viernes, 4 de noviembre de 2016

6 DE NOVIEMBRE: XXXII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO



“Dios no es Dios de muertos sino de vivos: porque para él todos están vivos”
6 DE NOVIEMBRE
XXXII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO ©
1ª Lectura: 2º Libro de los Macabeos 7,1-2.9-14
El rey del universo nos resucitará para una vida eterna.
Salmo 16
Al despertar me saciaré de tu semblante, Señor.
2ª Lectura: 2 Tesalonicenses 2,16-3,5
El Señor os dé fuerza para toda clase de palabras y de obras buenas.
PALABRA DEL DÍA
Lucas 20,27-38
 “En aquel tiempo, se acercaron a Jesús unos saduceos, que niegan la resurrección y le preguntaron: -Maestro, Moisés nos dejó escrito: “Si a uno se le muere su hermano, dejando mujer pero no hijos, cásese con la viuda y dé descendencia a su hermano.” Pues bien, había siete hermanos: el primero se casó y murió sin hijos. Y el segundo y el tercero se casaron con ella, y así los siete murieron sin dejar hijos. Por último murió la mujer. Cuando llegue la resurrección, ¿de cuál de ellos será la mujer? Porque los siete han estado casados con ella. Jesús les contestó: -En esta vida hombres y mujeres se casan; pero los que sean juzgados dignos de la vida futura y de la resurrección de entre los muertos, no se casarán. Pues ya no pueden morir, son como ángeles: son hijos de Dios, porque participan en la resurrección. Y que resucitan los muertos, el mismo Moisés lo indica en el episodio de la zarza, cuando llama al Señor: “Dios de Abrahán, Dios de Isaac, Dios de Jacob.” No es Dios de muertos sino de vivos: porque para él todos están vivos.”
Versión para Latinoamérica extraída de la Biblia del Pueblo de Dios
Se le acercaron algunos saduceos, que niegan la resurrección,
y le dijeron: "Maestro, Moisés nos ha ordenado: Si alguien está casado y muere sin tener hijos, que su hermano, para darle descendencia, se case con la viuda.
Ahora bien, había siete hermanos. El primero se casó y murió sin tener hijos.
El segundo se casó con la viuda, y luego el tercero. Y así murieron los siete sin dejar descendencia.
Finalmente, también murió la mujer.
Cuando resuciten los muertos, ¿de quién será esposa, ya que los siete la tuvieron por mujer?".
Jesús les respondió: "En este mundo los hombres y las mujeres se casan,
pero los que sean juzgados dignos de participar del mundo futuro y de la resurrección, no se casarán.
Ya no pueden morir, porque son semejantes a los ángeles y son hijos de Dios, al ser hijos de la resurrección.
Que los muertos van a resucitar, Moisés lo ha dado a entender en el pasaje de la zarza, cuando llama al Señor el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob.
Porque él no es un Dios de muertos, sino de vivientes; todos, en efecto, viven para él".
REFLEXIÓN
            Desde antiguo nos hemos preguntado sobre el sentido de la vida. ¿Cuál y cómo es el destino final del hombre? ¿Hacia dónde se encamina la existencia humana? A esta inquietante cuestión trata de responder hoy la liturgia. Jesús, por un lado, nos enseña que el destino es la vida eterna, pero que esta vida en el más allá no es igual a la vida terrena, sino que es una continuidad de la persona. Por otro lado, el martirio de la madre de los siete hijos en tiempos de la guerra macabea da ocasión para proclamar con coraje y valentía la fe en la resurrección para la vida. Mientras san Pablo pide oraciones a los cristianos de Tesalónica para que “la palabra de Dios siga el avance glorioso que comenzó entre vosotros”, una palabra que incluye la suerte final de los hombres ante el juez supremo, que es Dios.
            El evangelio nos muestra cómo saduceos, que eran provenientes de las familias de la nobleza sacerdotal, rechazaban toda evolución del judaísmo, oponiéndose a la fe en la resurrección. Y entonces, para ridiculizar la resurrección, ponen el caso de unos hermanos que van casándose con la viuda de uno de ellos. Esta ley del levirato tenía por objeto perpetuar la descendencia y mantener a la viuda en el seno de la familia del difunto. Realmente con este ejemplo querían probar la imposibilidad de la resurrección desde un punto de vista terrenal. Los saduceos pensaban en la resurrección como en una mera continuación de la vida terrenal, con matrimonios y con todo lo que acontece en este mundo. Y Jesús habla de la resurrección como de un cambio radical. Jesús contrapone este mundo con el mundo futuro; en el que la gente no muere.
            Pero, además, como los saduceos aceptaban sólo los primeros libros de la biblia, les da una segunda oportunidad citando un texto de las Sagradas Escrituras, concretamente el libro del Éxodo, en el que Dios se revela a Moisés como Dios de Abrahán, Dios de Isaac y Dios de Jacob. Si Abrahán, Isaac y Jacob estuviesen muertos definitivamente esta fórmula sería irrisoria. Jesús dice que Dios no es un Dios de muertos, sino de vivos, porque todos tienen vida en él. Nuestros difuntos viven para Dios.
            Por tanto, el mensaje que la Palabra hoy nos anuncia es una llamada a la esperanza. Para el creyente, el tesoro más precioso no es la vida que ya tiene y que ya goza, sino la que le espera en Dios.
            Pero la esperanza cristiana no nos debe hacer vivir alejados de la realidad del mundo ni de la historia, sino entregados enteramente a hacer historia: historia de la salvación. Construir la historia no es tarea sólo de los no cristianos. Es, aún con más razón, misión de los que creen en el Señor de la historia y en la marcha de toda la historia humana hacia su decisión final en Dios.
Sí, como cristianos tenemos que esperar en Dios. Tenemos que esperar con fe que él abrirá las puertas de la eternidad a nuestra mente, a nuestros corazones, a nuestros cuerpos, a nuestra vida. No sabemos cómo será, pero nos toca confiar, fiarnos de Dios. Porque la esperanza cristiana en la resurrección es un mensaje de vida en plenitud, de presencia viva ante el mismo Dios vivo. Es vivir sin reloj ni cronología. Es permanecer siempre en el Señor, como estando sumergidos en el mar, en el océano mismo de la Vida. El mensaje cristiano es un mensaje de esperanza porque anuncia el triunfo de la vida sobre el tiempo y sobre el mal. Anuncia el triunfo de Dios sobre sus enemigos, el único de los cuales es la misma muerte. Vale la pena ser testimonios ante nuestro mundo de este mensaje de esperanza con palabras y obras.
            Jesús nos viene a abrir el camino de la fe en la resurrección con su testimonio. El reino de Dios es el reino de la vida en el cual la persona perdura en la gloria por siempre. Ésta es nuestra fe, y por esto tendríamos que vivir de tal manera que la esperanza en la eternidad brillase en nuestros rostros y en la forma de vivir cada minute de nuestra existencia. Nosotros tenemos esta fe. Dios ha querido que existamos y nos ha dado la vida. Es dios quién ha inventado la maravilla de la vida, quien llama a la vida a todos los seres que él quiere. Nosotros creemos en esta vida en plenitud que Dios nos prometió, en la resurrección, aunque somos incapaces de imaginarla. Esta nueva vida superará cualquier cosa que nos lleguemos a imaginar. Jesús mismo nos dice que no podemos llegar ni a imaginar lo que el Padre tiene preparado para todos aquellos que lo aman. Y es que cada uno de nosotros está llamado a vivir para siempre.
            “Nosotros creemos en tu Palabra, Señor. Creemos que la muerte no es el final, sino un paso a la eternidad,. Y te pedimos que nos acompañes en este camino de fe, porque siempre necesitamos reforzar estas convicciones para permanecer a tu lado”.
ENTRA EN TU INTERIOR
A DIOS NO SE LE MUEREN SUS HIJOS
Jesús ha sido siempre muy sobrio al hablar de la vida nueva después de la resurrección. Sin embargo, cuando un grupo de aristócratas saduceos trata de ridiculizar la fe en la resurrección de los muertos, Jesús reacciona elevando la cuestión a su verdadero nivel y haciendo dos afirmaciones básicas.
Antes que nada, Jesús rechaza la idea pueril de los saduceos que imaginan la vida de los resucitados como prolongación de esta vida que ahora conocemos. Es un error representarnos la vida resucitada por Dios a partir de nuestras experiencias actuales.
Hay una diferencia radical entre nuestra vida terrestre y esa vida plena, sustentada directamente por el amor de Dios después de la muerte. Esa Vida es absolutamente "nueva". Por eso, la podemos esperar, pero nunca describir o explicar.
Las primeras generaciones cristianas mantuvieron esa actitud humilde y honesta ante el misterio de la "vida eterna". Pablo les dice a los creyentes de Corinto que se trata de algo que "el ojo nunca vio ni el oído oyó ni hombre alguno ha imaginado, algo que Dios ha preparado a los que lo aman".
Estas palabras nos sirven de advertencia sana y de orientación gozosa. Por una parte, el cielo es una "novedad" que está más allá de cualquier experiencia terrestre, pero, por otra, es una vida "preparada" por Dios para el cumplimiento pleno de nuestras aspiraciones más hondas. Lo propio de la fe no es satisfacer ingenuamente la curiosidad, sino alimentar el deseo, la expectación y la esperanza confiada en Dios.
Esto es, precisamente, lo que busca Jesús apelando con toda sencillez a un hecho aceptado por los saduceos: a Dios se le llama en la tradición bíblica «Dios de Abrahán, Isaac y Jacob». A pesar de que estos patriarcas han muerto, Dios sigue siendo su Dios, su protector, su amigo. La muerte no ha podido destruir el amor y la fidelidad de Dios hacia ellos.
Jesús saca su propia conclusión haciendo una afirmación decisiva para nuestra fe: «Dios no es un Dios de muertos, sino de vivos; porque para él todos están vivos». Dios es fuente inagotable de vida. La muerte no le va dejando a Dios sin sus hijos e hijas queridos. Cuando nosotros los lloramos porque los hemos perdido en esta tierra, Dios los contempla llenos de vida porque los ha acogido en su amor de Padre.
Según Jesús, la unión de Dios con sus hijos no puede ser destruida por la muerte. Su amor es más fuerte que nuestra extinción biológica. Por eso, con fe humilde nos atrevemos a invocarlo: "Dios mío, en Ti confío. No quede yo defraudado" (salmo 25,1-2).
José Antonio Pagola
ORA EN TU INTERIOR
El evangelio de hoy terminaba diciendo:  "...porque para Él, todos están vivos". ¿No podría ser esa la verdadera plenitud humana? ¿No podríamos encontrar ahí el auténtico futuro del ser humano? ¿Por qué tenemos que empeñarnos en permanecer vivos para nosotros, es decir, que nos garanticen una permanencia en el ser individual para toda la eternidad? ¿No sería muchísimo más sublime permanecer vivos sólo para Él?
¿No podría ser, que el consumirnos en favor de los demás, fuese la auténtica consumación del ser humano? Eso es lo que recordamos en cada eucaristía como praxis de Jesús. “Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto”.
ORACIÓN
Para Dios todo está siempre en un eterno presente.
Esa existencia eterna en Dios, se manifiesta en el tiempo,
y da origen a todas las criaturas que forman el universo.
Como ser humano puedo vivir mi relación con el Absoluto.
La experiencia de lo Absoluto, es mi verdadera Vida.
No confundir con mi vida biológica que sólo es un accidente.
Cuando tomo lo accidental por substancial,
estoy equivocándome de cabo a rabo.
Si descubro el engaño, procuraré vivir a tope,
es decir, al límite de mis posibilidades más humanas.
Mi presente se funde con mi pasado y mi futuro.
Desde mi contingencia, puedo experimentar un ahora eterno.
Expliquemos el Evangelio a los niños.
Imágenes de Fano.

Imagen para colorear.


martes, 1 de noviembre de 2016

2 DE NOVIEMBRE: CONMEMORACIÓN DE TODOS LOS FIELES DIFUNTOS.



“Venid, benditos de mi Padre, heredad el Reino que yo tenía preparado para vosotros desde el principio del mundo…”
2 DE NOVIEMBRE
CONMEMORACIÓN DE TODOS LOS FIELES DIFUNTOS
(3 formularios a libre elección del celebrante:  Las tres lecturas deben escogerse, de los formularios propuestos o del leccionario de Difuntos: Esta es mi propuesta)
1ª Lectura: Job 19,1.23-27
Yo sé que está vivo mi Redentor.
Salmo 22
El Señor es mi pastor, nada me falta.
2ª Lectura: Romanos 14,7-9.10-12
En la vida y en la muerte somos del Señor.
PALABRA DEL DÍA
Mateo 25,31-46
“En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: -Cuando venga en su gloria el Hijo del hombre, y todos los ángeles con él, se sentará en el trono de su gloria, y serán reunidas ante él todas las naciones. Él separará a unos de otros, como un pastor separa las ovejas de las cabras. Y pondrá las ovejas a su derecha y las cabras a su izquierda. Entonces dirá al rey a los de su derecha: “Venid vosotros, benditos de mi Padre; heredad el reino preparado para vosotros desde la creación del mundo. Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y me hospedasteis, estuve desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, en la cárcel y vinisteis a verme.” Entonces los justos le contestarán: “Señor, ¿cuándo te vimos  con hambre y te alimentamos, o con sed y de dimos de beber?; ¿cuándo te vimos forastero y te hospedamos, o desnudo y te vestimos?; ¿cuándo te vimos enfermo o en la cárcel y fuimos a verte?” y el rey les dirá. “”Os aseguro que cada vez que lo hicisteis con uno de éstos, mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis.” Y entonces dirá a los de su izquierda: “apartaos de mí, malditos, id al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles. Porque tuve hambre y no me disteis de comer, tuve sed y no me disteis de beber, fui forastero y no me hospedasteis, estuve desnudo y no me vestisteis, enfermo y en la cárcel y no me visitasteis.” Entonces también éstos contestarán: “Señor, ¿cuándo te vimos con hambre o con sed, o forastero o desnudo, o enfermo o en la cárcel, y no te asistimos?” Y él replicará: “Os aseguro que cada vez que no lo hicisteis con uno de éstos, los humildes, tampoco lo hicisteis conmigo.” Y éstos irán al castigo eterno, y los justos a la vida eterna.”
Versión para América Latina, extraída de la Biblia del Pueblo de Dios
“Jesús dijo a sus discípulos:
"Cuando el Hijo del hombre venga en su gloria rodeado de todos los ángeles, se sentará en su trono glorioso.
Todas las naciones serán reunidas en su presencia, y él separará a unos de otros, como el pastor separa las ovejas de los cabritos,
y pondrá a aquellas a su derecha y a estos a su izquierda.
Entonces el Rey dirá a los que tenga a su derecha: 'Vengan, benditos de mi Padre, y reciban en herencia el Reino que les fue preparado desde el comienzo del mundo,
porque tuve hambre, y ustedes me dieron de comer; tuve sed, y me dieron de beber; estaba de paso, y me alojaron;
desnudo, y me vistieron; enfermo, y me visitaron; preso, y me vinieron a ver'.
Los justos le responderán: 'Señor, ¿cuándo te vimos hambriento, y te dimos de comer; sediento, y te dimos de beber?
¿Cuándo te vimos de paso, y te alojamos; desnudo, y te vestimos?
¿Cuándo te vimos enfermo o preso, y fuimos a verte?'.
Y el Rey les responderá: 'Les aseguro que cada vez que lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, lo hicieron conmigo'.
Luego dirá a los de su izquierda: 'Aléjense de mí, malditos; vayan al fuego eterno que fue preparado para el demonio y sus ángeles,
porque tuve hambre, y ustedes no me dieron de comer; tuve sed, y no me dieron de beber;
estaba de paso, y no me alojaron; desnudo, y no me vistieron; enfermo y preso, y no me visitaron'.
Estos, a su vez, le preguntarán: 'Señor, ¿cuándo te vimos hambriento o sediento, de paso o desnudo, enfermo o preso, y no te hemos socorrido?'.
Y él les responderá: 'Les aseguro que cada vez que no lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, tampoco lo hicieron conmigo'.
Estos irán al castigo eterno, y los justos a la Vida eterna".
REFLEXIÓN
"Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano. Pero aún ahora sé que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo concederá” (Juan 11,21).
En este pequeño reproche de la hermana de Lázaro a Jesús, se expresan los dos sentimientos que nos embargan, ante el misterio de la muerte: dolor por la separación de un ser querido y, a la vez, como cristianos, esperanza firme de que se trata efectivamente de una separación, pero no de una pérdida. La vida humana, y de esto somos conscientes cuando se trata de la muerte de alguien a quien amamos, es demasiado valiosa para desaparecer sin rastro. Los cristianos creemos que la muerte no es término, sino tránsito; no es ruptura, sino transformación. Creemos además que, cuando nuestra existencia temporal llega al límite de sus posibilidades, en ese límite se encuentra no con el vacío de la nada, sino con las manos del Dios vivo, que acoge esa realidad entregada y convierte esa muerte en semilla de resurrección, sea de la forma que sea.
La muerte es ciertamente la crisis radical del hombre; alguien ha dicho irónicamente que ella es la expropiación forzosa de todo el ser y todo el haber de los humanos. Es además una crisis irrefutable, a la que el hombre no puede responder; quitándole el ser, la muerte le quita también la palabra; es muda y hace mudos.
Sólo Dios puede responder a esa interpelación, que también le toca a él; si realmente es el Dios fiel y veraz, el Padre misericordioso, el amigo y aliado del hombre, no puede contemplar indiferente lo que le ha ocurrido a su hijo. Dios está ahí para responder por él; y su respuesta es el cumplimiento de la promesa de vida y de resurrección.
Pablo decía a sus fieles de Tesalónica, en un trance parecido al que sufrimos con la pérdida de un ser querido: “No os aflijáis como los hombres sin esperanza”. El apóstol no prohíbe a sus cristianos la tristeza, pero les advierte que la suya no tiene que ser una tristeza desesperada. A la separación sucederá el reencuentro, en un plazo más o menos próximo, pero en todo caso seguro y ya a salvo de toda contingencia. El cristiano, como Cristo, no muere para permanecer en la muerte, sino para resucitar; no entrega la vida a fondo perdido; la devuelve a su Creador y en él alcanza vida eterna. Porque, notémoslo bien, no hay dos vidas, ésta y la otra; lo que se suele designar como “la otra vida” no es, en realidad, sino ésta plenificada, la que había comenzado con el bautismo y la fe: “Quién cree posee la vida eterna” (Jn. 5,24) y que ahora se consuma en la comunión inmediata con el ser mismo de Dios.
Por otra parte, estamos reunidos aquí también para rezar por nuestros hermanos difuntos. La separación que la muerte representa no significa que el que muere queda fuera del alcance de nuestro amor.
Nuestro amor le llega, en la medida en que lo necesite, en forma de oración y recuerdo. Y es toda la Iglesia la que ahora se une a nosotros, avalando, con su intercesión a estos hijos suyos en el momento de su encuentro con Dios. No se encuentran con Dios en solitario; nosotros estamos con ellos, la Iglesia estera está con ellos y evoca para ellos las palabras consoladoras del evangelio: “Ven, bendito de mi Padre, hereda el Reino que yo tenía preparado para ti desde el comienzo del mundo…”
Para Dios, ningún dolor, ningún sufrimiento se pierde, todos son asumidos en su cruz salvadora y redentora, la única que no juzga ni condena sino que perdona y acoge.
           Con estos sentimientos de dolor esperanzado, de amor solidario, participemos en la eucaristía que ofrecemos ahora por el descanso de sus almas, pero a decir verdad, más de las nuestras, llenas de perjuicios y de falsas esperanzas; una Eucaristía que es, a la vez, celebración del encuentro con Cristo y expresión de nuestra fe en la resurrección.
San Agustín, escribía a su madre este poema, ya mucho lo conocéis, pero yo quiero volver a recordarlo, porque nos hace bien a todos:
No Llores Si Me Amas de San Agustín
“ No llores si me amas,
 si conocieras el don de Dios y lo que es el cielo!
 si pudieras oír el cántico de los ángeles
 y verme en medio de ellos!
 Si pudieras ver desarrollarse ante tus ojos; los horizontes, los campos
 y los nuevos senderos que atravieso!
 Si por un instante pudieras contemplar como yo,
 la belleza ante la cual las bellezas palidecen!
 Cómo!...¿Tú me has visto,
 me has amado en el país de las sombras
 y no te resignas a verme y
 amarme en el país de las inmutables realidades?
 Créeme.
 Cuando la muerte venga a romper las ligaduras
 como ha roto las que a mí me encadenaban,
 cuando llegue un día que Dios ha fijado y conoce,
 y tu alma venga a este cielo en que te ha precedido la mía,
 ese día volverás a verme,
 sentirás que te sigo amando,
 que te amé, y encontrarás mi corazón
 con todas sus ternuras purificadas.
 Volverás a verme en transfiguración, en éxtasis, feliz!
 ya no esperando la muerte, sino avanzando contigo,
 que te llevaré de la mano por
 senderos nuevos de Luz...y de Vida...
 Enjuga tu llanto y no llores si me amas!”
ENTRA EN TU INTERIOR
EN LAS MANOS DE DIOS 
Los hombres de hoy no sabemos qué hacer con la muerte. A veces, lo único que se nos ocurre es ignorarla y no hablar de ella. Olvidar cuanto antes ese triste suceso, cumplir los trámites religiosos o civiles necesarios y volver de nuevo a nuestra vida cotidiana.
Pero tarde o temprano, la muerte va visitando nuestros hogares arrancándonos nuestros seres más queridos. ¿Cómo reaccionar entonces ante esa muerte que nos arrebata para siempre a nuestra madre? ¿Qué actitud adoptar ante el esposo querido que nos dice su último adiós? ¿Que hacer ante el vacío que van dejando en nuestra vida tantos amigos y amigas?
La muerte es una puerta que traspasa cada persona en solitario. Una vez cerrada la puerta, el muerto se nos oculta para siempre. No sabemos qué ha sido de él. Ese ser tan querido y cercano se nos pierde ahora en el misterio insondable de Dios. ¿Cómo relacionarnos con él
Los seguidores de Jesús no nos limitamos a asistir pasivamente al hecho de la muerte. Confiando en Cristo resucitado, lo acompañamos con amor y con nuestra plegaria en ese misterioso encuentro con Dios. En la liturgia cristiana por los difuntos no hay desolación, rebelión o desesperanza. En su centro solo una oración de confianza: “En tus manos, Padre de bondad, confiamos la vida de nuestro ser querido”
¿Qué sentido pueden tener hoy entre nosotros esos funerales en los que nos reunimos personas de diferente sensibilidad ante el misterio de la muerte? ¿Qué podemos hacer juntos: creyentes, menos creyentes, poco creyentes y también increyentes?
A lo largo de estos años, hemos cambiado mucho por dentro. Nos hemos hecho más críticos, pero también más frágiles y vulnerables; somos más incrédulos, pero también más inseguros. No nos resulta fácil creer, pero es difícil no creer. Vivimos llenos de dudas e incertidumbres, pero no sabemos encontrar una esperanza.
A veces, suelo invitar a quienes asisten a un funeral a hacer algo que todos podemos hacer, cada uno desde su pequeña fe. Decirle desde dentro a nuestro ser querido unas palabras que expresen nuestro amor a él y nuestra invocación humilde a Dios:
“Te seguimos queriendo, pero ya no sabemos cómo encontrarnos contigo ni qué hacer por ti. Nuestra fe es débil y no sabemos rezar bien. Pero te confiamos al amor de Dios, te dejamos en sus manos. Ese amor de Dios es hoy para ti un lugar más seguro que todo lo que nosotros te podemos ofrecer. Disfruta de la vida plena. Dios te quiere como nosotros no te hemos sabido querer. Un día nos volveremos a ver”.
José Antonio Pagola
ORA EN TU INTERIOR
            Seremos juzgados según la aceptación o el rechazo de Cristo a quien no vemos en carne y hueso, pero que se identifica con cuantos sufren en la tierra de los hombres. El prójimo es así la pantalla de nuestra vida, el video para leer nuestra conducta, el espejo para recomponer nuestra figura cristiana, porque “quién no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve” (1Jn 4,20).
            La sensibilidad y solidaridad efectivas ante el dolor ajeno son, el termómetro de nuestro cristianismo.
            No basta una acción caritativa que por sistema se limitará tan solo a la limosna, que por otra parte solo sirve para tranquilizar nuestra conciencia la mayoría de las veces. La acción caritativa asistencial sirve para situaciones límite e inaplazables. Pero para dar de comer al hambriento hoy, mañana y pasado, hay que dar trabajo al parado, hay que transformar las estructuras sociales injustas de modo que el necesitado se sienta liberado de su pobreza y promocionado como persona libre.
            El cristiano que se inhibe ante los problemas sociales y las múltiples necesidades de su entorno, pensando que ese no es asunto suyo, olvida que el hombre es un ser que vive en sociedad y por tanto cualquier acción humana, incluidas la abstención u omisión, tiene, necesariamente, repercusiones sociales.
ORACIÓN
            Oh Dios, Padre bueno y justo, inclinándonos humildemente ante el misterio de unos designios que no comprendemos, te pedimos que escuches nuestras plegarias, ilumines las tinieblas en que nos sume nuestro dolor y concedas a nuestros hermanos difuntos vivir eternamente contigo en la felicidad de tu reino.
            El culto eucarístico debe reflejar el culto de nuestra vida, y al revés; porque se necesitan mutuamente. El culto completo del discípulo de Cristo se expresa en la solidaridad con el pobre, el que sufre, el hermano menor de Jesús. Esta es la religión que acepta el Señor.
Expliquemos el Evangelio a los niños.
Imágenes de Fano

Imagen para colorear.
“Venid vosotros, benditos de mi Padre…”


miércoles, 26 de octubre de 2016

1 DE NOVIEMBRE: SOLEMNIDAD DE TODOS LOS SANTOS.


“Estad alegres y contentos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo”





1 DE NOVIEMBRE

SOLEMNIDAD DE TODOS LOS SANTOS

1ª Lectura: Apocalipsis 7,2-4.9-14

Apareció en la visión una muchedumbre inmensa, que nadie podría contar;

de toda nación, raza, pueblo y lengua.

Salmo 23: “Estos son los que buscan al Señor”

2ª Lectura: 1 Juan 3,1-3

Veremos a Dios tal cual es.

PALABRA DEL DÍA

Mateo 5,1-12

“En aquel tiempo, al ver Jesús el gentío, subió a la montaña, se sentó, y se acercaron sus discípulos; y Él se puso a hablar, enseñándoles:
-Dichosos los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos.
Dichosos los que lloran, porque ellos serán consolados.
Dichosos los sufridos, porque ellos heredarán la tierra.
Dichosos los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos quedarán saciados. Dichosos los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.
Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.
Dichosos los que trabajan por la paz, porque ellos se llamarán los Hijos de Dios. Dichosos los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos.
Dichosos vosotros cuando os insulten y os persigan y os calumnien de cualquier modo por mi causa. Estad alegres y contentos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo”.

Versión para Latinoamérica extraída de la Biblia del Pueblo de Dios

“Al ver a la multitud, Jesús subió a la montaña, se sentó, y sus discípulos se acercaron a él.
Entonces tomó la palabra y comenzó a enseñarles, diciendo:
-Felices los que tienen alma de pobre, porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos.
Felices los pacientes, porque recibirán la tierra en herencia.
Felices los afligidos, porque serán consolados.
Felices los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados.
Felices los misericordiosos, porque obtendrán misericordia.
Felices los que tienen el corazón puro, porque verán a Dios.
Felices los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios.
Felices los que son perseguidos por practicar la justicia, porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos.
Felices ustedes, cuando sean insultados y perseguidos, y cuando se los calumnien en toda forma a causa de mí.
Alégrense y regocíjense entonces, porque ustedes tendrán una gran recompensa en el cielo, de la misma manera persiguieron a los profetas que los precedieron”.

REFLEXIÓN

            Hoy la Iglesia nos invita a reconocer a todos los santos, tanto a los que están reconocidos oficialmente porque han sido canonizados, como los santos que, sin estar en las celebraciones del calendario, pertenecen al conjunto de personas que en sus vidas siguieron al Señor. Por esto a los santos los encontramos en todas partes. Un ejército innumerable de santos que viven en sus casas, en sus trabajos, en sus familias, haciendo siempre, con amor, la voluntad de Dios. Personas que, por su humildad, comunican a Dios y lo llevan en su corazón. Sin ellos darse cuenta están dando a conocer a Cristo, predicando a Cristo, hablando de Cristo. Hay una multitud de salvados que, viviendo de manera normal y cotidiana, se santifican en medio del mundo. “apareció en la visión una muchedumbre inmensa, que nadie podría contar, de toda nación, raza, pueblo y lengua”, nos dice Juan en la primera lectura tomada del libro del apocalipsis.

            La Iglesia nos invita a hacer lo mismo a nosotros. A vivir la santidad en nuestra vida cotidiana, que es vivir tal como Jesús nos enseñó. Todos estamos llamados a vivir como cristianos como Dios nos enseñó: como padres de familia, como hijos, como estudiantes, como trabajadores, como sacerdotes. Aunque probablemente nunca seremos canonizados, el Señor nos pide que sigamos sus enseñanzas y que lo sigamos. Que vivamos como verdaderos hijos e hijas de Dios.
    
        Dios es el único santo y la fuente de toda santidad. Así pues, la santidad sólo puede venir de Dios, es un don, una gracia, un regalo que da el Señor a todas las personas, porque en él se halla la plena felicidad. De todos modos, es necesario también que la persona anhele y desee este don. Es necesaria, por parte de la persona, una respuesta generosa al don de Dios. Es imprescindible, así, manifestar nuestra fe con obras de santidad, imitando a los santos, pero en especial, al tres veces “santo”; el mismo Dios.

            Jesús con su vida, sus obras y su mensaje, nos muestra que la santidad cristiana no se encuentra en las manos, sino en el corazón; no se juega en la humanidad externa, sino en la interior. La santidad no es dedicarse a grandes plegarias y sacrificios. La santidad implica toda una manera de vivir el ser persona e imagen de Dios, que encuentra su resumen en el amor, en la caridad. La santidad es vivir en comunión con Dios. La santidad es la obediencia filial y amorosa al Padre de la misericordia. Lo que nos aproxima a la gracia, al don del amor de Dios, ya no son los lugares, ritos, objetos ni leyes, sino una persona: Jesucristo. En Jesucristo radica la santidad misma de Dios, es el Santo de Dios.

ENTRA EN TU INTERIOR

CREER EN EL CIELO

            En esta fiesta cristiana de Todos los Santos, quiero decir cómo entiendo y trato de vivir algunos rasgos de mi fe en la vida eterna. Quienes conocen y siguen a Jesucristo me entenderán.

            Creer en el cielo es para mí resistirme a aceptar que la vida de todos y de cada uno de nosotros es sólo un pequeño paréntesis entre dos inmensos vacíos. Apoyándome en Jesús intuyo, presiento, deseo y creo que Dios está conduciendo hacia su verdadera plenitud el deseo de vida, de justicia y de paz que se encierra en la creación y en el corazón de la humanidad.

            Creer en el cielo es para mí rebelarme con todas mis fuerzas a que esa inmensa mayoría de hombres, mujeres y niños, que solo han conocido en esta vida miseria, hambre, humillación y sufrimientos, quede enterrada para siempre en el olvido. Confiando en Jesús, creo en una vida donde ya no habrá pobreza ni dolor, nadie estará triste, nadie tendrá que llorar. Por fin podré ver a los que vienen en las pateras llegar a su verdadera patria.


            Creer en el cielo es para mí acercarme con esperanza a tantas personas sin salud, enfermos crónicos, minusválidos físicos y psíquicos, personas hundidas en la depresión y la angustia, cansadas de vivir y de luchar. Siguiendo a Jesús, creo que un día conocerán lo que es vivir con paz y salud total. Escucharán las palabras del Padre: entra para siempre en el gozo de tu Señor.
            No me resigno a que Dios sea para siempre un “Dios oculto”, del que no podamos conocer jamás su mirada, su ternura y sus abrazos. No me puedo hacer a la idea de no encontrarme nunca con Jesús. No me resigno a que tantos esfuerzos por un mundo más humano y dichoso se pierdan en el vacío. Quiero que un día los últimos sean los primeros y que las prostitutas nos precedan. Quiero conocer a los verdaderos santos de todas las religiones y todos los ateísmos, los que vivieron, amando en el anonimato y sin esperar nada.
            Un día podremos escuchar estas increíbles palabras que el apocalipsis pone en boca de Dios: “Al que tenga sed, yo le daré a beber gratis de la fuente de la vida”. ¡Gratis! Sin merecerlo. Así saciará Dios la sed de vida que hay en nosotros.

ORA EN TU INTERIOR

Concédenos la dicha, Señor,
de buscar las cosas pequeñas,
de ilusionarnos con los detalles,
de trabajar en lo que merece la pena.
Llévanos a la verdadera felicidad
que florece sin anunciarse,
que calma donde más quema,
que hace del amor un arte.
Dinos qué es santidad,
no porque nos creamos perfectos,
ni porque despreciemos al débil,
sino porque Tú ocupas el corazón nuestro.
Pedro Fraile. En la Hoja Dominical Eucaristía

Expliquemos el Evangelio a los niños
Imágenes de Fano.




“Experimentemos la alegría de ser bienaventurados”
Imagen para colorear.









domingo, 16 de octubre de 2016

23 DE OCTUBRE: XXX DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO.



“Porque todo el que se enaltece será humillado y el que se humilla será enaltecido.”
23 DE OCTUBRE
XXX DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
1ª Lectura: Eclesiástico (Sirácide) 35,15-17.20-22
La oración del humilde llega hasta el cielo.
Salmo 33
El Señor no está lejos de sus fieles.
2ª Lectura: 2ª de Pablo a Timoteo 4,6-8.16-18
Ahora solo espero la corona merecida.
PALABRA DEL DÍA
Lucas 18,9-14
“En aquel tiempo, dijo Jesús esta parábola por algunos que, teniéndose por justos, se sentían seguros de sí mismos y despreciaban a los demás: -Dos hombres subieron al templo a orar. Uno era un fariseo; el otro, un publicano. El fariseo, erguido, oraba así en su interior: ¡Oh Dios!, te doy gracias, porque no soy como los demás: ladrones, injustos, adúlteros, ni como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todo lo que tengo. El publicano, en cambio, se quedó atrás y no se atrevía ni a levantar los ojos al cielo; sólo se golpeaba el pecho, diciendo: ¡Oh Dios!, ten compasión de este pecador. Os digo que éste bajó a su casa justificado y aquél no. Porque todo el que se enaltece será humillado y el que se humilla será enaltecido.”
Versión para América Latina, extraída de la Biblia del Pueblo de Dios
“Refiriéndose a algunos que se tenían por justos y despreciaban a los demás, dijo también esta parábola:
"Dos hombres subieron al Templo para orar: uno era fariseo y el otro, publicano.
El fariseo, de pie, oraba así: 'Dios mío, te doy gracias porque no soy como los demás hombres, que son ladrones, injustos y adúlteros; ni tampoco como ese publicano.
Ayuno dos veces por semana y pago la décima parte de todas mis entradas'.
En cambio el publicano, manteniéndose a distancia, no se animaba siquiera a levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: '¡Dios mío, ten piedad de mí, que soy un pecador!'.
Les aseguro que este último volvió a su casa justificado, pero no el primero. Porque todo el que se ensalza será humillado y el que se humilla será ensalzado".
REFLEXIÓN
Desde hace algunos domingos, la Palabra de Dios nos habla de la importancia de la oración en la vida del cristiano y nos enseña las cualidades de la oración sincera que surge de la fe.
            Jesús es nuestro maestro y nos enseña a rezar. Él es el modelo, es la persona orante por excelencia, ya que goza de una comunicación muy próxima con el Padre por el Espíritu Santo.
            Es el Hijo quien con su oración se dirige a Dios para interceder por todos nosotros. Por esto, los cristianos, cuando rezamos a Dios lo hacemos en nombre de Jesús.
            Hoy hemos escuchado al evangelista san Lucas, que es quien más subraya el hecho de la oración como don del Espíritu Santo. Es el Evangelio en el que más veces podemos contemplar a Jesús orando. Y es aquí donde el discípulo de Cristo, contemplándolo y escuchándolo, aprende a rezar.
            Y hoy, más que a la oración de Jesús, asistimos a una enseñanza fundamental en la vida del cristiano, referida a la vida de oración: la oración auténtica es confiada, perseverante, llena de amor y de humildad.
            Hoy, precisamente el Evangelio pone el énfasis en la humildad del corazón, virtud que, a la luz de la gracia de Dios, hace que  nos veamos y nos valoremos tal cual somos, descubriendo nuestras limitaciones, pero descubriendo también las cualidades que Dios ha depositado en nosotros. La oración de fe, la oración humilde no consiste en repetir palabras y decir: “Señor, Señor”, sino en llevar en el corazón la voluntad del Padre. Jesús decía: “Mi alimento es hacer la voluntad de Dios”.
            La conocida parábola de los dos orantes, el fariseo y el pecador publicano, puede ser considerada como una síntesis del pensamiento de Jesús acerca del sentimiento religioso y de lo que constituye una auténtica actitud religiosa.
            La fuerza de la parábola radica en la contraposición de dos actitudes religiosas, contraposición que subraya cierta radicalidad del mensaje de Jesús. También podríamos decir que la parábola refleja dos criterios; el criterio de los hombres y el criterio de Dios, un tema éste favorito en los evangelios sinópticos, y referido por ejemplo a temas como el amor, el culto, el ayuno, la justicia etc.
            El fariseo se presenta ante Dios muy seguro de sí mismo, y se presenta con la carta credencial de sus buenas obras, de sus limosnas, ayunos y oraciones. Por eso da gracias a Dios: porque no es como las demás personas, porque se distingue por la santidad, porque ha conseguido, cree él, en vida lo que otros no llegan ni a vislumbrar. Dios está ciertamente de su lado, porque él es fuerte, sabe controlarse, domina sus pasiones y no tiene nada que reprocharse.
            Y el caso es, que no podemos decir que el fariseo no fuera sincero; no. El está convencido de lo que dice. Es santo y se siente santo; y por eso su orgullo es santo. Era, por ejemplo, el orgullo de los judíos ante los paganos a quienes santamente despreciaban.
            La suya es la santidad de los fuertes, de los que ya no tienen nada que aprender, de los que lograron la máscara perfecta, esa máscara con la que caminan por la calle pensando en Dios, pero sin saludar a sus prójimos.
            Es un santo, y por tanto que no se le hable de conversión ni de cambio interior. Eso es para los pecadores. Él está más allá, él es de Dios y sólo escucha lo que Dios le diga.
            Por eso empieza su oración despreciando a todos los que no son como él: “¡Oh Dios! Te doy gracias, porque no soy como los demás...”.
            Ha perdido el sentido de la misericordia y del perdón.  Por eso Jesús acertó cuando los llamó, “ciegos que guían a otros ciegos”.
            Da gracias a Dios y lo hace a partir de su corazón orgulloso, de su cumplimiento estricto de la ley y los preceptos. Sin embargo, a Dios no le complace esta actitud. Porque el fariseo cree que tiene el derecho y los méritos suficientes para ser salvado, Considera a Dios como un contable de virtudes y defectos, olvidando que la salvación es un don y un regalo de Dios. Y, finalmente, porque pone la seguridad en sus obras.
            El otro personaje de la parábola es el recaudador de impuestos, el publicano que aprovecha su puesto oficial al servicio de roma para enriquecerse con la extorsión de los pobres.
            No es un hombre que acostumbre a rezar ni mucho ni poco. Sabe lo que quiere y no se preocupa por lo demás. Pero el día que decidió ir al templo para hacer su oración comprendió que aquello tenía que significar un comienzo de vida nueva y un cambio radical.
            Si no tenía nada que ofrecer a Dos ni nada de que vanagloriarse como religioso, al menos se presentaría como era, sin vestido de fiesta, sin esconderse detrás de una fórmula o de una promesa simulada.
            Por eso este sale del templo justificado y el fariseo no. Salió justificado, porque se había colocado ante Dios en su justa y exacta posición; simplemente se mostró como era y desde ese yo pequeño y pecador arrancó su humilde oración.
            El publicano se gana el favor de Dios no porque sea pecador, sino porque reconoce su pecado y pone su confianza en la bondad y misericordia del Padre que quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad. En el fondo estaba sediento de bondad y amor de Dios.
            Esto debe hacernos pensar y reflexionar sobre nuestra oración. ¿En quién tenemos puesta nuestra confianza? ¿Somos como el fariseo que se cree autosuficiente sólo porque cumple? ¿O somos como el publicano que pone la confianza en Dios porque nos sabemos pecadores, y por eso amados y necesitados de él?
            Sólo aquel que se acerca dispuesto a recibir al médico de nuestro corazón y del espíritu, y reconoce con humildad sus limitaciones, puede salir curado de su condición.
            Al rezar el Padrenuestro pediremos perdón por nuestras culpas y nos comprometeremos a perdonar a quién nos haya ofendido. Hemos visto como el fariseo y el publicano fueron simultáneamente al templo a rezar, pero se sentían distanciados y no formaban comunidad.
            El Señor nos llama hoy y siempre a encontrarnos con Dios y formar una comunidad que esté unida en la fe, en el amor y en la caridad, superando desigualdades y creando lazos de unión. Y nos ofrece la Eucaristía como sacramento de amor y de perdón, como remedio para seguir construyendo comunión cogidos de su mano.
ENTRA EN TU INTERIOR
LA POSTURA JUSTA
Según Lucas, Jesús dirige la parábola del fariseo y el publicano a algunos que presumen de ser justos ante Dios y desprecian a los demás. Los dos protagonistas que suben al templo a orar representan dos actitudes religiosas contrapuestas e irreconciliables. Pero, ¿cuál es la postura justa y acertada ante Dios? Ésta es la pregunta de fondo.
El fariseo es un observante escrupuloso de la ley y un practicante fiel de su religión. Se siente seguro en el templo. Ora de pie y con la cabeza erguida. Su oración es la más hermosa: una plegaria de alabanza y acción de gracias a Dios. Pero no le da gracias por su grandeza, su bondad o misericordia, sino por lo bueno y grande que es él mismo.
En seguida se observa algo falso en esta oración. Más que orar, este hombre se contempla a sí mismo. Se cuenta su propia historia llena de méritos. Necesita sentirse en regla ante Dios y exhibirse como superior a los demás.
Este hombre no sabe lo que es orar. No reconoce la grandeza misteriosa de Dios ni confiesa su propia pequeñez. Buscar a Dios para enumerar ante él nuestras buenas obras y despreciar a los demás es de imbéciles. Tras su aparente piedad se esconde una oración "atea". Este hombre no necesita a Dios. No le pide nada. Se basta a sí mismo.
La oración del publicano es muy diferente. Sabe que su presencia en el templo es mal vista por todos. Su oficio de recaudador es odiado y despreciado. No se excusa. Reconoce que es pecador. Sus golpes de pecho y las pocas palabras que susurra lo dicen todo: «¡Oh Dios!, ten compasión de este pecador».
Este hombre sabe que no puede vanagloriarse. No tiene nada que ofrecer a Dios, pero sí mucho que recibir de él: su perdón y su misericordia. En su oración hay autenticidad. Este hombre es pecador, pero está en el camino de la verdad.
El fariseo no se ha encontrado con Dios. Este recaudador, por el contrario, encuentra en seguida la postura correcta ante él: la actitud del que no tiene nada y lo necesita todo. No se detiene siquiera a confesar con detalle sus culpas. Se reconoce pecador. De esa conciencia brota su oración: «Ten compasión de este pecador».
Los dos suben al templo a orar, pero cada uno lleva en su corazón su imagen de Dios y su modo de relacionarse con él. El fariseo sigue enredado en una religión legalista: para él lo importante es estar en regla con Dios y ser más observante que nadie. El recaudador, por el contrario, se abre al Dios del Amor que predica Jesús: ha aprendido a vivir del perdón, sin vanagloriarse de nada y sin condenar a nadie. 
José Antonio Pagola
ORA EN TU INTERIOR
            Las dos formas de orar propuestas en la parábola son el reflejo de dos formas de entender y vivir la relación con Dios. El fariseo, erguido, ocupa el centro de su relación con Dios. Le da gracias no por Dios mismo, sino por ser él, el fariseo, como es. No alaba a Dios, se alaba a sí mismo. Dios debería estar orgulloso de él, como él está de sí mismo. Falta poco para que Dios tenga que estarle agradecido. Su orgullo se traduce, inmediatamente en menosprecio de los demás a los que juzga sin misericordia injustos, adúlteros, o simplemente, publicano, como el que tiene a su lado. No podía salir del templo justificado por Dios, porque se ha presentado ante Dios como ya justificado por sus propios méritos. El publicano se ha quedado atrás. Ha elegido el último lugar y no se atreve a levantar los ojos hacia Dios; se expone en toda su indigencia ante su presencia y pide a Dios, reconocido como tal en su actitud humilde, lo único que su situación le permite, lo que verdaderamente necesita, lo que Dios no puede negarle: su misericordia, una mirada compasiva hacia su condición de pecador. Y Jesús asegura que éste baja a su casa justificado, convertido en justo, como todos, los que llegan a serlo, por pura misericordia de Dios.
ORACIÓN
            Señor Dios, que no eres parcial contra el pobre, que escuchas las súplicas del oprimido y que no desoyes el grito de tu comunidad, envía tu Espíritu a nuestros corazones a fin de que nos presentemos ante ti con un corazón humilde y sincero.
Expliquemos el Evangelio a los niños.

Imágenes de Fano

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