domingo, 17 de marzo de 2024

24 DE MARZO: DOMINGO DE RAMOS DE LA PASIÓN DEL SEÑOR (B)

 


“¿Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?

24 DE MARZO

DOMINGO DE RAMOS DE LA PASIÓN DEL SEÑOR

Lectura para la bendición de las palmas

Evangelio de san Juan: 12,12-16

Primera Lectura: Isaías 50,4-7

No aparté mi rostro de los insultos y sé que no quedaré avergonzado.

Salmo 21

Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?

Segunda Lectura: Filipenses 2,6-11

Cristo se humilló a sí mismo; por eso Dios lo exaltó.

EVANGELIO DEL DÍA

Pasión según san Marcos 15,1-38

“Faltaban dos días para la Pascua y los Ázimos. Los sumos sacerdotes y los escribas pretendían prender a Jesús a traición y darle muerte. Pero decían:

- “No durante las fiestas; podría amotinarse el pueblo”.

Estando Jesús en Betania, en casa de Simón, el leproso, sentado a la mesa, llegó una mujer con un frasco de perfume muy caro, de nardo puro; quebró el frasco y lo derramó en la cabeza de Jesús. Algunos comentaban indignados:

 - “¿A qué viene este derroche de perfume? Se podía haber vendido por más de trescientos denarios para dárselo a los pobres”.

 Y regañaban a la mujer. Pero Jesús replicó:

- “Dejadla, ¿por qué la molestáis? Lo que ha hecho conmigo está bien. Porque a los pobres los tenéis siempre con vosotros y podéis socorrerlos cuando queráis; pero a mí no me tenéis siempre. Ella ha hecho lo que podía: se ha adelantado a embalsamar mi cuerpo para la sepultura. Os aseguro que, en cualquier parte del mundo donde se proclame el Evangelio, se recordará también lo que ha hecho ésta”.

. Judas Iscariote, uno de los Doce, se presentó a los sumos sacerdotes para entregarle a Jesús. Al oírlo, se alegraron y le prometieron dinero. Él andaba buscando ocasión propicia para entregarlo.

 El primer día de los Ázimos, cuando se sacrificaba el cordero pascual, le dijeron a Jesús sus discípulos:

 - “¿Dónde quieres que vayamos a prepararte la cena de Pascua?”. Él envió a dos discípulos, diciéndoles:

- “Id a la ciudad, encontraréis un hombre que lleva un cántaro de agua; seguidlo y, en la casa en que entre, decidle al dueño: “El Maestro pregunta: ¿Dónde está la habitación en que voy a comer la Pascua con mis discípulos?” Os enseñará una sala grande en el piso de arriba, arreglada con divanes. Preparadnos allí la cena”.

Los discípulos se marcharon, llegaron a la ciudad, encontraron lo que les había dicho y prepararon la cena de Pascua.

 Al atardecer fue él con los Doce. Estando a la mesa comiendo, dijo Jesús:

 - “Os aseguro que uno de vosotros me va a entregar: uno que está comiendo conmigo”.

 Ellos, consternados empezaron a preguntarle uno tras otro:

- “¿Seré yo?”

 Respondió: “Uno de los Doce, el que está mojando en la misma fuente que yo. El Hijo del hombre se va, como está escrito de él; pero ¡ay del que va a entregar al Hijo del hombre!; ¡más le valdría no haber nacido!”.

 Mientras comían, Jesús tomó un pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio, diciendo:

- “Tomad, esto es mi cuerpo”.

Cogiendo una copa, pronunció la acción de gracias, se la dio, y todos bebieron.

Y les dijo:

- “Esta es mi sangre, sangre de la alianza, derramada por todos. Os aseguro que no volveré a beber del fruto de la vid hasta el día que beba el vino nuevo en el reino de Dios”.

 Después de cantar el salmo, Salieron para el monte de los Olivos. Jesús les dijo: -“Todos vais a caer, como está escrito: “Heriré al pastor, y se dispersarán las ovejas”. Pero, cuando resucite, iré antes que vosotros a Galilea”.

 Pedro replicó:

 - “Aunque todos caigan, yo no”.

Jesús le contestó:

- “Te aseguro que tú hoy, esta tarde, antes que el gallo cante dos veces, me habrás negado tres”.

Pero él insistía:

- “Aunque tenga que morir contigo, no te negaré”.

Y los demás decían lo mismo. Fueron a un huerto, que llaman Getsemaní, y dijo a sus discípulos:

 - “Sentaos aquí mientras voy a orar”.

Se llevó a Pedro, a Santiago y a Juan, empezó a sentir terror y angustia, y les dijo:

- “Me muero de tristeza; quedaos aquí velando”.

Y, adelantándose un poco, se postró en tierra pidiendo que, si era posible, se alejase de él aquella hora; y dijo:

 - “¡Abba! (Padre), tú lo puedes todo; aparta de mí este cáliz. Pero no lo que yo quiero, sino lo que tú quieres”.

Volvió y, al encontrarlos dormidos, dijo a Pedro:

- “Simón, ¿duermes?; ¿no has podido velar ni una hora? Velad y orad, para no caer en la tentación; el espíritu es decidido, pero la carne es débil”.

De nuevo se apartó y oraba repitiendo las mismas palabras. Volvió, y los encontró otra vez dormidos, porque tenían los ojos cargados. Y no sabían qué contestarle. Volvió por tercera vez y les dijo:

 - “Ya podéis dormir y descansar. ¡Basta! Ha llegado la hora; mirad que el Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los pecadores. ¡Levantaos, vamos! Ya está cerca el que me entrega”.

Todavía estaba hablando, cuando se presentó Judas, uno de los Doce, y con él gente con espadas y palos, mandada por los    sumos Sacerdotes, los escribas y los ancianos. El traidor les había dado una contraseña, diciéndoles:

 - “Al que yo bese, ése es; pretendedlo y conducidlo bien sujeto”.

Y en cuanto llegó, se acercó y le dijo:

 - “¡Maestro!”.

Y lo besó. Ellos le echaron mano y lo prendieron. Pero uno de los presentes, desenvainando la espada, de un golpe le cortó la oreja al criado del sumo sacerdote. Jesús tomó la palabra y les dijo:

 - ¿Habéis salido a prenderme con espadas y palos, como a un bandido? A diario os estaba enseñando en el templo, y no me detuvisteis. Pero, que se cumplan las Escrituras”.

Y todos lo abandonaron y huyeron. Lo iba siguiendo un muchacho, envuelto sólo en una sábana, y le echaron mano; pero él, soltando la sábana, se les escapó desnudo.

 Condujeron a Jesús a casa del sumo sacerdote, y se reunieron todos los sumos sacerdotes y los ancianos y los escribas. Pedro lo fue siguiendo de lejos, hasta el interior del palacio del sumo sacerdote; y se sentó con los criados a la lumbre para calentarse.

 Los sumos sacerdotes y el Sanedrín en pleno buscaban un testimonio contra Jesús, para condenarlo a muerte; y no lo encontraban. Pues, aunque muchos daban falso testimonio contra él, los testimonios no concordaban. Y algunos, poniéndose en pie, daban testimonios contra él, diciendo:

 - “Nosotros le hemos oído decir: “Yo destruiré este templo, edificado por hombres, y en tres días construiré otro no edificado por hombres”.

Pero ni en esto concordaban los testimonios. El sumo sacerdote se puso en pie en medio e interrogó a Jesús:

- “¿No tienes nada que responder? ¿Qué son estos cargos que levantan contra ti?.

 Pero él callaba, sin dar respuesta. El sumo sacerdote lo interrogó de nuevo, preguntándole:

 - “¿Eres tú el Mesías, el Hijo de Dios bendito?...”

Jesús contestó:

 - “Sí, lo soy. Y veréis que el Hijo del hombre está sentado a la derecha del Todopoderoso y que viene entre las nubes del cielo”.

El sumo sacerdote se rasgó las vestiduras, diciendo:

 - “¿Qué falta hacen más testigos? Habéis oído la blasfemia. ¿Qué decís?”.

 Y todos lo declararon reo de muerte. Algunos se pusieron a escupirle y, tapándole la cara, lo abofeteaban y le decían:

 - “Haz de profeta”.

 Y los criados le daban bofetadas.

Mientras Pedro estaba abajo en el patio, llegó una criada del sumo sacerdote y, al ver a Pedro calentándose, le miró y dijo:

 - “También tú andabas con Jesús, el Nazareno”.

Él lo negó, diciendo: - ·Ni sé ni entiendo lo que quieres decir”.

 Salió al zaguán, y un gallo cantó”. Al poco rato, también los, presentes dijeron a Pedro: “Seguro que eres uno de ellos, pues eres Galileo”.

 Pero él se puso a echar maldiciones y a jurar:

 - “No conozco a ese hombre que decís”.

Y en seguida, por segunda vez, cantó un gallo. Pedro se acordó de las palabras que le había dicho Jesús: “Antes de que cante el gallo dos veces, me habrás negado tres”, y rompió a llorar.

Apenas se hizo de día, los sumos sacerdotes, con los ancianos, los escribas y el Sanedrín en pleno, se reunieron, y, atando a Jesús, lo llevaron y lo entregaron a Pilato. Pilato le preguntó:

 “¿Eres tú el rey de los judíos?”

Él respondió:

“Tú lo dices”.

Y los sumos sacerdotes lo acusaban de muchas cosas. Pilato le preguntó de nuevo: “¿No contestas nada? Mira cuántos cargos presentan contra ti”.

 Jesús no contestó más; de modo que Pilato estaba muy extrañado.

Por la fiesta solía soltarse un preso, el que le pidieran. Estaba en la cárcel un tal Barrabás, con los revoltosos que habían cometido un homicidio en la revuelta. La gente subió y empezó a pedir el indulto de costumbre. Pilato les contestó:

“¿Queréis que os suelte as rey de los judíos?”.

Pues sabía que los sumos sacerdotes se lo habían entregado por envidia.

Pero los sumos sacerdotes soliviantaron a la gente para que pidieran la libertad de Barrabás. Pilato tomó de nuevo la palabra y les preguntó: ¿”Qué hago con el que llamáis rey de los judíos?”.

 Ellos gritaron de nuevo:

“¡Crucifícalo!”.

Pilato les dijo:

 “Pues, ¿qué mal ha hecho?”.

Ellos gritaron más fuerte:

“¡Crucifícalo!”.

Y Pilato, queriendo dar gusto a la gente, les soltó a Barrabás; y a Jesús, después de azotarlo, lo entregó para que lo crucificaran.

 Los soldados se lo llevaron al interior del palacio -.al pretorio- y reunieron a toda la compañía. Lo vistieron de púrpura, le pusieron una corona de espinas, que habían trenzado, y comenzaron a hacerle el saludo:

 “¡Salve, rey de los judíos!”.

 Le golpearon la cabeza con una caña, le escupieron; y, doblando las rodillas, se postraban ante él. Terminada la burla, le quitaron la púrpura y le pusieron su ropa. Y lo sacaron para crucificarlo.

 Y a uno que pasaba, de vuelta del campo, a Simón de Cirene, el padre de Alejandro y de Rufo, lo forzaron a llevar la cruz. Y llevaron a Jesús al Gólgota (que quiere decir lugar de “la Calavera”), y le ofrecieron vino con mirra; pero él no lo aceptó. Lo crucificaron y se repartieron sus ropas, echándolas a suerte, para ver lo que se llevaba cada uno.

Era media mañana cuando lo crucificaron. En el letrero de la acusación estaba escrito: “El rey de los judíos”. Crucificaron con él a dos bandidos, uno a su derecha y otro a su izquierda, Los que pasaban lo injuriaban, meneando la cabeza y diciendo: “¡Anda!, tú que destruías el templo y lo reconstruías en tres días, sálvate a ti mismo bajando de la cruz. Los sumos sacerdotes con los escribas se burlaban también de él, diciendo:

“A otros ha salvado, y a sí mismo no se puede salvar: que el Mesías, el rey de Israel, baje de la cruz, para que lo veamos y creamos”.

 También los que estaban crucificados con él lo insultaban.

 Al llegar el mediodía, toda la región quedó en tinieblas hasta la media tarde. Y, a la media tarde Jesús clamó con voz potente:

Eloí, Eloí, lamá sabaktaní”. Que significa: “¿Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”.

Algunos de los presentes, al oírlo, decían:

 “Mira, está llamando a Elías”.

 Y uno echó a correr y, empapando una esponja en vinagre, la sujetó a una caña, y le daba de beber, diciendo: “Dejad, a ver si viene Elías a bajarlo”.

 Y Jesús, dando un fuerte grito, expiró.

 El velo del templo se rasgó en dos, de arriba abajo. El centurión, que estaba enfrente, al ver cómo había expirado, dijo: “Realmente este hombre era Hijo de Dios”.

REFLEXIÓN

UNCIÓN Y TRAICIÓN:

Se abre el capítulo de la Pasión con una escena llena de belleza y de fuerza significativa, pero en contraste. Una mujer, quizá María, la hermana de Lázaro, expresa su devoción y su amor a Cristo rompiendo para él un frasco de alabastro y ungiendo su cabeza con nardo auténtico. Llama la atención la generosidad de este gesto. Si se midiera el valor por el precio, sería grande.  No siempre es así, claro. Dos reales también pueden significar muchísimo amor. Dos mil millones pueden estar vacíos de amor.

Cristo interpreta la unción como un anticipo de su muerte, La mujer, intuitiva, se ha adelantado a embalsamar mi cuerpo para la sepultura. Es un homenaje a mi muerte y un agradecimiento a mi vida. Todos la aplaudirán por los siglos.

SACRAMENTO Y PROFECÍA:

En la Cena Jesús instituye el sacramento del amor. Es signo de comunión y de entrega. El pan partido y el vino ofrecido sirven para realizar la mayor unión entre Cristo y sus discípulos; sirven asimismo para significar su muerte, el cuerpo roto y la sangre derramada. Nadie tiene amor más grande.

Pero la Eucaristía anuncia el banquete del Reino de Dios. Es una profecía o anticipo del día en que podamos comer con Dios y comer enteramente a Dios, la comunión de la gloria.

Pedro significa roca, que habla de fortaleza. Pedro era fuerte en su fe y su entusiasmo por Cristo, lo que pasaba era que se le iba la fuerza por la boca. Aunque todos se escandalicen de ti, yo nunca… Aunque tenga que morir contigo, yo no te negaré… “Estoy dispuesto a ir contigo hasta a la cárcel y la muerte”. Y era sincero en sus manifestaciones. Realmente Pedro creía y amaba con todas sus fuerzas a Jesús. Y no sólo eran sentimientos y palabras, sino que en ocasión echó mano de la espada para defender a su maestro. Huye con todos, poco después lo va siguiendo y se mezcla con sus enemigos.

EN UN HUERTO COMENZÓ EL DRAMA:

Getsemaní es lucha del alma. El Hijo lucha con el Padre, como antiguamente Jacob. Lucha hasta dejarse vencer. Pero ¡qué duro! Es noche cerrada. Todas las luces se apagan. Agitado por los vientos fríos de la duda, del miedo y la tristeza. ¿Por qué y para qué? El tentador jugaba todas sus bazas. Y los discípulos no pueden ayudar, duermen, incapaces de sintonizar con el Maestro. ¡Qué distancia! Y aunque el Padre parece estar sordo, Jesús grita.

PASIÓN. SILENCIO:

Llueven sobre Jesús los golpes y las condenas. Golpes en la cara, en la cabeza, en todo su cuerpo. Bofetadas, escupitajos, azotes, espinas, clavos. Condenas: el sanedrín, Pilato y Herodes, el pueblo.

Pero él callaba, sin dar respuesta.

Jesús no contestó más.



ENTRA EN TU INTERIOR

EL GESTO SUPREMO

Jesús contó con la posibilidad de un final violento. No era un ingenuo. Sabía a qué se exponía si seguía insistiendo en el proyecto del reino de Dios. Era imposible buscar con tanta radicalidad una vida digna para los «pobres» y los «pecadores», sin provocar la reacción de aquellos a los que no interesaba cambio alguno.

Ciertamente, Jesús no es un suicida. No busca la crucifixión. Nunca quiso el sufrimiento ni para los demás ni para él. Toda su vida se había dedicado a combatirlo allí donde lo encontraba: en la enfermedad, en las injusticias, en el pecado o en la desesperanza. Por eso no corre ahora tras la muerte, pero tampoco se echa atrás.

Seguirá acogiendo a pecadores y excluidos, aunque su actuación irrite en el templo. Si terminan condenándolo, morirá también él como un delincuente y excluido, pero su muerte confirmará lo que ha sido su vida entera: confianza total en un Dios que no excluye a nadie de su perdón.

Seguirá anunciando el amor de Dios a los últimos, identificándose con los más pobres y despreciados del imperio, por mucho que moleste en los ambientes cercanos al gobernador romano. Si un día lo ejecutan en el suplicio de la cruz, reservado para esclavos, morirá también él como un despreciable esclavo, pero su muerte sellará para siempre su fidelidad al Dios defensor de las víctimas.

Lleno del amor de Dios, seguirá ofreciendo «salvación» a quienes sufren el mal y la enfermedad: dará «acogida» a quienes son excluidos por la sociedad y la religión; regalará el «perdón» gratuito de Dios a pecadores y gentes perdidas, incapaces de volver a su amistad. Ésta actitud salvadora que inspira su vida entera, inspirará también su muerte.

Por eso a los cristianos nos atrae tanto la cruz. Besamos el rostro del Crucificado, levantamos los ojos hacia él, escuchamos sus últimas palabras… porque en su crucifixión vemos el servicio último de Jesús al proyecto del Padre, y el gesto supremo de Dios entregando a su Hijo por amor a la humanidad entera.

Es indigno convertir la semana santa en folclore o reclamo turístico. Para los seguidores de Jesús celebrar la pasión y muerte del Señor es agradecimiento emocionado, adoración gozosa al amor «increíble» de Dios y llamada a vivir como Jesús solidarizándonos con los crucificados.

José Antonio Pagola

ORA EN TU INTERIOR CON LA LECTURA REPOSADA, DE LA PASIÓN DEL SEÑOR.

Expliquemos el Evangelio a los niños.

Imágenes de Patxi Velasco FANO 

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domingo, 10 de marzo de 2024

17 DE MARZO: QUINTO DOMINGO DE CUARESMA (B)

 


” Os aseguro que si el grano de trigo no cae en tierra y muere,

queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto.”

17 DE MARZO

QUINTO DOMINGO DE CUARESMA

Primera Lectura: Jeremías 31,31-34

Haré una alianza nueva y no recordaré sus pecados.

Salmo 50

Crea en mí, Señor, un corazón puro.

Segunda Lectura: Hebreos 5,7-9

Aprendió a obedecer y se convirtió en autor de salvación eterna.

EVANGELIO DEL DÍA

Juan 12,20-33

“En aquel tiempo, entre los que habían venido a celebrar la fiesta había algunos griegos; estos, acercándose A Felipe, el de Betsaida de Galilea, le rogaban: “Señor, quisiéramos ver a Jesús”. Felipe fue a decírselo a Andrés; y Andrés y Felipe fueron a decírselo a Jesús. Jesús les contestó: “Ha llegado la hora de que sea glorificado el Hijo del Hombre. Os aseguro que si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto. El que se ama a sí mismo se pierde, y el que se aborrece a sí mismo en este mundo se guardará para la vida eterna. El que quiera servirme, que me siga, y donde esté yo, allí también estará mi servidor; a quien me sirva, el Padre lo premiará. Ahora mi alma está agitada, y, ¿qué diré? Padre, líbrame de esta hora. Pero si por esto he venido, para esta hora. Padre, glorifica tu nombre”. Entonces vino una voz del cielo: “Lo he glorificado y volveré a glorificarlo”. La gente que estaba allí y lo oyó decía que había sido un trueno; otros decían que le había hablado un ángel. Jesús tomó la palabra y dijo: “esta voz no ha venido por mí, sino por vosotros. Ahora va a ser juzgado el mundo; ahora el Príncipe de este mundo va a ser echado fuera. Y cuando yo sea elevado sobre la tierra atraeré a todos hacia mí”. Esto lo decía dando a entender la muerte de que iba a morir”

Versión para América Latina, extraída de la Biblia del Pueblo de Dios.

“Entre los que habían subido para adorar durante la fiesta, había unos griegos

que se acercaron a Felipe, el de Betsaida de Galilea, y le dijeron: "Señor, queremos ver a Jesús".

Felipe fue a decírselo a Andrés, y ambos se lo dijeron a Jesús.

El les respondió: "Ha llegado la hora en que el Hijo del hombre va a ser glorificado.

Les aseguro que si el grano de trigo que cae en la tierra no muere, queda solo; pero si muere, da mucho fruto.

El que tiene apego a su vida la perderá; y el que no está apegado a su vida en este mundo, la conservará para la Vida eterna.

El que quiera servirme que me siga, y donde yo esté, estará también mi servidor. El que quiera servirme, será honrado por mi Padre.

Mi alma ahora está turbada, ¿Y qué diré: 'Padre, líbrame de esta hora'? ¡Si para eso he llegado a esta hora!

¡Padre, glorifica tu Nombre!". Entonces se oyó una voz del cielo: "Ya lo he glorificado y lo volveré a glorificar".

La multitud que estaba presente y oyó estas palabras, pensaba que era un trueno. Otros decían: "Le ha hablado un ángel".

Jesús respondió: "Esta voz no se oyó por mí, sino por ustedes.

Ahora ha llegado el juicio de este mundo, ahora el Príncipe de este mundo será arrojado afuera;

y cuando yo sea levantado en alto sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí".

Jesús decía esto para indicar cómo iba a morir.”

REFLEXIÓN

En este pórtico de la Pasión, destaca la estampa de Jesús suplicando al Padre con gritos y con lágrimas. Es otra versión de la noche de Getsemaní. Impresiona ver a Jesús agitado por la angustia y por el miedo. Nos impresiona este Jesús que llora y que grita al cielo.

Estamos acostumbrados a fijarnos más en la realidad divina de Cristo, que casi oscurece y debilita su dimensión humana. Nos parecía que Jesús sufría menos, porque estaba asistido e iluminado por su divinidad. Sería superhombre, sobrevolaría las debilidades humanas.

Los gritos y las lágrimas de Jesús nos prueban la verdad de su Encarnación. Asume todo lo humano, como un hombre más. Asume nuestro peso y nuestro barro, nuestras pasiones y nuestras emociones, nuestras dudas y nuestros miedos. Por eso llora, grita y suplica. Que sí, que Cristo descendió hasta nuestros más oscuros infiernos.

Nos prueban la verdad de la solidaridad. Cristo aprendió a sufrir, se identificó con todos los que han sufrido y sufrirán, con todos los que han llorado y han gritado, desde el justo Abel hasta el último caído, víctima del odio o del fanatismo.

Nos prueban la verdad de la redención. Si el Hijo de Dios llora, no es sólo para compartir las lágrimas, sino para quitarles su amargor, convertidas así en aguas de purificación y en riego fecundo.

Unos griegos, que habían ido a la fiesta, pidieron ver a Jesús. Eran gentiles, y querían ver a Jesús. No era simple curiosidad, era interés. Querían escuchar sus palabras. Querían creer en él. Eso ya es un principio de fe. Vendrán muchos de Oriente y Occidente...

Podría ser motivo de satisfacción para Jesús. Pero en ese momento Jesús se sintió nervioso. Vio con claridad que todo se cumplía, que lo suyo tocaba a su fin, que había llegado la hora. Hora de glorificación, sí, pero hora también de sufrimiento y de muerte. Será exaltado, sí, pero será también crucificado.

Y Jesús se rompe, se viene abajo. Mi alma está agitada. Es sacudida por vientos contrarios. Las luces y las sombras luchan entre sí en su propio campo. El desencanto y la esperanza; la muerte y la vida, cuerpo a cuerpo, luchando en él.

Entonces Jesús acude al Padre, como el niño que se siente indefenso. Padre, líbrame de esta hora, Padre, aparta de mí este cáliz. Es una lucha del hombre con Dios, como aquella de Jacob en Penuel a lo largo de la noche. Muchas veces la oración es una lucha con Dios, que mide sus fuerzas con nosotros. Si vence Dios, venceremos también nosotros. Pero si vencemos nosotros, perderemos todos. Al final, no debe ser Dios el que haga nuestra voluntad, sino nosotros la suya. No es lo que yo quiero, sino lo que quieres Tú.

La hora amarga es pasajera y el Padre hace sentir al Hijo su experiencia de gloria. Esta gloria es su amor, es el Espíritu Santo. El Espíritu llena a Jesús, lo consuela y conforta, lo llena de vida y de fruto. Como si le dijera: eres mi Hijo, estoy contigo, tus sufrimientos tienen sentido, tu sangre será redentora, tu muerte será principio de nueva vida, será la muerte de toda muerte. Te convertirás en la Pascua que no pasa, en la luz que no se apaga, en espiga de primavera, en meta de toda vía, en Resurrección.

Serás elevado sobre la tierra, pero desde lo alto atraerás a todas las miradas y todos los corazones, serás señal luminosa y estandarte de salvación, serás fuente abierta de la gracia y arco iris amistoso; serás medicina de dolores y hoguera de amores, serás esperanza segura de salvación.

Como sucedió en otras manifestaciones, los discípulos necesitaban un argumento de fe y una razón para la esperanza. Cuando lleguen los días oscuros, esta palabra les servirá de luz.

Esto vale para nosotros cuando nos lleguen las horas difíciles. La Gloria de Cristo, su luz amorosa, se expande de manera permanente. Llega a todos los que creen en él.

Puede que pasemos mucho tiempo en la noche y no veamos ni sintamos ni oigamos nada. Las lámparas se nos apagan, las tinieblas nos penetran y los vientos se vuelven contrarios. Es el momento de gritar y de rezar. Hasta que desde muy dentro Dios te haga sentir su presencia y te glorifique. Participarás así de la Pascua de Cristo.



ENTRA EN TU INTERIOR

ATRAIDOS POR EL CRUCIFICADO

Un grupo de «griegos», probablemente paganos, se acercan a los discípulos con una petición admirable: «Queremos ver a Jesús». Cuando se lo comunican, Jesús responde con un discurso vibrante en el que resume el sentido profundo de su vida. Ha llegado la hora. Todos, judíos y griegos, podrán captar muy pronto el misterio que se encierra en su vida y en su muerte: «Cuando yo sea elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí».

Cuando Jesús sea alzado a una cruz y aparezca crucificado sobre el Gólgota, todos podrán conocer el amor insondable de Dios, se darán cuenta de que Dios es amor y sólo amor para todo ser humano. Se sentirán atraídos por el Crucificado. En él descubrirán la manifestación suprema del Misterio de Dios.

Para ello se necesita, desde luego, algo más que haber oído hablar de la doctrina de la redención. Algo más que asistir a algún acto religioso de la semana santa. Hemos de centrar nuestra mirada interior en Jesús y dejarnos conmover, al descubrir en esa crucifixión el gesto final de una vida entregada día a día por un mundo más humano para todos. Un mundo que encuentre su salvación en Dios.

Pero, probablemente a Jesús empezamos a conocerlo de verdad cuando, atraídos por su entrega total al Padre y su pasión por una vida más feliz para todos sus hijos, escuchamos aunque sea débilmente su llamada: «El que quiera servirme que me siga, y dónde esté yo, allí estará también mi servidor».

Todo arranca de un deseo de «servir» a Jesús, de colaborar en su tarea, de vivir sólo para su proyecto, de seguir sus pasos para manifestar, de múltiples maneras y con gestos casi siempre pobres, cómo nos ama Dios a todos. Entonces empezamos a convertirnos en sus seguidores.

Esto significa compartir su vida y su destino: «donde esté yo, allí estará mi servidor». Esto es ser cristiano: estar donde estaba Jesús, ocuparnos de lo que se ocupaba él, tener las metas que él tenía, estar en la cruz como estuvo él, estar un día a la derecha del Padre donde está él.

¿Cómo sería una Iglesia «atraída» por el Crucificado, impulsada por el deseo de «servirle» sólo a él y ocupada en las cosas en que se ocupaba él? ¿Cómo sería una Iglesia que atrajera a la gente hacia Jesús?

José Antonio Pagola

ORA EN TU INTERIOR

En su angustia fue escuchado. La voz del Padre pacificó y consoló el alma de Jesús. No fue un trueno. En Getsemaní Lucas dice que fue un ángel. Lo cierto es que Jesús quedó convencido del sentido de esta hora.

Es hora de combate y de lucha, pero la victoria ya es cierta. El príncipe de este mundo será echado fuera.

Es hora de dolor y de muerte, pero son dolores redentores y muertes fecundas, cargadas de vida, como la del grano de trigo que cae en tierra, o como los dolores de la mujer cuando va a dar a luz.

Es hora de entregas y de amores, pero que llevan el toque de la vida eterna, porque el amor no muere; el que no ama se pierde, pero el que se entrega a sí mismo, se guardará para la vida eterna.

Es hora de exaltación y de gloria, aunque sea una elevación dolorosa y humillante. Cuando sea elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí. La crucifixión coincide con la exaltación, el Calvario con el Tabor.

La gloria de Cristo consiste en su amor entregado hasta el fin. La obediencia del Hijo hasta la muerte es lo que da gloria al Padre. El Nombre del Padre es glorificado cuando es amado. Y a la vez el Hijo se cubre de gloria subiendo amorosamente a la cruz. Es la victoria del amor a Dios y a los hombres, es donde más se ha amado; y no hay más gloria que la que viene del amor. Por eso, “lejos de gloriarme, sino es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo” (Gal 6,14). En pura teología decimos que la verdadera Gloria de Cristo es el Espíritu Santo.

ORACIÓN

Revista Orar nº 155

Queremos verte, Jesús.

          Es sólo un deseo, pero cuando los deseos son hermosos nos llevan a ti.

          El Espíritu es quien hace nacer los deseos en el corazón.

          A ti, Jesús, te gustan los deseos de quien quiere verte.

          Estás en las encrucijadas de los caminos por si alguien desvía sus pasos para hablar contigo.

          Cuando te encuentras con alguien que te busca, detienes tu camino y lo miras.

          Queremos verte, Jesús. Queremos conocerte.

          Queremos tener experiencia de tu amistad y participar de tu vida. Amén

Expliquemos el Evangelio a los niños.

Imágenes de Patxi Velasco FANO



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domingo, 3 de marzo de 2024

10 DE MARZO: CUARTO DOMINGO DE CUARESMA B

 


“Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna.”

10 DE MARZO

CUARTO DOMINGO DE CUARESMA

“LAETARE”

Primera Lectura: Crónicas 36,14-16-19-23

La ira del Señor desterró a su pueblo; su misericordia lo liberó.

Salmo 136

Tu recuerdo, Señor, es mi alegría.

Segunda Lectura: Efesios 2,4-10

Muertos por los pecados, ustedes han sido salvados por la gracia.

EVANGELIO DEL DÍA

Juan 3,14-21

“En aquel tiempo, dijo Jesús a Nicodemo: “Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna. Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna. Porque Dios no mandó su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. El que cree en él no será juzgado, el que no cree ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios. El juicio consiste en esto: que la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron la tiniebla a la luz, porque sus obras eran malas. Pues todo el que obra perversamente detesta la luz y no se acerca a la luz, para no verse acusado por sus obras. En cambio, el que realiza la verdad se acerca a la luz, para que se vea que sus obras están hechas según Dios”.

Versión para América Latina, extraída de la Biblia del Pueblo de Dios.

“Dijo Jesús:

De la misma manera que Moisés levantó en alto la serpiente en el desierto, también es necesario que el Hijo del hombre sea levantado en alto,

para que todos los que creen en él tengan Vida eterna.

Sí, Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en él no muera, sino que tenga Vida eterna.

Porque Dios no envió a su Hijo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él.»

El que cree en él, no es condenado; el que no cree, ya está condenado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios.

En esto consiste el juicio: la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron las tinieblas a la luz, porque sus obras eran malas.

Todo el que obra mal odia la luz y no se acerca a ella, por temor de que sus obras sean descubiertas.

En cambio, el que obra conforme a la verdad se acerca a la luz, para que se ponga de manifiesto que sus obras han sido hechas en Dios”.

REFLEXIÓN

Nosotros creemos que Dios es Amor. Éste es nuestro principio y fundamento, nuestro sol y seguridad, nuestro sentido y nuestra meta.

Nicodemo tenía sed, y fue a beber de la fuente de Cristo, y encontró un misterioso manantial, como lo encontró la samaritana. Nicodemo quería ver, y fue a la estrella de Jesucristo, y encontró una luz que cegaba y transformaba, sobredosis de luz. Nicodemo iba buscando nuevos caminos de verdad, y se encontró con el Camino y la Verdad.

Nicodemo iba con la ley en la mano, deseando un mejor conocimiento y aplicación de la misma, y encontró un fuego en el que las leyes se quemaban, pero se grababan en su corazón.

Nicodemo escucha palabras divinas: Tanto amó Dios al mundo… Para que no perezca ninguno… sino que tengan vida eterna… El que realiza la verdad se acerca a la luz…

¡Tanto amó! Dios es Amor, pero sobrepasando nuestros conceptos y nuestras medidas. Si vemos los signos de este amor, producen en nosotros un sentimiento de admiración pero, ¿cómo es posible?, ¿cómo puede ser tanto? Es algo que nos desborda: ¡tanto, tanto!

Dios es Amor. El amor no es un atributo de Dios, es una definición, es su naturaleza. Dios consiste en amar. Dios no puede hacer otra cosa que amar, no puede hacer nada, por muy omnipotente que sea, que vaya contra el amor, porque se destruiría a sí mismo. “¡Dios es amor!”

¿La verdad? Todos la buscamos. Pues he aquí, la verdad es el amor. El que vive en el amor encuentra la luz. ¿La vida? Todos la deseamos. Pues he aquí, la vida es el amor. El que no ama está muerto.

El bien más grande: el Amor. La verdad es que nos sería necesario destacar en el amor, ya que ésta es la gran característica de Dios. Esta realidad es la que engendra vida: “Por el gran amor con que nos amó, estando nosotros muertos por nuestros pecados, nos ha hecho vivir con Cristo…”Es muy cierto, el egoísmo y el orgullo provocan la muerte espiritual y la destrucción de nuestras vidas y relaciones.

En cambio, la generosidad de Dios nos ha salvado. Él nos ha concedido el don de la fe y la salvación ha llegado a nuestras vidas, sencillamente por su gracia, no por ningún mérito nuestro.

Dios no envió a su Hijo para condenar al mundo, sino para salvarlo. Basta con aceptar esta salvación, esta propuesta de felicidad desde la fe. Dios no quiere que nadie se pierda, no quiere la tristeza ni el sinsentido en la vida. Por eso hoy debemos recordar que ya estamos salvados gracias a Cristo crucificado y Resucitado. La salvación ya ha llegado al mundo, pero nuestro esfuerzo está en abrir nuestro corazón y dejar que Cristo habite permanentemente en nosotros, y así vivir en la luz y la verdad. Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos. ¡Hasta qué punto somos sus amigos! Es el mejor argumento de la gratuidad y la generosidad de Dios.



ENTRA EN TU INTERIOR

DIOS AMA AL MUNDO

No es una frase más. Palabras que se pudieran eliminar del Evangelio, sin que nada importante cambiara. Es la afirmación que recoge el núcleo esencial de la fe cristiana. «Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único». Este amor de Dios es el origen y el fundamento de nuestra esperanza.

«Dios ama al mundo». Lo ama tal como es. Inacabado e incierto. Lleno de conflictos y contradicciones. Capaz de lo mejor y de lo peor. Este mundo no recorre su camino solo, perdido y desamparado. Dios lo envuelve con su amor por los cuatro costados. Esto tiene consecuencias de la máxima importancia.

 

Primero, Jesús es, antes que nada, el «regalo» que Dios ha hecho al mundo, no sólo a los cristianos. Los investigadores pueden discutir sin fin sobre muchos aspectos de su figura histórica. Los teólogos pueden seguir desarrollando sus teorías más ingeniosas. Sólo quien se acerca a Jesucristo como el gran regalo de Dios, puede ir descubriendo en todos sus gestos, con emoción y gozo, la cercanía de Dios a todo ser humano

Segundo. La razón de ser de la Iglesia, lo único que justifica su presencia en el mundo es recordar el amor de Dios. Lo ha subrayado muchas veces el Vaticano II: la Iglesia «es enviada por Cristo a manifestar y comunicar el amor de Dios a todos los hombres». Nada hay más importante. Lo primero es comunicar ese amor de Dios a todo ser humano.

Tercero. Según el evangelista, Dios hace al mundo ese gran regalo que es Jesús, «no para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él». Es muy peligroso hacer de la denuncia y la condena del mundo moderno todo un programa pastoral. Sólo con el corazón lleno de amor a todos, nos podemos llamar unos a otros a la conversión. Si las personas se sienten condenadas por Dios, no les estamos transmitiendo el mensaje de Jesús sino otra cosa: tal vez, nuestro resentimiento y enojo.

Cuarto. En estos momentos en que todo parece confuso, incierto y desalentador, nada nos impide a cada uno introducir un poco de amor en el mundo. Es lo que hizo Jesús. No hay que esperar a nada. ¿Por qué no va a haber en estos momentos hombres y mujeres buenos, que Introducen entre nosotros amor, amistad, compasión, sensibilidad, justicia y ayuda a los que sufren…? Estos construyen la Iglesia de Jesús, la Iglesia del amor.

José Antonio Pagola

ORA EN TU INTERIOR

Señor, Padre Santo, te doy gracias, porque tanto amaste al mundo, que le entregaste a tu único Hijo. Esta es la prueba más brillante de la inmensidad de tu amor, de tu generosidad infinita. Cristo, tu Hijo, es la gloriosa manifestación de tu misterio. Cristo es el Amor divino encarnado y regalado.

 Nos entregaste a tu Hijo en el doble sentido de donación y de inmolación. Nos diste a tu Hijo, tu único Hijo, nos lo regalaste. Y nos lo diste no para un tiempo determinado o una misión concreta, nos lo diste para siempre y para todo. Gracias, Señor.

ORACIÓN

Señor Dios, luz que alumbra a todo hombre que viene a este mundo, ilumina nuestros corazones con el resplandor de tu gracia, para que podamos siempre pensar lo que es digno y grato a tus ojos y amarte con sincero corazón.

Expliquemos el Evangelio a los niños.

Imágenes de Patxi Velasco FANO



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domingo, 25 de febrero de 2024

3 DE MARZO: TERCER DOMINGO DE CUARESMA B

 


“- Quitad eso de ahí: no convirtáis la casa de mi Padre en una cueva de bandidos”.

3 DE MARZO

TERCER DOMINGO DE CUARESMA

Primera Lectura: Éxodo 20,1-17

La ley fue dada por Dios a Moisés

Salmo 18

Tú tienes, Señor, palabras de vida eterna.

Segunda Lectura: 1ª Corintios 1,22-25

Predicamos a Cristo crucificado, escándalo para los hombres,

pero sabiduría de Dios para los llamados.

EVANGELIO DEL DÍA

Juan 2,13-25

“Estaba cerca la Pascua de los Judíos y Jesús subió a Jerusalén. Encontró en el templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas y a los cambistas instalados.

Haciendo como un azote de cuerdas, a todos los echó del templo, lo mismo a las ovejas que a los bueyes; a los cambistas les desparramó las monedas y les volcó las mesas y a los que vendían palomas les dijo:

- Quitad eso de ahí: no convirtáis la casa de mi Padre en una cueva de bandidos.

Se acordaron sus discípulos de que estaba escrito: «La pasión por tu casa me consumirá».

Respondieron entonces los dirigentes judíos, diciéndole:

- ¿Qué señal nos presentas para hacer estas cosas?

Les replicó Jesús:

- Suprimid este santuario y en tres días lo levantaré.

Repusieron los dirigentes:

- Cuarenta y seis años ha costado construir este santuario, y ¿tú vas a levantarlo en tres días?

Pero él se refería al santuario de su cuerpo. Así, cuando se levantó de la muerte se acordaron sus discípulos de que había dicho esto y dieron fe a aquel pasaje y al dicho que había pronunciado Jesús.

Mientras estaba en Jerusalén, durante las fiestas de Pascua, muchos prestaron adhesión a su figura al presenciar las señales que realizaba. Pero Jesús no se confiaba a ellos, por conocerlos a todos; no necesitaba que nadie lo informase sobre el hombre, pues él conocía lo que el hombre llevaba dentro.”

Versión para América Latina, extraída de la Biblia del Pueblo de Dios.

“Se acercaba la Pascua de los judíos. Jesús subió a Jerusalén

y encontró en el Templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas y a los cambistas sentados delante de sus mesas.

Hizo un látigo de cuerdas y los echó a todos del Templo, junto con sus ovejas y sus bueyes; desparramó las monedas de los cambistas, derribó sus mesas

y dijo a los vendedores de palomas: "Saquen esto de aquí y no hagan de la casa de mi Padre una cueva de bandidos".

Y sus discípulos recordaron las palabras de la Escritura: El celo por tu Casa me consumirá.

Entonces los judíos le preguntaron: "¿Qué signo nos das para obrar así?".

Jesús les respondió: "Destruyan este templo y en tres días lo volveré a levantar".

Los judíos le dijeron: "Han sido necesarios cuarenta y seis años para construir este Templo, ¿y tú lo vas a levantar en tres días?".

Pero él se refería al templo de su cuerpo.

Por eso, cuando Jesús resucitó, sus discípulos recordaron que él había dicho esto, y creyeron en la Escritura y en la palabra que había pronunciado.

Mientras estaba en Jerusalén, durante la fiesta de Pascua, muchos creyeron en su Nombre al ver los signos que realizaba.

Pero Jesús no se fiaba de ellos, porque los conocía a todos

y no necesitaba que lo informaran acerca de nadie: él sabía lo que hay en el interior del hombre.”

REFLEXIÓN

El nombre de “purificación del templo” no es adecuado, porque no se trata de purificar, sino de sustituir. la exégesis viene en nuestra ayuda para descubrir el significado profundo del relato.

Como cualquier judío, Jesús desarrolló su vida espiritual en torno al templo; pero su fidelidad a Dios le hizo comprender que lo que allí se hacía no era lo que Dios esperaba de los seres humanos.

Es muy importante recordar que cuando se escribió este evangelio, ni existía ya el templo ni la casta sacerdotal tenía ninguna influencia en el judaísmo. Pero el cristianismo se había convertido ya en una religión. Sin embargo, Juan advierte del peligro de repetir aquella manera de dar culto a Dios.

Este relato cumple perfectamente los criterios de historicidad. Lo narran los cuatro evangelios. No es fácil que nadie se lo pudiera inventar si no hubiera ocurrido algo y no hubiera estado en las fuentes.

Nos han repetido, por activa y por pasiva, que lo que hizo Jesús en el templo fue purificarlo de una actividad de compraventa ilegal y abusiva. Según esa versión, Jesús lo que intenta es que al templo se vaya a rezar y no a comprar y vender.

Esto no tiene fundamento alguno, puesto que lo que estaban haciendo allí los vendedores y cambistas, era completa­mente imprescindible para el desarrollo de la actividad del templo.

Se vendían bueyes ovejas y palomas, que eran la base de los sacrifi­cios que se ofrecían en el templo. Los animales vendidos en el templo para sacrificarlos estaban controlados por los sacerdotes; de esa manera se garantizaba que cumplían todos los requisitos de legalidad.

También imprescindibles los cambistas, porque al templo sólo se le podía ofrecer dinero puro, es decir, acuñado por el templo. En la fiesta de Pascua, llegaban a Jerusalén israelitas de todo el mundo, a la hora de hacer la ofrenda no tenían más remedio que cambiar su dinero romano o griego por el del templo.

Jesús manifestó con un acto profético, que aquella manera de dar culto a Dios no era la correcta.  En ningún caso podemos pensar en una acción espectacular. En esos días de fiesta podía haber en el atrio del templo ocho o diez mil personas. Es impensable que un sólo hombre con unas cuerdas pudiera arrojar del templo a tanta gente.

El templo tenía su propia guardia que se encargaba de mantener el orden. Además en una esquina del templo se levantaba la torre Antonia, con una guarnición romana. Los levantamientos contra Roma tenían lugar siempre durante las fiestas. Eran momentos de alerta máxima para las autoridades romanas. Cualquier desorden sería sofocado en unos minutos.

Los sinópticos ponen en labios de Jesús una cita de Isaías 56,7 ("mi casa será casa de oración para todos los pueblos") y otra de Jeremías 7,11 ("pero vosotros la habéis convertido en cueva de bandidos").

El texto de Isaías hace referencia a los extranjeros y a los pecadores que estaban excluidos del templo.

Los bandidos, en la cita de Jeremías no son los que venden palomas y ovejas, sino los que hacen las ofrendas sin una actitud mínima de conversión. Son bandidos, no por ir a rezar, sino porque sólo buscaban seguridad.

Lo que Jesús critica es que con los sacrificios se intente comprar a Dios. Como los bandidos se esconden en las cuevas, seguros hasta que llegue la hora de volver a robar y matar.

Juan va por otro camino y cita un texto de Zacarías 14,20.

También en el Apocalipsis (21.22) se dice:

"No vi santuario en la ciudad, pues el Señor todopoderoso y el Cordero, eran su santuario."

Los vendedores interpelados (los judíos) le exigen un prodigio que avale su misión. No reconocen a Jesús ningún derecho para actuar así. Ellos son los dueños y Jesús un rival que se ha entrometido. Ellos están acreditados por la institución misma, quieren saber quién le acredita a él. No les interesa la verdad de la denuncia, sino la legalidad de la situación, que les favorece. Pero Jesús les hace ver que sus credenciales han caducado. Las credenciales de Jesús, serán hacer presente la gloria de Dios a través de su amor.

Suprimid este santuario y en tres días lo levantaré. Aquí encontramos la razón por la que leemos el texto de Juan y no el de Marcos. Esta alusión a su resurrección da sentido al texto en medio de la cuaresma. Le piden una señal y él contesta haciendo alusión a su muerte. Su muerte hará de él el santuario único y definitivo.

Una de las razones para matarlo, será que se ha convertido en un peligro para el templo. Es interesante descubrir que, para Juan, el fin del templo está ligado a la muerte de Jesús.



ENTRA EN TU INTERIOR

UN TEMPLO NUEVO

Los cuatro evangelistas se hacen eco del gesto provocativo de Jesús expulsando del templo a «vendedores» de animales y «cambistas» de dinero. No puede soportar ver la casa de su Padre llena de gentes que viven del culto. A Dios no se le compra con «sacrificios».

Pero Juan, el último evangelista, añade un diálogo con los judíos en el que Jesús afirma de manera solemne que, tras la destrucción del templo, él «lo levantará en tres días». Nadie puede entender lo que dice. Por eso, el evangelista añade: «Jesús hablaba del templo de su cuerpo».

No olvidemos que Juan está escribiendo su evangelio cuando el templo de Jerusalén lleva veinte o treinta años destruido. Muchos judíos se sienten huérfanos. El templo era el corazón de su religión. ¿Cómo podrán sobrevivir sin la presencia de Dios en medio del pueblo?

El evangelista recuerda a los seguidores de Jesús que ellos no han de sentir nostalgia del viejo templo. Jesús, «destruido» por las autoridades religiosas, pero «resucitado» por el Padre, es el «nuevo templo». No es una metáfora atrevida. Es una realidad que ha de marcar para siempre la relación de los cristianos con Dios.

Para quienes ven en Jesús el nuevo templo donde habita Dios, todo es diferente. Para encontrarse con Dios, no basta entrar en una iglesia. Es necesario acercarse a Jesús, entrar en su proyecto, seguir sus pasos, vivir con su espíritu.

En este nuevo templo que es Jesús, para adorar a Dios no basta el incienso, las aclamaciones ni las liturgias solemnes. Los verdaderos adoradores son aquellos que viven ante Dios «en espíritu y en verdad». La verdadera adoración consiste en vivir con el «Espíritu» de Jesús en la «Verdad» del Evangelio. Sin esto, el culto es «adoración vacía».

Las puertas de este nuevo templo que es Jesús están abiertas a todos. Nadie está excluido. Pueden entrar en él los pecadores, los impuros e, incluso, los paganos. El Dios que habita en Jesús es de todos y para todos. En este templo no se hace discriminación alguna. No hay espacios diferentes para hombres y para mujeres. En Cristo ya «no hay varón y mujer». No hay razas elegidas ni pueblos excluidos. Los únicos preferidos son los necesitados de amor y de vida. Necesitamos iglesias y templos para celebrar a Jesús como Señor, pero él es nuestro verdadero templo.

José Antonio Pagola

ORA EN TU INTERIOR

Jesús no lo puede soportar. El templo de Jerusalén se había convertido en un mercado. Una práctica religiosa sometida al dinero y a los sacrificios. ¡A Dios no se le puede comprar! Él es amor, compasión, ternura y misericordia. Nadie puede poner precio al encuentro con Dios. El Dios de Jesús, Abba, (papá) no estaba en venta ni restringido al templo de Jerusalén. A Dios también lo encontramos en otros muchos lugares: en el Tabor y en Cafarnaúm, en Nazaret, lo vemos junto a los pecadores, al lado de los enfermos, compasivo con los pobres, acogedor con los extranjeros, en definitiva, Él siempre está apasionado con sus hijos. Jesús, el Maestro, es Dios con nosotros y, especialmente “Dios con los necesitados, Dios con los pobres”. Es el nuevo templo, el nuevo culto. En Jesucristo, encontramos y damos culto a Dios. La señal de este nuevo lugar de encuentro entre el hombre y Dios es su cruz y su resurrección. A partir de ese momento ningún templo tiene la exclusividad. El verdadero templo lo ha constituido Dios y todos tenemos acceso.

Jesús se presenta como el nuevo templo, el nuevo “lugar” de relación con Dios. Atrás quedan los templos como único espacio de encuentro con Dios. Él abre el “amor que se entrega” como la nueva forma de relación con Dios. El ministerio público de Jesús es una expresión auténtica de esta nueva religión que se apoya en la total confianza con el Padre y se expresa en la donación absoluta al prójimo.

En un momento de oración agradecemos a Dios aquellas mediaciones que nos ayudan a crecer en la fe. Acabamos rezando el Padrenuestro.

ORACIÓN FINAL

Alimentados ya en la tierra con el pan del cielo, prenda de eterna salvación, te suplicamos, Señor, que se haga realidad en nuestra vida lo que hemos recibido en tus sacramentos. Por Jesucristo, nuestro Señor.

Expliquemos el Evangelio a los niños.

Imágenes de Patxi Velasco FANO



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lunes, 19 de febrero de 2024

25 DE FEBRERO: SEGUNDO DOMINGO DE CUARESMA (B)

 


“Este es mi Hijo amado: escuchadle”

25 DE FEBRERO

SEGUNDO DOMINGO DE CUARESMA

Primera Lectura: Génesis 22,1-2.9-13.15-18

El sacrificio de nuestro patriarca Abraham

Salmo 115

Siempre confiaré en el Señor.

Segunda Lectura: Romanos 8,31-34

Dios nos entregó a su propio Hijo.

EVANGELIO DEL DÍA

Marcos 9,2-10

“En aquel tiempo, Jesús se llevó a Pedro, a Santiago y a Juan, subió con ellos solos a una montaña alta, y se transfiguró delante de ellos. Sus vestidos se volvieron de un blanco deslumbrador, como no puede dejarlos ningún batanero del mundo. Se les aparecieron Elías y Moisés, conversando con Jesús. Entonces Pedro tomó la palabra y le dijo a Jesús: “Maestro, ¡qué bien se está aquí! Vamos a hacer tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías”. Estaba asustado, y no sabía lo que decía. Se formó una nube que los cubrió, y salió una voz de la nube: “Este es mi Hijo amado: escuchadle”. De pronto, al mirar alrededor, no vieron a nadie más que a Jesús, solo con ellos. Cuando bajaban de la montaña, Jesús les mandó: “No contéis a nadie lo que habéis visto, hasta que el Hijo del Hombre resucite de entre los muertos.” Esto se les quedó grabado, y discutían qué querría decir aquello de “resucitar de entre los muertos.”

Versión para América Latina extraída de la Biblia del Pueblo de Dios

“Seis días después, Jesús tomó a Pedro, Santiago y Juan, y los llevó a ellos solos a un monte elevado. Allí se transfiguró en presencia de ellos.

Sus vestiduras se volvieron resplandecientes, tan blancas como nadie en el mundo podría blanquearlas.

Y se les aparecieron Elías y Moisés, conversando con Jesús.

Pedro dijo a Jesús: "Maestro, ¡qué bien estamos aquí! Hagamos tres carpas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías".

Pedro no sabía qué decir, porque estaban llenos de temor.

Entonces una nube los cubrió con su sombra, y salió de ella una voz: "Este es mi Hijo muy querido, escúchenlo".

De pronto miraron a su alrededor y no vieron a nadie, sino a Jesús solo con ellos.

Mientras bajaban del monte, Jesús les prohibió contar lo que habían visto, hasta que el Hijo del hombre resucitara de entre los muertos.

Ellos cumplieron esta orden, pero se preguntaban qué significaría "resucitar de entre los muertos".

REFLEXIÓN

En este tiempo que nos ha tocado vivir, no es sencillo escuchar cómo Dios nos habla a cada uno, no es fácil prestarle atención. Pero la verdad es que Dios habla hoy. Lo que pasa que para escucharlo tenemos que estar atentos y dejar de lado el ruido, los ruidos, no solo el exterior, el del mundo, sino, sobre todo, el interior, el que llevamos dentro. Se trata en este tiempo de Cuaresma, de disponernos a escuchar la voz de Dios y seguir su llamada. Hoy, las lecturas, nos hablan de subir a la montaña, allí donde está la nube, la presencia de Dios, donde se escucha la voz del Padre. Es un subir espiritual, dejar lo llano, lo seguro, lo fácil, y esforzarnos por acercarnos allí donde Dios está, en la paz, en el silencio, en la belleza de las cosas.

Disponer nuestra vida a la escucha de la Palabra de Dios será un excelente ejercicio cuaresmal, recomendable, sin embargo, para todo el año. Y es que Dios habla a cada uno, y seguramente nos sorprenderá, aunque, de entrada, no lo entendamos o no lo aceptemos.

 Así lo vemos en Abrahán. Modelo de creyente, padre en la fe, él confía en Dios a pesar de no entender la petición que le hace: ante la dificultad de aceptar su voluntad no se echa atrás, se deja llevar. Y en la montaña descubre cómo es Dios: no quiere sacrificios humanos porque Dios ama a los hombres, ama a la humanidad. Dios quiere el corazón del hombre. Un corazón que sea entregarse, un corazón obediente, un corazón que deposite su esperanza en el Señor. Así la fe de Abrahán lleva a descubrir que Dios bendice a los creyentes, que Dios quiere lo mejor para los que lo aman y en él confían.

El apóstol Pablo escribe unas palabras de ánimo a los cristianos de Roma mostrándoles que el verdadero motivo de confianza les viene del amor de Dios, según lo ha demostrado en la cruz de Cristo: este fragmento es especialmente conmovedor por el hecho de que compara la suerte de Jesús con la historia de Abrahán de Génesis 22,12: “No te has reservado a tu hijo, tu único hijo”. Según Romanos, Dios entregó a su propio Hijo por todos nosotros. Así, que, “¿cómo no nos dará todo con él?”.

 “Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros?”. Aquel que descubre a Dios está en él, a su lado, que lo acompaña en el camino de la vida, va adquiriendo paz y serenidad incluso ante los problemas. Estos ya no son vistos como amenazas, sino como oportunidades para fiarnos más de Dios, ya que está a nuestro favor.

Pedro, Santiago y Juan, en el monte Tabor estaban maravillados ante Jesús transfigurado. Se dan cuenta de que Jesús es el Hijo de Dios, ya que lo escuchan de la voz que sale de la nube: “este es mi Hijo amado, escuchadlo”.

 Quizá nuestro Tabor, el lugar donde decir: “¡qué bien se está aquí!” y donde reconocemos al Hijo de Dios es la eucaristía. En ella se nos dice: “Este es el cordero de Dio, que quita el pecado del mundo. Dichosos los invitados a la cena del Señor”. Sí. Dichosos los que celebramos la Eucaristía, los que comulgamos, los que la gozamos, los que necesitamos celebrarla cada domingo.

Dichosos los que necesitamos celebrar con la comunidad. Es necesario subir a menudo a “la montaña”, es necesario celebrar la eucaristía, es necesario escuchar la Palabra de Dios en el silencio y la paz de la oración.



ENTRA EN TU INTERIOR

NO CONFUNDIR A JESÚS CON NADIE

Según el evangelista, Jesús toma consigo a Pedro, Santiago y Juan, los lleva aparte a una montaña, y allí «se transfigura delante de ellos». Son los tres discípulos que, al parecer, ofrecen mayor resistencia a Jesús cuando les habla de su destino doloroso de crucifixión.

Pedro ha intentado incluso quitarle de la cabeza esas ideas absurdas. Los hermanos Santiago y Juan le andan pidiendo los primeros puestos en el reino del Mesías. Ante ellos precisamente se transfigurará Jesús. Lo necesitan más que nadie.

 

La escena, recreada con diversos recursos simbólicos, es grandiosa. Jesús se les presenta «revestido» de la gloria del mismo Dios. Al mismo tiempo, Elías y Moisés, que según la tradición, han sido arrebatados a la muerte y viven junto a Dios, aparecen conversando con él. Todo invita a intuir la condición divina de Jesús, crucificado por sus adversarios, pero resucitado por Dios.

Pedro reacciona con toda espontaneidad: «Señor, ¡qué bien se está aquí! Si quieres, haré tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías» No ha entendido nada. Por una parte, pone a Jesús en el mismo plano y al mismo nivel que a Elías y Moisés: a cada uno su tienda. Por otra parte, se sigue resistiendo a la dureza del camino de Jesús; lo quiere retener en la gloria del Tabor, lejos de la pasión y la cruz del Calvario.

Dios mismo le va a corregir de manera solemne: «Éste es mi Hijo amado». No hay que confundirlo con nadie. «Escuchadle a él», incluso cuando os habla de un camino de cruz, que termina en resurrección.

Sólo Jesús irradia luz. Todos los demás, profetas y maestros, teólogos y jerarcas, doctores y predicadores, tenemos el rostro apagado. No hemos de confundir a nadie con Jesús. Sólo él es el Hijo amado. Su Palabra es la única que hemos de escuchar. Las demás nos han de llevar a él.

Y hemos de escucharla también hoy, cuando nos habla de «cargar la cruz» de estos tiempos. El éxito nos hace daño a los cristianos. Nos ha llevado incluso a pensar que era posible una Iglesia fiel a Jesús y a su proyecto del reino, sin conflictos, sin rechazo y sin cruz. Hoy se nos ofrecen más posibilidades de vivir como cristianos «crucificados». Nos hará bien. Nos ayudará a recuperar nuestra identidad cristiana.

José Antonio Pagola

ORA EN TU INTERIOR

 Estamos llamados a renovar la alianza. Una alianza que lleva a la vida pero que se sella con el sacrificio y pasa por la muerte. Necesitamos para ello una fe cuyo ejemplo nos ha brindado Abrahán. La fe del verdadero creyente:

 La fe del verdadero creyente: que cree y camina. Que no queda anquilosado en el pasado, ni atrapado por sus seguridades mezquinas, sino que busca y avanza hacia los nuevos horizontes que Dios va abriendo conforme evoluciona la historia.

 

 La fe de quien confía y espera. A pesar de tantos problemas y en medio de tantas dificultades que nos ponen a punto de exclamar: “¡Esto no tiene remedio!” El creyente se fía de Dios y se mantiene en esperanza. No con los brazos cruzados, sino poniendo su mejor afán en el empeño. Ofreciéndose él mismo en el ara del sacrificio, dispuesto a romperse en bien de los demás.

 La fe que pasa por el momento crítico de la tiniebla y la cruz. Cuando no se entiende nada. Cuando nada tiene sentido. Cuando faltan las ganas de vivir. Cuando hasta el Dios a quien llamamos guarda silencio y nos hace dudar de hasta si existe. Cuando aplasta el abandono. Cuando destroza la muerte que se lleva a alguien querido y sentimos que su zarpazo ha desgarrado y matado un trozo de nosotros mismos… La fe de la luz sobre la cruz. La fe en la vida sobre la muerte.

 Nosotros, pobres gentes de fe tambaleante, ¿cómo vamos a alcanzar una fe así? Una vez más tendríamos razón, si no fuera por un pequeño detalle: que  es –también una vez más- Dios quien nos la da.

ORACIÓN FINAL

Señor, Dios, que haces que nazca el sol sobre todos los hombres, bendito seas por tu Hijo Jesús, venido al mundo como sol de gracia y amor. Como luz que quita las tinieblas de nuestro corazón para que podamos ver mejor a nuestros hermanos los hombres. Bendito sea, tu Hijo amado, tu predilecto, al que me invitas a escuchar, como único camino de hacer su mensaje vida en mi vida. Amén.

Expliquemos el Evangelio a los niños.

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