lunes, 14 de octubre de 2019

20 DE OCTUBRE: XXIX DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO.


“Cuando llegue el Hijo del Hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra?”

20 DE OCTUBRE

XXIX DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO ©

DOMINGO MUNDIAL DE LA PROPAGACIÓN DE LA FE

(DOMUND)

Primera Lectura: Éxodo 17,8-13

“Mientras Moisés tenía en alto la mano, vencía Israel”

Salmo: 120

“El auxilio me viene del Señor, que hizo el cielo y la tierra”

2ª Lectura: 2 Timoteo 3,14-4,2

“El hombre de Dios estará perfectamente preparado para toda obra buena”

PALABRA DEL DÍA

Lucas: 18,1-8

“En aquel tiempo, Jesús, para explicar a los discípulos cómo tenían que orar siempre sin desanimarse, les propuso esta parábola: -Había un juez en una ciudad que ni temía a Dios ni le importaban los hombres. En la misma ciudad había una viuda que solía ir a decirle: “Hazme justicia frente a mi adversario”; por algún tiempo se negó; pero después se dijo: “Aunque ni temo a Dios ni me importan los hombres, como esa viuda me está fastidiando, le haré justicia, no vaya a acabar pegándome en la cara.” Y el Señor respondió: -Fijaos en lo que dice el juez injusto; pues Dios ¿no hará justicia a sus elegidos que le gritan día y noche?, ¿o les dará largas? Os digo que les hará justicia sin tardar. Pero cuando venga el Hijo del Hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra?”.

Versión para América Latina, extraída de la Biblia del Pueblo de Dios

“Después Jesús les enseñó con una parábola que era necesario orar siempre sin desanimarse:
"En una ciudad había un juez que no temía a Dios ni le importaban los hombres;
y en la misma ciudad vivía una viuda que recurría a él, diciéndole: 'Te ruego que me hagas justicia contra mi adversario'.
Durante mucho tiempo el juez se negó, pero después dijo: 'Yo no temo a Dios ni me importan los hombres,
pero como esta viuda me molesta, le haré justicia para que no venga continuamente a fastidiarme'".
Y el Señor dijo: "Oigan lo que dijo este juez injusto.
Y Dios, ¿no hará justicia a sus elegidos, que claman a él día y noche, aunque los haga esperar?
Les aseguro que en un abrir y cerrar de ojos les hará justicia. Pero cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará fe sobre la tierra?".

REFLEXIÓN

Como cada domingo, los cristianos estamos llamados a dar gracias al Señor, recordando el don de su Vida, la salvación que nos ha traído. Y hoy la Iglesia nos invita, con estas lecturas bíblicas, a levantar la mirada del suelo para dirigirla al cielo.

La escucha de la Palabra de Dios nos invita a dirigirnos con confianza hacia el auxilio del Señor. Y más, viendo la realidad de nuestro entorno: injusticias, hambre, enfermedades, violencia, terrorismo, paro, falta de vivienda, pensiones mínimas, pobreza... Los cristianos tenemos que pedir el auxilio de Dios para ser instrumentos de su amor en medio del mundo.

La oración tiene que dar sentido a nuestras obras, y las obras tienen que mostrar lo que creemos. En resumen, hoy se nos invita a rezar con insistencia.

La Palabra nos ilumina en la asamblea eucarística fortaleciendo nuestra fe y nuestra esperanza, pero sobre todo haciendo más ardiente nuestro amor a Dios y a los hermanos. Porque la Palabra no la escuchamos solo individualmente, sino como pueblo de Dios, como asamblea, como comunidad, como Iglesia.

Cada domingo somos confirmados en la misión de ser testigos de la fe en medio de un mundo que parece no necesitar a Dios.

En el pasaje del libro del Éxodo que hemos escuchado en la primera lectura, nos invita a ver que el esfuerzo de cada día por superar las dificultades ordinarias y extraordinarias es válido y necesario. Nuestro trabajo personal cuenta mucho y es querido y valorado por Dios. Moisés y su pueblo que apenas está naciendo, deben vencer a quienes se oponen a su existencia y a su libertad. Hacen la guerra para librarse de sus enemigos, pero a través de la oración perseverante llegan a la convicción de que sólo por Dios es como logran imponerse a ellos. Dios está de su lado porque así lo ha prometido, porque así lo quiere.

Al escuchar el evangelio de hoy, existe el peligro de entenderlo mal si no nos fijamos bien en el propósito de Jesús, que es, según lo señala san Lucas, el de invitarnos a la perseverancia en la oración. Insiste en la necesidad de orar y de perseverar en una actitud confiada y activa.

La oración no consiste en un cruzarse de brazos para esperar que Dios haga lo que nosotros debemos hacer. El mismo texto de hoy alude indirectamente a la fuerza y persistencia de aquella mujer que no teme enfrentarse con un juez injusto con tal de conseguir lo que le corresponde.

La oración cristiana es siempre una expresión de fe, de esa fe difícil que se empeña seriamente en servir al Reino de Dios en la lucha activa por la liberación total de los hombres de todas las esclavitudes. Por eso la oración cristiana –lo veremos mejor el próximo domingo-, no es fruto de la autosuficiencia ni del triunfalismo sino de una postura humilde de espera, de trabajo, de lucha, y, ¿por qué no?, de caídas y riesgos.

El evangelio de hoy nos invita a confiar en un Dios fiel, a confiar en la fuerza del Evangelio, a confiar en Jesucristo, a confiar en la sabiduría de la Palabra de Dios cuya vivencia se va consiguiendo poco a poco.

Decíamos que la actitud cristiana no puede consistir en una oración con los brazos cruzados. El texto de la carta de Pablo a Timoteo lo dice mucho más positivamente: “Permanece en lo que has aprendido y se te ha confiado... La Sagrada Escritura puede darte la sabiduría que por la fe en Cristo Jesús conduce a la salvación. Toda Escritura inspirada por Dios es también útil para enseñar, para reprender, para corregir, para educar en la virtud: así el hombre de Dios estará perfectamente equipado para toda obra buena”.

Y el apóstol concluye con esta vibrante exhortación: “Ante Dios y ante Cristo Jesús, que ha de juzgar a vivos y muertos, te conjuro por su venida en majestad: proclama la Palabra, insiste a tiempo y a destiempo, reprocha, exhorta con toda comprensión y pedagogía”.

Según san Pablo, dos serían las tareas importantes del cristiano en estos tiempos difíciles, sin excluir por supuesto la oración, siempre recomendada por el apóstol, y tan relacionada con la vivencia de la Palabra, y sobre todo, la oración que es diálogo y encuentro con el Dios de la misericordia.

En primer lugar: Hacer de la Palabra de Dios –tal como la tenemos en la Biblia- un criterio rector de vida, un modo sabio de afrontar nuestra existencia, una permanente fuente de inspiración para el trato con nuestros hermanos. En la Palabra de Dios hemos de encontrar los cristianos nuestra regla, nuestro sistema de valores, nuestro modo de afrontar la vida.

Pablo insiste en que toda Escritura es apta para ello, pues es evidente que a menudo nos gusta apoyarnos en ciertos textos preferidos o más acordes con nuestro modo de ser, para dejar a un lado los textos molestos o más exigentes.

En segundo lugar: La oración del cristiano, bien resumida en aquellas expresiones tan típicas: “Ven, Señor Jesús”, “Que venga tu Reino”, debe traducirse necesariamente en la evangelización, ya que todo tiempo es apto para anunciar la Palabra de Dios, para denunciar las injusticias y para exhortar a un estilo de vida distinto y nuevo.

Y no con un afán proselitista o coercitivamente. Por eso dice san Pablo: Evangeliza todo lo que quieras, pero con comprensión y pedagogía, algo que nosotros hemos olvidado en más de una oportunidad.

La evangelización no es una cruzada o una conquista, sino una llamada a la conciencia de los hombres, sin herir susceptibilidades, sin despreciar o desvalorar elementos culturales distintos a los nuestros sin condenar al que no nos escucha.

La Palabra de Dios de este domingo, hermanas y hermanos, nos prepara ya, estamos a cuatro semanas, para el tiempo santo del Adviento; no sólo para el tiempo litúrgico, sino para que asumamos esta vida, este momento histórico como un tiempo de exigencia, de lucha y de esperanza.

La historia avanza, los sucesos transcurren en forma vertiginosa e inesperada, la cultura cambia, los sistemas políticos se alternan y evolucionan y todos tenemos conciencia de que se está gestando una nueva humanidad... Pero ¿pervivirá la fe en la tierra?

He aquí una pregunta que nos compromete a todos: ¿Sabremos encontrar un estilo de fe cristiana que sepa conjugarse con estos tiempos nuevos? ¿Seremos capaces de anunciar el Evangelio de forma tal que represente algo positivo para los hombres de hoy? ¿Somos capaces de sentirnos cristianos, participando al mismo tiempo en la construcción de este mundo nuevo tan distinto al de nuestros padres y antecesores?

Estas preguntas, conscientemente respondidas, pueden transformarse en nuestra mejor oración.

ENTRA EN TU INTERIOR

EL CLAMOR DE LOS QUE SUFREN

La parábola de la viuda y el juez sin escrúpulos es, como tantos otros, un relato abierto que puede suscitar en los oyentes diferentes resonancias. Según Lucas, es una llamada a orar sin desanimarse, pero es también una invitación a confiar que Dios hará justicia a quienes le gritan día y noche. ¿Qué resonancia puede tener hoy en nosotros este relato dramático que nos recuerda a tantas víctimas abandonadas injustamente a su suerte?

En la tradición bíblica la viuda es símbolo por excelencia de la persona que vive sola y desamparada. Esta mujer no tiene marido ni hijos que la defiendan. No cuenta con apoyos ni recomendaciones. Sólo tiene adversarios que abusan de ella, y un juez sin religión ni conciencia al que no le importa el sufrimiento de nadie.

Lo que pide la mujer no es un capricho. Sólo reclama justicia. Ésta es su protesta repetida con firmeza ante el juez: «Hazme justicia». Su petición es la de todos los oprimidos injustamente. Un grito que está en la línea de lo que decía Jesús a los suyos: "Buscad el reino de Dios y su justicia".  

Es cierto que Dios tiene la última palabra y hará justicia a quienes le gritan día y noche. Ésta es la esperanza que ha encendido en nosotros Cristo, resucitado por el Padre de una muerte injusta. Pero, mientras llega esa hora, el clamor de quienes viven gritando sin que nadie escuche su grito, no cesa.

Para una gran mayoría de la humanidad la vida es una interminable noche de espera. Las religiones predican salvación. El cristianismo proclama la victoria del Amor de Dios encarnado en Jesús crucificado. Mientras tanto, millones de seres humanos sólo experimentan la dureza de sus hermanos y el silencio de Dios. Y, muchas veces, somos los mismos creyentes quienes ocultamos su rostro de Padre velándolo con nuestro egoísmo religioso.

¿Por qué nuestra comunicación con Dios no nos hace escuchar por fin el clamor de los que sufren injustamente y nos gritan de mil formas: "Hacednos justicia"? Si, al orar, nos encontramos de verdad con Dios, ¿cómo no somos capaces de escuchar con más fuerza las exigencias de justicia que llegan hasta su corazón de Padre?

La parábola nos interpela a todos los creyentes. ¿Seguiremos alimentando nuestras devociones privadas olvidando a quienes viven sufriendo? ¿Continuaremos orando a Dios para ponerlo al servicio de nuestros intereses, sin que nos importen mucho las injusticias que hay en el mundo? ¿Y si orar fuese precisamente olvidarnos de nosotros y buscar con Dios un mundo más justo para todos?

 José Antonio Pagola

ORA EN TU INTERIOR

La parábola del evangelio de hoy se centra en la fe, la confianza y la tenacidad de aquella viuda que espera firmemente que alcanzará la justicia a la que tenía derecho. Y este debería ser el sentido de nuestra oración. No tenemos que recordarle a Dios lo que ya sabe que tiene que hacer, sino confirmar nuestra fe y nuestra esperanza de que su proyecto (su justicia) se realizará. Por eso rezamos. Rezamos no para que Dios se acuerde de nosotros, sino para que nosotros no olvidemos lo que él quiere hacer con nosotros. Por tanto, no podemos practicar un reduccionismo de la oración, diciendo que rezar es tan sólo pedir. Rezar es recordar. Y por eso lo hacemos “siempre” y “sin desanimarse” En este fragmento del evangelio de hoy, como nunca, Jesús une totalmente la oración y la fe, las unifica, y por eso termina preguntándose, no si habrá gente que rece en el futuro, cuando vuelva, sino si “encontrará fe en la tierra”.

Pero atención. Hoy, como siempre en el evangelio, Jesús no presenta a Dios como un juez sin piedad, sino como un Padre. Dios es lo contrario del juez que retrasa las resoluciones por desidia. Más bien Dios está impaciente por hacer justicia a sus escogidos. Dios no es un juez que termina actuando, no porque crea en la causa justa, sino para vivir tranquilo. La justicia de Dios no es la justicia limitada de los hombres sino el amor. Resumiendo. Jesús quiere que nos movemos por amor, más que movernos por justicia.

El consejo de Jesús, hoy, en el evangelio, no lo olvidemos, es que tenemos que “orar siempre, sin desanimarse”.

ORACIÓN FINAL

Señor, enséñame a que mi oración sea tenaz y perseverante, confiada siempre en tu misericordia y no en mis fuerzas, que son bastante pocas y a veces me engañan con espejismos e ilusiones.

Enséñame a que mi oración nazca de mi fe, porque si no siempre será una oración vacía, sin contenido, oración de petición y no de alabanza y acción de gracias por lo que continuamente obras en mi vida.

Como la viuda perseverante del evangelio, sé, que solo tú puedes velar por los pobres, pos los abandonados, por los que nadie vela por ellos. Tú estás al lado de los huérfanos y de las viudas, de los pobres y de los enfermos, de los que padecen cualquier esclavitud, aún la del pecado.

Haz, Señor, que ore “siempre” y sin “desanimarme”. Amén.

Expliquemos el Evangelio a los niños.

Imágenes de Paxi Velasco FANO


Imagen para colorear.


miércoles, 9 de octubre de 2019

13 DE OCTUBRE: XXVIII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO.


¿No ha habido quien volviera a dar gloria a Dios más que este extranjero?

13 DE OCTUBRE

XXVIII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO ©

1ª Lectura: 2 Reyes 5,14-17

“Regresó Naamán al profeta y alabó al Señor”

Salmo 97

“El Señor revela a las naciones su salvación”

2ª Lectura: 2 Timoteo 2,8-13

“Si perseveramos, reinaremos con Cristo”

PALABRA DEL DÍA

Lucas 17,11-19

“Yendo Jesús camino de Jerusalén, pasaba entre Samaría y Galilea. Cuando iba a entrar en un pueblo, vinieron a su encuentro diez leprosos, que se pararon a lo lejos y a gritos le decían: -Jesús, maestro, ten compasión de nosotros. Al verlos, les dijo: -Id a presentaros a los sacerdotes. Y mientras iban de camino, quedaron limpios. Uno de ellos, viendo que estaba curado, se  volvió alabando a Dios a grandes gritos, y se echó por tierra a los pies de Jesús, dándole gracias. Este era un samaritano. Jesús tomó la palabra y dijo: -¿No han quedado limpios los diez?; los otros nueve ¿dónde están? ¿No ha vuelto más que este extranjero para dar gloria a Dios? Y le dijo: -Levántate, vete; tu fe te ha salvado.”

Versión para América Latina, extraída de la Biblia del Pueblo de Dios

“Mientras se dirigía a Jerusalén, Jesús pasaba a través de Samaría y Galilea.
Al entrar en un poblado, le salieron al encuentro diez leprosos, que se detuvieron a distancia
y empezaron a gritarle: "¡Jesús, Maestro, ten compasión de nosotros!".
Al verlos, Jesús les dijo: "Vayan a presentarse a los sacerdotes". Y en el camino quedaron purificados.
Uno de ellos, al comprobar que estaba curado, volvió atrás alabando a Dios en voz alta
y se arrojó a los pies de Jesús con el rostro en tierra, dándole gracias. Era un samaritano.
Jesús le dijo entonces: "¿Cómo, no quedaron purificados los diez? Los otros nueve, ¿dónde están?

¿Ninguno volvió a dar gracias a Dios, sino este extranjero?".
Y agregó: "Levántate y vete, tu fe te ha salvado".

REFLEXIÓN

Demos gracias a Dios, el Padre de nuestro Señor Jesucristo, y Padre nuestro, pues por pura gracia de su benevolencia nos ha salvado por la sangre de su Hijo y en él nos ha llamado a ser herederos de la gloria que nos ha prometido.

El tema de este domingo, hermanas y hermanos, no es de manera alguna ajeno al de domingo anterior, ya que se nos hablaba de la gratuidad de la salvación, pues Dios nos ama tanto que antes de nuestro interés por salvarnos, Él ya ha hecho todo para hacernos entrar en su proyecto de vida eterna a su lado, por los méritos de su hijo. Más, aún, es por la acción de su Espíritu que deseamos la salvación que no es definitivamente otra cosa que la intimidad con Él en el amor.

Si el domingo pasado hablábamos de la fe fácil y de la fe difícil, hoy nos muestra un acontecimiento concreto que ejemplifica nuestra reflexión.

El propósito que tiene el autor del libro de los reyes en este pasaje que acabamos de proclamar en la primera lectura, es mostrar al Dios de Israel como el Dios de todos los hombres, incluso de sus enemigos entre los cuales se encuentran los sirios a cuyo rey sirve Naamán como general de su ejército. Éste hombre es un símbolo de todos los hombres que se abren al favor del único Dios verdadero y lo descubren para luego creer solo en Él y rendirle culto; especialmente un culto de adoración agradecida.

Podríamos decir que Naamán es el tipo de los alejados de la fe y que, una vez que ven lo que el Dios misericordioso hace con ellos, responden al llamado de la fe con ánimo agradecido. Al volver a su tierra, el sirio pide permiso a Eliseo para llevarse un poco de la tierra en donde se adora al verdadero Dios. Es como el reconocimiento de que Dios ha elegido al pueblo de Israel como el lugar donde quiere mostrar su misericordia con todos los pueblos de la tierra. Aunque vuelva a su tierra, donde se adoran a otros dioses, Naamán, según lo promete, descubrió al verdadero Dios en el favor recibido y en adelante sólo a él quiere servir fielmente.

Naamán, hermanas y hermanos, descubrió a un Dios que le salió al paso en el camino de su vida. En el evangelio vemos a un hombre agradecido que sanó y descubrió en Cristo al Dios verdadero, presente entre nosotros. Ambos hombres sanaron físicamente y por su fe encontraron la salvación. En realidad, la salud tan apreciada por todos, y por Dios mismo, es poca cosa cuando se alcanza la salud eterna por la fe. Es lo que sucede, al leproso agradecido.

La lepra, en tiempos de Jesús se tenía como un castigo de Dios, pues ya, el que la padecía, ni siquiera era digno de asistir al templo para alabar y agradecer a Dios por sus beneficios. Quedaba marginado de la sociedad y debía permanecer fuera de la ciudad para no contagiar a los demás.

Era considerado como un ser impuro y, si llegaba a sanar, como lo indica el libro del Levítico, debía presentarse a los sacerdotes que eran los únicos que podían dar fe de su curación. Podía integrarse a la sociedad después de cumplir con los ritos de purificación previstos por la ley de Moisés. Es por eso que Jesús los manda a presentarse ante los sacerdotes. Cuando se alejan de Jesús, los diez leprosos no han sido sanados, es en el camino donde sanan.


Es uno solo de los diez el que, al verse favorecido por Jesús vuelve para agradecerle. Esto le pareció más importante que presentarse a los sacerdotes. Parece, pues, que para este leproso era más importante mostrar su gratitud y reconocimiento a Jesús, que llegar pronto a cumplir con lo prescrito por la ley para volver a la vida normal, como lo hacen los otros nueve.

Pero la gratitud a Jesús, a quien el leproso reconoce como Dios, por el gesto de postrarse a sus pies, es lo que completa en él la obra que Dios tenía prevista: su salvación. Los nueve restantes sólo se reintegraron a la sociedad, el solitario se reintegró a la amistad con Dios por su reconocimiento.

“Levántate, vete; tu fe te ha salvado”. Le dice Jesús, para asegurarle el efecto de su actitud agradecida; un resultado insospechado por aquel hombre sencillo y de sentimientos nobles.

Hermanas y hermanos, se dice que la gratitud muestra lo más noble que hay en todos y en cada uno de nosotros. Y así es. La gratitud es reflejo de una paz interior libre de soberbia y de una serie de sentimientos y actitudes por demás opuestas a la fe y al amor.

La gratitud sólo nace del interior humilde que sabe que nada merece, como lo veíamos el domingo pasado, que reconoce, más bien, que todo es gracia. Que Dios no nos debe nada y que, al contrario, como criaturas le debemos todo. La gratitud nos lleva a la fe que nos hace reconocer, alabar y anunciar la gran misericordia de Dios con toda la humildad y al mismo tiempo con todos y cada uno de nosotros.

Uno de los regalos más importantes que Dios nos da es la fe. Una fe que nos hace justos y nos salva. Una fe que pide permanecer obedientes al Maestro, disponiendo nuestro corazón en la escucha de su Palabra. Y si de verdad creemos que la fe es un don gratuito de Dios, ¿por qué no damos gracias por este regalo?

Ciertamente el agradecimiento es un indicador de nuestro nivel espiritual personal. Una persona agradecida muestra atención por los demás, una capacidad de amar y de comprender, que es lo que se encuentra a faltar en los nueve leprosos. ¿Soy agradecido? ¿Sabemos ser agradecidos con los que nos rodean, amigos, familiares, compañeros?.

El individualismo, tan acentuado hoy día, es un camino ancho que, junto a la crítica fácil, conduce al disentimiento social, familiar y eclesial.

La fiesta más bella de la gratuidad a Dios es la Eucaristía, pues eso es lo que significa, acción de gracias. Y en ella aprendemos a reconocer que todo lo recibimos de Dios a través de los que formamos la gran comunidad humana, especialmente la comunidad eclesial.

En la Eucaristía nos vemos identificados con el Dios del amor que lo único que quiere es nuestro bien, el máximo bien: nuestra salvación. Porque Dios, el Padre de la misericordia, quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad.

Ahora en el Pan que ofrecemos, el Verbo se hará presente. Y todos recibiremos el mismo Pan de Vida, un solo Pan a repartir para todos. Que este gesto que vivimos en la Eucaristía se haga presente en nuestra vida como cristianos.

ENTRA EN TU INTERIOR

CURACIÓN

El episodio es conocido. Jesús cura a diez leprosos enviándolos a los sacerdotes para que les autoricen a volver sanos a sus familias. El relato podía haber terminado aquí. Al evangelista, sin embargo, le interesa destacar la reacción de uno de ellos.

Una vez curados, los leprosos desaparecen de escena. Nada sabemos de ellos. Parece como si nada se hubiera producido en sus vidas. Sin embargo, uno de ellos «ve que está curado» y comprende que algo grande se le ha regalado: Dios está en el origen de aquella curación. Entusiasmado, vuelve «alabando a Dios a grandes gritos» y «dando gracias a Jesús».

Por lo general, los comentaristas interpretan su reacción en clave de agradecimiento: los nueve son unos desagradecidos; sólo el que ha vuelto sabe agradecer. Ciertamente es lo que parece sugerir el relato. Sin embargo, Jesús no habla de agradecimiento. Dice que el samaritano ha vuelto «para dar gloria a Dios». Y dar gloria a Dios es mucho más que decir gracias.

Dentro de la pequeña historia de cada persona, probada por enfermedades, dolencias y aflicciones, la curación es una experiencia privilegiada para dar gloria a Dios como Salvador de nuestro ser. Así dice una célebre fórmula de san Ireneo de Lion: "Lo que a Dios le da gloria es un hombre lleno de vida". Ese cuerpo curado del leproso es un cuerpo que canta la gloria de Dios.

Creemos saberlo todo sobre el funcionamiento de nuestro organismo, pero la curación de una grave enfermedad no deja de sorprendernos. Siempre es un "misterio" experimentar en nosotros cómo se recupera la vida, cómo se reafirman nuestras fuerzas y cómo crece nuestra confianza y nuestra libertad.

Pocas experiencias podremos vivir tan radicales y básicas como la sanación, para experimentar la victoria frente al mal y el triunfo de la vida sobre la amenaza de la muerte. Por eso, al curarnos, se nos ofrece la posibilidad de acoger de forma renovada a Dios que viene a nosotros como fundamento de nuestro ser y fuente de vida nueva.

La medicina moderna permite hoy a muchas personas vivir el proceso de curación con más frecuencia que en tiempos pasados. Hemos de agradecer a quienes nos curan, pero la sanación puede ser, además, ocasión y estímulo para iniciar una nueva relación con Dios. Podemos pasar de la indiferencia a la fe, del rechazo a la acogida, de la duda a la confianza, del temor al amor.

Esta acogida sana de Dios nos puede curar de miedos, vacíos y heridas que nos hacen daño. Nos puede enraizar en la vida de manera más saludable y liberada. Nos puede sanar integralmente. 

José Antonio Pagola

ORA EN TU INTERIOR

El Samaritano creyó más urgente volver a dar gracias. Fue el que acertó, porque, libre de las ataduras de la Ley, se atrevió a expresar su vivencia profunda. Este encuentra la presencia de Dios en Jesús. Jesús ratifica su actitud y está de acuerdo en que es más importante responder vitalmente al don de Dios, que el cumplimiento de unos ritos externos.

Para él, su verdadera salvación llega en el reconocimiento y agradecimiento del don. Los otros nueve fueros curados, pero no encontraron la verdadera salvación; porque tenían suficiente con la liberación de la lepra y la recuperación del entramado religioso.

El seguimiento de Jesús es una forma de vida. La vida escapa a toda posible programación que le llegue de fuera. Lo único que la guía es la dinámica interna, es decir la fuerza que viene de dentro de cada ser y no el constreñimiento que le puede venir de fuera.

Al celebrar la misa, no sé si somos conscientes de que “eucaristía” significa acción de gracias. Además, en ella repetimos más de quince veces “Señor ten piedad”, como los diez leprosos. El gloria es reconocer y agradecer a Dios lo que Él es. El evangelio de hoy tenía que ser un acicate para celebrar conscientemente esta eucaristía. Que de verdad sea una manifestación comunitaria de agradecimiento y alabanza.

Pablo dice una frase que a mí me encanta: “La palabra de Dios no está encadenada”. Por más que muchos intenten domesticarla. La Palabra sigue haciendo de las suyas y llevando a mucha gente a la verdadera liberación. Ni Dios ni la verdad necesitan gendarmes. Los que dicen defenderlos, se están protegiendo a sí mismos. Lo más contrario a la palabra es emplearla para someter y oprimir a las personas en nombre de Dios.

ORACIÓN FINAL

 “Tú fe te ha salvado”... Sólo cuando esa frase puede aplicarse a nuestra vida, cuando sentimos que ya no somos los mismos de antes, cuando la fe cristiana produce un verdadero cambio en la persona y en la sociedad, sólo entonces podemos comenzar a sentirnos cristianos de verdad.

Entre tanto, retornemos a Cristo, al Cristo de la fe difícil y comprometida, no sea que en su nombre nos estemos alejando cada día más.

Como aquel leproso, volvamos alabando a Dios a grandes gritos y echémonos a los pies de Jesús, dándole gracias porque hoy su palabra nos ha abierto los ojos.

Demos gracias a Dios porque si morimos con Cristo, viviremos con él; si perseveramos, reinaremos con él; si somos infieles, él permanece fiel, porque no puede negarse a sí mismo. Demos gracias porque nos ha llamado para ser su comunidad y su pueblo.

Expliquemos el Evangelio a los niños.

Imágenes de Paxi Velasco FANO

Imagen para colorear



domingo, 29 de septiembre de 2019

6 DE OCTUBRE: XXVII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO.



“Somos unos pobres siervos, hemos hecho lo que teníamos que hacer”

6 DE OCTUBRE

XXVII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO ©

1ª Lectura: Habacuc: 1,2-3; 2,2-4

“El justo por su fe vivirá”

Salmo 94: Ojalá escuchéis hoy la voz del Señor: “No endurezcáis vuestro corazón”

2ª Lectura:  2ª Timoteo: 1,6-8, 13-14

“No te avergüences del testimonio de nuestro Señor”.

PALABRA DEL DÍA

Lucas: 17,5-10

“Los Apóstoles dijeron al Señor: "Auméntanos la fe".
El respondió: "Si ustedes tuvieran fe del tamaño de un grano de mostaza, y dijeran a esa morera que está ahí: 'Arráncate de raíz y plántate en el mar', ella les obedecería.
Supongamos que uno de ustedes tiene un servidor para arar o cuidar el ganado. Cuando este regresa del campo, ¿acaso le dirá: 'Ven pronto y siéntate a la mesa'?
¿No le dirá más bien: 'Prepárame la cena y recógete la túnica para servirme hasta que yo haya comido y bebido, y tú comerás y beberás después'?
¿Deberá mostrarse agradecido con el servidor porque hizo lo que se le mandó?
Así también ustedes, cuando hayan hecho todo lo que se les mande, digan: 'Somos simples servidores, no hemos hecho más que cumplir con nuestro deber'".

Versión para América Latina, extraída de la Biblia del Pueblo de Dios

“Los Apóstoles dijeron al Señor: "Auméntanos la fe".
El respondió: "Si ustedes tuvieran fe del tamaño de un grano de mostaza, y dijeran a esa morera que está ahí: 'Arráncate de raíz y plántate en el mar', ella les obedecería.
Supongamos que uno de ustedes tiene un servidor para arar o cuidar el ganado. Cuando este regresa del campo, ¿acaso le dirá: 'Ven pronto y siéntate a la mesa'?
¿No le dirá más bien: 'Prepárame la cena y recógete la túnica para servirme hasta que yo haya comido y bebido, y tú comerás y beberás después'?
¿Deberá mostrarse agradecido con el servidor porque hizo lo que se le mandó?
Así también ustedes, cuando hayan hecho todo lo que se les mande, digan: 'Somos simples servidores, no hemos hecho más que cumplir con nuestro deber'".

REFLEXIÓN

La primera lectura de este domingo nos recuerda que “el justo vivirá por su fe”. Es decir, que la fidelidad a Dios, la confianza puesta en el Padre del cielo, es lo único que nos puede salvar. Estas palabras nos quieren hacer notar la importancia de la fe. La fe no es sólo creer unas verdades teológicas que decimos y profesamos en el Credo, sino que es mucho más. Tener fe es poner toda nuestra confianza en Jesús que nos ha salvado. Y en esto, todos los cristianos podemos afirmar que tenemos fe, por esto nos reunimos el domingo, por esto nos reunimos en la Iglesia. Pero no debemos conformarnos con ello: la fe, como una planta, tiene que ir creciendo.

Esta fe tiene que llevarnos a un compromiso, no puede permanecer estancada, tenemos que alimentarla, tenemos que cuidar el don de la fe que un día recibimos. Y quien puede darnos esta ayuda es el Espíritu Santo que habita en nuestros corazones. Una fe que, como expresaba santa Teresa de Jesús, tiene que ser un diálogo de amor entre la persona y Dios. Diálogo que surge de la oración en la que pedimos a Dios que atienda nuestros anhelos, nuestros deseos, nuestras penas y alegrías. Y que tiene como punto culminante la disposición del corazón para escuchar a Dios. Pues la fe en Dios no es una solución de nuestras  dificultades, no nos saca las castañas del fuego, no resuelve nuestros problemas. Pero si que nos da un sentido y un rumbo, nos da una seguridad que va más allá de nosotros mismos, nos da una esperanza y una alegría que nos permiten afrontar, sin rehuirlas, las adversidades de la vida, con una profundidad que sólo podemos encontrar en Dios.

Así pues, más que un pedir, la fe que surge de la oración descubre y encuentra su sentido más profundo en cumplir la voluntad del Señor, con los mismos sentimientos que Cristo, dando gracias al Señor por los dones recibidos. Conviene pues que revisemos cómo es nuestro diálogo con Dios. Quizá demasiadas veces nuestra oración se dirige a Dios para pedir cosas que quizás no nos conviene. En muchas ocasiones nuestra plegaria se eleva para rendir cuentas con Dios. Y Dios nos enseña que la plegaria es llegar a ser como Dios, llegar a pensar como él, pedir por los que más lo necesitan, pedir para descubrir los caminos que el Señor nos tiene preparados, para abrir nuestro corazón a su voluntad.

Nadie ha dicho que fuese fácil descubrir cuál es la voluntad de Dios, ni el mismo Jesús. Pero sí podemos descubrir su voluntad escuchando su Palabra, aumentando nuestro ritmo de oración que muchas veces olvidamos y dejamos en un segundo plano como si fuera algo secundario y poco importante. Hoy Jesús nos invita a la fe, nos invita a rezar, nos invita a que pidamos en la oración más fe: “Señor auméntanos la fe”. La fe lo fundamenta todo. La fe hace que Dios actúe en nuestra vida. La fe significa creer que estamos convencidos de que Jesús es la vida, la verdad y el camino, y que confiamos en él. Hoy se nos invita a examinar si nuestra fe es firme y verdadera, si tenemos presente a Dios en nuestra vida.

ENTRA EN TU INTERIOR

AUMÉNTANOS LA FE

De manera abrupta, los discípulos le hacen a Jesús una petición vital: «Auméntanos la fe». En otra ocasión le habían pedido: «Enséñanos a orar». A medida que Jesús les descubre el proyecto de Dios y la tarea que les quiere encomendar, los discípulos sienten que no les basta la fe que viven desde niños para responder a su llamada. Necesitan una fe más robusta y vigorosa.
Han pasado más de veinte siglos. A lo largo de la historia, los seguidores de Jesús han vivido años de fidelidad al Evangelio y horas oscuras de deslealtad. Tiempos de fe recia y también de crisis e incertidumbre. ¿No necesitamos pedir de nuevo al Señor que aumente nuestra fe?

Señor, auméntanos la fe. Enséñanos que la fe no consiste en creer algo sino en creer en ti, Hijo encarnado de Dios, para abrirnos a tu Espíritu, dejarnos alcanzar por tu Palabra, aprender a vivir con tu estilo de vida y seguir de cerca tus pasos. Sólo tú eres quien "inicia y consuma nuestra fe".

Auméntanos la fe. Danos una fe centrada en lo esencial, purificada de adherencias y añadidos postizos, que nos alejan del núcleo de tu Evangelio. Enséñanos a vivir en estos tiempos una fe, no fundada en apoyos externos, sino en tu presencia viva en nuestros corazones y en nuestras comunidades creyentes.

Auméntanos la fe. Haznos vivir una relación más vital contigo, sabiendo que tú, nuestro Maestro y Señor, eres lo primero, lo mejor, lo más valioso y atractivo que tenemos en la Iglesia. Danos una fe contagiosa que nos oriente hacia una fase nueva de cristianismo, más fiel a tu Espíritu y tu trayectoria.

Auméntanos la fe. Haznos vivir identificados con tu proyecto del reino de Dios, colaborando con realismo y convicción en hacer la vida más humana, como quiere el Padre. Ayúdanos a vivir humildemente nuestra fe con pasión por Dios y compasión por el ser humano.

Auméntanos la fe. Enséñanos a vivir convirtiéndonos a una vida más evangélica, sin resignarnos a un cristianismo rebajado donde la sal se va volviendo sosa y donde la Iglesia va perdiendo extrañamente su cualidad de fermento. Despierta entre nosotros la fe de los testigos y los profetas.

Auméntanos la fe. No nos dejes caer en un cristianismo sin cruz. Enséñanos a descubrir que la fe no consiste en creer en el Dios que nos conviene sino en aquel que fortalece nuestra responsabilidad y desarrolla nuestra capacidad de amar. Enséñanos a seguirte tomando nuestra cruz cada día.

Auméntanos la fe. Que te experimentemos resucitado en medio de nosotros renovando nuestras vidas y alentando nuestras comunidades.

 José Antonio Pagola

ORA EN TU INTERIOR

Precisamente, el ritmo del mundo en el que vivimos, muchas veces no nos deja espacio para recoger nuestra alma y alabar a Dios. Estamos demasiado ocupados, tenemos demasiadas prisas. Cuesta, en medio de toda esta confusión, encontrar espacios para la oración. A veces, este contacto con Dios lo podremos hacer renovando nuestras plegarias de la infancia. Lo podremos hacer bendiciendo la mesa orando por nuestra familia. Muchos grupos cristianos hoy, rezan la oración de la Iglesia con la Liturgia de las Horas. ¡Qué experiencia tan enriquecedora una familia que hace de la oración algo cotidiano y natural! Revivamos pues nuestra fe en la oración. Así ganaremos en paz, esperanza, caridad y fortaleza, aparte de en testimonio cristiano.

Ya en el Evangelio, Jesús nos ofrece una parábola que quiere poner de relieve la gratuidad del don de Dios, refutando la doctrina farisea de los méritos. Nos presenta la parábola de la relación del criado con su amo. Jesús nos invita a contemplarlo todo como un don gratuito de Dios, donde todos “somos unos pobres siervos, hemos hecho todo lo que teníamos que hacer”. La importancia, pues, no se encuentra en hacer muchas cosas, sino e hacer bien el trabajo que nos corresponde. Y hoy una de las tareas que Jesús nos pide con insistencia es la oración. Pidamos, pues, en la Eucaristía, en la que el Señor nos alimenta con el pan de su Cuerpo y su Palabra, que crezca en nosotros este deseo de encontrar momentos para el Señor, momentos de silencio y de encuentro con Dios que habita en nuestros corazones y que nos empuja a amar a Dios y a los hermanos.

ORACIÓN

Dios todopoderoso y eterno, que con amor generoso desbordas los méritos y deseos de los que te suplican, derrama sobre nosotros tu misericordia para que libres nuestra conciencia de toda inquietud, y nos concedas aún aquello que no nos atrevemos a pedir.

Expliquemos  el Evangelio a los niños.

Imágenes de Paxi Velasco FANO


Imagen para colorear



martes, 24 de septiembre de 2019

29 DE SEPTIEMBRE: XXVI DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO


“Si no escuchan a Moisés y a los profetas,
no harán caso ni aunque resucite un muerto

29 DE SEPTIEMBRE

XXVI DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO ©

1ª Lectura: Amós: 6,1.4-7

Se acabará la orgía de los disolutos

Salmo 145

Alaba, alma mía, al Señor

2ª Lectura: 1 Timoteo: 6,11-31

Guarda el mandamiento hasta la manifestación del Señor

PALABRA DEL DÍA

Lucas: 16,19-31

“En aquel tiempo, dijo Jesús a los fariseos: “Había un hombre rico que se vestía de púrpura y de lino y banqueteaba espléndidamente cada día. Y un mendigo llamado Lázaro estaba echado en su portal, cubierto de llagas, y con ganas de saciarse de lo que tiraban de la mesa del rico. Y hasta los perros se le acercaban a lamerle las llagas. Sucedió que se murió el mendigo, y los ángeles lo llevaron al seno de Abrahán. Se murió también el rico, y lo enterraron. Y, estando en el infierno, en medio de los tormentos, levantando los ojos, vio de lejos a Abrahán, y a Lázaro en su seno, y gritó: “Padre Abrahán, ten piedad de mí y manda a Lázaro que moje en agua la punta del dedo y me refresque la lengua, porque me torturan estas llamas.” Pero Abrahán le contestó: “Hijo, recuerda que recibiste tus bienes en vida, y Lázaro, a su vez, males: por eso encuentras aquí consuelo, mientras que tú padeces. Y además, entre nosotros y vosotros se abre un abismo inmenso, para que no puedan cruzar, aunque quieran, desde aquí hacia vosotros, ni puedan pasar de ahí hasta nosotros.” El rico insistió: “Te ruego, entonces, padre, que mandes a Lázaro a casa de mi padre, porque tengo cinco hermanos, para que, con su testimonio, evite que vengan también ellos a este lugar de tormento.” Abrahán le dice: “Tienen a Moisés y a los profetas; que los escuchen.” El rico contestó: “No, padre Abrahán. Pero si un muerto va a verlos, se arrepentirán.” Abrahán le dijo: “Si no escuchan a Moisés y a los profetas, no harán caso ni aunque resucite un muerto.”

Versión para América Latina extraída de la Biblia del Pueblo de Dios

“Había un hombre rico que se vestía de púrpura y lino finísimo y cada día hacía espléndidos banquetes.
A su puerta, cubierto de llagas, yacía un pobre llamado Lázaro,
que ansiaba saciarse con lo que caía de la mesa del rico; y hasta los perros iban a lamer sus llagas.
El pobre murió y fue llevado por los ángeles al seno de Abraham. El rico también murió y fue sepultado.
En la morada de los muertos, en medio de los tormentos, levantó los ojos y vio de lejos a Abraham, y a Lázaro junto a él.
Entonces exclamó: 'Padre Abraham, ten piedad de mí y envía a Lázaro para que moje la punta de su dedo en el agua y refresque mi lengua, porque estas llamas me atormentan'.
'Hijo mío, respondió Abraham, recuerda que has recibido tus bienes en vida y Lázaro, en cambio, recibió males; ahora él encuentra aquí su consuelo, y tú, el tormento.
Además, entre ustedes y nosotros se abre un gran abismo. De manera que los que quieren pasar de aquí hasta allí no pueden hacerlo, y tampoco se puede pasar de allí hasta aquí'.
El rico contestó: 'Te ruego entonces, padre, que envíes a Lázaro a la casa de mi padre,
porque tengo cinco hermanos: que él los prevenga, no sea que ellos también caigan en este lugar de tormento'.
Abraham respondió: 'Tienen a Moisés y a los Profetas; que los escuchen'.
'No, padre Abraham, insistió el rico. Pero si alguno de los muertos va a verlos, se arrepentirán'.
Pero Abraham respondió: 'Si no escuchan a Moisés y a los Profetas, aunque resucite alguno de entre los muertos, tampoco se convencerán'".

REFLEXIÓN

Jesús contrapone la suerte desigual, entre el rico Epulón y el pobre Lázaro. Jesús desarrolla la parábola en tres escenas: situación de los dos en vida, cambio de escena después de su muerte y diálogo de Epulón con Abrahán. En las dos primeras escenas Jesús  contrasta las dos situaciones, felicidad de uno y pobreza extrema del otro; en la tercera escena está la enseñanza de la parábola.

El desigual destino de Epulón y Lázaro no se debe sólo a su condición sociológica, sino, sobre todo, a sus actitudes personales. El rico no se condena por el mero hecho de serlo, sino porque no teme a Dios, y porque egoístamente se niega a compartir lo suyo con el pobre que muere de hambre a su puerta. Tampoco el pobre se salva exclusivamente por serlo, sino porque está abierto a Dios y espera la salvación de él, que hace justicia a los oprimidos.

A nuestro alrededor tenemos ancianos abandonados y solos, familias rotas que necesitan nuestra ayuda, marginados que necesitan una mano amiga. Si les cerramos las entrañas, ¿cómo creernos a bien con Dios? Los cristianos no podemos ser espectadores neutrales de la pobreza y miseria ajenas, porque “los gozos y esperanzas, las tristezas y angustias de los hombres y mujeres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo. Nada hay verdaderamente humano que no encuentre eco en su corazón” (GS 1).

Si no somos solidarios compartiendo nuestros bienes y dinero, tiempo y talentos, con los que son más pobres que nosotros, nuestras eucaristías no serán auténticas. Según venía a decir Pablo a los cristianos de Corinto (1 Cor 11,17s).

Escuchar la Palabra de Dios, convertirnos a la ley de su Reino de justicia y amor, abandonar la falsa seguridad de los bienes materiales y compartir con los hermanos lo que tenemos son las consignas que se desprenden de la enseñanza de Jesús en esta parábola.

Para un cristiano, que quiere vivir su fe con autenticidad, nadie le es indiferente, el cristiano auténtico es el que sabe llorar con el que llora, sufrir con el que sufre, es el que sabe hacer suyos los sufrimientos y las angustias de los demás, es el que sabe dar una palmada en el hombro, el que ofrece una sonrisa, el que tiene entrañas de misericordia.

ENTRA EN TU INTERIOR

NO IGNORAR AL QUE SUFRE

El contraste entre los dos protagonistas de la parábola es trágico. El rico se viste de púrpura y de lino. Toda su vida es lujo y ostentación. Sólo piensa en «banquetear espléndidamente cada día». Este rico no tiene nombre pues no tiene identidad. No es nadie. Su vida vacía de compasión es un fracaso. No se puede vivir sólo para banquetear.

Echado en el portal de su mansión yace un mendigo hambriento, cubierto de llagas. Nadie le ayuda. Sólo unos perros se le acercan a lamer sus heridas. No posee nada, pero tiene un nombre portador de esperanza. Se llama «Lázaro» o «Eliezer», que significa «Mi Dios es ayuda».
Su suerte cambia radicalmente en el momento de la muerte. El rico es enterrado, seguramente con toda solemnidad, pero es llevado al «Hades» o «reino de los muertos». También muere Lázaro. Nada se dice de rito funerario alguno, pero «los ángeles lo llevan al seno de Abrahán». Con imágenes populares de su tiempo, Jesús recuerda que Dios tiene la última palabra sobre ricos y pobres.

Al rico no se le juzga por explotador. No se dice que es un impío alejado de la Alianza. Simplemente, ha disfrutado de su riqueza ignorando al pobre. Lo tenía allí mismo, pero no lo ha visto. Estaba en el portal de su mansión, pero no se ha acercado a él. Lo ha excluido de su vida. Su pecado es la indiferencia.

Según los observadores, está creciendo en nuestra sociedad la apatía o falta de sensibilidad ante el sufrimiento ajeno. Evitamos de mil formas el contacto directo con las personas que sufren. Poco a poco, nos vamos haciendo cada vez más incapaces para percibir su aflicción.

 La presencia de un niño mendigo en nuestro camino nos molesta. El encuentro con un amigo, enfermo terminal, nos turba. No sabemos qué hacer ni qué decir. Es mejor tomar distancia. Volver cuanto antes a nuestras ocupaciones. No dejarnos afectar.

Si el sufrimiento se produce lejos es más fácil. Hemos aprendido a reducir el hambre, la miseria o la enfermedad a datos, números y estadísticas que nos informan de la realidad sin apenas tocar nuestro corazón. También sabemos contemplar sufrimientos horribles en el televisor, pero, través de la pantalla, el sufrimiento siempre es más irreal y menos terrible. Cuando el sufrimiento afecta a alguien más próximo a nosotros, no esforzamos de mil maneras por anestesiar nuestro corazón.

 Quien sigue a Jesús se va haciendo más sensible al sufrimiento de quienes encuentra en su camino. Se acerca al necesitado y, si está en sus manos, trata de aliviar su situación.

 José Antonio Pagola

ORA EN TU INTERIOR

Te alabamos, Señor, porque oyes el clamor del pobre, liberas al oprimido y sustentas al huérfano y a la viuda. Tú derribas del trono a los poderosos y enalteces a los humildes; al hambriento colmas de bienes y a los ricos los despide sin nada.

Cuando nuestro corazón se cierra ignorando al pobre, al enfermo, al anciano, al que sufre, abre, Señor, nuestros ojos para que te veamos a ti en ellos; cuando el pobre, el enfermo, el anciano, el que sufre tiende su mano hacia nosotros, abre nuestro corazón al gozo de compartir lo nuestro.

Bienes, tiempo… Para dar, porque hay más alegría en dar que en recibir, para acompañar, porque estuve enfermo y me visitaste, para denunciar proféticamente las injusticias que vemos a nuestro alrededor.

ORACIÓN FINAL

Ayúdanos a romper la soga del egoísmo consumista y acaparador, liberándonos del afán de poseer, gastar y consumir, para que no nos habituemos nunca a las desigualdades ni nos cerremos a ti y a los hermanos.

Haz que nos convirtamos radicalmente de la codicia, al amor que comparte, para que así podamos cambiar las estructuras injustas, que crean desigualdades entre los hombres nuestros hermanos. Amén.

Expliquemos el Evangelio a los niños.

Imágenes de Paxi Velasco FANO


Imagen para colorear