramos y que amáramos a los enemigos. Nos parecía imposible. Ahora sabemos que sí, que se puede perdonar siempre, que se puede perdonar todo. Jesús es un maestro en el arte del perdón.

Promesas y esperanzas (Lc 23,42-43)

La segunda palabra recogida por Lucas en la cruz es una gran promesa a una buena persona y a un “buen ladrón”.

Este hombre tiene una vista extraordinaria, porque es capaz de ver en ese compañero de suplicios al verdadero Rey y Señor. Una fe muy hermosa. Este va a ser la última oveja perdida que Jesús recupera; con ella de la mano, o quizá sobre el hombro, se presentará al Padre.

El ladrón no se atrevía a pedir más que un recuerdo cuando llegue a su Reino. Jesús le promete eterna compañía y pronta liberación: ya, hoy mismo, cuando el día está acabando, estarás conmigo en el Paraíso, y allí ya no tendrás que robar, te bañarás en la abundancia de Dios.

El grito de la confianza (Lc 23,46)

Lucas nos explica el sentido del grito de Jesús al expirar. Era un grito de entrega total al Padre: “A tus manos encomiendo mi espíritu”, toda mi vida, en tus manos, Padre. En el momento decisivo de la muerte, un grito de confianza absoluta. La última palabra: Padre. Fue la primera: aquí estoy. Padre. Y es la última: A ti voy. Padre.

En algún momento de la Pasión y la cruz, Jesús sintió la duda y el abandono total y lo gritó. ¿Dónde estás, Dios mío? ¿Tiene algún sentido todo esto? Ahora al final, vuelve la luz, la paz, la presencia. Ahora sabe que no caerá en el vacío, que la muerte es fecunda. La victoria de la fe, del amor.

ENTRA EN TU INTERIOR

Escándalo y locura.

Los primeros cristianos lo sabían. Su fe en un Dios crucificado solo podía ser vista como un escándalo y una locura. ¿A quién se le ha ocurrido decir algo tan absurdo y horrendo de Dios? Nunca religión alguna se ha atrevido a confesar algo semejante.

Ciertamente, lo primero que todos descubrimos en el Crucificado del Gólgota, torturado injustamente hasta la muerte por las autoridades religiosas y el poder político, es la fuerza destructora del mal, la crueldad del odio y el fanatismo de la justicia. Pero ahí precisamente, en esa víctima inocente, los seguidores de Jesús vemos a Dios identificado con todas las víctimas de todos los tiempos.

Despojado de todo poder dominador, de toda belleza estética, de todo éxito político y toda aureola religiosa, Dios se nos revela, en lo más puro e insondable de su misterio, como amor y solo amor. Por eso padece con nosotros, sufre nuestros sufrimientos y muere nuestra muerte.

Este Dios crucificado no es el Dios poderoso y controlador, que trata de someter a sus hijos e hijas buscando siempre su gloria y honor. Es un Dios humilde y paciente, que respeta hasta el final nuestra libertad, aunque nosotros abusemos una y otra vez de su amor. Prefiere ser víctima de sus criaturas que verdugo suyo.

 Este Dios crucificado no es tampoco el Dios justiciero, resentido y vengativo que todavía sigue turbando la conciencia de no pocos creyentes. Dios no responde al mal con mal. “En Cristo está Dios, no tomando en cuenta las transgresiones de los hombres, sino reconciliando al mundo consigo” (2 Cor 5,19). Mientras nosotros hablamos de méritos, culpas o derechos adquiridos, Dios nos está acogiendo a todos con su amor insondable y su perdón.

Este Dios crucificado se revela hoy en todas las víctimas inocentes. Está en la cruz del Calvario y está en todas las cruces donde sufren y mueren los más inocentes: los niños hambrientos y no nacidos, las mujeres maltratadas, los torturados por los verdugos del poder, los explotados por nuestro bienestar, los olvidados por nuestra religión.

 Los cristianos seguimos celebrando al Dios crucificado, para no olvidar nunca el recuerdo de todos los crucificados. Es un escándalo y una locura. Sin embargo, para quienes seguimos a Jesús y creemos en el misterio redentor que se encierra en su muerte, es la fuerza que sostiene nuestra esperanza y nuestra lucha por un mundo más humano.

José Antonio Pagola

ORA EN TU INTERIOR

Estas realidades no son cosa del pasado. La Pasión y la Pascua se prolongan. Miramos al Cristo del siglo I y al Cristo del siglo XXI. La historia se repite, pero multiplicada por millones. “Masas dolientes y hambrientas a causa de la injusticia humana reclaman la victoria de la vida, la resurrección, la exaltación en el Reino de Dios, que está en marcha”.

Está en marcha. El triunfo se ha anticipado en Jesucristo, pero no se ha completado. Seguimos, no recordando, sino celebrando y viviendo el drama. Porque sí, “en esperanza fuimos salvados” (Rom 8,24).

Expliquemos el Evangelio a los niños

Imágenes de Paxi Velasco FANO



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jueves, 4 de abril de 2019

7 DE ABRIL: QUINTO DOMINGO DE CUARESMA (C)


“El que esté libre de pecado, que le tire la primera piedra…”

7 DE ABRIL

QUINTO DOMINGO DE CUARESMA

1ª Lectura: Isaías 43,16-21

Yo realizaré algo nuevo y daré de beber a mi pueblo.

Salmo 125

El Señor ha estado grande con nosotros, y estamos alegres.

2ª Lectura: Filipenses 3,8-14

Todo lo considero como basura,

con tal de asemejarme a Cristo en su muerte.

PALABRA DEL DÍA

Juan 8,1-11

“Jesús se retiró al monte de los Olivos. Al amanecer se presentó de nuevo en el templo, y todo el pueblo acudía a él, y, sentándose, les enseñaba. Los escribas y los fariseos le traen una mujer sorprendida en adulterio y, colocándola en medio, le dijeron: “Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. La ley de Moisés nos manda apedrear a las adúlteras; tú, ¿qué dices?”. Le preguntaban esto para comprometerlo y poder acusarlo. Pero Jesús, inclinándose, escribía con el dedo en el suelo. Como insistían en preguntarle, se incorporó y les dijo: “el que esté sin pecado, que le tire la primera piedra”. E inclinándose otra vez, siguió escribiendo. Ellos, al oírlo, se fueron escabullendo uno a uno, empezando por los más viejos. Y quedó solo Jesús, con la mujer, que seguía allí delante. Jesús se incorporó y le preguntó: “Mujer, ¿dónde están tus acusadores?; ¿ninguno te ha condenado?”. Ella contestó: “Ninguno, Señor”. Jesús dijo: “Tampoco yo te condeno. Anda y en adelante no peques más”.

Versión para Latinoamérica, extraída de la Biblia del Pueblo de Dios

“Jesús fue al monte de los Olivos.
Al amanecer volvió al Templo, y todo el pueblo acudía a él. Entonces se sentó y comenzó a enseñarles.
Los escribas y los fariseos le trajeron a una mujer que había sido sorprendida en adulterio y, poniéndola en medio de todos,
dijeron a Jesús: "Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio.
Moisés, en la Ley, nos ordenó apedrear a esta clase de mujeres. Y tú, ¿qué dices?".
Decían esto para ponerlo a prueba, a fin de poder acusarlo. Pero Jesús, inclinándose, comenzó a escribir en el suelo con el dedo.
Como insistían, se enderezó y les dijo: "El que no tenga pecado, que arroje la primera piedra".
E inclinándose nuevamente, siguió escribiendo en el suelo.
Al oír estas palabras, todos se retiraron, uno tras otro, comenzando por los más ancianos. Jesús quedó solo con la mujer, que permanecía allí,
e incorporándose, le preguntó: "Mujer, ¿dónde están tus acusadores? ¿Alguien te ha condenado?".
Ella le respondió: "Nadie, Señor". "Yo tampoco te condeno, le dijo Jesús. Vete, no peques más en adelante".

REFLEXIÓN

En la recta final ya de nuestro itinerario cuaresmal, las lecturas de hoy nos hablan de novedad, de renovación, de caminar adelante con esperanza. Es la alegría de la Pascua, de la vida nueva, que vislumbramos ya al final del camino. Muy apropiada en este sentido es la 1ª lectura, en la que el profeta Isaías anuncia el retorno del exilio: “No recordéis lo de antaño, no penséis en lo antiguo, mirad que realizo algo nuevo, ya está brotando, ¿no lo notáis?”. En medio del desierto y de la soledad, el Señor abrirá un camino, ríos en el yermo, para que avance y beba su pueblo. El salmo evoca también esta vida renovada: no es un sueño, es una realidad. Los llantos y las lágrimas se han convertido en alegría, gritos y risas. “El Señor ha estado grande con nosotros, y estamos alegres”. También nosotros avanzamos por un camino que a menudo comporta cruz, pero con la esperanza de la resurrección. Es el camino de Jesús, el camino de la muerte a la vida que también nosotros nos disponemos a compartir, incorporados a él.

Otra vez un evangelio, que nos habla de la misericordia de Dios. El estilo de Dios, bien representado en Jesús, es completamente distinto que el de los escribas y los fariseos. Para ellos, todo eran acusaciones, murmuraciones, rencores, insidias, legalismos, condenas… Por dos veces dice que Jesús se inclinó y escribía con el dedo en el suelo. Es una imagen significativa de la actitud de Jesús, que “pasa” de aquella gente, a los que ni quiere escuchar. Para Jesús, lo único importante es la persona: liberarla, perdonarla, salvarla. Jesús da la vuelta a los argumentos de los fariseos: “El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra”, Evidentemente, todos se fueron escabullendo, “empezando por los más viejos”. Los acusadores se han convertido en acusados.

Aquellos que condenaban a la mujer pecadora, los que la querían matar lapidándola, lo decían y lo querían hacer en nombre de la Ley de Moisés, o sea, en nombre de su fe, de su religión, en definitiva en nombre de Dios. Y este tema tiene una gran actualidad, ya que hoy en día seguimos viendo grupos extremistas, fanáticos que matan en nombre de Dios, en nombre de la religión que sea, en nombre de una pretendida justicia divina. Es evidente que esto no puede ser. Dios no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y que viva.
El texto del evangelio contrapone una vez más dos espíritus y dos actitudes: lo viejo y lo nuevo, la ley y el amor; o, como dice Pablo, “la justicia que viene de los hombres con la que viene de la fe de Cristo, la que viene de Dios…”.

Aparentemente Jesús está entre la espada y la pared. Se lo arrincona contra la ley para que opte ciegamente por ella condenando así a una mujer adúltera. “Debes elegir –se le dice- entre salvar la ley o salvar al pecador.” Jesús no duda un instante y opta por el hombre, así sea un hombre pecador y enfermo. El resto es fácil de comprender: los garabatos en la tierra, el desafío que ahora él mismo lanza a sus acusadores para que dejen correr la ley y apedreen, si así les place, a la mujer; la desbandada general de los “justos”, el silencio de la mujer.

El final es simple y tierno: una mujer pecadora “se levanta” y comienza a recorrer el camino de la libertad, libre de la ley y libre del pecado. Ya no caben dudas: lo nuevo está brotando…

Jesús subraya fuertemente la auténtica actitud del cristiano: condenar el pecado (“en adelante no peques más”) y salvar al pecador (“tampoco yo te condeno”).

De ninguna manera es blando ante el pecado, pues éste destruye y esclaviza al hombre, y, por lo mismo, debe ser denunciado y destruido dentro del mismo hombre. Desgraciadamente la palabra “pecado” ya poco nos dice y, en todo caso, viene cargada con recuerdos de un viejo catecismo fundado en el cumplimiento de normas y preceptos, con sanciones y castigos, y la imagen de un Dios justiciero y terrible.

Pero a falta de otra palabra más adecuada, descubrimos con el evangelio que “pecado” significa todo aquello que atenta contra nuestra dignidad de hombres. El pecado nos impide crecer y madurar, nos avergüenza y humilla. Envidia, celos, agresión, delación, violencia, perversiones, injusticias, odio…, son todas facetas de una misma y única realidad que corroe el corazón del hombre, anula sus proyectos y destruye su historia.

ENTRA EN TU INTERIOR

Una vez que Jesús ha sopesado bien la carga, ahora se dispone a quitársela a la mujer. Jesús miró ahora a la mujer asustada y agobiada. Mira a la mujer con toda la fuerza de su amor misericordioso. Ella comprendió; enseguida dejó de llorar, dejó de temer. Y empezó a sentirse aliviada.

Entonces Jesús, el único que podía haber tirado la piedra, cuando ya estaba la mujer sola, dijo bien alto, para que oyeran todos, también los ausentes, también los hombres de todos los siglos: “Mujer, yo tampoco te condeno”. Una palabra liberadora, una palabra misericordiosa, una palabra del cielo. Y la mujer empezó otra vez a llorar, pero de emoción y alegría. Y empezaría a entonar un canto agradecido a la misericordia.

No es difícil imaginar las consecuencias que hubiera tenido una sentencia condenatoria de Jesús contra la mujer, si le hubiera tirado alguna piedra. Todo fanatismo, toda crueldad, toda inquisición, toda pena de muerte, todo terrorismo político, toda guerra religiosa, hubieran sido justificados.

“Yo tampoco te condeno”. Ya había confesado Jesús que no había sido enviado “para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por él” (Jn 3,17). No ha venido a castigar pecadores, sino a salvarlos. En cuanto a los pecados, él cargará con todos.

Esta palabra es el triunfo de la misericordia, una verificación de la enseñanza del hijo pródigo. Si el Padre castigaba con besos y banquetes, Cristo castigaba quitando condenas. Ni el Padre ni Cristo pedían cuentas. Las cuentas todas las pagará Cristo. Y es una palabra novedosa: no tanto el amor a la ley, sino la ley del amor.

ORA EN TU INTERIOR

Jesús quería a los pecadores, no al pecado. El pecado es en sí mismo un castigo. “El que comete pecado es un esclavo”, dirá Jesús un poco más adelante (Jn 8,34). No hace falta que nadie le condene, él mismo se condena. Todo pecado origina dependencia y tristeza. Y Jesús nos quiere libres y dichosos. Así, hace a la mujer una corrección fraterna. La corrección es buena, si nace del amor; buena y necesaria.

Seguro que la mujer aprendió bien la lección, no tanto por el peligro, sino porque miró los ojos de Jesús, como le pasó a Pedro.

Y de lo que sí estamos ciertos es que esa mujer jamás, jamás se atrevería a condenar a nadie. Aprendió de Jesús a ser humilde, a comprender a los demás, a no juzgar ni condenar. Nunca se atrevería a tirar piedra alguna. Aprendió en Jesús la misericordia.

ORACIÓN FINAL

Señor Jesús, compasivo y misericordioso, defensor de los débiles y salvador de los pecadores. Aleja de mi corazón todo juicio y condenación. Hazme participe de tu compasión. Y ábreme el oído: “Anda y en adelante no peques más, porque puedes poner en peligro tu fe”.

Expliquemos el evangelio a los niños.

Imágenes de Paxi Velasco FANO.




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lunes, 25 de marzo de 2019

31 DE MARZO. CUARTO DOMINGO DE CUARESMA.



”Me pondré en camino adonde está mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y ante ti;

 ya no merezco llamarme hijo tuyo: trátame como a uno de tus jornaleros”.

31 DE MARZO

CUARTO DOMINGO DE CUARESMA

(DOMINGO LAETARE)

(Al igual que en el Domingo 3º, cuando hay catecúmenos se pueden 

escoger las lecturas del 4º Domingo de Cuaresma del Ciclo A)

1ª Lectura: Josué 5,9-12

El pueblo de Dios celebró la Pascua

Al entrar en la tierra prometida.

Salmo 33:

Gustad y vez qué bueno es el Señor.

2ª Lectura: 2 Corintios 5,17-21

Dios nos reconcilió consigo por medio de Cristo.

PALABRA DEL DÍA

Lucas:  15,1-3.11-32

“En aquel tiempo, solían acercarse a Jesús todos los publicanos y los pecadores a escucharle. Y los fariseos y los escribas murmuraban entre ellos: “Ese acoge a los pecadores y come con ellos”. Jesús les dijo esta parábola: “Un hombre tenía dos hijos; el menor de ellos dijo a su padre: “Padre, dame la parte que me toca de la fortuna”. El Padre les repartió los bienes. No muchos días después, el hijo menor, juntando todo lo suyo, emigró a un país lejano, y allí derrochó su fortuna viviendo perdidamente. Cuando lo hubo gastado todo, vino por aquella tierra un hambre terrible, y empezó él a pasar necesidad. Fue entonces y tanto le insistió a un habitante de aquel país que lo mandó a sus campos a guardar cerdos. Le entraban ganas de saciarse de las algarrobas que comían los cerdos; y nadie le daba de comer. Recapacitando entonces, se dijo: “Cuántos jornaleros de mi padre tienen abundancia de pan, mientras yo aquí me muero de hambre. Me pondré en camino adonde está mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y ante ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo: trátame como a uno de tus jornaleros”. Se puso en camino a donde estaba su padre; cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio  y se conmovió; y, echando a correr, se le echó al cuello y se puso a besarlo. Su hijo le dijo: “Padre, he pecado contra el cielo y ante ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo”. Pero el padre dijo a sus criados: “Sacad enseguida el mejor traje y vestidlo; ponedle un anillo en la mano y sandalias en los pies; traed el ternero cebado y matadlo; celebremos un banquete, porque este hijo mío estaba muerto y ha revivido; estaba perdido, y lo hemos encontrado. El hijo mayor estaba en el campo. Al volver, ya cerca de la casa, oyó la música y los coros que acompañaban la danza.
Y llamando a uno de los sirvientes, le preguntó que significaba eso.
El le respondió: 'Tu hermano ha regresado, y tu padre hizo matar el ternero engordado, porque lo ha recobrado sano y salvo'.
El se enojó y no quiso entrar. Su padre salió para rogarle que entrara,
pero él le respondió: 'Hace tantos años que te sirvo sin haber desobedecido jamás ni una sola de tus órdenes, y nunca me diste un cabrito para hacer una fiesta con mis amigos.
¡Y ahora que ese hijo tuyo ha vuelto, después de haber gastado tus bienes con mujeres, haces matar para él el ternero engordado!'.
Pero el padre le dijo: 'Hijo mío, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo.
Es justo que haya fiesta y alegría, porque tu hermano estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y ha sido encontrado”.

Versión para América Latina extraída de la Biblia del Pueblo de Dios

“Todos los publicanos y pecadores se acercaban a Jesús para escucharlo.
Los fariseos y los escribas murmuraban, diciendo: "Este hombre recibe a los pecadores y come con ellos".
Jesús les dijo entonces esta parábola:
Jesús dijo también: "Un hombre tenía dos hijos.
El menor de ellos dijo a su padre: 'Padre, dame la parte de herencia que me corresponde'. Y el padre les repartió sus bienes.
Pocos días después, el hijo menor recogió todo lo que tenía y se fue a un país lejano, donde malgastó sus bienes en una vida licenciosa.
Ya había gastado todo, cuando sobrevino mucha miseria en aquel país, y comenzó a sufrir privaciones.
Entonces se puso al servicio de uno de los habitantes de esa región, que lo envió a su campo para cuidar cerdos.
El hubiera deseado calmar su hambre con las bellotas que comían los cerdos, pero nadie se las daba.
Entonces recapacitó y dijo: '¡Cuántos jornaleros de mi padre tienen pan en abundancia, y yo estoy aquí muriéndome de hambre!
Ahora mismo iré a la casa de mi padre y le diré: Padre, pequé contra el Cielo y contra ti;
ya no merezco ser llamado hijo tuyo, trátame como a uno de tus jornaleros'.
Entonces partió y volvió a la casa de su padre. Cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se conmovió profundamente; corrió a su encuentro, lo abrazó y lo besó.
El joven le dijo: 'Padre, pequé contra el Cielo y contra ti; no merezco ser llamado hijo tuyo'.
Pero el padre dijo a sus servidores: 'Traigan en seguida la mejor ropa y vístanlo, pónganle un anillo en el dedo y sandalias en los pies.
Traigan el ternero engordado y mátenlo. Comamos y festejemos,
porque mi hijo estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y fue encontrado'. Y comenzó la fiesta.
El hijo mayor estaba en el campo. Al volver, ya cerca de la casa, oyó la música y los coros que acompañaban la danza.
Y llamando a uno de los sirvientes, le preguntó que significaba eso.
El le respondió: 'Tu hermano ha regresado, y tu padre hizo matar el ternero engordado, porque lo ha recobrado sano y salvo'.
El se enojó y no quiso entrar. Su padre salió para rogarle que entrara,
pero él le respondió: 'Hace tantos años que te sirvo sin haber desobedecido jamás ni una sola de tus órdenes, y nunca me diste un cabrito para hacer una fiesta con mis amigos.
¡Y ahora que ese hijo tuyo ha vuelto, después de haber gastado tus bienes con mujeres, haces matar para él el ternero engordado!'.
Pero el padre le dijo: 'Hijo mío, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo.
Es justo que haya fiesta y alegría, porque tu hermano estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y ha sido encontrado”.

REFLEXIÓN

La parábola del hijo pródigo es una página bellísima y consoladora. Se retratan las miserias humanas y se define la respuesta de Dios a tantas miserias.

El hijo pródigo es el hombre que busca fuera lo que tenía que encontrar dentro, que mendiga en la ciudad lo que le sobra en casa.

La insatisfacción le fuerza a una carrera alocada. Rompe todos los lazos, que a él le parecían frenos y ataduras, pero que, a la verdad, eran cuerdas de amor y cauces de superación. No sólo rompe con la familia -¡esa maravilla de padre, que era también madre!-, sino que profana las relaciones familiares, mercantilizándolas, convirtiéndolas en derechos y obligaciones –“¡Dame lo que me toca!”.

Después, por la insatisfacción, se entrega al consumismo desenfrenado, pero siempre más insatisfecho, siempre más vacío, siempre más triste. Porque ni las cosas, por muy placenteras que sean, ni las personas convertidas en objetos, en cosa, dan felicidad o libertad. Producen desencanto, hastío o vacío y dependencia. La imagen del hijo convertido en porquero, hambriento de algarrobas, le retrata perfectamente. A la larga desearía convertirse en puerco.
Nos hace falta hablar de la actualidad de esta miseria. Este muchacho insatisfecho se integraría perfectamente en nuestra sociedad de consumo, en nuestras movidas, en nuestras fiestas y diversiones. Podría terminar siendo un transeúnte desintegrado, un delincuente, un drogadicto, un fanático de cualquier causa o cualquier ídolo.

Yo soy también hijo pródigo cuando vivo volcado hacia fuera, cuando no sé encontrarme a mí mismo, cuando me olvido de la razón de mi vida, cuando no busco a Dios, cuando pienso sólo en divertirme, cuando gasto demasiado, cuando dedico demasiado tiempo a lo superfluo, cuando no me comprometo en el trabajo y en el servicio. Acuérdate de la parábola de los pozos, los que se esforzaban por cultivar y llenar el brocal y se olvidaban de su razón de ser, del agua y del manantial.

El Padre es el sol de la misericordia, del perdón y de la acogida. El Padre es ciertamente el centro de la historia, es un sol que ilumina todo el cuadro. Toda una serie de cualidades y actitudes paterno-maternas que conmueven. Quizá sea ésta, entre todas las palabras (nombres, verbos, adjetivos) que podemos aplicarle, la que mejor le define: el que se conmueve y el que nos conmueve. Es el hombre de la pasión, de las entrañas, del corazón: el corazón conmovido ante la miseria.

Podemos destacar unas cuantas actitudes conmovedoras:

Respeta: No ata al hijo que se quiere marchar, ni le amenaza. Conoce y comprende al hijo y sabe que tiene que ser él mismo, que debe madurar por sí mismo, que debe aprender en la escuela de la vida. El amor no esclaviza, no es absorbente.

Sufre: El respeto o la tolerancia no le lleva a la indiferencia. La marcha del hijo le produce un desgarrón sangrante;  herida abierta, más dolorosa cada día que pasa. Se preguntaría el porqué. Se culpabilizaría: tal vez no había sabido tratarle, tal vez lo había olvidado en algún momento, tal vez no había dialogado con él lo bastante.

Espera: El sufrimiento no le lleva a la depresión y el desencanto. Si el hijo ha roto con él, él no quiere romper con el hijo. No dice: se acabó. No. Él sigue confiando en el hijo. Espera que algún día su hijo resucite, se impongan sus buenos principios, el milagro. El amor espera sin límites. Y es una esperanza activa, vigilante. Su corazón envía mensajes constantes al hijo, y abre la ventana y sale al camino. El amor siempre vigila y espera.

Acoge: El hijo pródigo, por fin, cuando se encontraba en una situación lamentable, decide el retorno a la casa paterna, añorando los valores que antes despreciaba o no valoraba lo suficiente. Le mueve el hambre, pero le mueve más el recuerdo y el amor del padre. El hijo desanda el camino libremente, pero es el padre quien tira de él. El padre lo presiente, el amor no se equivoca. Sale a su encuentro. “Cuando estaba todavía lejos, su padre lo vio”, ¡Sólo se ve bien con el corazón! “Y se conmovió”: palabra clave, núcleo de toda la historia.

Perdona: Pero hablar de perdón es poca cosa. No sólo perdona y olvida, sino que se conmueve, se alegra, danza interiormente, hace fiesta. No es un perdón, es una resurrección, “estaba muerto y ha revivido”. No sólo perdona, sino que dignifica, devuelve al hijo miserable toda su grandeza y sus derechos: el vestido, el anillo, las sandalias, el banquete; como el verdadero hijo que ha vuelto a encontrar.

Este padre es una fotografía de Dios, y es una versión poética, dramática, de lo que hacía Jesús con los pecadores.

ENTRA EN TU INTERIOR

TODA UNA LECCIÓN DE SEGUIMIENTO

Sin duda, la parábola más cautivadora de Jesús es la del “padre bueno”, mal llamada “parábola del hijo pródigo”. Precisamente este “hijo menor” ha atraído siempre la atención de comentaristas y predicadores. Su vuelta al hogar y la acogida increíble del padre han conmovido a todas las generaciones cristianas.

Sin embargo, la parábola habla también del “hijo mayor”, un hombre que permanece junto a su padre, sin imitar la vida desordenada de su hermano, lejos del hogar. Cuando le informan de la fiesta organizada por su padre para acoger al hijo perdido, queda desconcertado. El retorno del hermano no le produce alegría, como a su padre, sino rabia: “se indignó y se negaba a entrar” en la fiesta. Nunca se había marchado de casa, pero ahora se siente como un extraño entre los suyos.

El padre sale a invitarlo con el mismo cariño con que ha acogido a su hermano. No le grita ni le da órdenes. Con amor humilde “trata de persuadirlo” para que entre en la fiesta de la acogida. Es entonces cuando el hijo explota dejando al descubierto todo su resentimiento. Ha pasado toda su vida cumpliendo órdenes del padre, pero no ha aprendido a amar como ama él. Ahora sólo sabe exigir sus derechos y denigrar a su hermano.

Ésta es la tragedia del hijo mayor. Nunca se ha marchado de casa, pero su corazón ha estado siempre lejos. Sabe cumplir mandamientos pero no sabe amar. No entiende el amor de su padre a aquel hijo perdido. Él no acoge ni perdona, no quiere saber nada con su hermano. Jesús termina su parábola sin satisfacer nuestra curiosidad: ¿entró en la fiesta o se quedó fuera?

Envueltos en la crisis religiosa de la sociedad moderna, nos hemos habituado a hablar de creyentes e increyentes, de practicantes y de alejados, de matrimonios bendecidos por la Iglesia y de parejas en situación irregular… Mientras nosotros seguimos clasificando a sus hijos, Dios nos sigue esperando a todos, pues no es propiedad de los buenos ni de los practicantes. Es Padre de todos.

El “hijo mayor” es una interpelación para quienes creemos vivir junto a él. ¿Qué estamos haciendo quienes no hemos abandonado la Iglesia? ¿Asegurar nuestra supervivencia religiosa observando lo mejor posible lo prescrito, o ser testigos del amor grande de Dios a todos sus hijos e hijas? ¿Estamos construyendo comunidades abiertas que saben comprender, acoger y acompañar a quienes buscan a Dios entre dudas e interrogantes? ¿Levantamos barreras o tendemos puentes? ¿les ofrecemos amistad o los miramos con recelo?

José Antonio Pagola

ORA EN TU INTERIOR

La parábola del padre bueno es una bella descripción del ser de Dios. La parábola sale de los labios de Jesús ante la dureza y severidad de los fariseos y los maestros de la ley al advertir que los cobradores de impuestos y otros pecadores se acercaban a él para escucharlo. Reprueban la actitud de Jesús porque los acoge y porque incluso tiene la osadía de comer con ellos. Para Jesús, las personas siguen siendo personas, aunque estén marginadas por la sociedad. Para los fariseos, algunas personas dejan de serlo porque no entran en el grupo de los buenos.

Dios lo único que no puede dejar de hacer es amar. Si no amara, no sería Dios. Nuestra mentalidad queda totalmente desbordada anta la grandeza de este amor. Y tenemos tendencia a poner diques a la inmensidad de Dios. Entonces, tal vez con buena intención, le decimos que sus caminos ciertamente no son nuestros caminos y que se equivoca. Nos creemos, a veces, autorizados a enmendarle la plana. ¡Cuántas veces, hermanos y hermanas, hemos hecho el papel del hijo mayor de la parábola!

Dios, en Jesucristo, nos ha revestido con su propio traje de gala; el amor. Nos ha reconciliado de una vez para siempre. Nos ha calzado con las sandalias de la libertad de los hijos para que nada ni nadie nos esclavice. Nos ha colocado el anillo de su alianza en un amor imperecedero.

Éste es el cristiano que, ligero de equipaje, tan sólo provisto de la certeza de que Dios lo ha reconciliado con él de una vez para siempre, prosigue en su camino cuaresmal afianzado en su fe en un Dios de misericordia y espoleado por una esperanza de amor sin límites. Y todo ello se hace realidad en un compromiso más sincero de armonía interior, de acogida fraterna y de trato filial con Dios.

Expliquemos el Evangelio a los niños.

Imágenes de Paxi Velasco FANO.



Imagen para colorear.