domingo, 17 de julio de 2016

24 DE JULIO: XVII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO.



“Pedid y se os dará; buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá; porque quien pide recibe, quien busca halla, y al que llama se le abre.”

24 DE JULIO
XVII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
1ª Lectura: Génesis 18,20-32
“En atención a los diez, no la destruiré”.
SALMO 137
Cuando te invoqué, Señor, me escuchaste.
2ª Lectura: Colosenses 2,12-14
“Por el bautismo fuiste sepultados con Cristo…”
PALABRA DEL DÍA
Lucas 11,1-13
“Una vez que estaba Jesús orando en cierto lugar, cuando terminó, uno de sus discípulos le dijo: “Señor, enséñanos a orar, como Juan enseñó a sus discípulos”. Él les dijo: “Cuando oréis decid: “Padre, santificado sea tu nombre, venga tu reino, danos cada día nuestro pan del mañana, perdónanos nuestros pecados, porque también nosotros perdonamos a todo el que nos debe algo, y nos dejes caer en la tentación”. Y Les dijo: “Si alguno de vosotros tiene un amigo, y viene durante la medianoche para decirles: “Amigo, préstame tres panes, pues uno de mis amigos ha venido de viaje y no tengo nada que ofrecerle”. Y, desde dentro, el otro le responde: “No me molestes; la puerta está cerrada; mis niños y yo estamos acostados; no puedo levantarme para dártelos”. Si el otro insiste llamando, yo os digo que, si no se levanta y se los da por ser amigo suyo, al menos por la importunidad se levantará y le dará cuanto necesite. Pues así os digo a vosotros: Pedid y se os dará; buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá; porque quien pide recibe, quien busca halla, y al que llama se le abre. ¿Qué padre entre vosotros, cuando el hijo le pide pan, le dará una piedra? ¿O si le pide un pez, le dará una serpiente? ¿O si le pide un huevo, le dará un escorpión? Si vosotros, pues, que sois malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan?”.
Versión para América Latina, extraída de la Biblia del Pueblo de Dios
“Un día, Jesús estaba orando en cierto lugar, y cuando terminó, uno de sus discípulos le dijo: "Señor, enséñanos a orar, así como Juan enseñó a sus discípulos".
El les dijo entonces: "Cuando oren, digan: Padre, santificado sea tu Nombre, que venga tu Reino;
danos cada día nuestro pan cotidiano;
perdona nuestros pecados, porque también nosotros perdonamos a aquellos que nos ofenden; y no nos dejes caer en la tentación".
Jesús agregó: "Supongamos que alguno de ustedes tiene un amigo y recurre a él a medianoche, para decirle: 'Amigo, préstame tres panes,
porque uno de mis amigos llegó de viaje y no tengo nada que ofrecerle',
y desde adentro él le responde: 'No me fastidies; ahora la puerta está cerrada, y mis hijos y yo estamos acostados. No puedo levantarme para dártelos'.
Yo les aseguro que aunque él no se levante para dárselos por ser su amigo, se levantará al menos a causa de su insistencia y le dará todo lo necesario.
También les aseguro: pidan y se les dará, busquen y encontrarán, llamen y se les abrirá.
Porque el que pide, recibe; el que busca, encuentra; y al que llama, se le abre.
¿Hay entre ustedes algún padre que da a su hijo una piedra cuando le pide pan? ¿Y si le pide un pescado, le dará en su lugar una serpiente?
¿Y si le pide un huevo, le dará un escorpión?
Si ustedes, que son malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, ¡cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a aquellos que se lo pidan!".
REFLEXIÓN
Durante estos domingos la liturgia pone el acento en el tema de la vigilancia cristiana. Para conservar el don precioso de la vida nueva, el evangelio del domingo pasado nos alertaba sobre la necesidad de reforzar nuestra vida interior y la escucha serena de la palabra de Jesucristo.
            Hoy nos encontramos con el segundo elemento de esta vigilancia: la oración.
            ¿Qué quiere decir orar? ¿Para qué orar? ¿Cómo orar?
            Lucas es el evangelista de la oración y ve a Jesús como el gran orante en permanente diálogo con el Padre. Sobre todo, en los momentos importantes de su vida, nos muestra a Jesús que se retira a algún lugar solitario para orar al Padre.
            Así ora en el bautismo, en el desierto, antes de la elección de los doce, en la transfiguración, antes de la multiplicación de los panes, en la noche de la traición, en la cruz: “orad para no caer en la tentación”.
            Pero ¿cómo rezar?
            Los discípulos sabían las oraciones propias de todo judío piadoso, pero temían quedarse en puras fórmulas y además necesitaban una oración que los identificara como discípulos de Jesús.
            Por eso le dicen: “Señor, enséñanos a orar como Juan enseñaba a sus discípulos”.
            Y Jesús les enseña esta preciosa oración del Padrenuestro con la que reflexionaremos hoy.
            Hemos de tener en cuenta que la fórmula que comúnmente empleamos no es la de Lucas sino la de Mateo, un poco más amplia y extensa con siete invocaciones en lugar de las cinco de Lucas.
            “Cuando oréis, decid: Padre...
            Padre. Es hermoso comenzar así. Padre no es un título honorífico ni majestuoso. Es la invocación confiada del hijo.
            Jesús era enemigo de los grandes títulos, por eso nos dijo: “A nadie llaméis Padre, ni maestro, ni Señor, porque uno solo es vuestro Padre el del cielo, y uno solo es vuestro maestro, Cristo”.
            Para los judíos, Dios era sobre todo padre del pueblo hebreo, padre de una raza a la que había salvado de la esclavitud de Egipto. Dios había llamado a ese pueblo desde el desierto, lo había guiado y protegido y se había comprometido con él en alianza de amor y fidelidad.
            Jesús entiende como hijos de Dios a los pequeños y a los pobres; a los sinceros y a los humildes de corazón.

            No se nace hijo de Dios por pertenecer a una raza o a un color privilegiado, sino por tener un corazón de niño. Por tanto, Dios es Padre de todos; pero más que padre, se hace padre en la medida en que crea en nosotros un corazón nuevo.
            Es hijo el que recibe su palabra y la acepta con alegría, humilde y confiadamente.
            El hijo por excelencia es Jesús porque cumplió toda la voluntad del Padre con un amor extremo. Y en la medida en que nosotros nos identificamos con Cristo y vivimos su misma vida, en la medida en que cumplimos su palabra y practicamos su evangelio, nos hacemos hijos de Dios.
            Es entonces cuando decimos padre con confianza, sin miedo, serenamente. Y en esa palabra lo decimos y expresamos todo.
            Por eso rezar no es ponernos delante de Dios con una larga lista de peticiones en la mano. Él sabe lo que necesitamos antes que se lo pidamos.
            Rezar es sentir la alegría de estar con Dios, palpando su compañía en la calidez de los hermanos. Algo así como cuando estamos sentados a la sombra de un árbol frondoso, no hay que decir nada, basta sentir la frescura de la sombra.
            “Santificado sea tu nombre...”
            Dios es santo y esta es la razón que tenemos los cristianos para aspirar a la santidad, como Dios dijo al pueblo en el desierto: “Seréis santos, porque yo el Señor, vuestro Dios, soy santo”.
            Con la expresión santificado sea tu nombre, le decimos a Dios que se manifieste a nosotros, que se nos muestre como nuestro Dios y nuestro Padre, que no se quede oculto, que queremos verle y conocerle tal cual es. Padre, Señor, Vida, Amor y Salvación.
            Como hijos buscamos, antes que nada, el amor del Padre y vivir en ese amor para ser dignos de su nombre.
            Y como hijos tenemos la obligación de conocer quién es, qué hace, cómo se manifiesta.
            Por eso la comunidad cristiana tiene la misión en el mundo de santificar el nombre de Dios, es decir, de dar a conocer a todos, el verdadero rostro de Dios: Dios de amor, de paz, de misericordia, de justicia y de salvación.
            Un Dios encarnado en la historia en la persona de su hijo Jesucristo y que en ha plantado su tienda en medio de nosotros.
            “Venga tu reino...”
            El Reino no es un lugar geográfico, sino que es el mismo Dios en cuanto reina o vive manifestándose en medio de los hombres.
            Como Jesús, el creyente debe comenzar su oración no pidiendo algo para sí, sino poniéndose al servicio del Reino de Dios, como vimos en domingos anteriores con los Doce apóstoles o con el envío y la misión de los Setenta y dos discípulos.
            Y esa es una oración que compromete. Porque orar así, es olvidarse de uno mismo para entregarse a un proyecto de salvación universal.
            Antes que pedir para uno mismo, nos ofrecemos por todos, porque la oración es ofrenda y culto a la vez. Rezar es decir: Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad.
            La oración cristiana es una oración pobre: Señor, aquí me tienes con todo lo que soy y todo lo que tengo. Estoy a tu disposición, quiero llenarme de ti, de tu amor y de tu gracia. Quiero ser útil a mis hermanos. Quiero dar y darme.
            “Danos cada día nuestro pan del mañana..”.
            Estas tres últimas peticiones son más fáciles de entender. En lenguaje bíblico del pan significa todo lo que el hombre necesita para vivir: alimento, techo, cultura, educación, salud, trabajo, libertad.
            Esta petición, es la petición de todo hombre que todavía no se siente totalmente hombre.
            Y decimos “danos” y no “dame”, porque no puede haber verdadera oración mientras no incluyamos a toda la humanidad en la mesa del pan.
            Por eso al pedir el pan, decimos cada día, esto es, el pan que ahora y aquí necesita esta comunidad, este pueblo, esta humanidad.
            Para unos será, sí, el pan material, el alimento diario. Para otros será el pan de la salud, de la compañía, para otros será el pan de la vivienda digna o el pan del trabajo, para otros será el pan de la paz y de la justicia.
            Hermanas y hermanos, el pan que hoy compartimos con los que no lo tienen es el signo evidente y práctico de que ya viene el Reino de Dios y su justicia.
“Perdónanos nuestros pecados, porque también nosotros perdonamos a todo el que nos debe algo...”.


            Nuevo compromiso en esta invocación. Cada vez que pecamos faltamos al amor a la comunidad, por lo que quedamos en deuda con ella. Por tanto, recibir el perdón de Dios significa devolver a la comunidad lo que le hemos quitado.
            Nadie puede arreglar sus cuentas con Dios si no las arregla con el hermano: “Deja tu ofrenda en el altar y vete antes a reconciliarte con tu hermano, luego ve y presenta tu ofrenda”.
            “Y no nos dejes caer en tentación...”
            Cuando un hombre se decide a vivir según la palabra de Dios, según el evangelio, inevitablemente será probado en la misma vida: hay pruebas en el matrimonio, en la vida sacerdotal y religiosa, en el quehacer político, etc.
            Por eso, el creyente termina su oración con una petición que es también una voz de alarma. No caer en las trampas; y se dirige a Dios que está a nuestro lado para decirnos como al paralítico: “Levántate y anda”.
            El cristiano no presume de sus fuerzas ni tienta a Dios. Consciente de su fragilidad, vigila sobre sí mismo y abre sus ojos porque cada día es una prueba a nuestro amor y a nuestra fidelidad al Evangelio.

ENTRA EN TU INTERIOR
REAPRENDER LA CONFIANZA 
Lucas y Mateo han recogido en sus respectivos evangelios unas palabras de Jesús que, sin duda, quedaron muy grabadas en sus seguidores más cercanos. Es fácil que las haya pronunciado mientras se movía con sus discípulos por las aldeas de Galilea, pidiendo algo de comer, buscando acogida o llamando a la puerta de los vecinos.
Probablemente, no siempre reciben la respuesta deseada, pero Jesús no se desalienta. Su confianza en el Padre es absoluta. Sus seguidores han de aprender a confiar como él: «Os digo a vosotros: pedid y se os dará, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá». Jesús sabe lo que está diciendo pues su experiencia es ésta: «quien pide recibe, quien busca halla, y al que llama se le abre».
Si algo hemos de reaprender de Jesús en estos tiempos de crisis y desconcierto en su Iglesia es la confianza. No como una actitud ingenua de quienes se tranquilizan esperando tiempos mejores. Menos aún como una postura pasiva e irresponsable, sino como el comportamiento más evangélico y profético de seguir hoy a Jesús, el Cristo. De hecho, aunque sus tres invitaciones apuntan hacia la misma actitud básica de confianza en Dios, su lenguaje sugiere diversos matices.

«Pedir» es la actitud propia del pobre que necesita recibir de otro lo que no puede conseguir con su propio esfuerzo. Así imaginaba Jesús a sus seguidores: como hombres y mujeres pobres, conscientes de su fragilidad e indigencia, sin rastro alguno de orgullo o autosuficiencia. No es una desgracia vivir en una Iglesia pobre, débil y privada de poder. Lo deplorable es pretender seguir hoy a Jesús pidiendo al mundo una protección que sólo nos puede venir del Padre.
«Buscar» no es sólo pedir. Es, además, moverse, dar pasos para alcanzar algo que se nos oculta porque está encubierto o escondido. Así ve Jesús a sus seguidores: como «buscadores del reino de Dios y su justicia». Es normal vivir hoy en una Iglesia desconcertada ante un futuro incierto. Lo extraño es no movilizarnos para buscar juntos caminos nuevos para sembrar el Evangelio en la cultura moderna.
«Llamar» es gritar a alguien al que no sentimos cerca, pero creemos que nos puede escuchar y atender. Así gritaba Jesús al Padre en la soledad de la cruz. Es explicable que se oscurezca hoy la fe de no pocos cristianos que aprendieron a decirla, celebrarla y vivirla en una cultura premoderna. Lo lamentable es que no nos esforcemos más por aprender a seguir hoy a Jesús gritando a Dios desde las contradicciones, conflictos e interrogantes del mundo actual.
José Antonio Pagola
ORA EN TU INTERIOR
Hermanas y hermanos, rezar el padrenuestro, no es repetir mecánicamente, sino vivir su espíritu. Al fin y al cabo, fue eso lo que Jesús quiso enseñarles a sus apóstoles y a nosotros hoy: a vivir en constante oración. El Padrenuestro es, desde luego, una hermosa síntesis del camino del discípulo de Jesús.
Pero, mejor que muchos padrenuestros que caen de nuestros labios como las hojas de los árboles, es un Padrenuestro reflexionado y vivido a lo largo de todo el año. Rezar esta oración no es repetirla de forma mecánica, sino vivir su espíritu. Al fin y al cabo, fue eso lo que Jesús quiso enseñarles a sus apóstoles: a vivir en constante oración. El Padrenuestro es, desde luego, una hermosa síntesis del camino del discípulo de Jesús.
ORACIÓN
            Para aprender a orar según el ideario de Jesucristo nos reunimos, conscientes de que toda auténtica oración implica un cambio de vida y la vivencia de los valores del Evangelio.
Señor, Padre de quienes confían en tu amor, revela a los hombres el poder de tu liberación para que tu Reino cubra tu pueblo con el manto de la paz y de la justicia.
Expliquemos el Evangelio a los niños.

Imágenes de Fano.

"Cuando oréis... decid."

lunes, 11 de julio de 2016

17 DE JULIO: XVI DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO.


“…María ha escogido la parte mejor, y no se la quitarán.”

17 DE JULIO

XVI DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

1ª Lectura: Génesis 18,1-10ª

“Señor, si he alcanzado tu favor; no pases de largo junto a tu siervo”.

Salmo 14

Señor, ¿quién puede hospedarse en tu tienda?

2ª Lectura: Colosenses 1,24-28

“…Cristo es para vosotros la esperanza de la gloria”.

PALABRA DEL DÍA

Lucas 10,38-42

“En aquel tiempo, entró Jesús en una aldea, y una mujer llamada Marta lo recibió en su casa. Esta tenía una hermana llamada María, que, sentada a los pies del Señor, escuchaba su palabra. Y Marta se multiplicaba para dar abasto con el servicio; hasta que se paró y dijo: “Señor, ¿no te importa que mi hermana me haya dejado sola con el servicio? Dile que me eche una mano”. Pero el Señor le contestó: “Marta, Marta, andas inquieta y nerviosa con tantas cosas; solo una es necesaria. María ha escogido la parte mejor, y no se la quitarán”.

Versión para América Latina, extraída de la Biblia del Pueblo de Dios.

“Jesús entró en un pueblo, y una mujer que se llamaba Marta lo recibió en su casa.
Tenía una hermana llamada María, que sentada a los pies del Señor, escuchaba su Palabra.
Marta, que estaba muy ocupada con los quehaceres de la casa, dijo a Jesús: "Señor, ¿no te importa que mi hermana me deje sola con todo el trabajo? Dile que me ayude".
Pero el Señor le respondió: "Marta, Marta, te inquietas y te agitas por muchas cosas,
y sin embargo, pocas cosas, o más bien, una sola es necesaria. María eligió la mejor parte, que no le será quitada".
REFLEXIÓN
            Los textos evangélicos de este domingo y de los siguientes tienen como eje la siguiente idea central:
            Si por Jesús hemos recibido el don precioso de la vida nueva, es justo que empleemos todos los medios para conservar y aumentar ese don.
            La vida es un tesoro, pero frágil, y muchos son los peligros que la acechan.
            El cristiano debe mantenerse en constante vigilancia interior para que su vida, su vida interior, no sucumba, sobre todo, bajo las preocupaciones diarias y el afán de lucro y riquezas.
            Hoy se nos presenta la figura de dos hermanas: Marta y María, cuyo hermano, Lázaro, anticiparía en su muerte y resurrección el gran misterio de Jesús.
            Lucas, a menudo, nos presenta casos aparentemente contradictorios y absurdos, pero que esconden en su profundidad una tremenda verdad.
            El de hoy es uno de ellos. En efecto, a primera vista parece que Marta tiene razón en sus exigencias ya que su hermana la dejó sola para el trabajo y lo único que hace es estar sentada a los pies de Jesús, pasando el rato en amena charla. Sin embargo, alaba la actitud de María y reprocha, aunque cariñosamente, la de Marta. ¿por qué?
            Marta es una típica ama de casa: siempre haciendo algo, no se detiene un instante. Esclava de su trabajo no le alcanza el tiempo para nada.... Y a veces ese nada es importante.
            Llega un amigo a su casa y no descubre que lo importante es sentarse, dejar la limpieza de la casa, y atender al amigo.
            Se olvida de que es una persona, alguien que tiene derecho y obligación de pensar un poco, de reflexionar sobre quién es y para qué vive, para qué trabaja o qué sentido tiene que darle a su existencia.
            No. Ella es una maquinita de hacer cosas, como tantos hombres y mujeres de nuestra sociedad: viven para hacer cosas, pero no saben para qué viven ni para qué hacen cosas.
            Y antes que hacer, hay que ser.
            Con su habitual destreza, Lucas nos dice que María, en cambio, estaba sentada a los pies del Señor, de lo más importante de su vida, de lo absoluto: del Señor de la vida.
            Marta aún no lo ha descubierto y en el reproche que le hace a Jesús se esconde su ceguera.
            Desde la perspectiva de Lucas, Marta representa a esos cristianos de buena voluntad, sí, pero que viven con una fe superficial. Todavía no han descubierto quién es Jesús en la vida de una persona, quién es y qué representa.
            En todo caso es un amigo más, pero no el Señor, el de la resurrección y la vida. El que ha venido para que tengamos vida y la tengamos en abundancia.
            El que nos dijo que no por mucho agobiarnos podemos añadir un día a nuestra vida o un centímetro a nuestra estatura.
            El que nos dijo vigilad y orad para no caer en tentación.
            El que nos dijo que su Madre y sus hermanos son los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen.
            Pensando en nosotros mismos, nos olvidamos de los otros, de atender al otro, de escuchar al otro, de ayudar al otro.
            Todos podemos tener experiencias de esto.
            Si le preguntamos a alguien cómo está, la mayoría de las veces nos dirá que tirando.
            Si queremos desahogarnos abriéndole nuestro corazón a un amigo, porque necesitamos imperiosamente que nos escuche, muchas veces, en lugar de escucharnos, nos dirá: qué me vas a contar tu a mí que tengo este problema, esta enfermedad, este sufrimiento.
            Hemos perdido el sentido de la escucha.
            El pasado domingo en la primera lectura que proclamábamos del libro del Deuteronomio, le decía Moisés al Pueblo: “Escucha al Señor tu Dios, guardando sus preceptos y mandatos...”
            Necesitamos escuchar, sentarnos a escuchar, hacer silencio en nosotros, para escuchar al otro, porque sólo así podremos hacer nuestras sus ilusiones y esperanzas, sus sufrimientos y trabajos.
            María, en cambio, es la otra cara de la moneda: es la que eligió la mejor parte.
            En cuanto llegó el Señor a su casa, dejó todo a un lado, se sentó a sus pies y abrió su corazón a su palabra.
            María es el típico ejemplo de la persona de fe, del discípulo que sigue a Jesús sin volver la mirada hacia atrás.
            Ha aprendido a dar valor a lo que tiene valor, a eso que no le será arrebatado porque está dentro, en el interior, formando parte de su mismo ser.
            María es la que, aun inmersa en el dinamismo de toda vida, tiene tiempo y lugar para preguntarse: ¿Quién soy? ¿Qué quiero? ¿Hacia dónde camino? ¿Qué es lo trascendente en mi vida? ¿Qué tiene realmente un valor imperecedero?
            Está en situación de búsqueda en el gran desierto de la vida; sin dejarse cubrir por las arenas que agita el viento, se siente insatisfecha de sí misma y, consciente de su pobreza y de sus limitaciones.
            Dirige sus ojos al Señor en búsqueda de una respuesta total, como aquel letrado que preguntó: ¿Qué tengo que hacer para conseguir la vida?
            Marta y María son el caso concreto de muchas palabras que Jesús dijo sobre la importancia del Reino y su justicia, sobre la actitud ante la palabra de Dios y sobre la constante vigilancia del hombre en la vida.
            En María, prototipo del discípulo, se manifiestan perfectamente los sentimientos del Salmo 130:
            “Desde lo más profundo grito hacia ti, Señor. Estén tus oídos atentos a la voz de mi súplica.... Yo espero en Dios, mi corazón espera y estoy pendiente de su palabra. Mi corazón está pendiente del señor más que el centinela de la aurora, porque con Dios está el Amor y junto a él hay abundante salvación”
            El hombre de fe está alerta. Sabe que en cualquier momento y de cualquier forma Dios le puede hablar.
            Cuando llegue ese momento, hay que escucharlo, porque viene como un amigo de paso y no se puede desperdiciar esa oportunidad.
            El hombre vive en medio del ruido, de proyectos, de preocupaciones. Si no podemos aislarnos, al menos que estemos vigilantes.... ¡Cuidado, dice el Señor, una sola cosa es necesaria...!
            Así podemos ir comprendiendo también lo que significa orar: es descubrir el rostro y la obra de Dios en la misma vida. No podemos rezar apartándonos de la vida; eso es pereza. Pero de nada vale pretender vivir sin el alimento del espíritu.
ENTRA EN TU INTERIOR
NECESARIO Y URGENTE
Mientras el grupo de discípulos sigue su camino, Jesús entra solo en una aldea y se dirige a una casa donde encuentra a dos hermanas a las que quiere mucho. La presencia de su amigo Jesús va a provocar en las mujeres dos reacciones muy diferentes.
María, seguramente la hermana más joven, lo deja todo y se queda «sentada a los pies del Señor». Su única preocupación es escucharle. El evangelista la describe con los rasgos que caracterizan al verdadero discípulo: a los pies del Maestro, atenta a su voz, acogiendo su Palabra y alimentándose de su enseñanza.
La reacción de Marta es diferente. Desde que ha llegado Jesús, no hace sino desvivirse por acogerlo y atenderlo debidamente. Lucas la describe agobiada por múltiples ocupaciones. Desbordada por la situación y dolida con su hermana, expone su queja a Jesús: «Señor, ¿no te importa que mi hermana me haya dejado sola con el servicio? Dile que me eche una mano».
Jesús no pierde la paz. Responde a Marta con un cariño grande, repitiendo despacio su nombre; luego, le hace ver que también a él le preocupa su agobio, pero ha de saber que escucharle a él es tan esencial y necesario que a ningún discípulo se le ha de dejar sin su Palabra «Marta, Marta, andas inquieta y nerviosa con tantas cosas; sólo una es necesaria. María ha escogido la parte mejor y no se la quitarán».
Jesús no critica el servicio de Marta. ¿Cómo lo va a hacer si él mismo está enseñando a todos con su ejemplo a vivir acogiendo, sirviendo y ayudando a los demás? Lo que critica es su modo de trabajar de manera nerviosa, bajo la presión de demasiadas ocupaciones.
Jesús no contrapone la vida activa y la contemplativa, ni la escucha fiel de su Palabra y el compromiso de vivir prácticamente su estilo de entrega a los demás. Alerta más bien del peligro de vivir absorbidos por un exceso de actividad, en agitación interior permanente, apagando en nosotros el Espíritu, contagiando nerviosismo y agobio más que paz y amor.
Apremiados por la disminución de fuerzas, nos estamos habituando a pedir a los cristianos más generosos toda clase de compromisos dentro y fuera de la Iglesia. Si, al mismo tiempo, no les ofrecemos espacios y momentos para conocer a Jesús, escuchar su Palabra y alimentarse de su Evangelio, corremos el riesgo de hacer crecer en la Igatrzpado.lesia la agitación y el nerviosismo, pero no su Espíritu y su paz. Nos podemos encontrar con unas comunidades animadas por funcionarios agobiados, pero no por testigos que irradian el aliento y vida de su Maestro.       
José Antonio Pagola

ORA EN TU INTERIOR
            En Dios está la vida, el amor y la salvación. Rezar es abrirse a la vida y al amor “más que el centinela a la aurora”. Cuando llegue la aurora con la luz definitiva, ya no hará falta vigilar… Pero ahora vivimos la condición del hombre peregrino que aún no conoce el descanso. Si no vigila, morirá atrapado.
            Desde esta perspectiva, que nada tiene que ver con cierta espiritualidad evasiva, podemos hoy hacer un alto como María para preguntarnos por nosotros mismos, no por lo que hacemos sino por lo que somos y cómo nos sentimos. Si la fe no nos devuelve el sentido y el gusto de vivir, ¿para qué sirve esa fe?
            Sólo una cosa es necesaria: gozar la vida, con poco o con mucho. Es la única que tenemos; no hay segunda oportunidad. Ese es el lenguaje de este evangelio y para eso llega de improviso el Señor a nuestra casa: para que no estemos desprevenidos.
            Con gran claridad lo dice Jesús en el Evangelio de Lucas un poco más adelante: “No andéis preocupados por la comida o el vestido; no os obsesionéis tanto por eso… Buscad, más bien, el Reino, y todas las demás cosas se os darán por añadidura. No temáis, pequeño rebaño, porque al Padre le ha parecido bien daros el Reino” (Lc 12,29-32).
ORACIÓN
Sé propicio, Señor, con tus siervos y multiplica, bondadoso, sobre ellos los dones de tu gracia, para que, fervorosos en la fe, la esperanza y la caridad, perseveren siempre fieles en el cumplimiento de tus mandatos.
Expliquemos el Evangelio a los niños.
Imágenes de Fano.


Imagen para colorear
“La mejor parte… que en ti resuene el Evangelio”









domingo, 3 de julio de 2016

10 DE JULIO: XV DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO.



“Amarás al Señor, tu Dios, con todo tú corazón y con toda tu alma y con todas tus fuerzas y con todo tu ser. Y al prójimo como a ti mismo”
10 DE JULIO
XV DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
1ª Lectura: Deuteronomio 30,10-14
“Escucha la voz del Señor, tu Dios, guardando sus preceptos y mandatos…”
Salmo 68
Humildes, buscad al Señor, y revivirá vuestro corazón.
2ª Lectura: Colosenses 1,15-20
“Cristo Jesús es imagen de Dios invisible, primogénito de toda criatura…”
PALABRA DEL DÍA
Lucas 10,25-37
“En aquel tiempo, se presentó un maestro de la Ley y le preguntó a Jesús para ponerlo a prueba: “Maestro, ¿qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?”. Él le dijo: “¿Qué está escrito en la Ley? ¿Qué lees en ella?”. Él contestó: “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tú corazón y con toda tu alma y con todas tus fuerzas y con todo tu ser. Y al prójimo como a ti mismo”, Él le dijo: “Bien dicho. Haz esto y tendrás la vida”. Pero el maestro de la Ley, queriendo justificarse, preguntó a Jesús: “¿Y quién es mi prójimo?”. Jesús dijo: “Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó, cayó en manos de unos bandidos, que lo desnudaron, lo molieron a palos y se marcharon, dejándolo medio muerto. Por casualidad, un sacerdote bajaba por aquel camino y, al verlo, dio un rodeo y pasó de largo. Y lo mismo hizo un levita que llegó a aquel sitio: al verlo dio un rodeo y pasó de largo. Pero un samaritano que iba de viaje, llegó a donde estaba él y, al verlo, le dio lástima, se le acercó, le vendó las heridas, echándoles aceite y vino, y montándolo en su propia cabalgadura, lo llevó a una posada y lo cuidó. Al día siguiente, sacó dos denarios y, dándoselos al posadero, le dijo: “Cuida de él, y lo que gastes de más yo te lo pagaré a la vuelta”. ¿Cuál de estos tres te parece que se portó como prójimo del que cayó en manos de los bandidos?”. Él contestó: “El que practicó la misericordia con él”. Díjole Jesús: “Anda, haz tu lo mismo”.
Versión para América Latina, extraída de la Biblia del Pueblo de Dios
“Un doctor de la Ley se levantó y le preguntó para ponerlo a prueba: "Maestro, ¿qué tengo que hacer para heredar la Vida eterna?".
Jesús le preguntó a su vez: "¿Qué está escrito en la Ley? ¿Qué lees en ella?".
El le respondió: "Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con todo tu espíritu, y a tu prójimo como a ti mismo".
"Has respondido exactamente, le dijo Jesús; obra así y alcanzarás la vida".
Pero el doctor de la Ley, para justificar su intervención, le hizo esta pregunta: "¿Y quién es mi prójimo?".
Jesús volvió a tomar la palabra y le respondió: "Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó y cayó en manos de unos ladrones, que lo despojaron de todo, lo hirieron y se fueron, dejándolo medio muerto.
Casualmente bajaba por el mismo camino un sacerdote: lo vio y siguió de largo.
También pasó por allí un levita: lo vio y siguió su camino.
Pero un samaritano que viajaba por allí, al pasar junto a él, lo vio y se conmovió.
Entonces se acercó y vendó sus heridas, cubriéndolas con aceite y vino; después lo puso sobre su propia montura, lo condujo a un albergue y se encargó de cuidarlo.
Al día siguiente, sacó dos denarios y se los dio al dueño del albergue, diciéndole: 'Cuídalo, y lo que gastes de más, te lo pagaré al volver'.
¿Cuál de los tres te parece que se portó como prójimo del hombre asaltado por los ladrones?".
"El que tuvo compasión de él", le respondió el doctor. Y Jesús le dijo: "Ve, y procede tú de la misma manera".
REFLEXIÓN
Este domingo prosigue en nuestra reflexión del evangelio, el tema general de las condiciones del discípulo de Jesús.
            Lo iniciamos hace dos domingos con el tema de la vocación. Vocación o llamada que pasa por el seguimiento, como vimos el pasado domingo, y se plasma en actitudes nuevas, tales como:
          El amor sin fronteras, que hemos visto hoy con la parábola del buen samaritano.
          La escucha activa de la palabra, que veremos el próximo domingo.
          La oración confiada al Padre: El Padre Nuestro. Dentro de quince días.
Como vemos, a medida que avanza el evangelio nos obliga a interiorizar más y más en el seguimiento de Jesús, que no sólo implica un compromiso con los pobres, sino también un crecimiento personal y una mayor conciencia de uno mismo.
            Con razón Lucas plantea reiteradamente en su evangelio el tema de la reflexión y de la oración como dos elementos que deben unirse al amor servicial y comprometido del discípulo de Cristo.
            Estamos en constante movimiento, en constante búsqueda. Pasamos por innumerables experiencias, generalmente agitados y ansiosos, como buscando algo que siempre parece escapársenos.
            Pero: ¿Qué buscamos? ¿Y cómo conseguir eso que buscamos?
            Tal fue la pregunta que aquel escriba le hizo a Jesús: Cómo conseguir la vida eterna, o sea la vida plena, total, absoluta.
            No la del más allá o la del más acá, sino toda la vida, como algo rebosante que justifique todo esto que hacemos a lo largo de tantos años.
            La pregunta del escriba puso a prueba a Jesús, porque mal profeta sería quien no tuviese una respuesta para la pregunta más fundamental del ser humano.
            Jesús desconcertó a aquel que creía saberlo todo sobre la ley, porque le hizo descubrir que la respuesta no podía ser tan nueva, porque el hombre es muy viejo y ha atesorado la suficiente experiencia a lo largo de los siglos como para no equivocarse en la respuesta.
            Lo que sucede es que podemos tener la respuesta en la cabeza, pero no vivirla desde el corazón. “Haz tú lo mismo”, “haz eso que ya sabes”, fue la respuesta de Jesús.
            El cristianismo que surge del evangelio no reconoce más forma de relacionarse con Dios que la del amor.
            Sólo el amor. No hay dos mandatos, como no hay dos leyes: sólo amar a Dios, amarse a sí mismos, amar al prójimo.
            Para el cristiano esta es la única ley del cumpliendo Reino de Dios, su única y absoluta norma. Todo lo demás es comentario de esa única ley.
            El judaísmo y en gran medida también nuestro cristianismo, preconiza la relación con Dios desde los méritos que ganamos o perdemos y la observancia de los mandamientos y los preceptos rituales.
            Por eso vamos por la vida con la ley del mínimo esfuerzo, para muchos cristianos lo importante es oír misa entera todos los domingos y fiestas de guardar, con eso tengo bastante.
            Pero no podemos presentarnos ante Dios con la credencial de las buenas obras como el publicano en el templo, ¿os acordáis? “Te doy gracias Señor, porque yo no soy como ese…
            Jesús recuerda lo que fue desde el principio: basta amar. Sólo es necesario amar para relacionarse con Dios y con los hermanos.
            ¿Realmente hemos aprendido a amar a Dios y a amar a los hermanos?
            El amor anula toda ley, porque el que ama no cumple algo porque está mandado, sino que vive lo que la ley del amor le exige.
            Cumplir únicamente la ley es una forma infantil e inmadura de ser cristiano. El amor, en cambio, libera interiormente, no ata ni esclaviza ni nos hace caminar bajo el temor o la amenaza.
            El amor produce paz y alegría, porque es un amor maduro que sabe dar y recibir. No es el amor egoísta de yo te doy para que me des. Es el amor humilde que recibe al otro porque necesita darle y darse al otro.
            La parábola que hemos escuchado, conocida popularmente como la del buen samaritano nos dice que el amor de Dios, a quien no vemos, debe hacerse realidad en el prójimo, a quien vemos.
            Podemos decir que es una parábola de denuncia, porque pone al descubierto la falsedad de una religión que se contenta con adorar a Dios en el templo, rezar y cumplir la ley, mientras pasa de largo ante un pobre hombre apaleado y dejado medio muerto a la vera del camino.
            Para el judío solo podía ser hermano el que compartía su sangre, su raza y su credo.
            Y es ahí donde la palabra de Jesús va mucho más allá de la antigua ley. “Habéis oído que se dijo, amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo, pero yo os digo...”.
            El mandato habla de amar al otro como a uno mismo, o sea que la primera norma en las relaciones humanas es amarse a uno mismo.
            Esta expresión, a pesar de su claro origen bíblico, ha sido considerada por muchos como egoísta.

            Sin embargo, amarse a uno mismo es descubrirse y sentirse persona, libre y creador de uno mismo.


            El que ha sabido encontrarse consigo mismo, el que ha roto las dependencias ajenas, el que se valora y respeta a sí mismo, el que sabe defender su identidad y sus derechos, podrá amar al otro de la misma manera, tratándolo como persona, como alguien que tiene valor por sí mismo.
            Rompiendo tanto con la indiferencia –como el sacerdote y el levita- como con el odio y la opresión.
            Si nos odiamos a nosotros mismos, si vivimos una fe sombría y triste, si no descubrimos la alegría de vivir cuidando y mimando nuestro cuerpo y nuestro espíritu, si reprimimos en nosotros los impulsos del amor y de la ternura...
            ¡Pobre del prójimo a quién amemos de la misma manera!
            La mejor forma de acercarnos al otro es con alma de samaritano, de buen samaritano, y descubrir que, efectivamente, ese hombre tirado en el camino no pertenece a nuestro país, raza, credo o status social.
            Más aún, es un total desconocido y precisamente por eso nos acercamos y, no contentos con prestarle los primeros auxilios, hacemos que otros lo sigan cuidando para que ningún detalle sea descuidado.
            Y la misteriosa pregunta de Jesús: ¿Quién de los tres fue prójimo del hombre caído?. No preguntó quién amó más a ese prójimo.
            Porque lo importante, la ley del Reino, es sentirse prójimo del otro, o sea, sentirlo tan cercano a uno mismo que lo tratemos como nos tratamos a nosotros mismos, tan cercano o próximo que se le ama como a uno mismo: No hagáis a los demás lo que no queréis que os hagan a vosotros o tratad a los demás como queréis que ellos os traten, decía Jesús.
            Jesús invita a todos los cristianos y a toda la iglesia a crear proximidad allí donde hay lejanía, odios y rencores.
            A romper barreras, a destruir todo motivo de separación y enfrentamiento.
            En síntesis: El Reino de Dios nos exige una sola condición para acceder a la vida plena: Amar.
            Amarse a uno mismo, amar a los demás como a uno mismo y amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma, con todas las fuerzas y con todo el ser.
            No nos preguntemos ¿Quién es ni prójimo? Seamos prójimo de todos,
            “Vete y has tú lo mismo”.
ENTRA EN TU INTERIOR
HAZ TÚ LO MISMO
Para no salir malparado de una conversación con Jesús, un maestro de la ley termina preguntándole: «Y ¿quién es mi prójimo?». Es la pregunta de quien sólo se preocupa de cumplir la ley. Le interesa saber a quién debe amar y a quién puede excluir de su amor. No piensa en los sufrimientos de la gente.
Jesús, que vive aliviando el sufrimiento de quienes encuentra en su camino, rompiendo si hace falta la ley del sábado o las normas de pureza, le responde con un relato que denuncia de manera provocativa todo legalismo religioso que ignore el amor al necesitado.

En el camino que baja de Jerusalén a Jericó, un hombre ha sido asaltado por unos bandidos. Agredido y despojado de todo, queda en la cuneta medio muerto, abandonado a su suerte. No sabemos quién es. Sólo que es un «hombre». Podría ser cualquiera de nosotros. Cualquier ser humano abatido por la violencia, la enfermedad, la desgracia o la desesperanza.
«Por casualidad» aparece por el camino un sacerdote. El texto indica que es por azar, como si nada tuviera que ver allí un hombre dedicado al culto. Lo suyo no es bajar hasta los heridos que están en las cunetas. Su lugar es el templo. Su ocupación, las celebraciones sagradas. Cuando llega a la altura del herido, «lo ve, da un rodeo y pasa de largo».

Su falta de compasión no es sólo una reacción personal, pues también un levita del templo que pasa junto al herido «hace lo mismo». Es más bien una actitud y un peligro que acecha a quienes se dedican al mundo de lo sagrado: vivir lejos del mundo real donde la gente lucha, trabaja y sufre.
Cuando la religión no está centrada en un Dios Amigo de la vida y Padre de los que sufren, el culto sagrado puede convertirse en una experiencia que distancia de la vida profana, preserva del contacto directo con el sufrimiento de las gentes y nos hace caminar sin reaccionar ante los heridos que vemos en las cunetas. Según Jesús, no son los hombres del culto los que mejor nos pueden indicar cómo hemos de tratar a los que sufren, sino las personas que tienen corazón.

Por el camino llega un samaritano. No viene del templo. No pertenece siquiera al pueblo elegido de Israel. Vive dedicado a algo tan poco sagrado como su pequeño negocio de comerciante. Pero, cuando ve al herido, no se pregunta si es prójimo o no. Se conmueve y hace por él todo lo que puede. Es a éste a quien hemos de imitar. Así dice Jesús al legista: «Vete y haz tú lo mismo».
¿A quién imitaremos al encontrarnos en nuestro camino con las víctimas más golpeadas por la crisis económica de nuestros días?
José Antonio Pagola

ORA EN TU INTERIOR
            La palabra de Jesús de hoy nos desenmascara y deshace nuestra trampa. Pocas parábolas tan claras como esta: Alguien está tirado en el camino. No importa su nombre, país, sexo o edad. Bástenos saber que es un hombre que necesita de otro hombre para vivir.
            Podemos pasar con alma de levita o sacerdote del templo: con los ojos bajos y cara de piadosos, pensando lo contento que estará Dios por lo bien que cumplimos con el acto litúrgico. Cumplimos hasta el último ritual, incluida la moneda en la alcancía. Pero el ritual no nos dice qué hacer con un hombre necesitado. Lo mejor será “seguir de largo dando un rodeo”
            Podemos llegar también con alma de samaritano y descubrir que ese hombre tirado en medio del camino no pertenece a nuestro país, raza, credo o condición social. Y precisamente por eso nos acercamos y, no contentos con prestarle los primeros auxilios, hacemos que otros hagan lo que resta para que ninguno sea descuidado.
            El cristiano debiera tomar la iniciativa también en esto: hacerse prójimo del otros; crear proximidad afectiva allí donde no la hay.
            Al fin y al cabo, cualquiera ama al prójimo. Eso lo cumplen hasta los paganos, decía Jesús. El cristiano es invitado a crear proximidad, a romper barreras, a destruir el odio y la indiferencia.
            Es el camino de la vida. Lo demás es muerte.
ORACIÓN
            Alimentados con los dones que hemos recibió, te suplicamos, Señor, que, participando frecuentemente de este sacramento, crezcan los efectos de nuestra salvación.
Expliquemos el Evangelio a los niños.
Imágenes de Fano.
Imagen para colorear.
“Déjate de rodeos, mira hacia abajo, bájate de la burra y sirve al herido…”