domingo, 13 de noviembre de 2016

20 DE NOVIEMBRE: XXXIV DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO. SOLEMNIDAD DE JESUCRISTO REY DEL UNIVERSO.



Señor, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino”
20 DE NOVIEMBRE
XXXIV DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO ©
SOLEMNIDAD DE JESUCRISTO REY DEL UNIVERSO
1ª Lectura: 2 Samuel 5,1-3
Ungieron a David como rey de Israel.
Salmo 121
Vamos alegres a la casa del Señor
2ª Lectura: Colosenses 1,12-20
Nos ha trasladado al reino del Hijo de su Amor.
PALABRA DEL DÍA
Lucas 23,35-43
“En aquel tiempo, las autoridades y el pueblo hacían muecas a Jesús, diciendo: -A otros ha salvado; que se salve a sí mismo, si él es el Mesías de Dios, el elegido. Se burlaban de él también los soldados, ofreciéndole vinagre y diciendo: -Si eres tú el rey de los judíos, sálvate a ti mismo. Había encima un letrero en escritura griega, latina y hebrea: “Este es el Rey de los judíos”. Uno de los malhechores crucificados lo insultaba diciendo: -¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros. Pero el otro lo increpaba: -¿Ni siquiera temes tú a Dios estando en el mismo suplicio? Y lo nuestro es justo, porque recibimos el pago de lo que hicimos; en cambio, éste no ha faltado en nada. Y decía: -Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino. Jesús le respondió: -Te lo aseguro: hoy estarás conmigo en el paraíso.”
Versión para América Latina, extraída de la Biblia del Pueblo de Dios
“El pueblo permanecía allí y miraba. Sus jefes, burlándose, decían: "Ha salvado a otros: ¡que se salve a sí mismo, si es el Mesías de Dios, el Elegido!".
También los soldados se burlaban de él y, acercándose para ofrecerle vinagre,
le decían: "Si eres el rey de los judíos, ¡sálvate a ti mismo!".
Sobre su cabeza había una inscripción: "Este es el rey de los judíos".
Uno de los malhechores crucificados lo insultaba, diciendo: "¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros".
Pero el otro lo increpaba, diciéndole: "¿No tienes temor de Dios, tú que sufres la misma pena que él?
Nosotros la sufrimos justamente, porque pagamos nuestras culpas, pero él no ha hecho nada malo".
Y decía: "Jesús, acuérdate de mí cuando vengas a establecer tu Reino".
Él le respondió: "Yo te aseguro que hoy estarás conmigo en el Paraíso".
REFLEXIÓN
            Este último domingo del tiempo ordinario, en el que contemplamos a Jesucristo como Rey del Universo, hemos escuchado cómo sufre el escarnio y la burla en el momento de dar la vida en la cruz. Es toda una paradoja ver a todo un Dios muriendo en la cruz. Pero no sólo eso, sino también sentir las burlas e insultos que le dirigen las autoridades judías y los soldados romanos. Además, habían puesto un rótulo para ridiculizarlo: “Jesús Nazareno, Rey de los judíos”. Hubiesen querido despreciarlo más poniendo “este ha dicho que era Rey de los judíos”. Un espectáculo espantoso.
            Paradójicamente, como decía, él era Rey, pero su reino no era de este mundo. ¿Qué querían decir cuando le pidieron por tres veces que se salvara él mismo? ¿Quizá que hiciese un milagro y bajase de la cruz? ¿Tal vez que demostrara su poder? Lo que más hizo sufrir a Jesús fue el abandono de los suyos. Más que la prueba que le pedían los demás para mostrar con prodigios que él era el Mesías.
            ¿Cómo podemos responder a esta prueba de amor que nos da Jesús? Más aún, ¿cómo deberíamos responder los cristianos cuando nos sentimos incomprendidos y quizá acusados? Con el mismo ejemplo y las mismas formas que Jesús: el amor y el perdón. Él simplemente dijo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”.

           Sin embargo, fue un malhechor quien descubrió el reinado y el mesianismo de Jesús, y fue en la cruz. Muchos no lo reconocieron cuando pasaba curando enfermos y haciendo milagros. Y él lo reconoce y confiesa cuando está crucificado a su lado. Como dice san Agustín, “en su corazón creyó, y con la lengua hizo la profesión de fe”. Y dice: “Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino”. Quizá esperaba la salvación para el futuro, pero el gran día no se haría esperar. Jesús, exaltado en la cruz, le respondió: “Te lo aseguro: hoy estarás conmigo en el paraíso”. Ojalá que, el día en que vuelva lleno de gloria, nos pudiese decir a cada uno de nosotros estas mismas palabras.
            Jesús reina, como se nos muestra hoy, sirviendo y salvando a la humanidad. Su trono es la cruz, su cetro una caña, su manto real es una pequeña túnica púrpura, su corona es de espinas. En su reino los últimos son los primeros y los primeros, últimos. Ahora podemos llegar a comprender por qué el reino de Dios no viene espectacularmente, sino que viene en cada corazón que lo confiesa y que hace un lugar a su majestad.
            Cada uno de nosotros puede ser constructor de su reino si trabajamos por la paz y la justicia, si somos capaces de servir como hizo el mismo Jesús, de perdonar como él, de luchar por la vida y la fraternidad. Cristo es la cabeza del cuerpo que es la Iglesia. Nosotros somos sus miembros. Todos los creyentes. En definitiva, todos los cristianos formamos parte de su cuerpo, del cual es él la Cabeza. En este “Cristo total” todos los bautizados asumimos la misión y el destino de Cristo: hacer posible ya aquí, en medio de nuestro mundo, la realidad del reino, y esperar con confianza que un día resucitaremos como él.
            Hoy contemplamos cómo le corresponde a Jesucristo, por derecho, el título de Rey. Él es el Señor absoluto de todo y de todos. Por él todo fue creado. Dios Padre puso en sus manos las realidades visibles e invisibles. Nada escapa a su mano providente y todo está bajo su dominio. En él se encuentra la plenitud de la verdad y la vida. Pero, a pesar de todo esto, su reino no es como los de este  mundo. Su reino no se impone, se propone. ¡Cuántas veces en nuestro mundo se imponen los poderes políticos y económicos! Pero el reino de Dios es un reino de servicio, de entrega amorosa. Dios reina entregando su vida por nosotros desde la cruz. Sin su sacrificio en la cruz no se puede comprender su reino.
            ¡Qué diferente son los que reinan según los criterios de este mundo: por la belleza física, por los títulos, por el dinero, por el cargo, por la palabra, por influencias, por orgullo! Y el reino de Dios es un reino de Justicia, de amor y de paz. Esta fiesta de hoy nos recuerda que Jesús es el único soberano ante una sociedad que parece querer dar la espalda a Dios. Un reinado que Cristo vino a establecer con la bondad y la mansedumbre de un pastor.
            No nos avergoncemos de un Cristo perseguido y muerto por ser testigo de la verdad. “el que es de la verdad, escucha mi voz”: el que con sinceridad de corazón mira al rey divino y acepta su camino de humildad y renuncia, ése es su súbdito fiel.
ENTRA EN TU INTERIOR
¿BURLARSE O INVOCAR?
Lucas describe con acentos trágicos la agonía de Jesús en medio de las burlas y bromas de quienes lo rodean. Nadie parece valorar su gesto. Nadie ha captado su amor a los últimos. Nadie ha visto en su rostro la mirada compasiva de Dios al ser humano.
Desde una cierta distancia, las «autoridades» religiosas y el «pueblo» se burlan de Jesús haciendo «muecas»: «A otros ha salvado; que se salve a sí mismo si es el Mesías». Los soldados de Pilato, al verlo sediento, le ofrecen un vino avinagrado muy popular entre ellos, mientras se ríen de él: «Si tú eres rey de los judíos, sálvate a ti mismo». Lo mismo le dice uno de los delincuentes, crucificado junto a él: « ¿No eres el Mesías? Pues sálvate a ti mismo».
Hasta tres veces repite Lucas la burla: «Sálvate a ti mismo». ¿Qué «Mesías» puede ser éste si no tiene poder para salvarse a sí mismo? ¿Qué clase de «Rey» puede ser? ¿Cómo va a salvar a su pueblo de la opresión de Roma si no puede escapar de los cuatro soldados que vigilan su agonía? ¿Cómo va a estar Dios de su parte si no interviene para liberarlo?
De pronto, en medio de tanta burla, una invocación: «Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino». Es el otro delincuente que reconoce la inocencia de Jesús, confiesa su culpa y lleno de confianza en el perdón de Dios, sólo pide a Jesús que se acuerde él. Jesús le responde de inmediato: «Hoy estarás conmigo en el paraíso». Ahora están los dos agonizando, unidos en el desamparo y la impotencia. Pero hoy mismo estarán los dos juntos disfrutando de la vida del Padre.
¿Qué sería de nosotros si el Enviado de Dios buscara su propia salvación escapando de esa cruz que lo une para siempre a todos los crucificados de la historia? ¿Cómo podríamos creer en un Dios que nos dejara hundidos en nuestro pecado y nuestra impotencia ante la muerte?
Hay quienes también hoy se burlan de Jesús Crucificado. No saben lo que hacen. No lo harían con Che Guevara ni con Martin Luther King. Se están burlando del hombre más humano que ha dado la historia. ¿Cuál es la postura más digna ante ese Jesús Crucificado, revelación suprema de la cercanía de Dios al sufrimiento del mundo, burlarse de él o invocarlo?
 José Antonio Pagola
ORA EN TU INTERIOR
Rey,  apenas hay otra palabra menos apropiada para Jesús.
Un rey que toca leprosos, que prefiere la gente normal a los poderosos del pueblo.
Un rey que lava los pies de los suyos, un rey que no tiene dinero y que no puede defenderse.
Jesús crucificado es un extraño rey: su trono es la cruz, su corona es de espinas. No tiene manto, está desnudo. No tiene ejército. Hasta los suyos le han abandonado. ¡Menudo rey!
Reino. Y ya que hablamos del rey, tenemos que hablar del reino. Jesús habló del reino de Dios, del reinado de Dios.
Un reinado en que los últimos del mundo son los primeros.
Un reinado que prefiere a los publicanos y a las prostitutas, antes que a los doctos letrados y los puros fariseos.
Un reinado sin tronos, sin palacio, sin ejército, sin poder.
Un reinado de viudas pobres, que echan dos céntimos de limosna.
Un reinado de samaritanos, que cuidan a un herido.
Un reinado en que son preferidos los sencillos como niños.
Un reinado de gente pobre, que sabe sufrir, de corazón limpio, comprometida con la justicia. ¡Menudo reino!
Dios se siembra desde dentro y hace vivir. Reina desde el amor.
“Reinar”.  En nuestro mundo reina el terror, reina la miseria,  reina la explotación, reina la venganza, reina el negocio sucio, reina la violencia.
Cuando en nuestro mundo reine la confianza mutua, cuando todos vivan decentemente, cuando no haya analfabetos, cuando los negocios sean honrados, cuando nos contentemos con menos… entonces podremos empezar a hablar de que Dios reina. Desde dentro, desde la humanización de los corazones.
¿Reinará Dios alguna vez?  Tenemos la tentación de pensar que no. La violencia y la rapacidad y el consumo desenfrenado parecen más fuertes que la bondad, la generosidad y la austeridad. Eso es una tentación.
Pero Jesús creía en la fuerza de la semilla, en el poder de la levadura, en la fuerza imparable del Espíritu, del Viento de Dios.
Y entretanto, tú y yo nos enfrentamos a una invitación urgente: ¿quieres comprometerte con Jesús a construir el reino?
ORACIÓN
A Jesucristo, el Testigo fiel, el Primogénito de entre los muertos, el Príncipe de los reyes de la tierra. A aquel que nos amó, nos ha liberado de nuestros pecados por su sangre, nos ha convertido en un reino y hecho sacerdotes de Dios, su Padre, a él, la gloria y el poder por los siglos de los siglos.
Expliquemos el Evangelio a los niños.
Imágenes de Fano.

Imagen para colorear.

El Rey, coronado de espinas, que regala el Paraíso.



jueves, 10 de noviembre de 2016

13 DE NOVIEMBRE: XXXIII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO.



“Con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas”
13 DE NOVIEMBRE
XXXIII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO ©
1ª Lectura: Malaquías 3,19.20a
“Os iluminará un sol de justicia”
Salmo 97
El Señor llega para regir los pueblos con rectitud.
2ª Lectura: Segunda Tesalonicenses 3,7-12
“Si alguno no quiere trabajar, que no coma”
PALABRA DEL DÍA
Lucas 21,5-19
“En aquel tiempo, algunos ponderaban la belleza del templo, por la calidad de la piedra y los exvotos. Jesús les dijo: -Esto que contempláis, llegará un día en que no quedará piedra sobre piedra: todo será destruido. Ellos le preguntaron: -Maestro, ¿cuándo va a ser esto?, ¿y cuál será la señal de que todo eso está para suceder? El contestó: -Cuidado con que nadie os engañe. Porque muchos vendrán usando mi nombre diciendo: “Yo soy” o bien “el momento está cerca”; no vayáis tras ellos. Cuando oigáis noticias de guerras y de revoluciones, no tengáis pánico. Porque eso tiene que ocurrir primero, pero el final no vendrá en seguida. Luego les dijo: -Se alzará pueblo contra pueblo y reino contra reino, habrá grandes terremotos, y en diversos países epidemias y hambre. Habrá también espantos y grandes signos en el cielo. Pero antes de todo eso os echarán mano, os perseguirán, entregándoos a los tribunales y a la cárcel, y os harán comparecer ante reyes y gobernadores por causa de mi nombre: así tendréis ocasión de dar testimonio. Haced propósito de no preparar vuestra defensa: porque yo os daré palabras y sabiduría a las que no podrá hacer frente ni contradecir ningún adversario vuestro. Y hasta vuestros padres, y parientes, y hermanos, y amigos os traicionarán, y matarán a algunos de vosotros, y todos os odiarán por causa de mi nombre. Pero ni un cabello de vuestra cabeza perecerá: con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas.”
Versión para América Latina, extraída de la Biblia del Pueblo de Dios
“Y como algunos, hablando del Templo, decían que estaba adornado con hermosas piedras y ofrendas votivas, Jesús dijo:
"De todo lo que ustedes contemplan, un día no quedará piedra sobre piedra: todo será destruido".
Ellos le preguntaron: "Maestro, ¿cuándo tendrá lugar esto, y cuál será la señal de que va a suceder?".
Jesús respondió: "Tengan cuidado, no se dejen engañar, porque muchos se presentarán en mi Nombre, diciendo: 'Soy yo', y también: 'El tiempo está cerca'. No los sigan.
Cuando oigan hablar de guerras y revoluciones no se alarmen; es necesario que esto ocurra antes, pero no llegará tan pronto el fin".
Después les dijo: "Se levantará nación contra nación y reino contra reino.
Habrá grandes terremotos; peste y hambre en muchas partes; se verán también fenómenos aterradores y grandes señales en el cielo.
Pero antes de todo eso, los detendrán, los perseguirán, los entregarán a las sinagogas y serán encarcelados; los llevarán ante reyes y gobernadores a causa de mi Nombre,
y esto les sucederá para que puedan dar testimonio de mí.
Tengan bien presente que no deberán preparar su defensa,
porque yo mismo les daré una elocuencia y una sabiduría que ninguno de sus adversarios podrá resistir ni contradecir.
Serán entregados hasta por sus propios padres y hermanos, por sus parientes y amigos; y a muchos de ustedes los matarán.
Serán odiados por todos a causa de mi Nombre.
Pero ni siquiera un cabello se les caerá de la cabeza.
Gracias a la constancia salvarán sus vidas.”
REFLEXIÓN
            En este domingo penúltimo del tiempo ordinario, que acabará el próximo con la solemnidad de Jesucristo Rey del Universo, la liturgia de la misa nos habla de los obstáculos y los sufrimientos que acompañan el testimonio del cristiano, y la Iglesia nos invita a reflexionar sobre las realidades últimas del hombre. La Palabra de Dios nos presenta con carácter apocalíptico el tiempo al cual todos debemos enfrentarnos. Pero también nos habla de la recompensa que espera a los que perseveran en la fe hasta el final. En definitiva, nos invita a ser fieles en la fe.
            El profeta Malaquías nos presenta, en la primera lectura, un cuadro que es muy vivo y actual para todos nosotros. El profeta escucha a su alrededor que la gente de su época se queja de que los malos progresan cada día, mientras que los justos no ven la recompensa. Así pues, se preguntan, ¿de qué sirve cumplir los mandamientos? Con la visión de un mundo que se acaba aquí, como es la visión de buena parte del Antiguo Testamento, es una pregunta muy seria. Sin embargo, el profeta adopta una perspectiva de solución más allá de este mundo. Recuerda la promesa hecha por Dios, que siempre ha sido fiel a su pueblo.
            ¿Cuántas veces hemos tenido la misma duda y nos hemos cuestionado ante tantas injusticias y males que nos rodean? Y, ¿cuántas veces nuestra respuesta ha sido que no sacamos provecho de cumplir con la Ley del Señor? A pesar de todo, Dios asegura que llegará un día en el que la justicia brillará para todos los hombres. El fuego consumirá a los malvados y la luz iluminará y protegerá a los justos que sean constantes y fieles.
            En el evangelio hemos escuchado una página de un género que pide una atención especial para poder captar su mensaje. Quizá no está hablando sólo del fin de los tiempos, sino que a la vez se puede referir a la inminente destrucción de Jerusalén. Una catástrofe que la ciudad sufrió por segunda vez el año 70 después de Cristo. Pero por lo que se refiere a nosotros, la Palabra de Jesús es una advertencia para ser fieles y constantes discípulos.
            Jesús nos recuerda que llegará el día del juicio sobre su pueblo y sobre todo el mundo, al cual nadie podrá permanecer indiferente. Jesús nos anuncia algo muy serio, y a la vez misterioso. Un final que nos concierne a todos.
            Vamos hacia un fin del mundo y a un juicio universal, pero este final y este juicio se juegan ya ahora y aquí para cada uno, en la vida personal de todos nosotros. Todos estamos llamados a recibir al Señor en nuestras vidas, o, al contrario, podemos rechazarlo. Nuestra decisión a favor o contra el Reino ya debemos hacerla en nuestra vida presente. Es una opción que debemos hacer a lo largo de toda nuestra vida.
            Muchas personas se quedan con aspecto secundario de esta llegada que se juega desde ahora, en el presente. Muchas dan pie a la curiosidad de cómo sucederá y cuándo llegará este momento, como algo que no les tocará, como de un futuro lejano. Sin embargo Jesús no quiere que dediquemos nuestra vida a hacer de adivinos, quiere que abramos nuestro corazón a su venida, con esperanza y con un profundo deseo de estar preparados, aunque no sepamos ni el día ni la hora.
            Jesús, lo que quiere, es que estemos atentos a su presencia. Quiere que velemos y que estemos preparados para cuando llegue con gloria. Quizá corremos el peligro de poner nuestra mirada, más que en él, en falsos mesías que prometen la felicidad ya aquí, haciéndonos olvidar la vida que nos espera junto a Jesús. Jesús quiere cambiar nuestras conciencias para que nos convirtamos a su amor. No le interesa tanto el fin del mundo como el fin de nuestra historia. Al final, el juicio que hará Dios de nuestra vida será por el amor con que habremos obrado.
            El Reino de Dios, tal como nos lo muestra Jesús, forma ya parte de nuestro presente, de nuestra cotidianidad. El reino de Dios ya está entre nosotros. Está en la medida en que lo vamos construyendo: “Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección. ¡Ven, Señor Jesús”! Cada día volvemos a pedir la llegada de su reino. El reino empieza aquí y se manifiesta en la Iglesia, pero sólo llegará a su plenitud cuando Cristo esté en todos. Cada domingo alimentamos esta esperanza con la celebración de la eucaristía.
ENTRA EN TU INTERIOR
PARA TIEMPOS DIFÍCILES
Los profundos cambios socioculturales que se están produciendo en nuestros días y la crisis religiosa que sacude las raíces del cristianismo en occidente, nos han de urgir más que nunca a buscar en Jesús la luz y la fuerza que necesitamos para leer y vivir estos tiempos de manera lúcida y responsable.
Llamada al realismo. En ningún momento augura Jesús a sus seguidores un camino fácil de éxito y gloria. Al contrario, les da a entender que su larga historia estará llena de dificultades y luchas. Es contrario al espíritu de Jesús cultivar el triunfalismo o alimentar la nostalgia de grandezas. Este camino que a nosotros nos parece extrañamente duro es el más acorde a una Iglesia fiel a su Señor.
No a la ingenuidad.   En momentos de crisis, desconcierto y confusión no es extraño que se escuchen mensajes y revelaciones proponiendo caminos nuevos de salvación. Éstas son las consignas de Jesús. En primer lugar, «que nadie os engañe»: no caer en la ingenuidad de dar crédito a mensajes ajenos al evangelio, ni fuera ni dentro de la Iglesia. Por tanto, «no vayáis tras ellos»: No seguir a quienes nos separan de Jesucristo, único fundamento y origen de nuestra fe.
Centrarnos en lo esencial.  Cada generación cristiana tiene sus propios problemas, dificultades y búsquedas. No hemos de perder la calma, sino asumir nuestra propia responsabilidad. No se nos pide nada que esté por encima de nuestras fuerzas. Contamos con la ayuda del mismo Jesús: «Yo os daré palabras y sabiduría» … Incluso en un ambiente hostil de rechazo o desafecto, podemos practicar el evangelio y vivir con sensatez cristiana.
La hora del testimonio.  Los tiempos difíciles no han de ser tiempos para los lamentos, la nostalgia o el desaliento. No es la hora de la resignación, la pasividad o la dimisión. La idea de Jesús es otra: en tiempos difíciles «tendréis ocasión de dar testimonio». Es ahora precisamente cuando hemos de reavivar entre nosotros la llamada a ser testigos humildes pero convincentes de Jesús, de su mensaje y de su proyecto.
Paciencia. Ésta es la exhortación de Jesús para momentos duros: «Con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas». El término original puede ser traducido indistintamente como "paciencia" o "perseverancia". Entre los cristianos hablamos poco de la paciencia, pero la necesitamos más que nunca. Es el momento de cultivar un estilo de vida cristiana, paciente y tenaz, que nos ayude a responder a nuevas situaciones y retos sin perder la paz ni la lucidez.
 José Antonio Pagola
ORA EN TU INTERIOR
            Ojalá que el evangelio de hoy sea para todos una fuerte llamada de atención. Si vivimos en tensión por la angustia y el miedo en un momento ciertamente difícil de la historia del mundo, será bueno que prestemos atención a las palabras de Jesús: “Pero ni un solo cabello de vuestra cabeza perecerá: con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas.”
            Este es el mensaje final de un año litúrgico que finaliza: perseverar en la fe de Jesucristo y en la praxis del evangelio es nuestra mejor garantía de que podremos caminar aun en medio de tantas dificultades con esperanza y con alegría.
            Perseverar en la fe y recuperar el evangelio perdido es lo que necesita un cristiano que a menudo se pregunta por el sentido de su existencia en el mundo. La perseverancia en esa fe, la fe de Jesucristo, es nuestro aporte a la construcción de un orden más justo y de una paz más duradera.
ORACIÓN
“Cuidado con que nadie os engañe”.
Con frecuencia nos convence lo que halaga el oído.
Cuando la verdad es dura de aceptar,
buscamos escapatorias menos exigentes y más fáciles de asimilar.
....................
Los predicadores de todos los tiempos lo saben,
y tratan de aprovechar esa debilidad para engañarnos.
Profundizar en la realidad de nuestro propio ser,
es el único camino para escapar de las voces de sirena.
.....................
Todas las promesas de futuro que se hacen en nombre de Dios son falsas, porque Dios no tiene futuro.
Dios no promete, da. Y se da desde siempre y para siempre.
En esa eternidad del don tenemos que entrar nosotros.

Expliquemos el Evangelio a los niños.
Imágenes de Fano.

Imagen para colorear.




viernes, 4 de noviembre de 2016

6 DE NOVIEMBRE: XXXII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO



“Dios no es Dios de muertos sino de vivos: porque para él todos están vivos”
6 DE NOVIEMBRE
XXXII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO ©
1ª Lectura: 2º Libro de los Macabeos 7,1-2.9-14
El rey del universo nos resucitará para una vida eterna.
Salmo 16
Al despertar me saciaré de tu semblante, Señor.
2ª Lectura: 2 Tesalonicenses 2,16-3,5
El Señor os dé fuerza para toda clase de palabras y de obras buenas.
PALABRA DEL DÍA
Lucas 20,27-38
 “En aquel tiempo, se acercaron a Jesús unos saduceos, que niegan la resurrección y le preguntaron: -Maestro, Moisés nos dejó escrito: “Si a uno se le muere su hermano, dejando mujer pero no hijos, cásese con la viuda y dé descendencia a su hermano.” Pues bien, había siete hermanos: el primero se casó y murió sin hijos. Y el segundo y el tercero se casaron con ella, y así los siete murieron sin dejar hijos. Por último murió la mujer. Cuando llegue la resurrección, ¿de cuál de ellos será la mujer? Porque los siete han estado casados con ella. Jesús les contestó: -En esta vida hombres y mujeres se casan; pero los que sean juzgados dignos de la vida futura y de la resurrección de entre los muertos, no se casarán. Pues ya no pueden morir, son como ángeles: son hijos de Dios, porque participan en la resurrección. Y que resucitan los muertos, el mismo Moisés lo indica en el episodio de la zarza, cuando llama al Señor: “Dios de Abrahán, Dios de Isaac, Dios de Jacob.” No es Dios de muertos sino de vivos: porque para él todos están vivos.”
Versión para Latinoamérica extraída de la Biblia del Pueblo de Dios
Se le acercaron algunos saduceos, que niegan la resurrección,
y le dijeron: "Maestro, Moisés nos ha ordenado: Si alguien está casado y muere sin tener hijos, que su hermano, para darle descendencia, se case con la viuda.
Ahora bien, había siete hermanos. El primero se casó y murió sin tener hijos.
El segundo se casó con la viuda, y luego el tercero. Y así murieron los siete sin dejar descendencia.
Finalmente, también murió la mujer.
Cuando resuciten los muertos, ¿de quién será esposa, ya que los siete la tuvieron por mujer?".
Jesús les respondió: "En este mundo los hombres y las mujeres se casan,
pero los que sean juzgados dignos de participar del mundo futuro y de la resurrección, no se casarán.
Ya no pueden morir, porque son semejantes a los ángeles y son hijos de Dios, al ser hijos de la resurrección.
Que los muertos van a resucitar, Moisés lo ha dado a entender en el pasaje de la zarza, cuando llama al Señor el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob.
Porque él no es un Dios de muertos, sino de vivientes; todos, en efecto, viven para él".
REFLEXIÓN
            Desde antiguo nos hemos preguntado sobre el sentido de la vida. ¿Cuál y cómo es el destino final del hombre? ¿Hacia dónde se encamina la existencia humana? A esta inquietante cuestión trata de responder hoy la liturgia. Jesús, por un lado, nos enseña que el destino es la vida eterna, pero que esta vida en el más allá no es igual a la vida terrena, sino que es una continuidad de la persona. Por otro lado, el martirio de la madre de los siete hijos en tiempos de la guerra macabea da ocasión para proclamar con coraje y valentía la fe en la resurrección para la vida. Mientras san Pablo pide oraciones a los cristianos de Tesalónica para que “la palabra de Dios siga el avance glorioso que comenzó entre vosotros”, una palabra que incluye la suerte final de los hombres ante el juez supremo, que es Dios.
            El evangelio nos muestra cómo saduceos, que eran provenientes de las familias de la nobleza sacerdotal, rechazaban toda evolución del judaísmo, oponiéndose a la fe en la resurrección. Y entonces, para ridiculizar la resurrección, ponen el caso de unos hermanos que van casándose con la viuda de uno de ellos. Esta ley del levirato tenía por objeto perpetuar la descendencia y mantener a la viuda en el seno de la familia del difunto. Realmente con este ejemplo querían probar la imposibilidad de la resurrección desde un punto de vista terrenal. Los saduceos pensaban en la resurrección como en una mera continuación de la vida terrenal, con matrimonios y con todo lo que acontece en este mundo. Y Jesús habla de la resurrección como de un cambio radical. Jesús contrapone este mundo con el mundo futuro; en el que la gente no muere.
            Pero, además, como los saduceos aceptaban sólo los primeros libros de la biblia, les da una segunda oportunidad citando un texto de las Sagradas Escrituras, concretamente el libro del Éxodo, en el que Dios se revela a Moisés como Dios de Abrahán, Dios de Isaac y Dios de Jacob. Si Abrahán, Isaac y Jacob estuviesen muertos definitivamente esta fórmula sería irrisoria. Jesús dice que Dios no es un Dios de muertos, sino de vivos, porque todos tienen vida en él. Nuestros difuntos viven para Dios.
            Por tanto, el mensaje que la Palabra hoy nos anuncia es una llamada a la esperanza. Para el creyente, el tesoro más precioso no es la vida que ya tiene y que ya goza, sino la que le espera en Dios.
            Pero la esperanza cristiana no nos debe hacer vivir alejados de la realidad del mundo ni de la historia, sino entregados enteramente a hacer historia: historia de la salvación. Construir la historia no es tarea sólo de los no cristianos. Es, aún con más razón, misión de los que creen en el Señor de la historia y en la marcha de toda la historia humana hacia su decisión final en Dios.
Sí, como cristianos tenemos que esperar en Dios. Tenemos que esperar con fe que él abrirá las puertas de la eternidad a nuestra mente, a nuestros corazones, a nuestros cuerpos, a nuestra vida. No sabemos cómo será, pero nos toca confiar, fiarnos de Dios. Porque la esperanza cristiana en la resurrección es un mensaje de vida en plenitud, de presencia viva ante el mismo Dios vivo. Es vivir sin reloj ni cronología. Es permanecer siempre en el Señor, como estando sumergidos en el mar, en el océano mismo de la Vida. El mensaje cristiano es un mensaje de esperanza porque anuncia el triunfo de la vida sobre el tiempo y sobre el mal. Anuncia el triunfo de Dios sobre sus enemigos, el único de los cuales es la misma muerte. Vale la pena ser testimonios ante nuestro mundo de este mensaje de esperanza con palabras y obras.
            Jesús nos viene a abrir el camino de la fe en la resurrección con su testimonio. El reino de Dios es el reino de la vida en el cual la persona perdura en la gloria por siempre. Ésta es nuestra fe, y por esto tendríamos que vivir de tal manera que la esperanza en la eternidad brillase en nuestros rostros y en la forma de vivir cada minute de nuestra existencia. Nosotros tenemos esta fe. Dios ha querido que existamos y nos ha dado la vida. Es dios quién ha inventado la maravilla de la vida, quien llama a la vida a todos los seres que él quiere. Nosotros creemos en esta vida en plenitud que Dios nos prometió, en la resurrección, aunque somos incapaces de imaginarla. Esta nueva vida superará cualquier cosa que nos lleguemos a imaginar. Jesús mismo nos dice que no podemos llegar ni a imaginar lo que el Padre tiene preparado para todos aquellos que lo aman. Y es que cada uno de nosotros está llamado a vivir para siempre.
            “Nosotros creemos en tu Palabra, Señor. Creemos que la muerte no es el final, sino un paso a la eternidad,. Y te pedimos que nos acompañes en este camino de fe, porque siempre necesitamos reforzar estas convicciones para permanecer a tu lado”.
ENTRA EN TU INTERIOR
A DIOS NO SE LE MUEREN SUS HIJOS
Jesús ha sido siempre muy sobrio al hablar de la vida nueva después de la resurrección. Sin embargo, cuando un grupo de aristócratas saduceos trata de ridiculizar la fe en la resurrección de los muertos, Jesús reacciona elevando la cuestión a su verdadero nivel y haciendo dos afirmaciones básicas.
Antes que nada, Jesús rechaza la idea pueril de los saduceos que imaginan la vida de los resucitados como prolongación de esta vida que ahora conocemos. Es un error representarnos la vida resucitada por Dios a partir de nuestras experiencias actuales.
Hay una diferencia radical entre nuestra vida terrestre y esa vida plena, sustentada directamente por el amor de Dios después de la muerte. Esa Vida es absolutamente "nueva". Por eso, la podemos esperar, pero nunca describir o explicar.
Las primeras generaciones cristianas mantuvieron esa actitud humilde y honesta ante el misterio de la "vida eterna". Pablo les dice a los creyentes de Corinto que se trata de algo que "el ojo nunca vio ni el oído oyó ni hombre alguno ha imaginado, algo que Dios ha preparado a los que lo aman".
Estas palabras nos sirven de advertencia sana y de orientación gozosa. Por una parte, el cielo es una "novedad" que está más allá de cualquier experiencia terrestre, pero, por otra, es una vida "preparada" por Dios para el cumplimiento pleno de nuestras aspiraciones más hondas. Lo propio de la fe no es satisfacer ingenuamente la curiosidad, sino alimentar el deseo, la expectación y la esperanza confiada en Dios.
Esto es, precisamente, lo que busca Jesús apelando con toda sencillez a un hecho aceptado por los saduceos: a Dios se le llama en la tradición bíblica «Dios de Abrahán, Isaac y Jacob». A pesar de que estos patriarcas han muerto, Dios sigue siendo su Dios, su protector, su amigo. La muerte no ha podido destruir el amor y la fidelidad de Dios hacia ellos.
Jesús saca su propia conclusión haciendo una afirmación decisiva para nuestra fe: «Dios no es un Dios de muertos, sino de vivos; porque para él todos están vivos». Dios es fuente inagotable de vida. La muerte no le va dejando a Dios sin sus hijos e hijas queridos. Cuando nosotros los lloramos porque los hemos perdido en esta tierra, Dios los contempla llenos de vida porque los ha acogido en su amor de Padre.
Según Jesús, la unión de Dios con sus hijos no puede ser destruida por la muerte. Su amor es más fuerte que nuestra extinción biológica. Por eso, con fe humilde nos atrevemos a invocarlo: "Dios mío, en Ti confío. No quede yo defraudado" (salmo 25,1-2).
José Antonio Pagola
ORA EN TU INTERIOR
El evangelio de hoy terminaba diciendo:  "...porque para Él, todos están vivos". ¿No podría ser esa la verdadera plenitud humana? ¿No podríamos encontrar ahí el auténtico futuro del ser humano? ¿Por qué tenemos que empeñarnos en permanecer vivos para nosotros, es decir, que nos garanticen una permanencia en el ser individual para toda la eternidad? ¿No sería muchísimo más sublime permanecer vivos sólo para Él?
¿No podría ser, que el consumirnos en favor de los demás, fuese la auténtica consumación del ser humano? Eso es lo que recordamos en cada eucaristía como praxis de Jesús. “Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto”.
ORACIÓN
Para Dios todo está siempre en un eterno presente.
Esa existencia eterna en Dios, se manifiesta en el tiempo,
y da origen a todas las criaturas que forman el universo.
Como ser humano puedo vivir mi relación con el Absoluto.
La experiencia de lo Absoluto, es mi verdadera Vida.
No confundir con mi vida biológica que sólo es un accidente.
Cuando tomo lo accidental por substancial,
estoy equivocándome de cabo a rabo.
Si descubro el engaño, procuraré vivir a tope,
es decir, al límite de mis posibilidades más humanas.
Mi presente se funde con mi pasado y mi futuro.
Desde mi contingencia, puedo experimentar un ahora eterno.
Expliquemos el Evangelio a los niños.
Imágenes de Fano.

Imagen para colorear.


martes, 1 de noviembre de 2016

2 DE NOVIEMBRE: CONMEMORACIÓN DE TODOS LOS FIELES DIFUNTOS.



“Venid, benditos de mi Padre, heredad el Reino que yo tenía preparado para vosotros desde el principio del mundo…”
2 DE NOVIEMBRE
CONMEMORACIÓN DE TODOS LOS FIELES DIFUNTOS
(3 formularios a libre elección del celebrante:  Las tres lecturas deben escogerse, de los formularios propuestos o del leccionario de Difuntos: Esta es mi propuesta)
1ª Lectura: Job 19,1.23-27
Yo sé que está vivo mi Redentor.
Salmo 22
El Señor es mi pastor, nada me falta.
2ª Lectura: Romanos 14,7-9.10-12
En la vida y en la muerte somos del Señor.
PALABRA DEL DÍA
Mateo 25,31-46
“En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: -Cuando venga en su gloria el Hijo del hombre, y todos los ángeles con él, se sentará en el trono de su gloria, y serán reunidas ante él todas las naciones. Él separará a unos de otros, como un pastor separa las ovejas de las cabras. Y pondrá las ovejas a su derecha y las cabras a su izquierda. Entonces dirá al rey a los de su derecha: “Venid vosotros, benditos de mi Padre; heredad el reino preparado para vosotros desde la creación del mundo. Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y me hospedasteis, estuve desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, en la cárcel y vinisteis a verme.” Entonces los justos le contestarán: “Señor, ¿cuándo te vimos  con hambre y te alimentamos, o con sed y de dimos de beber?; ¿cuándo te vimos forastero y te hospedamos, o desnudo y te vestimos?; ¿cuándo te vimos enfermo o en la cárcel y fuimos a verte?” y el rey les dirá. “”Os aseguro que cada vez que lo hicisteis con uno de éstos, mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis.” Y entonces dirá a los de su izquierda: “apartaos de mí, malditos, id al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles. Porque tuve hambre y no me disteis de comer, tuve sed y no me disteis de beber, fui forastero y no me hospedasteis, estuve desnudo y no me vestisteis, enfermo y en la cárcel y no me visitasteis.” Entonces también éstos contestarán: “Señor, ¿cuándo te vimos con hambre o con sed, o forastero o desnudo, o enfermo o en la cárcel, y no te asistimos?” Y él replicará: “Os aseguro que cada vez que no lo hicisteis con uno de éstos, los humildes, tampoco lo hicisteis conmigo.” Y éstos irán al castigo eterno, y los justos a la vida eterna.”
Versión para América Latina, extraída de la Biblia del Pueblo de Dios
“Jesús dijo a sus discípulos:
"Cuando el Hijo del hombre venga en su gloria rodeado de todos los ángeles, se sentará en su trono glorioso.
Todas las naciones serán reunidas en su presencia, y él separará a unos de otros, como el pastor separa las ovejas de los cabritos,
y pondrá a aquellas a su derecha y a estos a su izquierda.
Entonces el Rey dirá a los que tenga a su derecha: 'Vengan, benditos de mi Padre, y reciban en herencia el Reino que les fue preparado desde el comienzo del mundo,
porque tuve hambre, y ustedes me dieron de comer; tuve sed, y me dieron de beber; estaba de paso, y me alojaron;
desnudo, y me vistieron; enfermo, y me visitaron; preso, y me vinieron a ver'.
Los justos le responderán: 'Señor, ¿cuándo te vimos hambriento, y te dimos de comer; sediento, y te dimos de beber?
¿Cuándo te vimos de paso, y te alojamos; desnudo, y te vestimos?
¿Cuándo te vimos enfermo o preso, y fuimos a verte?'.
Y el Rey les responderá: 'Les aseguro que cada vez que lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, lo hicieron conmigo'.
Luego dirá a los de su izquierda: 'Aléjense de mí, malditos; vayan al fuego eterno que fue preparado para el demonio y sus ángeles,
porque tuve hambre, y ustedes no me dieron de comer; tuve sed, y no me dieron de beber;
estaba de paso, y no me alojaron; desnudo, y no me vistieron; enfermo y preso, y no me visitaron'.
Estos, a su vez, le preguntarán: 'Señor, ¿cuándo te vimos hambriento o sediento, de paso o desnudo, enfermo o preso, y no te hemos socorrido?'.
Y él les responderá: 'Les aseguro que cada vez que no lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, tampoco lo hicieron conmigo'.
Estos irán al castigo eterno, y los justos a la Vida eterna".
REFLEXIÓN
"Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano. Pero aún ahora sé que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo concederá” (Juan 11,21).
En este pequeño reproche de la hermana de Lázaro a Jesús, se expresan los dos sentimientos que nos embargan, ante el misterio de la muerte: dolor por la separación de un ser querido y, a la vez, como cristianos, esperanza firme de que se trata efectivamente de una separación, pero no de una pérdida. La vida humana, y de esto somos conscientes cuando se trata de la muerte de alguien a quien amamos, es demasiado valiosa para desaparecer sin rastro. Los cristianos creemos que la muerte no es término, sino tránsito; no es ruptura, sino transformación. Creemos además que, cuando nuestra existencia temporal llega al límite de sus posibilidades, en ese límite se encuentra no con el vacío de la nada, sino con las manos del Dios vivo, que acoge esa realidad entregada y convierte esa muerte en semilla de resurrección, sea de la forma que sea.
La muerte es ciertamente la crisis radical del hombre; alguien ha dicho irónicamente que ella es la expropiación forzosa de todo el ser y todo el haber de los humanos. Es además una crisis irrefutable, a la que el hombre no puede responder; quitándole el ser, la muerte le quita también la palabra; es muda y hace mudos.
Sólo Dios puede responder a esa interpelación, que también le toca a él; si realmente es el Dios fiel y veraz, el Padre misericordioso, el amigo y aliado del hombre, no puede contemplar indiferente lo que le ha ocurrido a su hijo. Dios está ahí para responder por él; y su respuesta es el cumplimiento de la promesa de vida y de resurrección.
Pablo decía a sus fieles de Tesalónica, en un trance parecido al que sufrimos con la pérdida de un ser querido: “No os aflijáis como los hombres sin esperanza”. El apóstol no prohíbe a sus cristianos la tristeza, pero les advierte que la suya no tiene que ser una tristeza desesperada. A la separación sucederá el reencuentro, en un plazo más o menos próximo, pero en todo caso seguro y ya a salvo de toda contingencia. El cristiano, como Cristo, no muere para permanecer en la muerte, sino para resucitar; no entrega la vida a fondo perdido; la devuelve a su Creador y en él alcanza vida eterna. Porque, notémoslo bien, no hay dos vidas, ésta y la otra; lo que se suele designar como “la otra vida” no es, en realidad, sino ésta plenificada, la que había comenzado con el bautismo y la fe: “Quién cree posee la vida eterna” (Jn. 5,24) y que ahora se consuma en la comunión inmediata con el ser mismo de Dios.
Por otra parte, estamos reunidos aquí también para rezar por nuestros hermanos difuntos. La separación que la muerte representa no significa que el que muere queda fuera del alcance de nuestro amor.
Nuestro amor le llega, en la medida en que lo necesite, en forma de oración y recuerdo. Y es toda la Iglesia la que ahora se une a nosotros, avalando, con su intercesión a estos hijos suyos en el momento de su encuentro con Dios. No se encuentran con Dios en solitario; nosotros estamos con ellos, la Iglesia estera está con ellos y evoca para ellos las palabras consoladoras del evangelio: “Ven, bendito de mi Padre, hereda el Reino que yo tenía preparado para ti desde el comienzo del mundo…”
Para Dios, ningún dolor, ningún sufrimiento se pierde, todos son asumidos en su cruz salvadora y redentora, la única que no juzga ni condena sino que perdona y acoge.
           Con estos sentimientos de dolor esperanzado, de amor solidario, participemos en la eucaristía que ofrecemos ahora por el descanso de sus almas, pero a decir verdad, más de las nuestras, llenas de perjuicios y de falsas esperanzas; una Eucaristía que es, a la vez, celebración del encuentro con Cristo y expresión de nuestra fe en la resurrección.
San Agustín, escribía a su madre este poema, ya mucho lo conocéis, pero yo quiero volver a recordarlo, porque nos hace bien a todos:
No Llores Si Me Amas de San Agustín
“ No llores si me amas,
 si conocieras el don de Dios y lo que es el cielo!
 si pudieras oír el cántico de los ángeles
 y verme en medio de ellos!
 Si pudieras ver desarrollarse ante tus ojos; los horizontes, los campos
 y los nuevos senderos que atravieso!
 Si por un instante pudieras contemplar como yo,
 la belleza ante la cual las bellezas palidecen!
 Cómo!...¿Tú me has visto,
 me has amado en el país de las sombras
 y no te resignas a verme y
 amarme en el país de las inmutables realidades?
 Créeme.
 Cuando la muerte venga a romper las ligaduras
 como ha roto las que a mí me encadenaban,
 cuando llegue un día que Dios ha fijado y conoce,
 y tu alma venga a este cielo en que te ha precedido la mía,
 ese día volverás a verme,
 sentirás que te sigo amando,
 que te amé, y encontrarás mi corazón
 con todas sus ternuras purificadas.
 Volverás a verme en transfiguración, en éxtasis, feliz!
 ya no esperando la muerte, sino avanzando contigo,
 que te llevaré de la mano por
 senderos nuevos de Luz...y de Vida...
 Enjuga tu llanto y no llores si me amas!”
ENTRA EN TU INTERIOR
EN LAS MANOS DE DIOS 
Los hombres de hoy no sabemos qué hacer con la muerte. A veces, lo único que se nos ocurre es ignorarla y no hablar de ella. Olvidar cuanto antes ese triste suceso, cumplir los trámites religiosos o civiles necesarios y volver de nuevo a nuestra vida cotidiana.
Pero tarde o temprano, la muerte va visitando nuestros hogares arrancándonos nuestros seres más queridos. ¿Cómo reaccionar entonces ante esa muerte que nos arrebata para siempre a nuestra madre? ¿Qué actitud adoptar ante el esposo querido que nos dice su último adiós? ¿Que hacer ante el vacío que van dejando en nuestra vida tantos amigos y amigas?
La muerte es una puerta que traspasa cada persona en solitario. Una vez cerrada la puerta, el muerto se nos oculta para siempre. No sabemos qué ha sido de él. Ese ser tan querido y cercano se nos pierde ahora en el misterio insondable de Dios. ¿Cómo relacionarnos con él
Los seguidores de Jesús no nos limitamos a asistir pasivamente al hecho de la muerte. Confiando en Cristo resucitado, lo acompañamos con amor y con nuestra plegaria en ese misterioso encuentro con Dios. En la liturgia cristiana por los difuntos no hay desolación, rebelión o desesperanza. En su centro solo una oración de confianza: “En tus manos, Padre de bondad, confiamos la vida de nuestro ser querido”
¿Qué sentido pueden tener hoy entre nosotros esos funerales en los que nos reunimos personas de diferente sensibilidad ante el misterio de la muerte? ¿Qué podemos hacer juntos: creyentes, menos creyentes, poco creyentes y también increyentes?
A lo largo de estos años, hemos cambiado mucho por dentro. Nos hemos hecho más críticos, pero también más frágiles y vulnerables; somos más incrédulos, pero también más inseguros. No nos resulta fácil creer, pero es difícil no creer. Vivimos llenos de dudas e incertidumbres, pero no sabemos encontrar una esperanza.
A veces, suelo invitar a quienes asisten a un funeral a hacer algo que todos podemos hacer, cada uno desde su pequeña fe. Decirle desde dentro a nuestro ser querido unas palabras que expresen nuestro amor a él y nuestra invocación humilde a Dios:
“Te seguimos queriendo, pero ya no sabemos cómo encontrarnos contigo ni qué hacer por ti. Nuestra fe es débil y no sabemos rezar bien. Pero te confiamos al amor de Dios, te dejamos en sus manos. Ese amor de Dios es hoy para ti un lugar más seguro que todo lo que nosotros te podemos ofrecer. Disfruta de la vida plena. Dios te quiere como nosotros no te hemos sabido querer. Un día nos volveremos a ver”.
José Antonio Pagola
ORA EN TU INTERIOR
            Seremos juzgados según la aceptación o el rechazo de Cristo a quien no vemos en carne y hueso, pero que se identifica con cuantos sufren en la tierra de los hombres. El prójimo es así la pantalla de nuestra vida, el video para leer nuestra conducta, el espejo para recomponer nuestra figura cristiana, porque “quién no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve” (1Jn 4,20).
            La sensibilidad y solidaridad efectivas ante el dolor ajeno son, el termómetro de nuestro cristianismo.
            No basta una acción caritativa que por sistema se limitará tan solo a la limosna, que por otra parte solo sirve para tranquilizar nuestra conciencia la mayoría de las veces. La acción caritativa asistencial sirve para situaciones límite e inaplazables. Pero para dar de comer al hambriento hoy, mañana y pasado, hay que dar trabajo al parado, hay que transformar las estructuras sociales injustas de modo que el necesitado se sienta liberado de su pobreza y promocionado como persona libre.
            El cristiano que se inhibe ante los problemas sociales y las múltiples necesidades de su entorno, pensando que ese no es asunto suyo, olvida que el hombre es un ser que vive en sociedad y por tanto cualquier acción humana, incluidas la abstención u omisión, tiene, necesariamente, repercusiones sociales.
ORACIÓN
            Oh Dios, Padre bueno y justo, inclinándonos humildemente ante el misterio de unos designios que no comprendemos, te pedimos que escuches nuestras plegarias, ilumines las tinieblas en que nos sume nuestro dolor y concedas a nuestros hermanos difuntos vivir eternamente contigo en la felicidad de tu reino.
            El culto eucarístico debe reflejar el culto de nuestra vida, y al revés; porque se necesitan mutuamente. El culto completo del discípulo de Cristo se expresa en la solidaridad con el pobre, el que sufre, el hermano menor de Jesús. Esta es la religión que acepta el Señor.
Expliquemos el Evangelio a los niños.
Imágenes de Fano

Imagen para colorear.
“Venid vosotros, benditos de mi Padre…”