domingo, 11 de septiembre de 2016

18 DE SEPTIEMBRE: XXV DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO,.


“Ningún siervo puede servir a dos amos: porque o bien aborrecerá a uno y amará al otro, o bien se dedicará al primero y no hará caso del segundo. No podéis servir a Dios y al dinero.”

18 DE SEPTIEMBRE

XXV DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

1ª Lectura: Amós 8,4-7

Jura el Señor por la gloria de Jacob que no olvidará jamás vuestras acciones.

Salmo 112

Que alaben al Señor todos sus siervos.

2ª Lectura: 1ª Timoteo 2,1-8

Pidan al Señor por todos los hombres, porque él quiere que todos se salven.

PALABRA DEL DÍA

Lucas: 16,1-13

“En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: [Un hombre rico tenía un administrador y le llegó la denuncia de que derrochaba sus bienes. Entonces lo llamó y le dijo: - ¿Qué es eso que me cuentan de ti? Entrégame el balance de tu gestión, porque quedas despedido. El administrador se puso a echar sus cálculos: - ¿Qué voy a hacer ahora que mi amo me quita el empleo? Para cavar no tengo fuerzas; mendigar, me da vergüenza. Ya sé lo que voy a hacer para que, cuando me echen de la administración, encuentre quién me reciba en su casa. Fue llamando uno a uno a los deudores de su amor, y dijo al primero: - ¿Cuánto debes a mi amo? Este respondió: -Cien barriles de aceite. Él le dijo: -Aquí está tu recibo: aprisa, siéntate y escribe “cincuenta”. Luego dijo a otro: -Y tú, ¿cuánto debes? Él contestó: -Cien fanegas de trigo. Le dijo: -Aquí está tu recibo: escribe “ochenta”. Y el amo felicitó al administrador injusto, por la astucia con que había procedido. Ciertamente, los hijos de este mundo son más astutos con su gente que los hijos de la luz. Y yo os digo: Ganaos amigos con el dinero injusto, para que, cuando os falte, os reciban en las moradas eternas.] El que es de fiar en lo menudo, también en lo importante es de fiar; el que es honrado en lo menudo, tampoco en lo importante es honrado. Si no fuisteis de fiar en el vil dinero, ¿quién os confiará lo que vale de veras? Si no fuisteis de fiar en lo ajeno, ¿lo vuestro quién os lo dará? Ningún siervo puede servir a dos amos: porque o bien aborrecerá a uno y amará al otro, o bien se dedicará al primero y no hará caso del segundo. No podéis servir a Dios y al dinero.”
Versión para América Latina, extraída de la Biblia del Pueblo de Dios.
“Jesús decía a sus discípulos:
"Había un hombre rico que tenía un administrador, al cual acusaron de malgastar sus bienes.
Lo llamó y le dijo: '¿Qué es lo que me han contado de ti? Dame cuenta de tu administración, porque ya no ocuparás más ese puesto'.
El administrador pensó entonces: '¿Qué voy a hacer ahora que mi señor me quita el cargo? ¿Cavar? No tengo fuerzas. ¿Pedir limosna? Me da vergüenza.
¡Ya sé lo que voy a hacer para que, al dejar el puesto, haya quienes me reciban en su casa!'.
Llamó uno por uno a los deudores de su señor y preguntó al primero: '¿Cuánto debes a mi señor?'.
'Veinte barriles de aceite', le respondió. El administrador le dijo: 'Toma tu recibo, siéntate en seguida, y anota diez'.
Después preguntó a otro: 'Y tú, ¿cuánto debes?'. 'Cuatrocientos quintales de trigo', le respondió. El administrador le dijo: 'Toma tu recibo y anota trescientos'.
Y el señor alabó a este administrador deshonesto, por haber obrado tan hábilmente. Porque los hijos de este mundo son más astutos en su trato con los demás que los hijos de la luz."
Pero yo les digo: Gánense amigos con el dinero de la injusticia, para que el día en que este les falte, ellos los reciban en las moradas eternas.
El que es fiel en lo poco, también es fiel en lo mucho, y el que es deshonesto en lo poco, también es deshonesto en lo mucho.
Si ustedes no son fieles en el uso del dinero injusto, ¿quién les confiará el verdadero bien?
Y si no son fieles con lo ajeno, ¿quién les confiará lo que les pertenece a ustedes?
Ningún servidor puede servir a dos señores, porque aborrecerá a uno y amará al otro, o bien se interesará por el primero y menospreciará al segundo. No se puede servir a Dios y al Dinero"
REFLEXIÓN
El evangelista Lucas no parece cansarse cuando una y otra vez vuelve al tema de  las riquezas, ese obstáculo que el creyente debe saber sortear si pretende entrar en el Reino de Dios.
            Pero hoy nos sorprende con una parábola cuyo injusto y astuto protagonista es presentado por Jesús como modelo digno de imitarse para los asuntos del Reino.
            Hoy, es conveniente que comencemos por la frase final, verdadera clave de todos los textos relacionados con el Reino y las riquezas: “No podéis servir a Dios y al dinero”.
            Si nadie puede tener dos amos al mismo tiempo porque terminará por cumplir con uno solo o no cumplir con ninguno, solo queda, por tanto, elegir entre uno y otro: o el Reino de Dios y su justicia, o el reino del dinero y sus injusticias.
            Jesús, que penetra lo más íntimo del corazón del hombre, sabe que su corazón está llamado a amar y entregarse; y siempre amará algo o a alguien, siempre buscará en el encuentro con las cosas o las personas esa corriente de dar y recibir, de vaciarse y de llenarse.
            Mirad, hermanas y hermanos, la vida del cristiano se mueve entre el esfuerzo y la esperanza. Por eso la liturgia de estos domingos ordinarios nos va dando una de cal y otra de arena.
            Si el pasado domingo nos habló del corazón grande de Dios con las tres parábolas de la misericordia. Éste vuelve a ponernos alerta contra el peligro de las riquezas.
            ¿Por qué esta insistencia? Durante mucho tiempo, parece que el único pecado que ha interesado ha sido el relacionado con el sexto mandamiento. La experiencia de muchos años de confesionario así me lo ha hecho ver, el pecado contra el sexto mandamiento siempre está presente, sin embargo, nadie se confiesa de su actitud ante el dinero, nadie se confiesa por tener una empleada de hogar inmigrante y no pagarle lo justo.
            Jesús trató los pecados contra el sexto mandamiento con tacto y con clemencia. Pensemos, por ejemplo, en el caso de la mujer pecadora. Nadie se atrevió a tirarle la primera piedra.
            En cambio, el gran pecado para Jesús era el apego a las riquezas, que corrompen y envilece.
            Las riquezas, sin ser malas en sí, constituyen un serio peligro para vivir el ideal evangélico cuando se pone el corazón en ellas y exclusivamente en ellas sin pensar en el mal que puede generar. ¿Piensan los que trafican con drogas en el mal que hacen? ¿En las familias y las vidas que destrozan? No, solo en la cantidad de dinero que ganan a costa de la tragedia de muchos.
            Y este pecado no era algo nuevo para Jesús, recordemos la primera lectura tomada hoy de la profecía de Amós situada ochocientos años antes del nacimiento de Jesús:
            “Escuchad esto los que exprimís al pobre, despojáis a los miserables, diciendo: ¿Cuándo pasará la luna nueva para vender el trigo, y el sábado para ofrecer el grano? Disminuís la medida, aumentáis el precio, usáis balanzas con trampa, compráis por dinero al pobre, al mísero por un par de sandalias, vendiendo hasta el salvado del trigo”.
            La primera parte de este texto de Amós es la acusación dura contra estos avaros. La segunda, el último versículo, es un juramento de Dios contra ellos: “Jura el Señor por la gloria de Jacob que no olvidará vuestras acciones.
            ¿Por qué será que parece que este texto se escribiera ayer?
            Para entender la parábola que hoy Jesús nos propone, hay que saber que, en aquellos tiempos, los administradores no necesariamente cobraban su salario directamente del amo, sino de los deudores. Una parte del importe de la deuda pasaba al administrador en concepto de sueldo por su gestión. Aquel administrador ha recibido una orden de despido y se ve en la calle. La única forma de asegurar su futuro es renunciando a lo que los deudores tenían que pagarle. Se gana amigos renunciando a sus ingresos. Esta es la lección de la parábola. Del administrador se alaba y resalta su capacidad previsora de ganarse amigos con el dinero propio.
            Y, a continuación, Jesús nos dice: “Ganaos amigos con el dinero injusto”. El dinero injusto es todo el dinero. Si el mundo es de Dios y ha puesto riquezas en él para todos sus hijos, toda abundancia a costa de la pobreza de tantos hace injusto todo dinero. No dice Jesús que renunciemos al dinero, sino que demos prioridad a Dios sobre el dinero, porque el amigo que tenemos que ganar es Dios.
            Lo mismo que el administrador astuto de la parábola devolvió a los deudores parte de los intereses abusivos perdonándoles lo suyo, así también se debe devolver a las víctimas de una injusta situación social, que hace radicalmente injusto el dinero, parte de lo que se ha acaparado.
            Hermanas y hermanos, no hay culto válido sin solidaridad con el necesitado, lo mismo que no hay eucaristía sin caridad.
            Los cristianos debemos ponernos junto a las esperanzas y angustias de los hombres y mujeres de nuestro tiempo, particularmente de los pobres. Nada de lo auténticamente humano debe dejarnos indiferentes.
            Todos tenemos a nuestro lado o encontramos a nuestro paso alguien que es más pobre que nosotros: familias humildes que pasan apuros, gente sin trabajo, enfermos y ancianos abandonados, marginados que necesitan una mano amiga.
            El cristiano, hermanas y hermanos, es el que siente como suyas las alegrías, las tristezas, los sufrimientos, los dolores de los demás.
            El cristiano es el que sabe llorar con el que llora, reír con el que ríe, sufrir con el que sufre.
            Por eso, poner el corazón en Dios y no en el dinero, es compartir con los demás, y eso no sólo como un gesto solidario, sino también como expresión del amor fraterno que, como gracia y favor de Dios, se ha recibido. Es una forma de manifestar la gratitud a Dios, que nos ha dado los bienes de este mundo y la gracia de tener el corazón abierto al amor de los demás.
            El amor fraterno, en sentir más alegría en dar que en recibir, es la señal luminosa del amor de Dios. Si con Dios se vive, con su amor se ama, se sirve y se comparte con los demás.
ENTRA EN TU INTERIOR
DINERO
La sociedad que conoció Jesús era muy diferente a la nuestra. Sólo las familias poderosas de Jerusalén y los grandes terratenientes de Tiberíades podían acumular monedas de oro y plata. Los campesinos apenas podían hacerse con alguna moneda de bronce o cobre, de escaso valor. Muchos vivían sin dinero, intercambiándose productos en un régimen de pura subsistencia.
En esta sociedad, Jesús habla del dinero con una frecuencia sorprendente. Sin tierras ni trabajo fijo, su vida itinerante de Profeta dedicado a la causa de Dios le permite hablar con total libertad. Por otra parte, su amor a los pobres y su pasión por la justicia de Dios lo urgen a defender siempre a los más excluidos.
Habla del dinero con un lenguaje muy personal. Lo llama espontáneamente  «dinero injusto» o «riquezas injustas». Al parecer, no conoce "dinero limpio". La riqueza de aquellos poderosos es injusta porque ha sido amasada de manera injusta y porque la disfrutan sin compartirla con los pobres y hambrientos.
¿Qué pueden hacer quienes poseen estas riquezas injustas? Lucas ha conservado unas palabras curiosas de Jesús. Aunque la frase puede resultar algo oscura por su concisión, su contenido no ha de caer en el olvido. «Yo os digo: Ganaos amigos con el dinero injusto para que cuando os falte, os reciban en las moradas eternas».
Jesús viene a decir así a los ricos: "Emplead vuestra riqueza injusta en ayudar a los pobres; ganaos su amistad compartiendo con ellos vuestros bienes. Ellos serán vuestros amigos y, cuando en la hora de la muerte el dinero no os sirva ya de nada, ellos os acogerán en la casa del Padre". Dicho con otras palabras: la mejor forma de "blanquear" el dinero injusto ante Dios es compartirlo con sus hijos más pobres.
Sus palabras no fueron bien acogidas. Lucas nos dice que «estaban oyendo estas cosas unos fariseos, amantes de las riquezas, y se burlaban de él». No entienden el mensaje de Jesús. No les interesa oírle hablar de dinero. A ellos sólo les preocupa conocer y cumplir fielmente la ley. La riqueza la consideran como un signo de que Dios bendice su vida.
Aunque venga reforzada por una larga tradición bíblica, esta visión de la riqueza como signo de bendición no es evangélica. Hay que decirlo en voz alta porque hay personas ricas que de manera casi espontánea piensan que su éxito económico y su prosperidad es el mejor signo de que Dios aprueba su vida.
Un seguidor de Jesús no puede hacer cualquier cosa con el dinero: hay un modo de ganar dinero, de gastarlo y de disfrutarlo que es injusto pues olvida a los más pobres.
 José Antonio Pagola
ORA EN TU INTERIOR
Si somos sinceros, descubriremos que, en nuestra vida, confiamos demasiado en las cosas externas, y demasiado poco en lo que realmente somos. Con frecuencia, servimos al dinero y nos servimos de Dios. Le llamamos Señor, pero el que manda de verdad es el dinero. Justo lo contrario de lo que nos pide Jesús.
Cada uno en sus circunstancias concretas tiene que tomar una postura coherente con sus creencias. En este tema, es inútil actuar por programación, es decir, echar el carro por delante de los bueyes.
Encontramos en los evangelios una diferencia notable con la tradición bíblica. Tanto en todo el AT como en tiempo de Jesús, las riquezas eran consideradas como un don de Dios. Sólo los profetas arremeten contra la riqueza que se ha conseguido con injusticia. Este matiz desaparece en los evangelios y se considera la riqueza, sin más, contraria al Reino.
Para comprender el evangelio de hoy, hay que tener en cuenta que, en las parábolas, no se ha de tomar al pie de la letra cada uno de los detalles que se narran; hay que entrar en la intención del que la narra. Al contrario que en la alegoría, en la parábola se trata de una sola enseñanza que hay que sacar del conjunto del relato. El relato nos obliga a sacar una moraleja que nos haga cambiar de actitud vital. Esta en concreto, no está invitándome a ser injusto, sino a sentarme y echar cálculos, para elegir lo que de verdad sea mejor para mis auténticos intereses.
El administrador calculador, trataba de conseguir ventajas materiales. A nosotros se nos invita a ser sagaces para sacar ventajas espirituales, aunque sea a costa de las seguridades materiales. El evangelio nos invita a ser sabios para sacar provecho de todo, incluso de las riquezas, para alcanzar lo que vale de veras.
No hacen falta muchas cavilaciones para darse cuenta de que ponemos mucho más interés en los asuntos materiales que en los espirituales, no sólo por el tiempo que les dedicamos, sino sobre todo por la intensidad de nuestra dedicación. Es lamentable que personas muy inteligentes y con varias carreras, tengan un nivel de conocimientos religiosos propios de un niño de primera comunión. En religión, lo único exigido es “creer”.
ORACIÓN
            Señor, que nos has hecho administradores de los bienes materiales como una manera de servir a todos los hermanos, haz que este pequeño negocio sea camino para conseguir el gran negocio de tu Reino.
            El pan eucarístico no es propiedad exclusiva de nadie: es el patrimonio de quienes se sienten unidos en la gran mesa de la humanidad. Comulgar es comprender que administrar el don de Dios, patrimonio de todos y garantía de justicia y paz universales.
Expliquemos el Evangelio a los niños.
Imágenes de Fano.

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domingo, 4 de septiembre de 2016

11 DE SEPTIEMBRE: XXIV DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO.


“Os digo que la misma alegría sienten los ángeles de Dios por un solo pecador que se convierta.”
11 DE SEPTIEMBRE
XXIV DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
1ª Lectura: Éxodo 32,7-11.13-14
El Señor enunció al castigo con que había amenazado a su pueblo.
Salmo: 50
Me levantaré y volveré mi padre.
2ª Lectura: Timoteo 1,12-17
Cristo vino al mundo para salva a los pecadores.
PALABRA DEL DÍA
Lucas 15,1-32
“Todos los recaudadores y descreídos se le iban acercando para escucharlo; por eso tanto los fariseos como los letrados lo criticaban diciendo:
- Éste acoge a los descreídos y come con ellos.
 Entonces les propuso Jesús esta parábola:
 - Si uno de vosotros tiene cien ovejas y se le pierde una, ¿no deja las noventa y nueve en el campo y va en busca de la descarriada hasta que la encuentra? Y cuando la encuentra, se la carga a hombros, muy contento; al llegar a casa, reúne a los amigos y a los vecinos para decirles: - ¡Dadme la enhorabuena! He encontrado la oveja que se me había perdido.
Os digo que lo mismo dará más alegría en el cielo un pecador que se enmienda, que noventa y nueve justos que no sienten necesidad de enmendarse.
Y si una mujer tiene diez monedas de plata y se le pierde una, ¿no enciende una lámpara, barre la casa y busca con cuidado hasta encontrarla? Y cuando la encuentra, reúne a las amigas y vecinas para decirles: - ¡Dadme la enhorabuena! He encontrado la moneda que se me había perdido.
Os digo que la misma alegría sienten los ángeles de Dios por un solo pecador que se convierta.
[Y añadió:
- Un hombre tenía dos hijos. El menor le dijo a su padre:
-Padre, dame la parte de la fortuna que me toca.
El padre les repartió los bienes.
A los pocos días, el hijo menor, juntando todo lo suyo, emigró a un país lejano, y allí derrochó su fortuna viviendo como un perdido. Cuando se lo había gastado todo, vino un hambre terrible en aquella tierra, y empezó él a pasar necesidad. Fue entonces y buscó amparo en uno de los ciudadanos de aquel país, que lo mandó a sus campos a guardar cerdos. Le entraban ganas de llenarse el estómago de las algarrobas que comían los cerdos, pues nadie le daba de comer. Recapacitando entonces se dijo: Cuántos jornaleros de mi padre tienen pan de sobra, mientras yo aquí me muero de hambre. Voy a volver a casa de mi padre y le voy a decir: "Padre, he ofendido a Dios y te he ofendido a ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo; trátame como a uno de tus jornaleros".
Entonces se puso en camino para casa de su padre. Cuando aún estaba lejos, lo vio su padre y se conmovió; salió corriendo, se le echó al cuello y lo cubrió de besos. El hijo empezó:
- Padre, he ofendido a Dios y te he ofendido a ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo.
Pero el padre dijo a sus criados:
- Sacad en seguida el mejor traje y vestidlo; ponedle un anillo en el dedo y sandalias en los pies; traed el ternero cebado, matadlo y celebremos un banquete, porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida; estaba perdido y se le ha encontrado. Y empezaron el banquete.
El hijo mayor estaba en el campo. A la vuelta, cerca ya de la casa, oyó la música y la danza; llamó a uno de los mozos y le preguntó qué pasaba. Éste le contestó:
- Ha vuelto tu hermano, y tu padre ha mandado matar el ternero cebado por haber recobrado a su hijo sano y salvo.
 Él se indignó y se negaba a entrar; su padre salió e intentó persuadirlo, pero él replicó a su padre:
- A mí, en tantos años como te sirvo sin saltarme nunca un mandato tuyo, jamás me has dado un cabrito para hacer fiesta con mis amigos; en cambio, cuando ha venido ese hijo tuyo que se ha comido tus bienes con malas mujeres, matas para él el ternero cebado.
El padre le respondió:
- Hijo, ¡si tú estás siempre conmigo y todo lo mío es tuyo!  Además, había que hacer fiesta y alegrarse, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha vuelto a vivir, andaba perdido y se le ha encontrado.”]
Versión para América Latina, extraída de la Biblia del Pueblo de Dios.
“Todos los publicanos y pecadores se acercaban a Jesús para escucharlo.
Los fariseos y los escribas murmuraban, diciendo: "Este hombre recibe a los pecadores y come con ellos".
Jesús les dijo entonces esta parábola:
"Si alguien tiene cien ovejas y pierde una, ¿no deja acaso las noventa y nueve en el campo y va a buscar la que se había perdido, hasta encontrarla?
Y cuando la encuentra, la carga sobre sus hombros, lleno de alegría,
y al llegar a su casa llama a sus amigos y vecinos, y les dice: "Alégrense conmigo, porque encontré la oveja que se me había perdido".
Les aseguro que, de la misma manera, habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta, que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse".
Y les dijo también: "Si una mujer tiene diez dracmas y pierde una, ¿no enciende acaso la lámpara, barre la casa y busca con cuidado hasta encontrarla?
Y cuando la encuentra, llama a sus amigas y vecinas, y les dice: "Alégrense conmigo, porque encontré la dracma que se me había perdido".
Les aseguro que, de la misma manera, se alegran los ángeles de Dios por un solo pecador que se convierte".
Jesús dijo también: "Un hombre tenía dos hijos.
El menor de ellos dijo a su padre: 'Padre, dame la parte de herencia que me corresponde'. Y el padre les repartió sus bienes.
Pocos días después, el hijo menor recogió todo lo que tenía y se fue a un país lejano, donde malgastó sus bienes en una vida licenciosa.
Ya había gastado todo, cuando sobrevino mucha miseria en aquel país, y comenzó a sufrir privaciones.
Entonces se puso al servicio de uno de los habitantes de esa región, que lo envió a su campo para cuidar cerdos.
El hubiera deseado calmar su hambre con las bellotas que comían los cerdos, pero nadie se las daba.
Entonces recapacitó y dijo: '¡Cuántos jornaleros de mi padre tienen pan en abundancia, y yo estoy aquí muriéndome de hambre!
Ahora mismo iré a la casa de mi padre y le diré: Padre, pequé contra el Cielo y contra ti;
ya no merezco ser llamado hijo tuyo, trátame como a uno de tus jornaleros'.
Entonces partió y volvió a la casa de su padre. Cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se conmovió profundamente; corrió a su encuentro, lo abrazó y lo besó.
El joven le dijo: 'Padre, pequé contra el Cielo y contra ti; no merezco ser llamado hijo tuyo'.
Pero el padre dijo a sus servidores: 'Traigan en seguida la mejor ropa y vístanlo, pónganle un anillo en el dedo y sandalias en los pies.
Traigan el ternero engordado y mátenlo. Comamos y festejemos,
porque mi hijo estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y fue encontrado'. Y comenzó la fiesta.
El hijo mayor estaba en el campo. Al volver, ya cerca de la casa, oyó la música y los coros que acompañaban la danza.
Y llamando a uno de los sirvientes, le preguntó que significaba eso.
El le respondió: 'Tu hermano ha regresado, y tu padre hizo matar el ternero engordado, porque lo ha recobrado sano y salvo'.
El se enojó y no quiso entrar. Su padre salió para rogarle que entrara,
pero él le respondió: 'Hace tantos años que te sirvo sin haber desobedecido jamás ni una sola de tus órdenes, y nunca me diste un cabrito para hacer una fiesta con mis amigos.
¡Y ahora que ese hijo tuyo ha vuelto, después de haber gastado tus bienes con mujeres, haces matar para él el ternero engordado!'.
Pero el padre le dijo: 'Hijo mío, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo.
Es justo que haya fiesta y alegría, porque tu hermano estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y ha sido encontrado'".
REFLEXIÓN

“Muchos publicanos y pecadores se acercaban a Jesús para escucharlo. Y por eso los fariseos y maestros de le ley murmuraban y criticaban: Este hombre recibe a los pecadores y come con ellos”.
            Con esta introducción, Lucas nos sitúa en el contexto de todo este capítulo 15 que comenzamos hoy. Jesús escandaliza a la gente piadosa, solamente por manifestar en sus actos y palabras a un Dios que se complace en estar con los pecadores y gente de mala reputación, porque no tienen necesidad de médicos los sanos sino los enfermos.
            Es el gran escándalo del Reino de Dios, y también su gran secreto; es una auténtica revolución en la mentalidad religiosa de ayer y de hoy; aquí está la gran señal para distinguir entre una religión farisaica, hipócrita y mercantilista de otra religión menos vistosa y puritana, pero más profundamente humana y mejor reveladora de lo divino.
            Para que todos entremos en este misterio del Reino de Dios, aceptándolo o escandalizándonos, Jesús nos revela el misericordioso rostro de Dios a través de tres maravillosas parábolas que de una manera o de otra, expresan el mismo mensaje.
            Las dos primeras parábolas expresan una fina ironía dirigida a los fariseos y maestros de la ley. Los que se consideraban justos, pero que no eran tales, por eso no sienten la necesidad de cambiar de vida. Y porque no conocen la conversión, tampoco pueden conocer el más maravilloso aspecto de Dios: su gozo y su alegría:
            “Os digo que así también habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta, que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse”.
            Este es el nuevo mensaje: Dios se alegra por la conversión del hombre. El cambio de vida se hace gozo en el cielo y en la tierra.
            Este mensaje central se desarrolla con detalle en la más famosa parábola del evangelista Lucas, la llamada parábola del hijo pródigo, pero que en realidad, deberíamos titular “del Padre misericordioso”.
            Jesús nos presenta una típica familia de campo; todos trabajan para lo mismo, ya que la tierra es el patrimonio familiar, por lo que es un pecado grave pretender dividirla o enajenarla. Sin embargo para aquel padre lo importante no era todo eso, sino la relación con sus hijos. Respeta su libertad, sabe callar y esperar.
            Ante la petición del hijo menor, accede, pues sabe que su hijo ya no es un niño; quiere ahora hacer su vida; el padre lo comprende, no sin gran dolor.
            Él conoce a fondo el corazón de su hijo; sabe de su debilidad, pero también de las posibilidades que hay en él. Sabe que tiene que hacerse hombre en la escuela de la vida, sabe que tiene que aprender a caerse y a levantarse, que tiene que aprender de sus errores, y acepta el derroche de sus bienes a cambio de la madurez de su hijo.
            Así ve Jesús a Dios, el Padre por excelencia. No impone su voluntad ni mendiga el cariño de nadie. Es un Dios que cree en el amor, y que el amor es más fuerte que el pecado más tremendo. Cree que el amor puede transformar al hombre, por eso espera. Es un amor que se adelanta a todo gesto de arrepentimiento; un amor que hace vivir al pecador.
            El nuestro es un Dios que no tiene más ley que el amor ni más justicia que el perdón. Un Dios que no castiga ni aplasta, sino que espera en silencio el proceso de liberación interior de cada hombre: Un duro y doloroso proceso hacia la luz.
            Otro concepto que se clarifica mucho desde esta parábola es el pecado. El pecado aparece como una decisión personal, como algo que define a uno mismo.
            El hijo menor quiso hacer su vida y tener un nombre e identidad propios. Acostumbrado al solícito amor protector del padre, creyó que la vida era cosa fácil. Nunca había reparado en el sacrificio que le había costado al padre levantar su casa y su hacienda; por eso no le dio importancia y se marchó.
            Por tanto, el pecado aparece como la fuga de la condición humana, como un evadirse de la responsabilidad de todos los días, como un negarse a construir algo en un proceso lento y un tanto duro. El pecado es el camino ancho y fácil, pero que no lleva a la vida.
            Y el pecado llega, llama y golpea a la puerta con fuerza. Y así el hijo menor parte de la casa, abandona el hogar y da la espalda al padre y a toda su familia. El pecado es incomprensible si antes no comprendemos que formamos parte de una comunidad, la familia de los hombres. Y el pecado nos vuelve contra la comunidad.
            Por eso pecar no es un simple asunto personal, porque atenta al bien de todo. Así, quien odia deja de aportar amor, quien miente, deja de aportar verdad, quien avasalla y aplasta al otro, deja de aportar libertad.
            Y por primera vez en su vida comprende que ha perdido su dignidad de hombre y de hijo y comienza a envidiar las algarrobas que comían los cerdos.
            Sin embargo esto es lo maravilloso de la vida, esa amarga y humillante experiencia puede ser el punto de partida de un nuevo y largo camino: la conversión. En el fondo de uno mismo hay una fuerza irresistible, una llama que nunca se apaga, una fuerza que no viene de nosotros.
            La parábola describe tres momentos en la conversión del hombre:
          Recapacitar.
          Ponerse en camino.
          Volver al Padre.
            Y después el momento crítico levantarse y partir.
ENTRA EN TU INTERIOR
CON LOS BRAZOS SIEMPRE ABIERTOS.
Para no pocos, Dios es cualquier cosa menos alguien capaz de poner alegría en su vida. Pensar en él les trae malos recuerdos: en su interior se despierta la idea de un ser amenazador y exigente, que hace la vida más fastidiosa, incómoda y peligrosa.
Poco a poco han prescindido de él. La fe ha quedado "reprimida" en su interior. Hoy no saben si creen o no creen. Se han quedado sin caminos hacia Dios. Algunos recuerdan todavía "la parábola del hijo pródigo", pero nunca la han escuchado en su corazón.
El verdadero protagonista de esa parábola es el padre. Por dos veces repite el mismo grito de alegría: "Este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida; estaba perdido y lo hemos encontrado". Este grito revela lo que hay en su corazón de padre.
A este padre no le preocupa su honor, sus intereses, ni el trato que le dan sus hijos. No emplea nunca un lenguaje moral. Solo piensa en la vida de su hijo: que no quede destruido, que no siga muerto, que no viva perdido sin conocer la alegría de la vida.

El relato describe con todo detalle el encuentro sorprendente del padre con el hijo que abandonó el hogar. Estando todavía lejos, el padre "lo vio" venir hambriento y humillado, y "se conmovió" hasta las entrañas. Esta mirada buena, llena de bondad y compasión es la que nos salva. Solo Dios nos mira así.
Enseguida "echa a correr". No es el hijo quien vuelve a casa. Es el padre el que sale corriendo y busca el abrazo con más ardor que su mismo hijo. "Se le echó al cuello y se puso a besarlo". Así está siempre Dios. Corriendo con los brazos abiertos hacia quienes vuelven a él.
El hijo comienza su confesión: la ha preparado largamente en su interior. El padre le interrumpe para ahorrarle más humillaciones. No le impone castigo alguno, no le exige ningún rito de expiación; no le pone condición alguna para acogerlo en casa. Sólo Dios acoge y protege así a los pecadores.
El padre solo piensa en la dignidad de su hijo. Hay que actuar de prisa. Manda traer el mejor vestido, el anillo de hijo y las sandalias para entrar en casa. Así será recibido en un banquete que se celebra en su honor. El hijo ha de conocer junto a su padre la vida digna y dichosa que no ha podido disfrutar lejos de él.
Quien oiga esta parábola desde fuera, no entenderá nada. Seguirá caminando por la vida sin Dios. Quien la escuche en su corazón, tal vez llorará de alegría y agradecimiento. Sentirá por vez primera que en el misterio último de la vida hay Alguien que nos acoge y nos perdona porque solo quiere nuestra alegría.
José Antonio Pagola
ORA EN TU INTERIOR
            Hoy comenzamos nuestra celebración con una consoladora frase de Pablo: “Doy gracias a nuestro Señor Jesucristo porque me hizo capaz, se fio de mí y me confió este ministerio…, porque Dios derrochó su gracia en mí, dándome la fe y el amor cristiano.”
            Sí, hoy debemos dar gracias a Dios porque tiene confianza en cada uno de nosotros; porque confía y espera aun cuando lo abandonemos o damos la espalda a los hermanos.
            Es esta confianza que Dios nos tiene lo que nos permite hoy reunirnos en la mesa del Señor, a pesar de sentirnos pecadores; porque Él está en nosotros devolviéndonos la salud perdida.
ORACIÓN
            Te damos gracias, Señor, porque fiándote de nosotros, nos haces capaces de construir nuestra vida sin temor, a fin de que seamos los sujetos y actores de nuestro propio destino.
Expliquemos el Evangelio a los niños
Imágenes de Fano, 

Imagen para colorear.



              








jueves, 1 de septiembre de 2016

4 DE SEPTIEMBRE: XXIII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO.


“Si alguno se viene conmigo y no pospone a su padre y a su madre, y a su mujer y a sus hijos, y a sus hermanos y a sus hermanas, e incluso a sí mismo, no puede ser discípulo mío.”
4 DE SEPTIEMBRE
XXIII DEL TIEMPO ORDINARIO
1ª Lectura: Sabiduría 9,13-18
¿Qué hombre conoce el designio de Dios? ¿Quién comprende lo que Dios quiere?
Salmo 89
Señor, tú has sido nuestro refugio de generación en generación.
2ª Lectura: Filemón 9-10.12-17
Recíbelo no como esclavo, sino como hijo querido.
PALABRA DEL DÍA
Lucas 14,25-33
“En aquel tiempo, mucha gente acompañaba a Jesús; él se volvió y les dijo: “Si alguno se viene conmigo y no pospone a su padre y a su madre, y a su mujer y a sus hijos, y a sus hermanos y a sus hermanas, e incluso a sí mismo, no puede ser discípulo mío. Quien no lleve su cruz detrás de mí no puede ser discípulo mío. Así, ¿quién de vosotros, si quiere construir una torre, no se sienta primero a calcular los gastos, a ver si tiene para terminarla? No sea que, si echa los cimientos y no puede acabarla, se `pongan a burlarse de él los que miran, diciendo: “Este hombre empezó a construir y no ha sido capaz de acabar”. ¿O qué rey, si va a dar la batalla a otro rey, no se sienta primero a deliberar si con diez mil hombres podrá salir al paso del que le ataca con veinte mil? Y si no, cuando el otro está todavía lejos, envía legados para pedir condiciones de paz. Lo mismo vosotros; el que no renuncia a todos sus bienes no puede ser discípulo mío”.
Versión para América Latina, extraída de la Biblia del Pueblo de Dios.
“Junto con Jesús iba un gran gentío, y él, dándose vuelta, les dijo:
"Cualquiera que venga a mí y no me ame más que a su padre y a su madre, a su mujer y a sus hijos, a sus hermanos y hermanas, y hasta a su propia vida, no puede ser mi discípulo.
El que no carga con su cruz y me sigue, no puede ser mi discípulo.
¿Quién de ustedes, si quiere edificar una torre, no se sienta primero a calcular los gastos, para ver si tiene con qué terminarla?
No sea que una vez puestos los cimientos, no pueda acabar y todos los que lo vean se rían de él, diciendo:
'Este comenzó a edificar y no pudo terminar'.
¿Y qué rey, cuando sale en campaña contra otro, no se sienta antes a considerar si con diez mil hombres puede enfrentar al que viene contra él con veinte mil?
Por el contrario, mientras el otro rey está todavía lejos, envía una embajada para negociar la paz.
De la misma manera, cualquiera de ustedes que no renuncie a todo lo que posee, no puede ser mi discípulo."
REFLEXIÓN
 Seguimos, como en los domingos anteriores, viendo en la Palabra de Dios cuáles son las virtudes que han de adornar a un cristiano.
            Normalmente se suele decir que los domingos del Tiempo Ordinario son unas catequesis sencillas de vida cristiana, mientras que en los tiempos de Adviento - Navidad y de Cuaresma - Pascua-Resurrección son catequesis fuertes.
            Eso es verdad, siempre que no entendamos lo de catequesis sencillas por catequesis poco comprometidas. La Palabra de Dios siempre compromete con fuerza, como hemos visto en las lecturas de hoy.
            La reflexión del Evangelio de hoy, puede ser original si, teniendo en cuenta también el texto del libro de la Sabiduría que hemos visto en la primera lectura, nos animamos a plantearnos todo lo que implica en la vida hacer una opción o elección, siendo una de ellas, desde luego, la elección de Jesucristo como perspectiva fundamental de la vida.
            Jesús compara el seguimiento del discípulo tras él con una empresa muy seria, tal como construir una torre o librar una batalla. Antes de decidirse, es mejor medir bien todas las consecuencias, calcular las propias posibilidades, costos, riesgos, etc., y finalmente elegir, consciente de aquello en lo que uno se mete.
            Efectivamente, dice Jesús, seguirlo a él tiene sus riesgos y el costo que se debe pagar es bastante alto: posponerlo todo, aun los seres más queridos, por él, y renunciar a todos los bienes materiales. Más simplemente: “todo o nada”. Ese es el pacto.
            “Si alguno se viene conmigo y no pospone a su padre y a su madre, y a su mujer y a sus hijos, y a sus hermanos y a sus hermanas, e incluso a sí mismo, no puede ser discípulo mío.
            Quien no lleve su cruz detrás de mí, no puede ser discípulo mío”.
            “No puede ser mi discípulo”.
            Es la frase que se destaca en una primera lectura del Evangelio. Tres veces se repite la frase. ¿Quién no puede ser su discípulo?
            Dice Lucas que mucha gente acompañaba a Jesús. Nos resultará fácil imaginarnos la escena. Jesús sigue subiendo a Jerusalén, a la cruz, y la gente le sigue sin saber a dónde va.
            No faltan de vez en cuando los milagros y signos.
            Jesús que penetra el corazón del hombre los conocía, y sabía que los mismos que le seguían entusiasmados, le iban a entregar en Jerusalén. Por eso se detiene y les va a hablar, con un lenguaje duro y chocante, de renuncia, como condición indispensable para su seguimiento.
            La traducción del evangelio que nos propone la liturgia de hoy no es muy exacta.
            La traducción correcta es odiar, no posponer. Lo que pasa es que suena demasiado dura y la liturgia la ha suavizado. De todas formas, usemos la traducción que queramos, lo que Jesús nos quiere decir es que seguirle es una cosa seria.
           Y si nos atenemos al sentido de las parábolas de la torre y el rey, entiendo que lo que Jesús nos dice es que, si no estamos dispuestos a llegar hasta el final, mejor no empezar.
            El cristianismo, lo hemos dicho otras veces, no es un tranquilizante de conciencia, sino algo mucho más serio. Aunque tenemos que reconocer que lo hemos utilizado más como tranquilizante que como revulsivo que nos lleva a la acción y a la renuncia de todo lo que se interpone entre Jesús y nosotros.
           A mí me gusta la traducción de “odiar”. Incluso en ese caso, el sentido evidente no es el odio como rechazo a las personas, sino el odio como rechazo a los planteamientos que los nuestros quieren hacer de nuestras vidas, guiados por el cariño humano que nos tienen.
            Por ejemplo, cuando yo me fui, recién terminada mi carrera, a las misiones en República Dominicana, mi padre me decía: ¿Por qué te vas a ir a pasar calamidades?, también aquí hay muchas cosas que hacer.
            Ese planteamiento paterno, esa forma lógica y paternal de pensar, es la que tienen que odiar los que se sientan llamados. Por eso no está tampoco mal la traducción que la liturgia nos propone.
            Primero la llamada de Jesús, luego el deseo de nuestros padres que tanto nos quieren. Hay que posponer a todos, incluso a uno mismo, si queremos ser discípulos de Jesús. Este es el sentido del evangelio de hoy, duro en su forma y duro en su fondo.
            Jesús se llevó toda su vida pública predicando el amor y por tanto no va a predicar hoy el odio. Lo que Jesús pide no es romper con la familia, lo que pide es una disponibilidad total y absoluta. Para ello es indispensable renunciar a muchas cosas:
          A los afectos, si estos se interponen entre Jesús y nosotros.
          Al deseo de evadirnos de nuestra realidad: tenemos que cargar con la cruz de cada día, es decir, la situación en que nos encontramos, y sabemos que algunas situaciones son muy duras, son auténticas cruces.
          A la riqueza, a no confiar en las cosas, a poner el corazón en Dios. Porque donde está nuestro tesoro allí está también nuestro corazón.
Odiar esos afectos es estar disponibles a todo y para todos. Recordemos lo que nos han dicho las dos parábolas que Jesús nos ha propuesto en toda su sencillez, pero también en toda su verdad.
En ambos casos se trata de empresas muy difíciles y problemáticas y, por ello mismo, hay que afrontarlas con seriedad y no a la ligera. Así tenemos que afrontar el hecho de ser cristiano.
Jesús es verdaderamente muy exigente. ¿Por qué? Porque sólo el que está libre, descargado de todo lastre de afectos que le ate aquí abajo, podrá volar alto, ponerse en camino y conocer los designios de Dios, su voluntad, de la que nos habla la primera lectura:
“¿Qué hombre conoce el designio de Dios? Los pensamientos de los mortales son mezquinos y nuestros razonamientos son falibles... ¿Quién conocerá tu designio, si tú no le das sabiduría enviando tu Santo Espíritu desde el cielo? Sólo así serán rectos los caminos de los terrestres y se salvarán con la sabiduría los que te agradan, Señor, desde el principio”.
ENTRA EN TU INTERIOR
REALISMO RESPONSABLE
Los ejemplos que emplea Jesús son muy diferentes, pero su enseñanza es la misma: el que emprende un proyecto importante de manera temeraria, sin examinar antes si tiene medios y fuerzas para lograr lo que pretende, corre el riesgo de terminar fracasando.
Ningún labrador se pone a construir una torre para proteger sus viñas, sin tomarse antes un tiempo para calcular si podrá concluirla con éxito, no sea que la obra quede inacabada, provocando las burlas de los vecinos. Ningún rey se decide a entrar en combate con un adversario poderoso, sin antes analizar si aquella batalla puede terminar en victoria o será un suicidio.
A primera vista, puede parecer que Jesús está invitando a un comportamiento prudente y precavido, muy alejado de la audacia con que habla de ordinario a los suyos. Nada más lejos de la realidad. La misión que quiere encomendar a los suyos es tan importante que nadie ha de comprometerse en ella de forma inconsciente, temeraria o presuntuosa.
Su advertencia cobra gran actualidad en estos momentos críticos y decisivos para el futuro de nuestra fe. Jesús llama, antes que nada, a la reflexión madura: los dos protagonistas de las parábolas «se sientan» a reflexionar. Sería una grave irresponsabilidad vivir hoy como discípulos de Jesús, que no saben lo que quieren, ni a dónde pretenden llegar, ni con qué medios han de trabajar
¿Cuándo nos vamos a sentar para aunar fuerzas, reflexionar juntos y buscar entre todos los caminos que hemos de seguir? ¿No necesitamos dedicar más tiempo, más escucha del evangelio y más meditación para descubrir llamadas, despertar carismas y cultivar un estilo renovado de seguimiento a Jesús?
Jesús llama también al realismo. Estamos viviendo un cambio sociocultural sin precedentes. ¿Es posible contagiar la fe en este mundo nuevo que está naciendo, sin conocerlo bien y sin comprenderlo desde dentro? ¿Es posible facilitar el acceso al Evangelio ignorando el pensamiento, los sentimientos y el lenguaje de los hombres y mujeres de nuestro tiempo? ¿No es un error responder a los retos de hoy con estrategias de ayer?
Sería una temeridad en estos momentos actuar de manera inconsciente y ciega. Nos expondríamos al fracaso, la frustración y hasta el ridículo. Según la parábola, la “torre inacabada" no hace sino provocar las burlas de la gente hacia su constructor. No hemos de olvidar el lenguaje realista y humilde de Jesús que invita a sus discípulos a ser "fermento" en medio del pueblo o puñado de "sal" que pone sabor nuevo a la vida de las gentes.
 José Antonio Pagola
ORA EN TU INTERIOR
“Sí alguno quiere venirse conmigo...”
Jesús no impone nada, simplemente propone.
Las condiciones no las impone él: son exigencia de la misma naturaleza humana.
Elegir lo que es mejor para mí por convicción personal, nunca puede ser renuncia o sacrificio.
Sólo si me muevo por programación externa renunciaré a aquello que sigo creyendo que es mejor.
Sólo el verdadero conocimiento, la iluminación, la sabiduría puede llevarme a una búsqueda de los bienes definitivos.
Mientras no alcance esa luz, andaré dando tumbos.
Descubierto el tesoro, todo lo demás pierde valor.
ORACIÓN
Señor, ya que es difícil conocer con claridad el camino que debemos elegir, envía a nuestros corazones tu Santo Espíritu, a fin de que, siendo fieles a nosotros mismos, te sirvamos al mismo tiempo con alegría y amor.
Expliquemos el Evangelio a los niños.
Imágenes de Fano.

Imagen para colorear.