domingo, 19 de marzo de 2023

26 DE MARZO: QUINTO DOMINGO DE CUARESMA.

 


“Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá…”

26 DE MARZO

QUINTO DOMINGO DE CUARESMA

1ª Lectura: Ezequiel: 37,12-14

Os infundiré mi espíritu y viviréis.

Salmo 129

Del Señor viene la misericordia, la redención copiosa.

2ª Lectura: Romanos 8,8-11

El Espíritu del que resucitó a Jesús de entre los muertos

habita en vosotros.

PALABRA DEL DÍA

Juan 11,1-45

“En aquel tiempo, un tal Lázaro de Betania, la aldea de Marta y de María, había caído enfermo. Las hermanas le mandaron un recado a Jesús, diciendo: Señor, tu amigo está enfermo. Jesús, al oírlo, dijo: -Esta enfermedad no acabará en la muerte, sino que servirá para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella. Jesús amaba a Marta, a su hermana María y a Lázaro. Cuando se enteró de que estaba enfermo, se quedó todavía dos días donde estaba. Sólo entonces dice a sus discípulos: -Vamos otra vez a Judea. Los discípulos replican: -Maestro, hace poco intentaron apedrearte los judíos, ¿y ahora vas a volver allí? Jesús contestó: -¿No tiene el día doce horas? Si uno camina de día, no tropieza, porque ve la luz de este mundo; pero si camina de noche, tropieza, porque le falta la luz. Dicho esto, añadió: -Lázaro, nuestro amigo, está dormido: voy a despertarlo. Entonces le dijeron sus discípulos: -Señor, si duerme, se salvará. Entonces Jesús les replicó claramente: -Lázaro ha muerto, y me alegro por vosotros de que no hayamos estado allí, para que creáis. Y ahora, vamos a su casa. Entonces Tomás, apodado el Mellizo, dijo a los demás. –Vamos también nosotros y muramos con él. Cuando Jesús llegó, Lázaro llevaba ya cuatro días enterrado. Betania distaba unos tres kilómetros de Jerusalén y muchos judíos habían ido para dar los pésames a las dos hermanas. Cuando Marta se enteró de que llegaba Jesús, salió a su encuentro, mientras María se quedaba en casa. Y dijo Marta a Jesús: -Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano. Pero aún ahora sé que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo concederá. Jesús le dijo: -Tu hermano resucitará. Marta respondió: -Sé que resucitará en la resurrección del último día. Jesús le dice: -Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto? Ella le contestó: -Sí, Señor: yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo. Jesús, viendo llorar a los judíos que lo acompañaban, sollozó y muy conmovido preguntó: -¿Dónde lo habéis enterrado? Le contestaron: -Señor, ven a verlo. Jesús se echó a llorar. Los judíos comentaban: ¡Cómo lo quería! Pero algunos dijeron: -Y uno que le ha abierto los ojos al ciego, ¿no podía haber impedido que muriera este? Jesús, sollozando de nuevo, llegó a la tumba. Entonces dijo: -Quitad la losa. Marta le dijo: -Señor, ya huele mal, porque lleva tres días. Jesús le dijo: -¿No te he dicho que, si crees, verás la gloria de Dios? Entonces quitaron la losa y Jesús, levantando los ojos, dijo: -Padre, te doy gracias porque me has escuchado; yo sé que tú me escuchas siempre; pero, lo digo por la gente que me rodea para que crean que tú me has enviado. Y, dicho esto, gritó con voz potente: -Lázaro, ven afuera. El muerto salió, los pies y las manos atados con vendas, y la cara envuelta en un sudario. Jesús les dijo: -Desatadlo y dejadlo andar. Y muchos judíos, al ver lo que había hecho, creyeron en Jesús”.

Versión para América Latina, extraída de la Biblia del Pueblo de Dios

“Había un hombre enfermo, Lázaro de Betania, del pueblo de María y de su hermana Marta.

María era la misma que derramó perfume sobre el Señor y le secó los pies con sus cabellos. Su hermano Lázaro era el que estaba enfermo.

Las hermanas enviaron a decir a Jesús: "Señor, el que tú amas, está enfermo".

Al oír esto, Jesús dijo: "Esta enfermedad no es mortal; es para gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella".

Jesús quería mucho a Marta, a su hermana y a Lázaro.

Sin embargo, cuando oyó que este se encontraba enfermo, se quedó dos días más en el lugar donde estaba.

Después dijo a sus discípulos: "Volvamos a Judea".

Los discípulos le dijeron: "Maestro, hace poco los judíos querían apedrearte, ¿quieres volver allá?".

Jesús les respondió: "¿Acaso no son doce las horas del día? El que camina de día no tropieza, porque ve la luz de este mundo;

en cambio, el que camina de noche tropieza, porque la luz no está en él".

Después agregó: "Nuestro amigo Lázaro duerme, pero yo voy a despertarlo".

Sus discípulos le dijeron: "Señor, si duerme, se curará".

Ellos pensaban que hablaba del sueño, pero Jesús se refería a la muerte.

Entonces les dijo abiertamente: "Lázaro ha muerto,

y me alegro por ustedes de no haber estado allí, a fin de que crean. Vayamos a verlo".

Tomás, llamado el Mellizo, dijo a los otros discípulos: "Vayamos también nosotros a morir con él".

Cuando Jesús llegó, se encontró con que Lázaro estaba sepultado desde hacía cuatro días.

Betania distaba de Jerusalén sólo unos tres kilómetros.

Muchos judíos habían ido a consolar a Marta y a María, por la muerte de su hermano.

Al enterarse de que Jesús llegaba, Marta salió a su encuentro, mientras María permanecía en la casa.

Marta dijo a Jesús: "Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto.

Pero yo sé que aun ahora, Dios te concederá todo lo que le pidas".

Jesús le dijo: "Tu hermano resucitará".

Marta le respondió: "Sé que resucitará en la resurrección del último día".

Jesús le dijo: "Yo soy la Resurrección y la Vida. El que cree en mí, aunque muera, vivirá;

y todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás. ¿Crees esto?".

Ella le respondió: "Sí, Señor, creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que debía venir al mundo".

Después fue a llamar a María, su hermana, y le dijo en voz baja: "El Maestro está aquí y te llama".

Al oír esto, ella se levantó rápidamente y fue a su encuentro.

Jesús no había llegado todavía al pueblo, sino que estaba en el mismo sitio donde Marta lo había encontrado.

Los judíos que estaban en la casa consolando a María, al ver que esta se levantaba de repente y salía, la siguieron, pensando que iba al sepulcro para llorar allí.

María llegó a donde estaba Jesús y, al verlo, se postró a sus pies y le dijo: "Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto".

Jesús, al verla llorar a ella, y también a los judíos que la acompañaban, conmovido y turbado,

preguntó: "¿Dónde lo pusieron?". Le respondieron: "Ven, Señor, y lo verás".

Y Jesús lloró.

Los judíos dijeron: "¡Cómo lo amaba!".

Pero algunos decían: "Este que abrió los ojos del ciego de nacimiento, ¿no podría impedir que Lázaro muriera?".

Jesús, conmoviéndose nuevamente, llegó al sepulcro, que era una cueva con una piedra encima,

y dijo: "Quiten la piedra". Marta, la hermana del difunto, le respondió: "Señor, huele mal; ya hace cuatro días que está muerto".

Jesús le dijo: "¿No te he dicho que si crees, verás la gloria de Dios?".

Entonces quitaron la piedra, y Jesús, levantando los ojos al cielo, dijo: "Padre, te doy gracias porque me oíste.

Yo sé que siempre me oyes, pero lo he dicho por esta gente que me rodea, para que crean que tú me has enviado".

Después de decir esto, gritó con voz fuerte: "¡Lázaro, ven afuera!".

El muerto salió con los pies y las manos atados con vendas, y el rostro envuelto en un sudario. Jesús les dijo: "Desátenlo para que pueda caminar".

Al ver lo que hizo Jesús, muchos de los judíos que habían ido a casa de María creyeron en él.

REFLEXIÓN

Toda la historia de la resurrección de Lázaro, tiene un valor de signo. Lázaro significa debilidad humana, pero Jesús lo quería. Lázaro significa herida de muerte, pero Jesús la asumía. Lázaro significa hombre mortal, y Jesús viene en su auxilio. Qué suerte tuvo Lázaro de tener a Jesús por amigo. Qué suerte tiene el hombre de tener a Dios por amigo y salvador.

Jesús resucitará a Lázaro. Significa que tiene poder de resucitar a todos los amigos que mueren. Primero lloró su muerte, porque le duelen los sufrimientos y penas del hombre. Después lo sacó de la tumba, para dar a entender que a todos puede sacar de sus sepulcros. Lo dijo maravillosamente: Yo soy la resurrección y la vida, el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá.

Sólo pide una cosa, fe. Jesús es un médico que no sana si no confía en él. Creer es confiar, abrirse a él, acercarse a la fuente, dejarse llevar a la piscina, dejarse amar. Lázaro se dejó amar. Las hermanas confiaron en Jesús: Yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo. Como creyó la Samaritana y creyó el ciego de nacimiento. Creer es escuchar su palabra, alimentarse y llenarse de Jesús, su pan es medicina de inmortalidad. Creer es confesarlo como Salvador.

La resurrección de Lázaro anuncia también la propia resurrección de Jesús. Pero ¿cómo pudo morir si era la Vida? ¿Qué necesidad tenía de morir si iba a resucitar?

Si esta línea de argumentación prevaleciera, podríamos ahorrar a Jesús todo tipo de debilidades y sufrimientos. ¿Por qué fue tentado si él no iba a caer? ¿Por qué pidió de beber si él ofrecía agua viva? ¿Por qué lloró la muerte si lo iba enseguida a resucitar? Aceptar estas hipótesis triunfalistas sería desconocer la realidad-dramática realidad- de la Encarnación. Aceptó la condición humana con  todas sus consecuencias. Y quiso salvar al hombre, pero desde dentro; quiso curar las heridas, pero padeciéndolas él primero. Todo lo que él asume y sólo lo que él asume queda redimido.



ENTRA EN TU INTERIOR

NUESTRA ESPERANZA

El relato de la resurrección de Lázaro es sorprendente. Por una parte, nunca se nos presenta a Jesús tan humano, frágil y entrañable como en este momento en que se le muere uno de sus mejores amigos. Por otra parte, nunca se nos invita tan directamente a creer en su poder salvador: «Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque muera, vivirá… ¿Crees esto?»

Jesús no oculta su cariño hacia estos tres hermanos de Betania que, seguramente, lo acogen en su casa siempre que viene a Jerusalén. Un día Lázaro cae enfermo y sus hermanas mandan un recado a Jesús: nuestro hermano «a quien tanto quieres» está enfermo. Cuando llega Jesús a la aldea, Lázaro lleva cuatro días enterrado. Ya nadie le podrá devolver la vida.

La familia está rota. Cuando se presenta Jesús, María rompe a llorar. Nadie la puede consolar. Al ver los sollozos de su amiga, Jesús no puede contenerse y también él se echa a llorar. Se le rompe el alma al sentir la impotencia de todos ante la muerte. ¿Quién nos podrá consolar?

Hay en nosotros un deseo insaciable de vida. Nos pasamos los días y los años luchando por vivir. Nos agarramos a la ciencia y, sobre todo, a la medicina para prolongar esta vida biológica, pero siempre llega una última enfermedad de la que nadie nos puede curar.

Tampoco nos serviría vivir esta vida para siempre. Sería horrible un mundo envejecido, lleno de viejos y viejas, cada vez con menos espacio para los jóvenes, un mundo en el que no se renovara la vida. Lo que anhelamos es una vida diferente, sin dolor ni vejez, sin hambres ni guerras, una vida plenamente dichosa para todos.

Hoy vivimos en una sociedad que ha sido descrita como “una sociedad de incertidumbre” (Z. Bauman). Nunca había tenido el ser humano tanto poder para avanzar hacia una vida más feliz. Y, sin embargo, nunca tal vez se ha sentido tan impotente ante un futuro incierto y amenazador. ¿En qué podemos esperar?

Como los humanos de todos los tiempos, también nosotros vivimos rodeados de tinieblas. ¿Qué es la vida? ¿Qué es la muerte? ¿Cómo hay que vivir? ¿Cómo hay que morir? Antes de resucitar a Lázaro, Jesús dice a Marta esas palabras que son para todos sus seguidores un reto decisivo: «Yo soy la resurrección y la vida: el que crea en mí, aunque haya muerto vivirá… ¿Crees esto?»

A pesar de dudas y oscuridades, los cristianos creemos en Jesús, Señor de la vida y de la muerte. Sólo en él buscamos luz y fuerza para luchar por la vida y para enfrentarnos a la muerte. Sólo en él encontramos una esperanza de vida más allá de la vida.

José Antonio Pagola

ORA EN TU INTERIOR

Sólo, desde esta actitud, comprendemos quién es Jesús en la historia del mundo. De pie, delante del muerto, grita con fuerte voz: Hombre, sal de la tumba y ven, pues, tienes que caminar mucho todavía. El mundo avanza y crece, las sociedades evolucionan, la Iglesia se reforma, el cristianismo adopta nuevas formas de existencia, los  cristianos se abren a una mentalidad distinta. Desata tu cuerpo y despréndete de cuanto te impide ser un hombre libre: deja las ataduras tradicionales con que las sociedades amortajan a sus víctimas para que vivan sin hablar, para que tengan pies y no caminen, brazos y no actúen, ojos y no vean. Si crees en Dios, cree en la vida. Si crees en el Espíritu, ponte a andar. La muerte está dentro de ti; la muerte eres tú mismo en cuanto te niegas a vivir…

Lázaro es el símbolo anticipado del mismo Jesús. También él dormirá en la cruz, y su muerte será la ocasión para que se manifieste el poder del Dios de la vida. Por eso Lázaro y Jesús son como el signo anticipado de eso a lo que todos debemos aspirar: vivir, aquí y ahora, con la nueva vida del Espíritu. Que la vida, es decir, la regeneración y la transformación de las estructuras muertas, florezca como una primavera que no sabe de retornos: que muestra sus flores para que aparezcan los frutos.

No podemos llamarnos cristianos si no vivimos conforme al espíritu de Cristo que da muerte al pecado bajo todas sus formas y nos introduce a la justicia de Dios, expresión de la totalidad de la salvación que debe hacerse carne en la historia.

La muerte de Lázaro pone al descubierto la muerte de una sociedad sumergida en el miedo y en la desesperanza. Jesús lo resucita como signo de que la obra de Dios tiende necesariamente a devolver al hombre el más preciado de sus dones: la vida. La fe en Cristo hoy nos hace renacer para que caminemos sin mordazas ni ataduras, como hombres libres.

ORACIÓN

“Cuando abra vuestros sepulcros y os saque de ellos, sabréis que yo soy el Señor. Os infundiré mi espíritu y viviréis: os colocaré en vuestra tierra y sabréis que yo el Señor lo digo y lo hago”.

Hermanos: esta palabra del Señor hoy se cumple en nosotros. Dios lo dice y lo hace. Que su palabra sea también la nuestra. Amén.

Expliquemos el Evangelio a los niños.

Imágenes de Patxi Velasco FANO

Imagen para colorear 





domingo, 12 de marzo de 2023

19 Y 20 DE MARZO: CUARTO DOMINGO DE CUARESMA Y SOLEMNIDAD DE SAN JOSE, ESPOSO DE LA SANTÍSIMA VIRGEN MARÍA.

 


“Mientras estoy en el mundo, yo soy la luz del mundo”

19 DE MARZO

CUARTO DOMINGO DE CUARESMA

DOMINGO LAETARE

COLOR LITÚRGICO: MORADO

1ª Lectura: 1 Samuel 16,1b.6-7.10-13ª

Salmo 22

El Señor es mi pastor, nada me falta.

2ª Lectura: Efesios 5,8-14

Levántate de entre los muertos y Cristo será tu luz.

PALABRA DEL DÍA

Juan 9,1-41

“En aquel tiempo, al pasar Jesús vio a un hombre ciego de nacimiento. Entonces dijo: -Mientras estoy en el mundo, yo soy la luz del mundo. Dicho esto, escupió en la tierra, hizo barro con la saliva, se lo untó en los ojos al ciego, y le dijo: -Ve a lavarte a la piscina de Siloé (que  significa Enviado). El fue, se lavó y volvió con vista. Y los vecinos preguntaban: -¿No es éste el que se sentaba a pedir? Unos decían: Es el mismo. Y otros. No es él, pero se le parece. El respondía: Yo soy. Entonces llevaron ante los fariseos al que había sido ciego. Era sábado el día que Jesús hizo barro y le abrió los ojos. También los fariseos le preguntaban cómo había adquirido la vista. El les contestó: -Me puso barro en los ojos, me lavé, y veo. Algunos de los fariseos comentaban: -Este hombre no viene de Dios, porque no guarda el sábado. Otros replicaban: -¿Cómo puede un pecador hacer semejantes signos? Y estaban divididos. Volvieron, pues a preguntarle al ciego: -Y tú, ¿qué dices del que te ha abierto los ojos? Él contestó: -Que es un profeta. Ellos le dijeron: -Confiésalo ante Dios: nosotros sabemos que ese hombre es un pecador. Él contestó: -Si es un pecador, no lo sé; sólo sé que yo era ciego y que ahora veo. Le preguntaron de nuevo: -¿Qué te hizo, cómo se abrió los ojos? Les contestó: -Os lo he dicho ya y no me habéis hecho caso: ¿para qué queréis oírlo otra vez ¿También vosotros queréis haceros discípulos suyos? Ellos lo llenaron de improperios y le dijeron: -discípulo de ése lo serás tú; nosotros somos discípulos de Moisés. Nosotros sabemos que a Moisés le habló Dios, pero -ese no sabemos de dónde viene. Replicó él: -Pues eso es lo raro: que vosotros no sabéis de dónde viene, y, sin embargo, me ha abierto los ojos. Sabemos que Dios no escucha a los pecadores, sino al que es religioso y hace su voluntad. Jamás se oyó decir que nadie le abriera los ojos a un ciego de nacimiento; si éste no viniera de Dios, no tendría ningún poder. Le replicaron: -En  pecado naciste de pies a cabeza, ¿y nos vas a dar lecciones a nosotros? Y lo expulsaron. Oyó Jesús que lo habían expulsado, lo encontró y le dijo: -¿Crees en el Hijo del hombre? Él contestó: -¿Y quién es, Señor, para que crea en él? Jesús le dijo: -Lo estás viendo: el que te está hablando ése es. Él dijo: -Creo, Señor. Y se postró ante él”.

Versión para América Latina, extraída de la Biblia del Pueblo de Dios

“En aquel tiempo, Al pasar, vio a un hombre ciego de nacimiento.

Sus discípulos le preguntaron: "Maestro, ¿quién ha pecado, él o sus padres, para que haya nacido ciego?".

"Ni él ni sus padres han pecado, respondió Jesús; nació así para que se manifiesten en él las obras de Dios.

Debemos trabajar en las obras de aquel que me envió, mientras es de día; llega la noche, cuando nadie puede trabajar.

Mientras estoy en el mundo, soy la luz del mundo".

Después que dijo esto, escupió en la tierra, hizo barro con la saliva y lo puso sobre los ojos del ciego,

diciéndole: "Ve a lavarte a la piscina de Siloé", que significa "Enviado". El ciego fue, se lavó y, al regresar, ya veía.

Los vecinos y los que antes lo habían visto mendigar, se preguntaban: "¿No es este el que se sentaba a pedir limosna?".

Unos opinaban: "Es el mismo". "No, respondían otros, es uno que se le parece". El decía: "Soy realmente yo".

Ellos le dijeron: "¿Cómo se te han abierto los ojos?".

El respondió: "Ese hombre que se llama Jesús hizo barro, lo puso sobre mis ojos y me dijo: 'Ve a lavarte a Siloé'. Yo fui, me lavé y vi".

Ellos le preguntaron: "¿Dónde está?". El respondió: "No lo sé".

El que había sido ciego fue llevado ante los fariseos.

Era sábado cuando Jesús hizo barro y le abrió los ojos.

Los fariseos, a su vez, le preguntaron cómo había llegado a ver. El les respondió: "Me puso barro sobre los ojos, me lavé y veo".

Algunos fariseos decían: "Ese hombre no viene de Dios, porque no observa el sábado". Otros replicaban: "¿Cómo un pecador puede hacer semejantes signos?". Y se produjo una división entre ellos.

Entonces dijeron nuevamente al ciego: "Y tú, ¿qué dices del que te abrió los ojos?". El hombre respondió: "Es un profeta".

Sin embargo, los judíos no querían creer que ese hombre había sido ciego y que había llegado a ver, hasta que llamaron a sus padres

y les preguntaron: "¿Es este el hijo de ustedes, el que dicen que nació ciego? ¿Cómo es que ahora ve?".

Sus padres respondieron: "Sabemos que es nuestro hijo y que nació ciego,

pero cómo es que ahora ve y quién le abrió los ojos, no lo sabemos. Pregúntenle a él: tiene edad para responder por su cuenta".

Sus padres dijeron esto por temor a los judíos, que ya se habían puesto de acuerdo para excluir de la sinagoga al que reconociera a Jesús como Mesías.

Por esta razón dijeron: "Tiene bastante edad, pregúntenle a él".

Los judíos llamaron por segunda vez al que había sido ciego y le dijeron: "Glorifica a Dios. Nosotros sabemos que ese hombre es un pecador".

"Yo no sé si es un pecador, respondió; lo que sé es que antes yo era ciego y ahora veo".

Ellos le preguntaron: "¿Qué te ha hecho? ¿Cómo te abrió los ojos?".

El les respondió: "Ya se lo dije y ustedes no me han escuchado. ¿Por qué quieren oírlo de nuevo? ¿También ustedes quieren hacerse discípulos suyos?".

Ellos lo injuriaron y le dijeron: "¡Tú serás discípulo de ese hombre; nosotros somos discípulos de Moisés!

Sabemos que Dios habló a Moisés, pero no sabemos de donde es este".

El hombre les respondió: "Esto es lo asombroso: que ustedes no sepan de dónde es, a pesar de que me ha abierto los ojos.

Sabemos que Dios no escucha a los pecadores, pero sí al que lo honra y cumple su voluntad.

Nunca se oyó decir que alguien haya abierto los ojos a un ciego de nacimiento.

Si este hombre no viniera de Dios, no podría hacer nada".

Ellos le respondieron: "Tú naciste lleno de pecado, y ¿quieres darnos lecciones?". Y lo echaron.

Jesús se enteró de que lo habían echado y, al encontrarlo, le preguntó: "¿Crees en el Hijo del hombre?".

El respondió: "¿Quién es, Señor, para que crea en él?".

Jesús le dijo: "Tú lo has visto: es el que te está hablando".

Entonces él exclamó: "Creo, Señor", y se postró ante él.

Después Jesús agregó: "He venido a este mundo para un juicio: Para que vean los que no ven y queden ciegos los que ven".

Los fariseos que estaban con él oyeron esto y le dijeron: "¿Acaso también nosotros somos ciegos?".

Jesús les respondió: "Si ustedes fueran ciegos, no tendrían pecado, pero como dicen: 'Vemos', su pecado permanece".

REFLEXIÓN

El Evangelio de S. Juan nos habla de la sed o del hambre o de la ceguera, no sólo en el sentido primario, sino en un sentido espiritual, y desde esas realidades humanas nos presenta a Jesús como respuesta salvadora, el que puede saciar nuestra hambre y nuestra sed, el que vino como luz para curar nuestras cegueras. Lo hace con signos y palabras. Multiplica los panes para decir: yo soy el pan; pide de beber para decir: yo tengo el agua; cura al ciego para decir: yo soy la luz.

La sed, el hambre, la ceguera son símbolos universales, como lo son el agua, el pan, la luz, todos cargados de fuerza, de belleza y contenido.

El encuentro, no fue un encuentro casual. Tampoco fue una iniciativa del ciego. Su ceguera era tan honda que no sólo le impedía ver, sino incluso el deseo de ver. Hay muchos ciegos que se instalan en su situación, quizá la mayoría.

El que toma la iniciativa es Jesús. Él es la luz del mundo y su misión no es otra que luchar contra las tinieblas. Por eso al pasar Jesús vio a un hombre ciego de nacimiento. No será una mirada cualquiera, sino una mirada divina, hecha de misericordia y gracia. Este encuentro del ciego con Jesús, de las tinieblas con la luz, es algo simbólico y la acción resultante no será un milagro cualquiera, sino un signo mesiánico, una catequesis sobre la iluminación, su proceso y exigencia; y se nos ofrece también el contrasigno, la falta de respuesta, que imposibilita toda salvación.

El proceso de la curación es, decimos, una hermosa catequesis. Se da primero una reflexión sobre el porqué y el para qué de la ceguera. No es cosa del pecado, sino de la gracia; no es castigo, sino bendición. Esta mirada en positivo podíamos aplicarla a todo.

El barro. Inexplicable medicina. No aceite o colirio o aquella hiel de pez, que utilizó Tobías,  sino barro, algo feo y oscuro. Es para sacar al ciego de su conformismo, es para provocarle el deseo de ser lavado, de ser curado. El milagro sólo es posible si se desea fuertemente. Dios suele llevar al culmen de la negatividad para que el hombre grite su desesperación y para que brille el culmen de la misericordia. “El abismo invoca al abismo” (Sal 41,8), el abismo de la miseria al abismo de la misericordia. Podemos recordar los casos más conocidos, como el de Abraham, el de la Magdalena, el de Saulo, el de Agustín.

La piscina de Siloé es la necesidad de poner un medio humano, algo tiene el ciego que hacer. Lavarse los ojos, pero no es el hecho en sí, sino la obediencia en la palabra, como le pasó a Naamán el sirio con Eliseo, o sea, la fe. Ya se explica que no era una piscina cualquiera, sino del Enviado, el Mesías. Era el agua del Espíritu. Será el agua del bautismo. Hay que lavarse en la piscina de la Iglesia, pero con fe.

Se lavó y volvió con vista. Le iluminó ese hombre, se llama Jesús, el Dios que verdaderamente salva, y “no hay bajo el cielo otro nombre dado a los hombres por el que nosotros podamos salvarnos” (Hch 4,12). Fue iluminado para que pudiera ver, para que pudiera creer.

Su fe fue progresiva, primero ve a Jesús como un hombre. Después lo verá como un profeta: que es un profeta y que viene de Dios. Al fin lo confesará postrado que es el Mesías. Y terminará sufriendo persecución por dar testimonio de Jesús. Este ciego era un hombre pobre, humilde, dócil, pero era valiente y libre, no calla ante los fuertes, no cede ante la persecución; el ciego se convierte en un testigo, en un hijo de la luz. Un buen ejemplo para todos: seamos luz, sobre todo viviendo en el amor, porque “el que ama a su hermano permanece en la luz” (1 Jn 2,10).



ENTRA EN TU INTERIOR

CAMINOS HACIA LA FE

El relato es inolvidable. Se le llama tradicionalmente "La curación del ciego de nacimiento", pero es mucho más, pues el evangelista nos describe el recorrido interior que va haciendo un hombre perdido en tinieblas hasta encontrarse con Jesús, «Luz del mundo».

No conocemos su nombre. Sólo sabemos que es un mendigo, ciego de nacimiento, que pide limosna en las afueras del templo. No conoce la luz. No la ha visto nunca. No puede caminar ni orientarse por sí mismo. Su vida transcurre en tinieblas. Nunca podrá conocer una vida digna.

Un día Jesús pasa por su vida. El ciego está tan necesitado que deja que le trabaje sus ojos. No sabe quién es, pero confía en su fuerza curadora. Siguiendo sus indicaciones, limpia su mirada en la piscina de Siloé y, por primera vez, comienza a ver. El encuentro con Jesús va a cambiar su vida.

Los vecinos lo ven transformado. Es el mismo pero les parece otro. El hombre les explica su experiencia: «un hombre que se llama Jesús» lo ha curado. No sabe más. Ignora quién es y dónde está, pero le ha abierto los ojos. Jesús hace bien incluso a aquellos que sólo lo reconocen como hombre.

Los fariseos, entendidos en religión, le piden toda clase de explicaciones sobre Jesús. El les habla de su experiencia: «sólo sé una cosa: que era ciego y ahora veo». Le preguntan qué piensa de Jesús y él les dice lo que siente: «que es un profeta». Lo que ha recibido de Él es tan bueno que ese hombre tiene que venir de Dios. Así vive mucha gente sencilla su fe en Jesús. No saben teología, pero sienten que ese hombre viene de Dios.

Poco a poco, el mendigo se va quedando solo. Sus padres no lo defienden. Los dirigentes religiosos lo echan de la sinagoga. Pero Jesús no abandona a quien lo ama y lo busca. «Cuando oyó que lo habían expulsado, fue a buscarlo». Jesús tiene sus caminos para encontrarse con quienes lo buscan. Nadie se lo puede impedir.

Cuando Jesús se encuentra con aquel hombre a quien nadie parece entender, sólo le hace una pregunta: «¿Crees en el Hijo del Hombre?» ¿Crees en el Hombre Nuevo, el Hombre plenamente humano precisamente por ser expresión y encarnación del misterio insondable de Dios? El mendigo está dispuesto a creer, pero se encuentra más ciego que nunca: « ¿Y quién es, Señor, para que crea en él?»

Jesús le dice: «Lo estás viendo: el que te está hablando, ése es». Al ciego se le abren ahora los ojos del alma. Se postra ante Jesús y le dice: «Creo, Señor». Sólo escuchando a Jesús y dejándonos conducir interiormente por él, vamos caminando hacia una fe más plena y también más humilde.

José Antonio Pagola

ORA EN TU INTERIOR

San Pablo, parafraseando a Jesús, que dijo: “El que me sigue no caminará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida” (Jn 8,12), y también: “Vosotros sois la luz del mundo… Así, pues, que brille vuestra luz ante los hombres” (Mt 5,14-16), hoy nos ha recordado:

“En otro tiempo erais tinieblas, ahora sois luz en el Señor. Caminad como hijos de la luz, sin tomar parte en las obras estériles de las tinieblas, sino más bien poniéndolas en evidencia… La luz denuncia a las tinieblas y las pone al descubierto.”

No nos queda, pues, otra alternativa que llamarnos cristianos denunciando a las tinieblas encarnadas dentro de nosotros y fuera de nosotros, o renunciar al título de cristianos y a nuestro bautismo. Con orgullo los primeros cristianos llamaban a los recién bautizados “los iluminados”, y bien supo el imperio romano que esa palabra no era una simple metáfora. Eran temibles aquellos hombres que caminaban con los ojos bien abiertos.

Por eso Pablo nos urge a salir de nuestro estado de inconsciencia: “Despierta tú que duermes, levántate de entre los muertos y Cristo será tu luz”.

ORACIÓN

Si antes éramos tinieblas, ahora somos luz en el Señor. Caminemos como hijos buscando lo que agrada al señor, sin tomar parte en las obras estériles de las tinieblas, sino más bien poniéndolas en evidencia con nuestra vida y nuestro compromiso bautismal.

Expliquemos el Evangelio a los niños.

Imágenes de Patxi Velasco FANO.

Imagen para colorear.




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20 de Marzo

LUNES DE LA TERCERA SEMANA DE CUARESMA

SOLEMNIDAD DE SAN JOSÉ,

ESPOSO DE LA SANTÍSIMAS VIRGEN MARÍA

1ª Lectura: 2 Samuel 7,4-5,12-16

Salmo 88: Su linaje será perpetuo

2ª Lectura: romanos 4,13.16-18.22

PALABRA DEL DÍA

Mt 1,16.18-21-24

(También se puede proclamar Lc 2,41-51)

“Jacob engendró a José, el esposo de María, de la cual nació Jesús, llamado Cristo. El nacimiento de Jesucristo fue de esta manera: María, su madre, estaba desposada con José y, antes de vivir juntos, resultó que ella esperaba un hijo por obra del Espíritu santo. José, su esposo, que era justo y no quería denunciarla, decidió repudiarla en secreto. Pero, apenas había tomado esta resolución, se le apareció en sueños un ángel del Señor que le dijo: “José, hijo de David, no tengas reparo en llevarte a María, tu mujer, porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de los pecados”. Cuando José se despertó, hizo lo que le había mandado el ángel del Señor”.

REFLEXIÓN

En medio del tiempo de Cuaresma se nos ofrece el testimonio ejemplar de un hombre sencillo y justo, san José. Una sencillez que lo engrandece humanamente y una justicia que es regalo del amor de Dios. Ante las iniciativas de Dios cuenta muy poco ser hombre o mujer. Dios llama y cada uno responde de una manera personal y única. Y la humildad transparente de José le lleva a convertirse en ayuda incondicional, en apoyo eficaz y silencioso de María, en un principio, y de María y de Jesús, después y hasta el final de su vida. Un hombre servicial, discreto y sensato. Pero también un hombre de fe sincera y de esperanza firme.

Ciertamente que el protagonista de las lecturas de hoy no es en realidad José, sino Jesús. Y tanto José como María adquieren relieve e importancia en relación a Jesús.  La vida de todo creyente corre el riesgo de empobrecerse e incluso secarse cuando se vanagloria de sus propias obras olvidando que Dios es la fuente y el origen de todo bien. Pero si se mantiene confiadamente en una postura de dependencia de Dios, aumenta su nobleza interior y su entrega a los demás. Éste es un criterio que orientó la vida de José para poner todas sus cualidades al servicio de Dios y no de una manera abstracta sino concreta, ofreciendo compañía, protección y amor a María y a Jesús. Es entonces cuando la persona, habiendo roto el círculo de su propio egoísmo, se abre a la vida con una actitud cercana y generosa.

José se consagró a María y a Jesús pasando por encima de su perplejidad, de sus vacilaciones y de sus dudas. Todo esto se desvanece cuando capta que Dios está interviniendo de una manera asombrosa en esa mujer a quien él ama. Y se entrega sin más explicaciones a su nueva tarea de ser padre y esposo. También nosotros necesitamos una mirada limpia de sospecha y de malicia para descubrir la huella de Dios en las circunstancias más ordinarias de nuestra vida. Necesitamos desprendernos de muchos prejuicios para acercarnos a las personas con más cariño y naturalidad. Necesitamos fiarnos más del evangelio para convertirnos en buenos instrumentos de los planes de Dios. Como Jesús, debemos ejercitarnos en saber escuchar la voz de Dios en el evangelio y en la vida y ponernos, de inmediato y sin reservas, a secundar su voluntad.

José, hombre justo y bueno, es un inmejorable compañero para seguir nuestro camino cuaresmal hacia la Pascua. Movido por la fe y la esperanza en la Palabra de Dios, José emprende un camino que estará jalonado de contratiempos. En ese camino perseverará siempre cercano a María y a Jesús. Para nosotros es, pues, un ejemplo para no decaer en nuestro trato de amistad con Dios, en nuestra atención solícita a cuantos se cruzan en nuestra vida y en nuestra libertad interior para no dejarnos encadenar por nuestro egoísmo y permanecer así disponibles a secundar lo que Dios nos pide en las situaciones comunes de la vida.

ORACIÓN

Señor, protege siempre a esta familia tuya que alimentada con el sacramento del altar, se alegra hoy al celebrar la solemnidad de san José, y conserva en ella los dones que con tanta bondad le concedes.


domingo, 5 de marzo de 2023

12 DE MARZO: TERCER DOMINGO DE CUARESMA.

 


“Si conocieras el don de Dios, y quién es el que te pide de beber, le pedirías tú,

y él te daría agua viva”.

12 DE MARZO

TERCER DOMINGO DE CUARESMA

1ª Lectura: Éxodo 17,3-7

Salmo 94

Ojalá escuchéis hoy la voz del Señor.

2ª Lectura: Romanos 5,1-2.5-8

PALABRA DEL DÍA

Juan 4,5-42

“Llegó Jesús a un pueblo de Samaría llamado Sicar, cerca del campo que dio Jacob a su hijo José: allí estaba el manantial de Jacob. Jesús, cansado del camino, estaba allí sentado junto al manantial. Era alrededor del mediodía. Llega una mujer de Samaría a sacar agua, y Jesús le dice: “Dame de beber”. (Sus discípulos se habían ido al pueblo a comprar comida). La samaritana le dice: “¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana?” (Porque los judíos no se tratan con los samaritanos). Jesús le contestó: “Si conocieras el don de Dios, y quién es el que te pide de beber, le pedirías tú, y él te daría agua viva”. La mujer le dice: “Señor, si no tienes cubo y el pozo es hondo, ¿de dónde sacas el agua viva?, ¿Eres tú más que nuestro padre Jacob, que nos dio este pozo y de él bebieron él y sus hijos y sus ganados?”. Jesús le contestó: “El que bebe de esta agua vuelve a tener sed: el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna”. La mujer le dice: “Señor, dame esa agua: así no tendré más sed, ni tendré que venir aquí a sacarla”. Él le dice: “Anda, llama a tu marido y vuelve”. La mujer le contesta: “No tengo marido”. Jesús le dice: “Tienes razón, que no tienes marido: has tenido ya cinco y el de ahora no es tu marido. En eso has dicho la verdad”. La mujer le dice: “Señor, veo que tú eres un profeta. Nuestros padres dieron culto en este monte, y vosotros decís que el sitio donde se debe dar culto está en Jerusalén”. Jesús le dice: “Créeme, mujer: se acerca la hora en que ni en este monte, ni en Jerusalén  daréis culto al Padre. Vosotros dais culto a uno que no conocéis, nosotros adoramos a uno que conocemos, porque la salvación viene de los judíos. Pero se acerca la hora, ya está aquí, en que los que quieran dar culto verdadero adorarán al Padre en espíritu y verdad, porque el Padre desea que le den culto así. Dios es espíritu, y los que le dan culto deben hacerlo en espíritu y verdad”. La mujer le dice: “Sé que va a venir el Mesías, el Cristo; cuando venga él nos lo dirá todo”. Jesús le dice: “Yo soy, el que habla contigo”. En esto llegaron sus discípulos y se extrañaban de que estuviera hablando con una mujer, aunque ninguno le dijo: “¿Qué le preguntas o de qué le hablas?”. La mujer entonces dejó el cántaro, se fue al pueblo y dijo a la gente: “Venid a ver un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho: ¿será este el Mesías?”. Salieron del pueblo y se pusieron en camino a donde estaba él. Mientras tanto sus discípulos le insistían: “Maestro, come” Él les dijo: “Yo tengo por comida un alimento que vosotros no conocéis”. Los discípulos comentaban entre ellos: “¿Le habrá traído alguien de comer?”. Jesús les dijo: “Mi alimento es hacer la voluntad del que me envió y llevar a término su obra. ¿No decís vosotros que faltan todavía cuatro meses para la cosecha? Yo os digo esto: Levantad los ojos y contemplad los campos, que están ya dorados para la siega; el segador ya está recibiendo salario y almacenando fruto para la vida eterna: y así se alegran lo mismo sembrador y segador. Con todo, tiene razón el proverbio: Uno siembra y otro siega. Yo os envié a segar lo que no habéis sudado. Otros sudaron, y vosotros recogisteis el fruto de sus sudores. En aquel pueblo muchos samaritanos creyeron en él por el testimonio que había dado la mujer: “Me ha dicho todo lo que he hecho”. Así, cuando llegaron a verlo los samaritanos, le rogaban que se quedara con ellos. Y se quedó allí dos días. Todavía creyeron muchos más por su predicación, y decían a la mujer: “Ya no creemos por lo que tú dices, nosotros mismos lo hemos oído y sabemos que él es de verdad el Salvador del mundo”.

Versión para América Latina, extraída de la Biblia del Pueblo de Dios

“Llegó a una ciudad de samaria llamada Sicar, cerca de las tierras que Jacob había dado a su hijo José.

Allí se encuentra el pozo de Jacob. Jesús, fatigado del camino, se había sentado junto al pozo. Era la hora del mediodía.

Una mujer de samaria fue a sacar agua, y Jesús le dijo: "Dame de beber".

Sus discípulos habían ido a la ciudad a comprar alimentos.

La samaritana le respondió: "¡Cómo! ¿Tú, que eres judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana?". Los judíos, en efecto, no se trataban con los samaritanos.

Jesús le respondió: "Si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice: 'Dame de beber', tú misma se lo hubieras pedido, y él te habría dado agua viva".

"Señor, le dijo ella, no tienes nada para sacar el agua y el pozo es profundo. ¿De dónde sacas esa agua viva?

¿Eres acaso más grande que nuestro padre Jacob, que nos ha dado este pozo, donde él bebió, lo mismo que sus hijos y sus animales?".

Jesús le respondió: "El que beba de esta agua tendrá nuevamente sed,

pero el que beba del agua que yo le daré, nunca más volverá a tener sed. El agua que yo le daré se convertirá en él en manantial que brotará hasta la Vida eterna".

"Señor, le dijo la mujer, dame de esa agua para que no tenga más sed y no necesite venir hasta aquí a sacarla".

Jesús le respondió: "Ve, llama a tu marido y vuelve aquí".

La mujer respondió: "No tengo marido". Jesús continuó: "Tienes razón al decir que no tienes marido,

porque has tenido cinco y el que ahora tienes no es tu marido; en eso has dicho la verdad".

La mujer le dijo: "Señor, veo que eres un profeta.

Nuestros padres adoraron en esta montaña, y ustedes dicen que es en Jerusalén donde se debe adorar".

Jesús le respondió: "Créeme, mujer, llega la hora en que ni en esta montaña ni en Jerusalén se adorará al Padre.

Ustedes adoran lo que no conocen; nosotros adoramos lo que conocemos, porque la salvación viene de los judíos.

Pero la hora se acerca, y ya ha llegado, en que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad, porque esos son los adoradores que quiere el Padre.

Dios es espíritu, y los que lo adoran deben hacerlo en espíritu y en verdad".

La mujer le dijo: "Yo sé que el Mesías, llamado Cristo, debe venir. Cuando él venga, nos anunciará todo".

Jesús le respondió: "Soy yo, el que habla contigo".

En ese momento llegaron sus discípulos y quedaron sorprendidos al verlo hablar con una mujer. Sin embargo, ninguno le preguntó: "¿Qué quieres de ella?" o "¿Por qué hablas con ella?".

La mujer, dejando allí su cántaro, corrió a la ciudad y dijo a la gente:

"Vengan a ver a un hombre que me ha dicho todo lo que hice. ¿No será el Mesías?".

Salieron entonces de la ciudad y fueron a su encuentro.

Mientras tanto, los discípulos le insistían a Jesús, diciendo: "Come, Maestro".

Pero él les dijo: "Yo tengo para comer un alimento que ustedes no conocen".

Los discípulos se preguntaban entre sí: "¿Alguien le habrá traído de comer?".

Jesús les respondió: "Mi comida es hacer la voluntad de aquel que me envió y llevar a cabo su obra.

Ustedes dicen que aún faltan cuatro meses para la cosecha. Pero yo les digo: Levanten los ojos y miren los campos: ya están madurando para la siega.

Ya el segador recibe su salario y recoge el grano para la Vida eterna; así el que siembra y el que cosecha comparten una misma alegría.

Porque en esto se cumple el proverbio: 'no siembra y otro cosecha'

Yo los envié a cosechar adonde ustedes no han trabajado; otros han trabajado, y ustedes recogen el fruto de sus esfuerzos".

Muchos samaritanos de esta ciudad habían creído en él por la palabra de la mujer, que atestiguaba: "Me ha dicho todo lo que hice".

Por eso, cuando los samaritanos se acercaron a Jesús, le rogaban que se quedara con ellos, y él permaneció allí dos días.

Muchos más creyeron en él, a causa de su palabra.

Y decían a la mujer: "Ya no creemos por lo que tú has dicho; nosotros mismos lo hemos oído y sabemos que él es verdaderamente el Salvador del mundo".

REFLEXIÓN

La imagen de Jesús cansado, sediento a la hora más calurosa del día es conmovedora y sugestiva. Lleva mucho tiempo caminando, hablando, sanando, salvando, y se fatiga. Por eso se sienta esperando algún alivio. En los países donde el agua es escasa, el pozo es un lugar de encuentro.

Jesús no se limita a sentir la fatiga humana, sino que quiso asumirla toda. Quiso aliviar con la suya la fatiga de todos los hombres. Por eso invita: “Venid a mí y descargad sobre mis hombros y mis espaldas vuestro peso, vuestro agobio, vuestra debilidad, vuestra preocupación. Descargad sobre mí todo lo que os cansa y os deprime. Yo, seré vuestra fuerza y consuelo, vuestra esperanza y alegría”.

El tema de la sed y del agua es central en este domingo.

Aparece, en primer lugar, un pueblo torturado por la sed en el desierto. Es un problema material pero es fundamentalmente un problema de fe. El Dios de Israel que se reveló a Moisés como el Dios que ve, que oye y que actúa, como el Dios que no se desentiende de la vida de los hombres, los ha abandonado: ¿Está el Señor con nosotros?.

Han experimentado a un Dios que ha pasado por ellos liberándolos: Y TIENEN SED.

Han experimentado a un Dios que les ha dado continuas pruebas de su poder: Y TIENEN SED.

 

Han experimentado al Dios de la promesa: Y TIENEN SED.

La sed del hombre es inagotable. Nunca está saciado, nunca está conforme, siempre quiere más.

Esta tentación se repite también hoy, nosotros somos como ese pueblo que a pesar de haber experimentado lo que Dios ha hecho y hace con nosotros, seguimos teniendo sed y nos revelamos. Y ante un sufrimiento grande, ante una muerte inesperada, ante una crisis fuerte, miramos en seguida al cielo: ¿Está o no está Dios con nosotros? Y la respuesta la encontramos en Jesús, el Hijo de Dios.

El evangelio nos presenta a una mujer de Samaria que acude al pozo a por agua para calmar su sed. Pero el problema va a derivar en otras dimensiones más profundas. La samaritana será un símbolo del hombre que no consigue apagar su sed. Todo hombre está herido de insatisfacción. Vamos de un pozo a otro, de un bar a otro, de un mercado a otro, buscando nuevos productos para calmar la sed que nos tortura, pero al final seguimos con más sed.

La sed son nuestros deseos, nuestras pasiones, nuestras ansias, nuestras necesidades.

Y en la samaritana descubrimos sed de felicidad, sed de amor, sed religiosa, sed del Mesías, sed de Dios.

Jesús le ofrece el agua viva, le ofrece un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna, de forma que ya no volverá a tener sed y no tendrá que volver al pozo a sacarla. Jesús, el sediento, le ofrece meter un manantial en sus entrañas. Nos ofrece a todos, meter un manantial en nuestras entrañas.



ENTRA EN TU INTERIOR

LA RELIGIÓN DE JESÚS

Cansado del camino, Jesús se sienta junto al manantial de Jacob, en las cercanías de la aldea de Sicar. Pronto llega una mujer samaritana a apagar su sed. Espontáneamente, Jesús comienza a hablar con ella de lo que lleva en su corazón.

 En un momento de la conversación, la mujer le plantea los conflictos que enfrentan a judíos y samaritanos. Los judíos peregrinan a Jerusalén para adorar a Dios. Los samaritanos suben al monte Garizim cuya cumbre se divisa desde el pozo de Jacob. ¿Dónde hay que adorar a Dios? ¿Cuál es la verdadera religión? ¿Qué piensa el profeta de Galilea?

Jesús comienza por aclarar que el verdadero culto no depende de un lugar determinado, por muy venerable que pueda ser. El Padre del cielo no está atado a ningún lugar, no es propiedad de ninguna religión. No pertenece a ningún pueblo concreto.

No lo hemos de olvidar. Para encontrarnos con Dios, no es necesario ir a Roma o peregrinar a Jerusalén. No hace falta entrar en una capilla o visitar una catedral. Desde la cárcel más secreta, desde la sala de cuidados intensivos de un hospital, desde cualquier cocina o lugar de trabajo podemos elevar nuestro corazón hacia Dios.

Jesús no habla a la samaritana de «adorar a Dios». Su lenguaje es nuevo. Hasta por tres veces le habla de «adorar al Padre». Por eso, no es necesario subir a una montaña para acercarnos un poco a un Dios lejano, desentendido de nuestros problemas, indiferente a nuestros sufrimientos. El verdadero culto empieza por reconocer a Dios como Padre querido que nos acompaña de cerca a lo largo de nuestra vida.

Jesús le dice algo más. El Padre está buscando «verdaderos adoradores». No está esperando de sus hijos grandes ceremonias, celebraciones solemnes, inciensos y procesiones. Lo que desea es corazones sencillos que le adoren «en espíritu y en verdad».

«Adorar al Padre en espíritu» es seguir los pasos de Jesús y dejarnos conducir como él por el Espíritu del Padre que lo envía siempre hacia los últimos. Aprender a ser compasivos como es el Padre. Lo dice Jesús de manera clara: «Dios es espíritu, y quienes le adoran deben hacerlo en espíritu». Dios es amor, perdón, ternura, aliento vivificador..., y quienes lo adoran deben parecerse a él.

«Adorar al Padre en verdad» es vivir en la verdad. Volver una y otra vez a la verdad del Evangelio. Ser fieles a la verdad de Jesús sin encerrarnos en nuestras propias mentiras. Después de veinte siglos de cristianismo, ¿hemos aprendido a dar culto verdadero a Dios? ¿Somos los verdaderos adoradores que busca el Padre?

 José Antonio Pagola

ORA EN TU INTERIOR

Jesús le dijo a la samaritana: “Si conocieras el don de Dios y quién es el que te pide de beber le pedirías tú, y él te daría agua viva… el que bebe de esta agua (del pozo de Jacob) vuele a tener sed; pero el que beba del agua que yo le daré, nunca más tendrá sed. El agua que yo le daré se le convertirá dentro de él en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna”. El pozo de Jacob es aquí símbolo del Antiguo Testamento; pero Cristo es superior porque su agua calma la sed para siempre. Condición: conocer el don de Dios, avivar la fe, proceder con sinceridad y reconocernos pecadores y necesitados ante Dios.

El encuentro de la samaritana con Jesús fue pasando de ser casual a un nivel personal y profundo; tanto, que la mujer se olvida de sí misma y de su cántaro y va a anunciar a sus paisanos, los habitantes de Sicar, lo que ha visto y oído. La dinámica de un encuentro de fe con Dios, por medio de Jesús en quien cree, la ha convertido en apóstol. Una lección se desprende: Nosotros debemos ser para nuestros hermanos y para el mundo la voz de Cristo, es decir, signo y sacramento del encuentro del hombre sediento con Dios y con su don del Agua viva que es Jesús.

ORACIÓN FINAL

Señor, quiero que quede siempre flotando en nuestro aire existencial la intuición genial y definitiva de aquel gran sediento de lo infinito que fue Agustín de Hipona, y hacer mía su sed: “Inquieto estará mi corazón mientras no descanse en Ti, Señor”.

Expliquemos el Evangelio a los niños

Imágenes de Patxi Velasco FANO


miércoles, 1 de marzo de 2023

5 DE MARZO: SEGUNDO DOMINGO DE CUARESMA.

 





“Este es mi Hijo, el amado, mi predilecto. Escuchadle”.

5 DE MARZO

SEGUNDO DOMINGO DE CUARESMA

COLOR LITÚRGICO: MORADO

1ª Lectura: Génesis 12,1-4

Salmo 32

Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros como lo esperamos de ti.

2ª Lectura: 2 Timoteo 1,8-10

PALABRA DEL DÍA

Mateo 17,1-9

“Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan y se los llevó aparte a una montaña alta. Se transfiguró delante de ellos y su rostro resplandecía como el sol y sus vestidos se volvieron blancos como la luz. Y se les aparecieron Moisés y Elías conversando con él. Pedro, entonces, tomó la palabra y dijo a Jesús: “Señor, ¡qué hermoso es estar aquí! Si quieres, haré tres chozas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías”. Todavía estaba hablando cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra, y una voz desde la nube decía: “Este es mi Hijo, el amado, mi predilecto. Escuchadle”. Al oírlo, los discípulos cayeron de bruces, llenos de espanto. Jesús se acercó y tocándoles les dijo: “Levantaos, no temáis”. Al alzar los ojos no vieron a nadie más que a Jesús, solo. Cuando bajaban de la montaña, Jesús les mandó: “No contéis a nadie la visión hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos”.

Versión para América Latina, extraída de la Biblia del Pueblo de Dios

“Seis días después, Jesús tomó a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y los llevó aparte a un monte elevado.

Allí se transfiguró en presencia de ellos: su rostro resplandecía como el sol y sus vestiduras se volvieron blancas como la luz.

De pronto se les aparecieron Moisés y Elías, hablando con Jesús.

Pedro dijo a Jesús: "Señor, ¡qué bien estamos aquí! Si quieres, levantaré aquí mismo tres carpas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías".

Todavía estaba hablando, cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra y se oyó una voz que decía desde la nube: "Este es mi Hijo muy querido, en quien tengo puesta mi predilección: escúchenlo".

Al oír esto, los discípulos cayeron con el rostro en tierra, llenos de temor.

Jesús se acercó a ellos y, tocándolos, les dijo: "Levántense, no tengan miedo".

Cuando alzaron los ojos, no vieron a nadie más que a Jesús solo.

Mientras bajaban del monte, Jesús les ordenó: "No hablen a nadie de esta visión, hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos".

REFLEXIÓN

La Cuaresma es el camino hacia la Pascua, y en este segundo domingo, contemplamos a Jesús Transfigurado. Como cristianos, como bautizados, hemos sido, también nosotros, transfigurados con Cristo. Por esto nos ponemos en actitud de escucha, en actitud de contemplar la Palabra de Dios y rezarla para que nos conforte y nos estimule en este camino cuaresmal. La fe de Abrahán, como la de los primeros cristianos, nos es modelo y garantía de que el seguimiento de Cristo nos llevará también a nuestra transfiguración. Aunque también pasaremos, como identificados con Cristo, por nuestro calvario. Pero la escucha de la voz del Padre que ratifica la filiación de Jesús nos abre un camino de confianza.

La primera lectura nos ha presentado la vocación de Abrahán. Culmina con la sencilla frase: “Abrán marchó, como le había dicho el Señor”. Estas palabras sencillas definen la fe de Abrahán. Dios le promete bendición, pero también le exige abandonar cualquier seguridad. Le promete una tierra, aunque le hace abandonar la seguridad de la tierra de sus padres. Abrahán confía. Es el padre de nuestra fe. Su confianza le convierte en modelo y padre de los creyentes porque Abrahán escucha, está dispuesto a escuchar y obedecer la voz del Señor.

El Salmo 32 que hemos proclamado es una alabanza poética de la Palabra del Señor. La define como palabra sincera, fiel, actuante. El salmista nos ayuda a cantar el amor de este Dios que vela por sus fieles, que les libra de la muerte. La actitud del salmista es la de escuchar, actitud de profundo júbilo al contemplar la Palabra del Señor que lleva a cabo y realiza el amor de Dios hacia los que lo esperan todo en él.

La segunda lectura nos ha presentado los consejos de Pablo a timoneo, responsable de una de las primeras comunidades cristianas. Pablo no le esconde las dificultades del seguimiento de Cristo y del Evangelio. Pero Cristo ha desposeído a la muerte y, con su Buena Nueva, con su palabra de Evangelio, ha hecho resplandecer la luz de la vida para todos los que lo quieren escuchar y seguir.

El evangelio de Mateo nos sitúa hoy en una montaña alta. Jesús la sube con sus discípulos. Ante ellos se transfigura: se manifiesta resplandeciente como el sol y vestido como de luz. Moisés y Elías conversan con él. Pedro manifiesta una alegría irresistible y quiere fijar este momento. La Palabra culminará esta manifestación. Al igual que en el bautismo de Jesús en el Jordán, la voz ratifica la filiación divina de Jesús. Ante esto sólo se puede adorar. Jesús retorna a los discípulos a la realidad con su característico “no temáis” y con el mandato del silencio hasta que la resurrección no aclare el sentido de esta manifestación.

Nosotros, en esta Cuaresma, con la Iglesia, queremos poner de nuevo en el centro de nuestra vida la voluntad de Dios. Por el bautismo hemos sido identificados con Cristo. Con él penetrábamos en el desierto y con él afrontamos las muchas maneras con que el tentador intenta dividir nuestro corazón; afanes, ansias, envidias.

En esta Cuaresma, mediante la escucha de la Palabra, queremos aprender a contemplar las cosas, el mundo, nuestra realidad, como realidad ya transformada, profecía de la Pascua de Cristo que salva y trasforma lo más profundo de cada ser humano y de la historia.



ENTRA EN TU INTERIOR

MIEDO A JESÚS

La escena conocida como "la transfiguración de Jesús" concluye de una manera inesperada. Una voz venida de lo alto sobrecoge a los discípulos: «Este es mi Hijo amado»: el que tiene el rostro transfigurado. «Escuchadle a él». No a Moisés, el legislador. No a Elías, el profeta. Escuchad a Jesús. Sólo a él.

«Al oír esto, los discípulos caen de bruces, llenos de espanto». Les aterra la presencia cercana del misterio de Dios, pero también el miedo a vivir en adelante escuchando sólo a Jesús. La escena es insólita: los discípulos preferidos de Jesús caídos por tierra, llenos de miedo, sin atreverse a reaccionar ante la voz de Dios.

La actuación de Jesús es conmovedora: «Se acerca» para que sientan su presencia amistosa. «Los toca» para infundirles fuerza y confianza. Y les dice unas palabras inolvidables: «Levantaos. No temáis». Poneos de pie y seguidme. No tengáis miedo a vivir escuchándome a mí.

Es difícil ya ocultarlo. En la Iglesia tenemos miedo a escuchar a Jesús. Un miedo soterrado que nos está paralizando hasta impedirnos vivir hoy con paz, confianza y audacia tras los pasos de Jesús, nuestro único Señor.

Tenemos miedo a la innovación, pero no al inmovilismo que nos está alejando cada vez más de los hombres y mujeres de hoy. Se diría que lo único que hemos de hacer en estos tiempos de profundos cambios es conservar y repetir el pasado. ¿Qué hay detrás de este miedo? ¿Fidelidad a Jesús o miedo a poner en "odres nuevos" el "vino nuevo" del Evangelio?

Tenemos miedo a unas celebraciones más vivas, creativas y expresivas de la fe de los creyentes de hoy, pero nos preocupa menos el aburrimiento generalizado de tantos cristianos buenos que no pueden sintonizar ni vibrar con lo que allí se está celebrando. ¿Somos más fieles a Jesús urgiendo minuciosamente las normas litúrgicas, o nos da miedo "hacer memoria" de él celebrando nuestra fe con más verdad y creatividad?

Tenemos miedo a la libertad de los creyentes. Nos inquieta que el pueblo de Dios recupere la palabra y diga en voz alta sus aspiraciones, o que los laicos asuman su responsabilidad escuchando la voz de su conciencia. En algunos crece el recelo ante religiosos y religiosas que buscan ser fieles al carisma profético que han recibido de Dios. ¿Tenemos miedo a escuchar lo que el Espíritu puede estar diciendo a nuestras iglesias? ¿No tememos apagar el Espíritu en el pueblo de Dios?

En medio de su Iglesia Jesús sigue vivo, pero necesitamos sentir con más fe su presencia y escuchar con menos miedo sus palabras: «Levantaos. No tengáis miedo».

José Antonio Pagola

ORA EN TU INTERIOR

Después de que Jesús ha predicho su pasión toma consigo a Pedro, Santiago y Juan y se transfigura ante ellos en la cumbre de una alta montaña; de esta manera, los discípulos más cercanos a Jesús experimentan algo de la gloria de su resurrección. Sólo desde la vida de Dios, que supera toda muerte, se puede entender el gesto de Jesús de dar su vida, y su invitación a todo discípulo, de “perderla para recuperarla”.

La versión de la Transfiguración del evangelio de Mateo se caracteriza por sus pinceladas apocalípticas (la cara resplandeciente como el sol, y los vestidos blancos como la luz) y por las evocaciones de la teofanía del monte Sinaí (una montaña alta, la nube luminosa).

Con la aparición de Moisés y Elías conversando con Jesús el texto nos quiere decir que es a partir de la Ley y los profetas que se puede comprender la voluntad de Dios sobre Jesús y sus discípulos; la voz del cielo pone el acento en que es en Jesús (el amado, el Hijo, el que tiene la predilección de Dios) donde está la plenitud de la revelación y que es a él a quien todo ser humano tiene que escuchar. Ésta fue, precisamente, la experiencia que tuvieron los discípulos después de la muerte de Jesús, a partir de la conciencia de su Resurrección. De hecho, Jesús les dice a sus discípulos, asustados por la visión, lo que dirá después a los primeros testigos de la Resurrección: “No temáis”.

ORACIÓN

Jesús, lo que contemplo en el cuarto misterio luminoso del rosario de los jueves, me lo ofreces hoy para darme ánimos en esta Cuaresma, camino de la Pascua. Tu Transfiguración es un anticipo de tu Resurrección y un anuncio del proyecto que tienes para mí, avalado por el Padre: transfigurarme en otro Cristo, dando muerte a mi hombre viejo contrario a la Ley, a los Profetas y al Evangelio.

 

Expliquemos el Evangelio a los niños

Imágenes de Patxi Velasco FANO



Imagen para colorear.