jueves, 26 de octubre de 2023

29 DE OCUBRE: XXX DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO A

 


“Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser.”

29 DE OCTUBRE

XXX DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

1ª Lectura: Éxodo 22,20-26

Si explotáis a viudas y huérfanos se encenderá mi ira contra vosotros.

Salmo 17

Yo te amo, Señor, tú eres mi fortaleza.

2ª Lectura: 1 Tesalonicenses 1,5c-10

Abandonasteis los ídolos para servir a Dios y vivir aguardando la vuelta de su Hijo.

EVANGELIO DEL DÍA

Mateo 22,34-40

“En aquel tiempo, los fariseos, al oír que Jesús había hecho callar a los saduceos, se acercaron a Jesús y uno de ellos le preguntó para ponerlo a prueba: -Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la Ley? Él les dijo: -“Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser.” Este mandamiento es el principal y primero. El segundo es semejante a él: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo.” Estos dos mandamientos sostienen la Ley entera y los Profetas.”

Versión para América Latina, extraída de la Biblia del Pueblo de Dios

“Cuando los fariseos se enteraron de que Jesús había hecho callar a los saduceos, se reunieron en ese lugar,

y uno de ellos, que era doctor de la Ley, le preguntó para ponerlo a prueba:

"Maestro, ¿cuál es el mandamiento más grande de la Ley?".

Jesús le respondió: "Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todo tu espíritu.

Este es el más grande y el primer mandamiento.

El segundo es semejante al primero: Amarás a tu prójimo como a ti mismo.

De estos dos mandamientos dependen toda la Ley y los Profetas".

REFLEXIÓN

Aunque no lo parezca a primera vista, el evangelio de hoy complementa al del domingo pasado. Veíamos, en efecto, que a Dios hay que darle lo que es de Dios… Y nos preguntamos: ¿Qué es lo debido a Dios? O de otra forma: ¿En qué consiste la ley fundamental del Reino de Dios?

A esta pregunta responde hoy Jesús en uno de los textos más conocidos: el Mandamiento principal es éste: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser.” El segundo mandamiento es semejante a éste: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo.” La pregunta le había sido formulada a Jesús por un fariseo, miembro del partido defensor de la Ley. Más de 600 eran las leyes religiosas que debían cumplir los judíos piadosos; sin embargo, agregó Jesús: “Estas dos leyes sostienen la Ley entera y los profetas.”

La respuesta de Jesús no era, en realidad, una novedad en la biblia, como, lo confirma, entre otros textos, la primera lectura de hoy, sacada del Éxodo. Pero vista desde la perspectiva del Reino nos ofrece nuevos motivos de reflexión, completando conceptos ya elaborados en domingos anteriores.

La expresión “Reino de Dios” siempre nos asusta un poco y nos complica la vida más de lo necesario, pues la palabra “Reino” –al menos en las épocas que vivimos- tiene cierta carga afectiva que no nos ayuda mucho para entender la expresión evangélica. Quizá por eso el evangelista Juan prefirió omitirla, por lo general, en su evangelio, hablando más bien de la Verdad, de la Vida Nueva, de la Luz y, sobre todo, del Amor. Es él –o quien fuese en su lugar- quien en su primera carta define a Dios simplemente: “Dios es Amor.”

Si Dios es Amor, su Reino es el del Amor, y quienes entran en él no pueden vivir sino del Amor. Amar no es solamente la ley del Reino; es la necesidad de todo hombre que quiere simplemente vivir. Sin amor no se puede vivir, pues amor es dar vida, construir la comunidad, buscar la paz, casarse, tener hijos, proteger a los demás, compartir la misma historia, etc.

Si la ley del Reino es el amor –amor total, sin limitación alguna-, justo es que nos preguntemos por la función que debe cumplir la comunidad cristiana –o Iglesia- en el mundo. Muchos se preguntarán si realmente es hoy signo del único mandato del amor, o si también ella no está aplastada bajo el peso de cientos y cientos de leyes que la aprisionan.

Hoy llegamos a una clara conclusión: el Reino de Dios se hace presente -dentro de cada hombre como en el seno de las instituciones, laicas o religiosas- en la medida en que se vive al servicio de un Dios que se llama Amor. Fuera de esta perspectiva podremos hacer muchas cosas: actos de culto, oraciones, levantar templos, obras misioneras y cruzadas de fe; podremos ser los modelos del hombre honesto de moralidad intachable y mucho más, pero aún permaneceríamos fuera de las puertas del Reino.

Esta es la ley que nos permite dirimir toda duda de conciencia, todo conflicto generacional o institucional: respetar el derecho fundamental de amar y de ser amado. Lo demás es accesorio, y es hora de que lo comprendamos porque “amar es cumplir la ley entera” (Rom. 13,10).



ENTRA EN TU INTERIOR

PASIÓN POR DIOS, COMPASIÓN POR EL SER HUMANO

Cuando olvidan lo esencial, fácilmente se adentran las religiones por caminos de mediocridad piadosa o de casuística moral, que no sólo incapacitan para una relación sana con Dios, sino que pueden desfigurar y destruir gravemente a las personas. Ninguna religión escapa a este riesgo.

 La escena que se narra en los evangelios tiene como trasfondo una atmósfera religiosa en que maestros religiosos y letrados clasifican cientos de mandatos de la Ley divina en «fáciles» y «difíciles», «graves» y «leves», «pequeños» y «grandes». Imposible moverse con un corazón sano en esta red.

La pregunta que plantean a Jesús busca recuperar lo esencial, descubrir el «espíritu perdido»: ¿cuál es el mandato principal?, ¿qué es lo esencial?, ¿dónde está el núcleo de todo? La respuesta de Jesús, como la de Hillel y otros maestros judíos, recoge la fe básica de Israel: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser».

Que nadie piense que se está hablando aquí de emociones o sentimientos hacia un Ser Imaginario, ni de invitaciones a rezos y devociones. «Amar a Dios con todo el corazón» es reconocer humildemente el Misterio último de la vida; orientar confiadamente la existencia de acuerdo con su voluntad: amar a Dios como fuerza creadora y salvadora, que es buena y nos quiere bien.

Todo esto marca decisivamente la vida pues significa alabar la existencia desde su raíz; tomar parte en la vida con gratitud; optar siempre por lo bueno y lo bello; vivir con corazón de carne y no de piedra; resistirnos a todo lo que traiciona la voluntad de Dios negando la vida y la dignidad de sus hijos e hijas.

Por eso el amor a Dios es inseparable del amor a los hermanos. Así lo recuerda Jesús: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo». No es posible el amor real a Dios sin descubrir el sufrimiento de sus hijos e hijas. ¿Qué religión sería aquella en la que el hambre de los desnutridos o el exceso de los satisfechos no planteara pregunta ni inquietud alguna a los creyentes? No están descaminados quienes resumen la religión de Jesús como «pasión por Dios y compasión por la humanidad».   

José Antonio Pagola

ORA EN TU INTERIOR

Jesús nos dice que siempre que afirmamos que amamos al prójimo, en realidad estamos mintiendo un poco, pues el amor preconizado por el Evangelio del Reino identifica al otro con uno mismo, de tal forma que el otro deja de ser otro para ser parte esencial de nuestro yo: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”.

Un motivo más para comprender que el amor a Dios y el amor al prójimo coinciden en un solo gesto de amor: quien dice que ama a Dios, ya no es uno solo, sino él-con-el-prójimo. El Reino no viene para cubrir nuestro hueco interior, sino para comunicarnos con los demás sin barrera ni frontera alguna.

Un amor que hace suyo los sufrimientos, dolores, alegrías y anhelos de los hermanos, porque para el que ama, nadie le es indiferente.

Hoy y siempre, quiero, Señor, amarte con todo el corazón, con toda el alma, con toda la mente y con todo el ser y amar a mis hermanos y hermanas como a mí mismo.

ORACIÓN

Señor, que el amor no pase a ser una palabra más de mi diccionario. Haz que de sentido a lo que hoy me has dicho, saliendo al encuentro de mi prójimo y haciendo todo lo posible para que el gran mandamiento sea una realidad en mi vida y entre mis hermanos hermanos y hermanas.

Expliquemos el Evangelio a los niños.

Imágenes de Patxi Velasco Fano



Imagen para colorear

 


sábado, 9 de septiembre de 2023

17 DE SEPTIEMBRE: XXIV DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO.

 


“Pues lo mismo os tratará mi Padre del cielo si no perdonáis de corazón,

cada uno a su hermano.”

17 DE SEPTIEMBRE

XXIV DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

Primera Lectura: Eclesiástico 27,33-28,9

Perdona la ofensa de tu prójimo para obtener tú el perdón.

Salmo 102

El Señor es compasivo y misericordioso.

Segunda Lectura: Romanos 14,7-9

En la vida y en la muerte somos del Señor.

EVANGELIO DEL DÍA

Mateo 18,21-35

“Entonces se adelantó Pedro y le preguntó:

- Señor, y si mi hermano me sigue ofendiendo, ¿Cuántas veces lo tendré que perdonar?, ¿siete veces?

Jesús le contestó:

- Siete veces, no; setenta veces siete. Por esto el reinado de Dios se parece a un rey que quiso saldar cuentas con sus empleados.

 Para empezar, le presentaron a uno que le debía muchos millones. Como no tenía con qué pagar, el señor mandó que lo vendieran a él, con su mujer, sus hijos y todas sus posesiones, y que pagara con eso. El empleado se echó a sus pies suplicándole: “Ten paciencia conmigo, que te lo pagaré todo”.

El señor, conmovido, dejó marcharse a aquel empleado, perdonándole la deuda. Pero, al salir, el empleado encontró a un compañero suyo que le debía algún dinero, lo agarró por el cuello y le decía apretando: “Págame lo que me debes”.

El compañero se echó a sus pies suplicándole: “Ten paciencia conmigo, que te lo pagaré”. Pero él no quiso, sino que fue y lo metió en la cárcel hasta que pagara lo que debía.

 Al ver aquello sus compañeros, quedaron consternados y fueron a contarle a su señor lo sucedido. Entonces el señor llamó al empleado y le dijo:

- ¡Miserable! Cuando me suplicaste te perdoné toda aquella deuda. ¿No era tu deber tener también compasión de tu compañero como yo la tuve de ti?

Y su señor, indignado, lo entregó a los verdugos hasta que pagara toda su deuda.

Pues lo mismo os tratará mi Padre del cielo si no perdonáis de corazón, cada uno a su hermano.”

Versión para América Latina, extraída de la Biblia del Pueblo de Dios

“Se adelantó Pedro y le dijo: "Señor, ¿cuántas veces tendré que perdonar a mi hermano las ofensas que me haga? ¿Hasta siete veces?".

Jesús le respondió: "No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete.

Por eso, el Reino de los Cielos se parece a un rey que quiso arreglar las cuentas con sus servidores.

Comenzada la tarea, le presentaron a uno que debía diez mil talentos.

Como no podía pagar, el rey mandó que fuera vendido junto con su mujer, sus hijos y todo lo que tenía, para saldar la deuda.

El servidor se arrojó a sus pies, diciéndole: "Señor, dame un plazo y te pagaré todo".

El rey se compadeció, lo dejó ir y, además, le perdonó la deuda.

Al salir, este servidor encontró a uno de sus compañeros que le debía cien denarios y, tomándolo del cuello hasta ahogarlo, le dijo: 'Págame lo que me debes'.

El otro se arrojó a sus pies y le suplicó: 'Dame un plazo y te pagaré la deuda'.

Pero él no quiso, sino que lo hizo poner en la cárcel hasta que pagara lo que debía.

Los demás servidores, al ver lo que había sucedido, se apenaron mucho y fueron a contarlo a su señor.

Este lo mandó llamar y le dijo: '¡Miserable! Me suplicaste, y te perdoné la deuda.

¿No debías también tú tener compasión de tu compañero, como yo me compadecí de ti?'.

E indignado, el rey lo entregó en manos de los verdugos hasta que pagara todo lo que debía.

Lo mismo hará también mi Padre celestial con ustedes, si no perdonan de corazón a sus hermanos".

REFLEXIÓN

El evangelio de hoy es continuación del que leíamos el domingo pasado. Allí se daba por supuesto el perdón. Hoy es el tema principal. Mateo sigue con la instrucción sobre cómo comportarse con los hermanos dentro de la comunidad. Sin perdón mutuo sería imposible cualquier clase de comunidad.

El perdón no es más que una de las manifestaciones del amor y está en conexión directa con el amor al enemigo. Entre los seres humanos es impensable un verdadero amor que no lleve implícito el perdón. Dejaríamos de ser humanos si pudiéramos eliminar la posibilidad de fallar.

La frase del evangelio "setenta veces siete", no podemos entender­la literalmente; como si dijera que hay que perdonar 490 veces. Quiere decir que hay que perdonar siempre. El perdón tiene que ser, no un acto, sino una actitud, que se mantiene durante toda la vida y ante cualquier ofensa.

Los rabinos más generosos del tiempo de Jesús, hablaban de perdonar las ofensas hasta cuatro veces. Pedro se siente mucho más generoso y añade otras tres. Siete era ya un número que indicaba plenitud, pero Jesús quiere dejar muy claro que no es suficiente, porque todavía supone que se lleva cuenta de las ofensas.

Seguramente Jesús está haciendo referencia al “cántico de Lamec”: “si la venganza de Caín valía por siete, la de Lamec valdrá por setenta y siete” (Gn 4,24). El perdón debe extenderse hasta donde llega el deseo de venganza.

La parábola no necesita explicación, como todas. El punto de inflexión está en la desorbitada diferencia de la deuda de uno y otro. El señor es capaz de perdonar una inmensa deuda. El empleado es incapaz de perdonar una minucia.

Al final del texto, encontramos un rabotazo del Antiguo Testamento: “Lo mismo hará con vosotros mi Padre del cielo”. Jesús nunca pudo dar a entender que un Dios vengativo puede castigar de esa manera, o negarse a perdonar hasta que cumplamos unos requisitos.

En el evangelio encontramos con mucha frecuencia esa incapacidad de aceptar plenamente el Dios de Jesús, que es sobre todo Padre. Eran judíos y les costó Dios y ayuda aceptar toda la originalidad de Jesús.

También nosotros nos encontramos mucho más a gusto con el Dios del Antiguo Testamento. Ese Dios que premia y castiga nos permite a nosotros hacer lo mismo con los demás. Esta es la razón por la que nos sentimos tan identificados con Él. Primero hemos fabricado un Dios a nuestra imagen, y después nos hemos conformado con imitarle.



ENTRA EN TU INTERIOR

SIEMPRE

A Mateo se le ve muy preocupado por corregir los conflictos, disputas y enfrentamientos que pueden surgir en la comunidad de los seguidores de Jesús. Probablemente está escribiendo su evangelio en unos momentos en que, como se dice en su evangelio, «la caridad de la mayoría se está enfriando».

Por eso concreta con mucho detalle cómo se ha de actuar para extirpar el mal del interior de la comunidad, respetando siempre a las personas, buscando antes que nada «la corrección a solas», acudiendo al diálogo con «testigos», haciendo intervenir a la «comunidad» o separándose de quien puede hacer daño a los seguidores de Jesús.

Todo eso puede ser necesario, pero ¿cómo ha de actuar en concreto la persona ofendida?, ¿Qué ha de hacer el discípulo de Jesús que desea seguir sus pasos y colaborar con él en abrir caminos al reino de Dios: el reino de la misericordia y la justicia para todos?

Mateo no podía olvidar unas palabras de Jesús recogidas por un evangelio anterior al suyo. No eran fáciles de entender, pero reflejaban lo que había en el corazón de Jesús. Aunque hayan pasado veinte siglos, sus seguidores no hemos de rebajar su contenido.

Pedro se acerca a Jesús. Como en otras ocasiones, lo hace representando al grupo de seguidores: «Si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces le tengo que perdonar?, ¿hasta siete veces?». Su pregunta no es mezquina, sino enormemente generosa. Le ha escuchado a Jesús sus parábolas sobre la misericordia de Dios. Conoce su capacidad de comprender, disculpar y perdonar. También él está dispuesto a perdonar «muchas veces», pero ¿no hay un límite?

La respuesta de Jesús es contundente: «No te digo siete veces, sino hasta setenta veces siete»: has de perdonar siempre, en todo momento, de manera incondicional.

A lo largo de los siglos se ha querido rebajar lo dicho por Jesús: «perdonar siempre, es perjudicial»: «da alicientes al ofensor» «hay que exigirle primero arrepentimiento». Todo esto parece muy razonable, pero oculta y deja irreconocible lo que pensaba y vivía Jesús.

Hay que volver a él. En su Iglesia hacen falta hombres y mujeres que estén dispuestos a perdonar como él, introduciendo entre nosotros su gesto de perdón en toda su gratuidad y grandeza. Es lo que mejor hace brillar en la Iglesia el rostro de Cristo.

José Antonio Pagola

ORA EN TU INTERIOR

Nuestro mundo puede hacerse más humanos, solamente si en todas las relaciones recíprocas que plasman su rostro moral introducimos el momento del perdón, tan esencial al evangelio. El perdón atestigua que en el mundo está presente el amor más fuerte que el pecado y que la muerte. El perdón es además la condición fundamental de la reconciliación, no sólo en la relación de Dios con el hombre, sino también en las recíprocas relaciones de los hombres.

Jesús subraya con tanta insistencia la necesidad de perdonar a los demás que a Pedro, que le había preguntado cuántas veces debería perdonar al prójimo, le indicó la cifra simbólica de “setenta veces siete”, quería decir con ello que debería saber perdonar siempre.

ORACIÓN

Señor Dios, creador y soberano de todas las cosas, vuelve a nosotros tus ojos y concede que te sirvamos de todo corazón, para que experimentemos los efectos de tu misericordia.

Expliquemos el Evangelio a los niños.

Imágenes de Patxi Velasco (FANO)

 

 


domingo, 3 de septiembre de 2023

10 DE SEPTIEMBRE: XXIII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO.

 


“Si te hace caso, has salvado a tu hermano”.

10 DE SEPTIEMBRE

XXIII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

1ª Lectura: Ezequiel 33,7-9

Si no hablas al malvado, te pediré cuenta de su sangre.

Salmo 9410 DE SEPTIEMBRE 

Ojalá escuchéis hoy su voz: “No endurezcáis vuestro corazón”.

2ª Lectura: Romanos 13,8-10

Amar es cumplir la ley entera.

PALABRA DEL DÍA

Mateo 18,13-20

“En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: -Si tu hermano peca, repréndelo a solas entre los dos.  Si te hace caso, has salvado a tu hermano. Si no te hace caso, llama a otro o a otros dos, para que todo el asunto quede confirmado por boca de dos o tres testigos. Si no les hace caso, díselo a la comunidad, y si no hace caso ni siquiera a la comunidad, considéralo como un pagano o un publicano. Os aseguro que todo lo que atéis en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en el cielo. Os aseguro además que, si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, se lo dará mi Padre del cielo. Porque donde dos o tres estén reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos”.

Versión para América Latina, extraída de la Biblia del Pueblo de Dios

“Si tu hermano peca, ve y corrígelo en privado. Si te escucha, habrás ganado a tu hermano.

Si no te escucha, busca una o dos personas más, para que el asunto se decida por la declaración de dos o tres testigos.

Si se niega a hacerles caso, dilo a la comunidad. Y si tampoco quiere escuchar a la comunidad, considéralo como pagano o publicano.

Les aseguro que todo lo que ustedes aten en la tierra, quedará atado en el cielo, y lo que desaten en la tierra, quedará desatado en el cielo.

También les aseguro que si dos de ustedes se unen en la tierra para pedir algo, mi Padre que está en el cielo se lo concederá.

Porque donde hay dos o tres reunidos en mi Nombre, yo estoy presente en medio de ellos".

REFLEXIÓN

Las palabras del profeta Ezequiel en la primera lectura desmienten algunos de los dichos más egoístas y nefastos que suele oírse con frecuencia en nuestro lenguaje coloquial: “Este no es mi problema”; “cada uno en su casa y Dios en la de todos” … Ha dicho Dios mediante el profeta: “Si yo digo al malvado: ¡malvado, reo eres de muerte!, y tú no hablas, poniendo en guardia al malvado para que cambie de conducta, el malvado morirá por su culpa, pero a ti te pediré cuenta de su sangre…” Esta preocupación por los demás forma parte de la gran ley del amor que nos ha recordado san Pablo en la segunda lectura: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo. Uno que ama a su prójimo no le hace daño; por eso amar es cumplir la ley entera”.

El evangelio reúne de alguna manera estos dos conceptos expresados en las primeras lecturas para diseñar cómo ha de ser y cómo tiene que practicarse la corrección fraterna en nuestras comunidades. La comunidad y la comunión son indispensables para vivir a fondo los valores y las virtudes del evangelio. Todos somos miembros de una Iglesia universal, pero todos necesitamos también nuestra comunidad local, con la que vivimos y celebramos, con la que nos educamos en la fe, con la que compartimos alegrías y sufrimientos.

Jesús no se conforma con qué intentemos ayudar al hermano que se aleja, o que, con su forma de vivir y actuar, pone en peligro la credibilidad y el buen nombre de la comunidad, quiere que agotemos todas las posibilidades que esté a nuestro alcance, por eso no debemos dejarlo cuando lo reprendemos a solas y no nos hace caso, sino llamar a otro hermano, a varios o reunir a la comunidad si hace falta.

Es normal que en la vida diaria se produzcan disensiones entre las personas, o que en muchas familias haya enfrentamientos entre algunos de sus miembros. Pero que estas divergencias no se afronten, que haya personas que no se hablen, a veces entre los miembros de una misma casa, o en una misma comunidad, no es solamente un hecho claramente contrario al evangelio, sino que es incluso un hecho inhumano, contrario al querer de Dios.

Jesús propone caminos que habrá que experimentar: “si tu hermano peca, repréndelo a solas entre los dos”.

Cuántas veces, en lugar de corregir a solas al hermano, con caridad y con cariño, aireamos sus defectos y sus errores a los cuatro vientos y nos quedamos tan tranquilos, claro, son defectos y errores de los otros, no míos. “Si no te hace caso, llama a otro u otros dos, para que todo el asunto quede confirmado por boca de dos o tres testigos”.

Muchas veces nos mostramos autosuficientes con nuestra verdad, y nos negamos a aceptar la verdad o la opinión de los demás. “Y si no les hace caso, díselo a la comunidad (a la familia, al grupo de reflexión o de trabajo…).

¿Queremos ganar al hermano, a la hermana, al otro o queremos vencerle y demostrarle nuestra superioridad moral? ¿Queremos la paz y la reconciliación, o buscamos solamente una victoria? ¿Tenemos espíritu de bondad y entrañas de misericordia, o no nos despojamos del odio y la revancha?



ENTRA EN TU INTERIOR

REUNIRSE EN EL NOMBRE DE JESÚS

La destrucción del templo de Jerusalén el año 70 provocó una profunda crisis en el pueblo judío. El templo era «la casa de Dios». Desde allí reinaba imponiendo su ley. Destruido el templo, ¿dónde podrían encontrarse ahora con su presencia salvadora?

Los rabinos reaccionaron buscando a Dios en las reuniones que hacían para estudiar la Ley. El célebre Rabbi Ananías, muerto hacia el año 135, lo afirmaba claramente: «Donde dos se reúnen para estudiar las palabras de la Ley, la presencia de Dios (la «Shekiná») está con ellos».

Los seguidores de Jesús provenientes del judaísmo reaccionaron de manera muy diferente. Mateo recuerda a sus lectores unas palabras que atribuye a Jesús y que son de gran importancia para mantener viva su presencia entre sus seguidores: «Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos».

No es una reunión que se hace por costumbre, por disciplina o por sumisión a un precepto. La atmósfera de este encuentro es otra cosa. Son seguidores de Jesús que «se reúnen en su nombre», atraídos por él, animados por su espíritu. Jesús es la razón, la fuente, el aliento, la vida de ese encuentro. Allí se hace presente Jesús, el resucitado.

No es ningún secreto que la reunión dominical de los cristianos está en crisis profunda. A no pocos la misa se les hace insufrible. Ya no tienen paciencia para asistir a un acto en el que se les escapa el sentido de los símbolos y donde no siempre escuchan palabras que toquen la realidad de sus vidas.

Algunos sólo conocen misas reducidas a un acto gregario, regulado y dirigido por los eclesiásticos, donde el pueblo permanece pasivo, encerrado en su silencio o en sus respuestas mecánicas, sin poder sintonizar con un lenguaje cuyo contenido no siempre entienden. ¿Es esto «reunirse en el nombre del Señor»?

¿Cómo es posible que la reunión dominical se vaya perdiendo como si no pasara nada? ¿No es la Eucaristía el centro del cristianismo? ¿Cómo la Jerarquía prefiera no plantearse nada, no cambiar nada? ¿Cómo los cristianos permanecemos callados? ¿Por qué tanta pasividad y falta de reacción? ¿Dónde suscitará el Espíritu encuentros de dos o tres que nos enseñen a reunirnos en el nombre de Jesús?

José Antonio Pagola

ORA EN TU INTERIOR

No podemos dejar de subrayar en el evangelio de hoy, y sobre todo de cara, al trabajo en nuestras comunidades, la necesidad de trabajar y de rezar juntos: “Si dos de vosotros se pone de acuerdo en la tierra para pedir algo, se lo dará mi Padre del cielo. Porque adonde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos”.

Hoy más que nunca es preciso despertar y fomentar la corresponsabilidad en el interior de la Iglesia, porque forma parte del querer de Jesús. Solamente podremos avanzar mediante el trabajo en equipo, que, en nuestro caso, es trabajo en comunión. Con Cristo y entre nosotros.

Que este estilo de vida supone un cambio en nuestro corazón y en nuestro esquema educativo, está fuera de duda. Que lo exige el evangelio del amor a los pecadores, también está fuera de duda. Con este amor fraterno como premisa fundamental, pensemos ahora todo lo que está sucediendo y veamos juntos cuál puede ser la forma más adecuada para que nuestra comunidad sea levadura y fermento de una vida nueva.

ORACIÓN

Hermanas y hermanos, sabemos que Dios nos ama tal cual somos; pero también es cierto que su amor debe ser correspondido por amor. Quien se deja amar por Dios, debe estar dispuesto a reformar su conducta para que ella sea signo de amor y comunión con los hermanos.

Hoy la palabra de Dios nos invita a reflexionar sobre algo que a todos nos afecta directamente: la realidad del pecado presente en el seno de la sociedad, es general, y de la comunidad cristiana en particular. Dispongámonos para una atenta escucha de la voz del Señor, que nos sale al encuentro en cada eucaristía que celebramos y cuando dos o más nos reunimos en su nombre.

Expliquemos el Evangelio a los niños.

Imágenes de Patxi Velasco (FANO)



Imagen para colorear.




domingo, 27 de agosto de 2023

3 DE SEPTIEMBRE: XXII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO.

 


“El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo,

que cargue con su cruz y me siga.”

3 DE SEPTIEMBRE

XXII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

1ª Lectura: Jeremías 20,7-9

La palabra del Señor se volvió oprobio para mí.

Salmo 62

Mi alma está sedienta de ti, Señor Dios mío.

2ª Lectura: Romanos 12,1-2

Ofreceos vosotros mismos como hostia viva.

PALABRA DEL DÍA

Mateo 16,21-27

“En aquel tiempo, empezó Jesús a explicar a sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén y padecer allí mucho por parte de los senadores, sumos sacerdotes y letrados, y que tenía que ser ejecutado y resucitar al tercer día. Pedro se lo llevó aparte y se puso a increparlo: - ¡No lo permita Dios, Señor! Eso no puede pasarte. Jesús se volvió y dijo a Pedro: -Quítate de mi vista, Satanás, que me haces tropezar; tú piensas como los hombres, no como Dios. Entonces dijo a los discípulos: -El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Si uno quiere salvar su vida, la perderá; pero el que la pierda por mí, la encontrará. ¿De qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero, si malogra su vida? ¿O qué podrá dar para recobrarla? Porque el Hijo del Hombre vendrá entre sus ángeles, con la gloria de su Padre, y entonces pagará a cada uno según su conducta”.

Versión para América Latina, extraída de la Biblia del Pueblo de Dios

“Desde aquel día, Jesús comenzó a anunciar a sus discípulos que debía ir a Jerusalén, y sufrir mucho de parte de los ancianos, de los sumos sacerdotes y de los escribas; que debía ser condenado a muerte y resucitar al tercer día.

Pedro lo llevó aparte y comenzó a reprenderlo, diciendo: "Dios no lo permita, Señor, eso no sucederá".

Pero él, dándose vuelta, dijo a Pedro: "¡Retírate, ve detrás de mí, Satanás! Tú eres para mí un obstáculo, porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres".

Entonces Jesús dijo a sus discípulos: "El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga.

Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; y el que pierda su vida a causa de mí, la encontrará.”

¿De qué le servirá al hombre ganar el mundo entero si pierde su vida? ¿Y qué podrá dar el hombre a cambio de su vida?

Porque el Hijo del hombre vendrá en la gloria de su Padre, rodeado de sus ángeles, y entonces pagará a cada uno de acuerdo con sus obras”

REFLEXIÓN

El texto evangélico de este domingo corrobora lo que afirmábamos el domingo anterior: no basta hacer una hermosa confesión de fe. Las palabras, aun las más santas y bíblicas, pueden ser engañosas si no están fundamentadas en una experiencia personal.

Pedro había confesado a Jesús como el Mesías, hijo de Dios: en aquel momento su gesto no carecía de valentía ya que dicha confesión implicaba de por sí el enfrentamiento con las autoridades religiosas y políticas del judaísmo.

Es el de las grandes confesiones, pero también el de las grandes dudas, su confesión fue sincera, pero no acaba de entender las palabras del maestro, Pedro quería un Mesías, sí, pero sin sufrimiento, sin cruz, sin muerte. Un Mesías que viniera a liberar al pueblo de la dominación del imperio romano.

Jesús no es ese Mesías liberador, viene a liberar, sí, pero de otras esclavitudes, aquellas que impiden la entrada al Reino.

Podríamos decir, que Pedro es un santo humano, no distorsionado aún por una falsa mística. Ama y peca en un interminable conflicto entre su yo apasionado y su interna cobardía. Y fue esta humanidad la que cautivó a Jesús hasta el punto de colocarlo como cabeza de los Doce.

Pedro no tiene grandes cualidades de mando ni una elocuencia desbordante, no alcanzó altos grados de misticismo ni escribió páginas de ascética o espiritualidad. Fue simplemente eso: Pedro, la eterna contradicción de un hombre sincero que no renunciaba a ser él mismo aun cuando se decidiera a seguir fielmente a Jesús.

A ese Pedro, a todos nosotros en él, Jesús le dice: “Niégate a ti mismo y carga la cruz, no te ames más de lo necesario porque algo debe morir en ti para que crezca la semilla del Reino”. Y Pedro le dejó hacer al Maestro, mal que le pesara el duro reproche. Tampoco  fue la blanda y dócil arcilla en manos de Jesús. Nada de eso:  resiste con la dureza de su personalidad; no deja de ser lo que es, aun en el momento de cambio. No es una ovejita dócil que se suma a la masa; pelea hasta el final por no dejar de ser Pedro, aun identificándose con Jesús.

Y ese Pedro decide tomar la cruz: un día lo ceñirán y lo alzarán en el patíbulo. Y morirá a lo Pedro, con la cabeza hacia abajo y los pies hacia arriba, como la tradición lo ha interpretado.



ENTRA EN TU INTERIOR

LO QUE TUVO QUE OÍR PEDRO

La aparición de Jesús provocó en los pueblos de Galilea sorpresa, admiración y entusiasmo. Los discípulos soñaban con el éxito total. Jesús, por el contrario, sólo pensaba en la voluntad del Padre. Quería cumplirla hasta el final.

Por eso empezó a explicar a sus discípulos lo que le esperaba. Su intención era subir a Jerusalén a pesar de que allí iba a «sufrir mucho» precisamente «por parte de» los dirigentes religiosos. Su muerte entraba en los designios de Dios como consecuencia inevitable de su actuación. Pero el Padre lo iba a resucitar. No se quedaría pasivo e indiferente.

Pedro se rebela ante la sola idea de imaginar a Jesús crucificado. No lo quiere ver fracasado. Sólo quiere seguir a Jesús victorioso y triunfante. Por eso, lo «toma aparte», lo presiona y «lo increpa» para que se olvide de lo que acaba de decir: « ¡No lo permita Dios! No te puede pasar a ti eso».

La respuesta de Jesús es muy fuerte: «Quítate de mi vista, Satanás». No quiere ver a Pedro ante sus ojos, porque «le hace tropezar», es un obstáculo en su camino. «Tú no piensas como Dios, sino como los hombres». Tienes una manera de pensar que no es la del Padre que piensa en la felicidad de todos sus hijos e hijas, sino la de hombres que sólo piensan en su bienestar y sus intereses. Eres la encarnación de Satanás.

Cuando Pedro se abre con sencillez a la revelación del Padre, confiesa a Jesús como Hijo del Dios vivo, se convierte en «roca» sobre la que Jesús puede construir su Iglesia. Cuando, siguiendo intereses humanos, pretende apartar a Jesús del camino de la cruz, se convierte en «tentador satánico».

Los autores subrayan que Jesús dice literalmente a Pedro: «Ponte detrás de mí, Satanás». Ese es tu sitio. Colócate como seguidor fiel detrás de mí. No pretendas pervertir mi vida orientando mi proyecto hacia el poder y el triunfo.

Es «satánico» confesar a Jesús como «Hijo del Dios Vivo», y no seguirle en su camino hacia la cruz. Si en la Iglesia de hoy seguimos actuando como Pedro, tendremos que oír también nosotros lo que él tuvo que oír de labios de Jesús.

José Antonio Pagola

ORA EN TU INTERIOR

“Me sedujiste, Señor, y me dejé seducir; me forzaste y me pudiste… Siempre que hablo tengo que gritar “violencia” y proclamar “Destrucción” … La palabra del Señor se volvió para mí oprobio y desprecio todo el día. Entonces me dije: No me acordaré de él, no hablaré más en su nombre… Pero la palabra era en mis entrañas fuego ardiente, encerrado en los huesos; intentaba contenerla y no podía.”

Así caminamos detrás de Jesucristo: protestando todos los días por esa cruz de humanidad asumida con que cargó nuestros hombros; regañándole como niños mal criados, pero al fin y al cabo…. Amándolo a nuestro modo. Le damos la espalda, pero no del todo, como se hubiera metido en nuestros huesos y entrañas en un eterno encuentro.

El evangelio de hoy nos serena y nos reconcilia con nosotros mismos. Y lo mejor del caso es que podemos sentir como Jesús nos acompaña en cada una de nuestras muestras de fidelidad. Así nos ama Cristo, consciente desde u n primer momento de que no éramos ángeles ni santos de altar. Por eso nos puso a Pedro por encima: para que descubramos hasta dónde llega el amor de Dios que nos ama en esto tosco y simplemente complicado que somos.

ORACIÓN

Si uno quiere salvar su vida la perderá: pero el que la pierda por mí la encontrará. Salvar la vida quiere decir utilizarla únicamente en provecho propio; perder la vida es entregarla generosamente al servicio de los demás.

La vida de cada uno de nosotros es un viaje, y es preciso saber a dónde vamos y cómo tenemos que ir. Jesús nos marca un estilo y una manera. Y, sobre todo, saber que no vamos solos. La liturgia de hoy nos ha recordado también uno de los salmos más hermosos de todo el salterio: Tu gracia, Señor, vale más que la vida. Hoy quiero, Señor, hacer oración el Salmo 62, haz que mi alma, esté siempre sedienta de ti, Señor, Dios mío.

Expliquemos el Evangelio a los niños.

Imágenes de Patxi Velasco (FANO)



 

 

 


domingo, 20 de agosto de 2023

27 DE AGOSTO: XXI DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO A.

 


“Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia…”

27 DE AGOSTO

XXI DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

1ª Lectura: Isaías 22,19-23

Colgaré de su hombro la llave del palacio de David.

Salmo 137

Señor, tu misericordia es eterna, no abandones la obra de tus manos.

2ª Lectura: Romanos 11,33-36

Él es origen, guía y meta del universo.

PALABRA DEL DÍA

Mateo 16,13-20

“En aquel tiempo llegó Jesús a la región de Cesarea de Felipe y preguntaba a sus discípulos: -¿Quién dice la gente que es el Hijo del Hombre? Ellos contestaron: -Unos que Juan Bautista, otros que Elías, otros que Jeremías o uno de los profetas. Él les preguntó: -Y vosotros, ¿quién decís que soy yo? Simón Pedro tomó la palabra y dijo: -Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo. Jesús le respondió: -¡Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás!, porque eso no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre que está en el cielo. Ahora te digo yo: “Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará. Te daré las llaves del Reino de los Cielos; lo que ates en la tierra, quedará atado en el cielo, y lo que desates en la tierra, quedará desatado  en el cielo.” Y les mandó a los discípulos que no dijesen a nadie que él era el Mesías”.

Versión para América Latina, extraída de la Biblia del Pueblo de Dios.

“Al llegar a la región de Cesarea de Filipo, Jesús preguntó a sus discípulos: "¿Qué dice la gente sobre el Hijo del hombre? ¿Quién dicen que es?".

Ellos le respondieron: "Unos dicen que es Juan el Bautista; otros, Elías; y otros, Jeremías o alguno de los profetas".

"Y ustedes, les preguntó, ¿quién dicen que soy?".

Tomando la palabra, Simón Pedro respondió: "Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo".

Y Jesús le dijo: "Feliz de ti, Simón, hijo de Jonás, porque esto no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en el cielo.

Y yo te digo: Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder de la Muerte no prevalecerá contra ella.

Yo te daré las llaves del Reino de los Cielos. Todo lo que ates en la tierra, quedará atado en el cielo, y todo lo que desates en la tierra, quedará desatado en el cielo".

Entonces ordenó severamente a sus discípulos que no dijeran a nadie que él era el Mesías”.

REFLEXIÓN

Cuando Isaías, en la primera lectura, muestra cómo un mayordomo recibe sobre su hombro la insignia simbólica del poder, que son las llaves, anticipa, de manera profética, el gesto que hará Jesús con Pedro al dar identidad a su vocación específica en la Iglesia; pero las llaves del Reino del cielo no son símbolo de poder, sino de servicio.

San Pablo, en la segunda lectura, nos ha ofrecido un himno triunfal a la sabiduría insondable de Dios, y nosotros, admirando y glorificando el pensamiento del Señor, que nos lleva a veces por caminos impenetrables, somos invitados por el evangelio a responder personalmente a la pregunta de Jesús: Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?

Responder a la primera pregunta que hace Jesús a sus discípulos: ¿Quién dice la gente que es el Hijo del Hombre? Equivale a elaborar un montón de libros de sociología o de teología. Entre las innumerables respuestas que podríamos obtener, encontraríamos, además de una gran parcela de indiferencia, expresiones como un hombre que se hace querer, un moralista prudente, un profeta revolucionario, un libertador, el Hijo de Dios, el salvador, o aquel que se definió como Camino, Verdad y vida.

Pero es en la pregunta experiencial y vivencial dónde cabe plantearse de verdad quién es, qué significa, qué representa y qué caminos provoca hoy en cada uno de nosotros la manera de pensar y de vivir de Jesús de Nazaret.

Y aquí las respuestas no pueden ser teóricas, ni de libro. No sirven las palabras vacías, ni tampoco las definiciones no vividas. Las respuestas tendrán que ser expresión de lo que salga de nuestro interior, de nuestra vivencia, trabajada a lo largo de nuestra vida cristiana.

Por tanto, la imagen actual, viva, atractiva y activa, o decadente, poco seductora e indiferente que pueda tener la gente sobre la persona y los hechos de Jesús de Nazaret depende en gran parte de cómo lo vivimos y lo presentamos nosotros en la práctica.

Son cada vez más, los hombres y las mujeres que comprometen su vida, anunciando a un Jesús cercano, amigo de los hombres, que da la vida por todos, que ha venido para justos e injustos y hace salir su sol sobre buenos y malos. Un Jesús personal, que nos llama por nuestro nombre y nos invita a seguirlo ligeros de equipaje, disponibles y sin mirar atrás en la tarea de roturar, sembrar y cuidar la viña del reino.

A este Jesús, salvador personal, generoso y paciente, es al que tenemos que anunciar, a ese Jesús que no ha venido a condenar, ni a juzgar, sino a salvar y a dar la vida en rescate por todos.

Anunciar a un Jesús distinto, es no haber entendido lo que significa para nosotros y no haber sabido responder con sinceridad e interioridad, su pregunta: ¿Quién soy yo para vosotros?



ENTRA EN TU INTERIOR

QUÉ DECIMOS NOSOTROS

También hoy nos dirige Jesús a los cristianos la misma pregunta que hizo un día a sus discípulos: “Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?”. No nos pregunta solo para que nos pronunciemos sobre su identidad misteriosa, sino también para que revisemos nuestra relación con él. ¿Qué le podemos responder desde nuestras comunidades?

¿Conocemos cada vez mejor a Jesús, o lo tenemos “encerrado en nuestros viejos esquemas aburridos” de siempre? ¿Somos comunidades vivas, interesadas en poner a Jesús en el centro de nuestra vida y de nuestras actividades, o vivimos estancados en la rutina y la mediocridad?

¿Amamos a Jesús con pasión o se ha convertido para nosotros en un personaje gastado al que seguimos invocando mientras en nuestro corazón va creciendo la indiferencia y el olvido? Quienes se acercan a nuestras comunidades, ¿pueden sentir la fuerza y el atractivo que tiene para nosotros?

¿No sentimos discípulos y discípulas de Jesús? ¿Estamos aprendiendo a vivir con su estilo de vida en medio de la sociedad actual, o nos dejamos arrastrar por cualquier reclamo más apetecible para nuestros intereses? ¿Nos da igual vivir de cualquier manera, o hemos hecho de nuestra comunidad una escuela para aprender a vivir como Jesús?

¿Estamos aprendiendo a mirar la vida como la miraba Jesús? ¿Miramos desde nuestras comunidades a los necesitados y excluidos con compasión y responsabilidad, o nos encerramos en nuestras celebraciones, indiferentes al sufrimiento de los más desvalidos y olvidados: los que fueron siempre los predilectos de Jesús?

¿Seguimos a Jesús colaborando con él en el proyecto humanizador del Padre, o seguimos pensando que lo más importante del cristianismo es preocuparnos exclusivamente de nuestra salvación? ¿Estamos convencidos de que el modo de seguir a Jesús es vivir cada día haciendo la vida más humana y más dichosa para todos?

 

¿Vivimos el domingo cristiano celebrando la resurrección de Jesús, u organizamos nuestro fin de semana vacío de todo sentido cristiano? ¿Hemos aprendido a encontrar a Jesús en el silencio del corazón, o sentimos que nuestra fe se va apagando ahogada por el ruido y el vacío que hay dentro de nosotros?

¿Creemos en Jesús resucitado que camina con nosotros lleno de vida? ¿Vivimos acogiendo en nuestras comunidades la paz que nos dejó en herencia a sus seguidores? ¿Creemos que Jesús nos ama con un amor que nunca acabará? ¿Creemos en su fuerza renovadora? ¿Sabemos ser testigos del misterio de esperanza que llevamos dentro de nosotros?"

José Antonio Pagola

ORA EN TU INTERIOR

La pregunta que Jesús hace a sus discípulos es, de alguna manera, la pregunta que siempre hizo la Iglesia mirando a su alrededor: ¿Qué se piensa en el mundo sobre Cristo? ¿Cómo lo ven los demás pueblos? ¿Qué se opina de él en un país cristiano por tradición?

Una vez que le dice a Jesús lo que la gente pensaba de él, viene la pregunta directa y la que a Jesús le interesa realmente: “Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?”.

Es la gran pregunta que tarde o temprano ha de escuchar la misma Iglesia y cada cristiano. Porque puede suceder que sigamos a Jesús sin saber a quién seguimos, o que llevemos su nombre sin saber qué significa ese nombre y ese hombre.

En efecto, con sinceridad, ¿quién es Jesús para nosotros? ¿Qué esperamos de él? ¿Qué nos impulsa a escuchar su palabra, bautizar a nuestros hijos o celebrar fiestas en su honor?

Y se levanta Pedro, la expresión de una fe aún incipiente e inmadura, quien responde más con el corazón que con los labios: Tú eres “el Mesías de Dios”.

El Mesías que responde al designio de Dios está señalado por dos características: el dolor y el rechazo. No sólo sufrirá mucho, sino que sentirá en carne propia el rechazo de los suyos y la oposición de esa misma gente que se dice religiosa y que ocupa altos cargos en la nación.

ORACIÓN

En el evangelio de hoy escuchamos aquella escena en la que Jesús pregunta a sus discípulos: “¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?”. Y los discípulos le responden: “Unos que Juan Bautista, otros que Elías, otros que Jeremías o uno de los profetas”. Entonces Jesús les dice: “Y vosotros, ¿quién decís que soy yo? A lo que Pedro, con convicción, responde: “Tú eres el Mesías el Hijo de Dios vivo”. Hoy Jesús vuelve a preguntarnos: “Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?” Y cada uno de nosotros tiene que encontrar su respuesta: ¿Quién es Jesús para mí? Ojalá que seamos capaces de responder como Pedro reconociendo que Jesús es el Señor, el Hijo de Dios, aquel que da sentido a nuestra vida, aquel en quien podemos encontrar las raíces más profundas de nuestro ser. Que la profesión de fe de Pedro, y también de Pablo, sea hoy ejemplo y ánimo para que cada uno de nosotros hagamos también nuestra propia y personal profesión.

Señor, de Ti podríamos decir y escribir muchas cosas, pero hoy sólo queremos pedirte que nos ayudes día a día a saber y a vivir de verdad quién eres y, sobre todo, a experimentar quién eres para cada uno de nosotros. Que, como Pedro, podamos creer profundamente que Tú eres el Mesías, el Hijo de dios vivo.

Expliquemos el Evangelio a los niños.

Imágenes de Patxi Velasco (FANO)



 


domingo, 13 de agosto de 2023

20 DE AGOSTO: XX DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO A.

 


“Mujer, qué grande es tu fe”.

20 DE AGOSTO

XX DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

1ª Lectura: Isaías 56,1.6-7

A los extranjeros los traeré a mi monte santo.

Salmo 66

Oh Dios, que te alaben los pueblos, que todos los pueblos te alaben.

2ª Lectura: Romanos 11,13-15.29-32

Los dones y la llamada de Dios son irrevocables.

PALABRA DEL DÍA

Mateo 15,21-28

“En aquel tiempo, Jesús salió y se retiró al país de Tiro y Sidón. Entonces una mujer cananea, saliendo de uno de aquellos lugares, se puso a gritarle: -Ten compasión de mí, Señor, hijo de David. Mi hija tiene un demonio muy malo. Él no le respondió nada. Entonces los discípulos se le acercaron a decirle. –Atiéndela, que viene detrás gritando. Él les contestó: -Sólo me han enviado a las ovejas descarriadas de Israel. Ella los alcanzó y se postró ante él, y le pidió de rodillas: -Señor, socórreme. Él le contestó: - No está bien echar a los perros el pan de los hijos. Pero ella repuso: -Tienes razón, Señor; pero también los perros se comen las migajas que caen de la mesa de los amos. Jesús le respondió: -Mujer, qué grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas. En aquel momento quedó curada su hija”.

Versión para América Latina, extraída de la Biblia del Pueblo de Dios

“Jesús partió de allí y se retiró al país de Tiro y de Sidón.

Entonces una mujer cananea, que procedía de esa región, comenzó a gritar: "¡Señor, Hijo de David, ten piedad de mí! Mi hija está terriblemente atormentada por un demonio".

Pero él no le respondió nada. Sus discípulos se acercaron y le pidieron: "Señor, atiéndela, porque nos persigue con sus gritos".

Jesús respondió: "Yo he sido enviado solamente a las ovejas perdidas del pueblo de Israel".

Pero la mujer fue a postrarse ante él y le dijo: "¡Señor, socórreme!".

Jesús le dijo: "No está bien tomar el pan de los hijos, para tirárselo a los cachorros".

Ella respondió: "¡Y sin embargo, Señor, los cachorros comen las migas que caen de la mesa de sus dueños!".

Entonces Jesús le dijo: "Mujer, ¡qué grande es tu fe! ¡Que se cumpla tu deseo!". Y en ese momento su hija quedó curada”.

REFLEXIÓN

El evangelio de hoy nos resulta duro y chocante, después de su primera lectura; casi parece estar en contradicción con el más grande de los postulados de Jesús: el amor indiscriminado a todos los hombres sin distinción alguna.

Efectivamente, Jesús accede a los ruegos de una mujer que no pertenecía a su pueblo ni a su religión: era una sirofenicia pagana. Y, sin embargo, cuánta necesidad tenía ella de ver curada a su hija. Nos llama la atención que, no contento con eso, Jesús justifica su actitud diciendo que había venido solamente para las ovejas descarriadas de Israel, y como esto no bastaba para convencer a la mujer, la trata como a aquel perrito que se acerca a la mesa del amo para recoger algunas migajas.

Finalmente, vista la fe de aquella mujer, le concede lo que le pedía.

Ciertamente que este episodio, refleja muy bien la situación de la primitiva Iglesia que no se consideraba abierta a los pueblos paganos sino solamente como la consumación de la historia de Israel. Es cierto que los profetas habían vislumbrado el carácter universal del mesianismo, tal como lo trae la primera lectura: también los extranjeros vendrían al Monte Santo, a la Casa de Oración, para ofrecer sus sacrificios y oraciones, aceptando previamente el cumplimiento de la alianza y del sábado. Pero nunca se tomó esto muy en serio; el peso de la raza era demasiado fuerte.

Para comprender este texto evangélico de hoy, debiéramos comenzar por el final. Jesús accede a curar a la hija de aquella mujer, vista su gran fe.

Consideradas así las cosas, el caso de la cananea no era distinto al de los demás judíos que se acercaban a Jesús: de no mediar la fe, no había nada que hacer. Tampoco a ella se le concede el milagro porque sí; Jesús no acepta ser considerado como un ser taumatúrgico sin más: interpreta que debe entablar una relación distinta con quienes lo sigan o le pidan algo.

En definitiva: el Reino de Dios llega a todo hombre que se abre a la fe.

La aceptación de la mujer se fundamenta en su actitud de fe. Es eso lo que puso a prueba Jesús con sus constantes negativas para concluir con una alabanza que nunca destinó a ningún miembro de su raza: “¡Qué grande es tu fe!”.

En la fe de la cananea se prefiguraba la gran fe de los pueblos paganos que superaron a los judíos en la acogida del Reino.

Por pura casualidad la segunda lectura de hoy nos presenta la otra variante del problema: Pablo se duele, como judío que era, de la obstinación de su pueblo en rechazar la llamada del Reino, si bien no pierde la esperanza. Fue esa negativa lo que condicionó favorablemente el contacto de la Iglesia con los no judíos.



ENTRA EN TU INTERIOR

EL GRITO DE LA MUJER

Cuando, en los años ochenta, Mateo escribe su evangelio, la Iglesia tiene planteada una grave cuestión: ¿Qué han de hacer los seguidores de Jesús? ¿Encerrarse en el marco del pueblo judío o abrirse también a los paganos?

Jesús sólo había actuado dentro de las fronteras de Israel. Ejecutado rápidamente por los dirigentes del templo, no había podido hacer nada más. Sin embargo, rastreando en su vida, los discípulos recordaron dos cosas muy iluminadoras. Primero, Jesús era capaz de descubrir entre los paganos una fe más grande que entre sus propios seguidores. Segundo, Jesús no había reservado su compasión sólo para los judíos. El Dios de la compasión es de todos.

La escena es conmovedora. Una mujer sale al encuentro de Jesús. No pertenece al pueblo elegido. Es pagana. Proviene del maldito pueblo de los cananeos que tanto había luchado contra Israel. Es una mujer sola y sin nombre. No tiene esposo ni hermanos que la defiendan. Tal vez, es madre soltera, viuda, o ha sido abandonada por los suyos.

Mateo sólo destaca su fe. Es la primera mujer que habla en su evangelio. Toda su vida se resume en un grito que expresa lo profundo de su desgracia. Viene detrás de los discípulos «gritando». No se detiene ante el silencio de Jesús ni ante el malestar de sus discípulos. La desgracia de su hija, poseída por «un demonio muy malo», se ha convertido en su propio dolor: «Señor ten compasión de mí».

En un momento determinado la mujer alcanza al grupo, detiene a Jesús, se postra ante él y de rodillas le dice: «Señor socórreme». No acepta las explicaciones de Jesús dedicado a su quehacer en Israel. No acepta la exclusión étnica, política, religiosa y de sexos en que se encuentran tantas mujeres, sufriendo en su soledad y marginación.

Es entonces cuando Jesús se manifiesta en toda su humildad y grandeza: «Mujer, qué grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas». La mujer tiene razón. De nada sirven otras explicaciones. Lo primero es aliviar el sufrimiento. Su petición coincide con la voluntad de Dios.

¿Qué hacemos los cristianos de hoy ante los gritos de tantas mujeres solas, marginadas, maltratadas y olvidadas? ¿Las dejamos de lado justificando nuestro abandono por exigencias de otros quehaceres? Jesús no lo hizo.

 José Antonio Pagola

ORA EN TU INTERIOR

La fe es necesaria para poder hacer frente a las dificultades de la vida. Hoy descubrimos algo más: la fe en el Reino de Dios, la confianza en Dios salvador, es la única condición para que Dios se haga presente en cualquier hombre, sea cual fuere su raza o su credo.

Dios no está atado a estructura alguna, pero a todo hombre, cristiano o no cristiano, le exige una actitud de apertura y de búsqueda.

Preguntémonos en qué medida hemos orado para ofrecernos a Dios y en qué medida fuimos fuertes en nuestras convicciones religiosas.

ORACIÓN

Señor, tú que llamaste a los pueblos paganos para que entraran en tu Reino, haz que permanezcamos abiertos a cuantos buscan en nosotros amor, paz y justicia.

Expliquemos el Evangelio a los niños.

Imágenes de Patxi Velasco (FANO)




La insistente confianza de la mujer hace que se produzca la curación. Ella no se agarra a “flotadores” o “salvavidas” en medio de la tempestad que está viviendo. Se  aferra, con toda la dificultad, únicamente a Jesús. Él es para ella el Salvador.