viernes, 4 de mayo de 2018

13 DE MAYO: VII DOMINGO DE PASCUA. LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR.



“Id al mundo entero y proclamad el evangelio a toda la creación.”

13 DE MAYO

VII DOMINGO DE PASCUA

LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR

Primera Lectura: Hechos 1,1-11

Se fue elevando a la vista de sus apóstoles.

Salmo 46

Entre voces de júbilo, Dios asciende a su trono. Aleluya

Segunda Lectura: Efesios 4,1-13

Hasta que alcancemos en todas sus dimensiones la plenitud de Cristo.

EVANGELIO DEL DÍA

Marcos 16,15-20

“En aquel tiempo, se apareció Jesús a los Once y les dijo: “Id al mundo entero y proclamad el evangelio a toda la creación. El que crea y se bautice se salvará; el que se resista a creer será condenado. A los que crean, les acompañarán estos signos: echarán demonios en mi nombre, hablarán lenguas nuevas, cogerán serpientes en sus manos y, si beben un veneno mortal, no les hará daño. Impondrán las manos a los enfermos, y quedarán sanos”. Después de hablarles, el Señor Jesús subió al cielo y se sentó a la derecha de Dios. Ellos se fueron a pregonar el Evangelio por todas partes, y el Señor cooperaba confirmando la palabra con las señales que los acompañaban.”

Versión para América Latina, extraída de la Biblia del Pueblo de Dios.

“Entonces les dijo: "Vayan por todo el mundo, anuncien la Buena Noticia a toda la creación."
El que crea y se bautice, se salvará. El que no crea, se condenará.
Y estos prodigios acompañarán a los que crean: arrojarán a los demonios en mi Nombre y hablarán nuevas lenguas;
podrán tomar a las serpientes con sus manos, y si beben un veneno mortal no les hará ningún daño; impondrán las manos sobre los enfermos y los curarán".
Después de decirles esto, el Señor Jesús fue llevado al cielo y está sentado a la derecha de Dios.
Ellos fueron a predicar por todas partes, y el Señor los asistía y confirmaba su palabra con los milagros que la acompañaban.”

REFLEXIÓN

La Ascensión del Señor, quiere significar: cercanía al Padre, igualdad de poder y de gloria.

          Pero en vez de Ascensión podríamos hablar de comunión. Que Jesucristo suba al Padre quiere decir que se abraza en comunión perfecta con el Padre. El Padre y yo somos uno, decía Jesús. Pero aquí se añade la dimensión humana del Hijo, que vive también en comunión trinitaria.

         En la Encarnación se destaca la glorificación de la naturaleza humana, divinizada de Jesucristo. El Hijo de Dios se despojó del manto divino para asumir la humanidad y vivir entre los hombres.

             Y ahora, en la Ascensión, el Hijo del Hombre se adorna con el manto de Dios para vivir eternamente en Él. Lo humano y lo divino se suman, no se contrarrestan. Dios se ha hecho hombre, el hombre se ha hecho Dios.

             La realización plena de este dinamismo se encuentra en Jesucristo. Pero alcanza de una manera u otra a todos los hombres. Dios se hizo hombre. Pero el misterio de la encarnación se prolonga indefinidamente.

            Dios se hizo hombre en el hijo de María, pero se sigue haciendo hombre en los pobres, en los enfermos, en todos los que sufren. Se hace hombre en los hermanos, en todos los que están llamados a ser hermanos.

           Dios se humaniza en el amor humano. En los que se quieren, en los que viven en común, en los que rezan en común, en los que tienen entrañas de misericordia.

         Dios se humaniza en los que creen en Jesús y guardan su palabra, en los que se dejan guiar por el Espíritu, en los que transforman sus vidas viviendo en Jesucristo.

           Y el hombre se hace Dios. Hay una semilla divina en todo ser humano, porque estamos hechos a imagen y semejanza de Dios. Esta semilla debe desarrollarse en plenitud.

              Es camino de salir de sí, de no vivir para sí, sino en relación solidaria, en comunión.

              Jesús sube al cielo.

             El cielo no es un lugar, sino una manera de estar, otra manera de ser. El cielo está donde se vive y cuando se vive en amor. El cielo es experimentar la presencia de Dios.

              Hay fuerzas que nos ayudan a llegar al cielo:

             El deseo, hijo del amor y de la esperanza.

             La oración, que es diálogo y encuentro, que es apertura a Dios.

             El servicio desinteresado y alegre, que es un camino directo hacia Dios.

             La pobreza, para aligerar el equipaje.

             El esfuerzo, para poder llegar a la cima.

             La fortaleza, para superar los caminos y los momentos oscuros.

             La misericordia, para aprender a sentir como Dios.

Todo se resume en el amor como nos recuerda la oración litúrgica: “Tú que por el camino del amor descendiste hasta nosotros, haz que nosotros por el mismo camino ascendamos hasta ti”.

Alguien dijo que uno no está donde está sino donde ama, donde tiene su corazón. Así de sencillo, pero así de verdad y así de gratificante.

Uno está más donde anhela, donde piensa, donde sufre, donde suspira, donde quiere, donde ama.

Y esto que es verdad ahora, es más verdad cuando se vive más en el Espíritu. Porque el Espíritu, que es amor, está donde ama y donde le aman.

Salimos ganando con la Ascensión del Señor:

           Porque nos garantiza su presencia: “ánimo, no temáis…”

           Porque está más dentro de nosotros, en mayor intimidad.

           Porque puede estar con todos nosotros, sin limitación de espacio.

           Porque puede estar siempre con nosotros, sin limitación de tiempo.

       Porque está con nosotros en su Espíritu, la presencia más lograda y más rica. Es una presencia divina que acompaña y transforma. Es como si el mismo Cristo viviera en nosotros, hasta convertirnos en otros Cristos. Presencia dinámica y transformadora.

          Porque está con nosotros en su Palabra, presencia que se convierte en luz para el camino.

      Porque está con nosotros en el pan partido y en los sacramentos, presencia real, que acompaña, consuela, fortalece y alimenta.

         Porque está con nosotros en los hermanos, en los que le recuerdan y le aman, en los que comulgan, en los que se unen, en los que se comprometen.

        Porque está con nosotros en los enfermos, en los pobres y en los que sufren, presencia ardiente, llagas dolorosas del cuerpo del Señor Jesús.

Jesús está presente en el hombre. ¿Qué tú no lo ves? Es porque te falta fe y te falta amor. Grita como el ciego de nacimiento: “Señor, que pueda ver, Señor, que pueda verte”.

ENTRA EN TU INTERIOR

      Jesús encontró el modo de mitigar el dolor de la separación. Cierto que la ausencia de amor solo se cura con la presencia, pero es que Jesús, nuestro gran amigo, no es un ausente, él se hace presente de muchas y variadas formas.

    Los que se aman nunca se separan, porque uno está donde ama. Es una presencia, no corporal, sino espiritual, pero real. El amor devora los espacios y los tiempos.

      Cuando Salimos de nosotros mismos y nos ponemos en camino solidario, ahí encontramos a Jesús. Él ha Sacramentalizado a los pobres, y a los pequeños y débiles, a todos los que sufren.

      Donde hay comunidad, donde hay familia, donde hay amistad, allí está Cristo, que convierte los encuentros en sacramento. Cuando nos reunimos en su nombre, cuando nos querremos, cuando nos perdonamos, ahí se hace presente al Señor.

     Cuando oramos, cuando nos abrimos a la presencia de Dios, cuando escuchamos su palabra. Entonces el nos habla al corazón. Su palabra es también como un sacramento, y nos enciende el corazón.

ORA EN TU INTERIOR

               A ti, Cristo, que estás con el Padre y que eres nuestro hermano, te pedimos: Señor Jesús, intercede por nosotros.

            Mira a tu Iglesia, que sea sacramento de tu presencia. Suscita en ella testigos de tu amor.

              Mira al mundo, que se abra a los valores del Reino. Suscita trabajadores de la paz, la justicia y la solidaridad.

               Mira a los más pequeños y a los que más sufren, que sean respetados y ayudados.

              Mira a los niños y jóvenes que reciben los sacramentos de iniciación. Que sean siempre tus amigos y tus testigos.

             Míranos, Jesús, que vivamos cada vez más unidos a ti. Suscita en todos anhelos de tu presencia.

ORACIÓN FINAL
                Te pedimos, Señor, que los dones que hemos recibido de tu altar enciendan en nuestros corazones el deseo de la patria celestial, para que, siguiendo las huellas de nuestro Salvador, ten damos siempre a la meta a donde nos ha precedido.

Expliquemos el Evangelio a los niños.

Imágenes de Patxi Velasco FANO


Imagen para colorear.




lunes, 30 de abril de 2018

6 DE MAYO: VI DOMINGO DE PASCUA.



 “Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor.”

6 DE MAYO

VI DOMINGO DE PASCUA

Primera lectura: Hechos de los apóstoles 10,25-26.34-35.44-48

El don del Espíritu Santo se ha derramado también sobre los paganos.

Salmo 97

El Señor nos ha mostrado su amor y su lealtad. Aleluya.

Segunda Lectura: 1 Juan 4,7-10

Dios es amor.

EVANGELIO DEL DÍA

Juan 15,9-17

“En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: “Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor. Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor; lo mismo que yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor. Os he hablado de esto para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría llegue a plenitud. Este es mi mandamiento: que os améis unos a otros como yo os he amado. Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos. Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando. Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor: a vosotros os llamo amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os, lo he dado a conocer. No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quinen os he elegido y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto dure. De modo que lo que pidáis al Padre en mi nombre os lo dé. Esto os mando: que os améis unos a otros.”

Versión para América Latina, extraída de la Biblia del Pueblo de Dios.

“Jesús dijo a sus discípulos:
«Como el Padre me amó, también yo los he amado a ustedes. Permanezcan en mi amor.
Si cumplen mis mandamientos, permanecerán en mi amor, como yo cumplí los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor.
Les he dicho esto para que mi gozo sea el de ustedes, y ese gozo sea perfecto.»
Este es mi mandamiento: Amense los unos a los otros, como yo los he amado.
No hay amor más grande que dar la vida por los amigos.
Ustedes son mis amigos si hacen lo que yo les mando.
Ya no los llamo servidores, porque el servidor ignora lo que hace su señor; yo los llamo amigos, porque les he dado a conocer todo lo que oí de mi Padre.
No son ustedes los que me eligieron a mí, sino yo el que los elegí a ustedes, y los destiné para que vayan y den fruto, y ese fruto sea duradero. Así todo lo que pidan al Padre en mi Nombre, él se lo concederá.
Lo que yo les mando es que se amen los unos a los otros.»”

REFLEXIÓN

Si Dios es amor, el hombre, hecho a su imagen y semejanza, tendrá que definirse también por su capacidad de amar. A más amor será más hombre y más parecido a Dios, más humano y más divino. El hombre mejor será el que ame más.

            Por eso el Señor nos manda: que nos amemos unos a otros como él nos ha amado. Nos lo manda para que nos realicemos y seamos felices, el que ama vive; a más amor, más vida; si nos amamos pasamos de la muerte a la vida, pero si no nos amamos, estamos muertos, “quién no ama permanece en la muerte” (1 Jn 3,14). Si nos amamos es que Cristo resucitó y nos hace resucitar. Si amamos como Cristo, seremos divinos: “Si nos amamos unos a otros, Dios permanece en nosotros”. (1 Jn 4,17).

            Como Jesús nos ha amado, así nos tenemos que amar. ¿Cómo responder a este misterio?

          Primero, agradecer y adorar.

          Segundo, dejarse amar; abrirse sin miedo a tanto amor.

          Tercero, vivir en y desde este amor.

Vivir en el amor hasta que “seamos amor”. Que vaya muriendo nuestro yo, que vaya tomando posesión de nuestros pensamientos y sentimientos la fuerza del amor; que miremos al otro como algo propio; que seamos capaces de comprender, de compartir, de perdonar y de comulgar con el otro, que no dudemos en servir, en dar la mano, en gastarnos por los demás; y que todo esto lo hagamos desde el amor de Cristo, desde el Espíritu de Cristo, y amando en todos y en todo al mismo Cristo, a Dios, fuente y meta de todo amor.


El amor de Dios es la realidad primera y fundante. Juan lo ha dejado bien claro en la segunda lectura: “En esto consiste el amor, no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó”. Descubrir esa realidad y vivirla, es la principal tarea del que sigue a Jesús.

Es ridículo seguir enseñando que Dios está condicionado por nuestras obras; es decir, nos ama si somos buenos y nos rechaza si somos malos.

Pero hay una diferencia que tenemos que aclarar. Dios no es un ser que ama, es el amor. En Él, el amor es su esencia, no una cualidad como en nosotros. Yo puedo amar o dejar de amar, y sigo siendo yo. Si Dios dejara de amar un solo instante, dejaría de existir.

Dios manifiesta su amor a Jesús, como se lo manifiesta a todas sus criaturas; como me lo manifiesta a mí. Pero no lo hace como nosotros. No podemos esperar de Dios “muestras puntuales de amor”, porque no puede dejar de demostrarlo un instante.

El amor que es Dios, tenemos que descubrirlo dentro de nosotros, como una realidad que está unida al ser. Jesús, que es hombre, sí puede manifestar el amor de Dios, amando como Él ama y obrando como Él obraría si fuera un ser humano.

Otra consecuencia decisiva de la idea de Dios, que Juan intenta trasmitirnos, es que, hablando con propiedad, Dios no puede ser amado. Él es el amor con el que yo amo, no el objeto de mi amor. Aquí está la razón por la que Jesús se olvida del primer mandamiento de la Ley: “amar a Dios sobre todas las cosas”.

Juan comprendió perfectamente el problema, y deja muy claro que sólo hay un mandamiento: amar a los demás, no de cualquier manera, sino como Jesús nos ha amado. Es decir, manifestar ese amor que es Dios, en nuestras relaciones con los demás.

Naturalmente, no se puede imponer el amor por decreto. Todos los esfuerzos que hagamos por cumplir un "mandamiento" de amor, están abocados al fracaso. El esfuerzo tiene que estar encaminado a descubrir a Dios que es amor dentro de nosotros. Todas las energías que empleamos en ajustarnos a una programación, tienen que estar dirigidas a tomar conciencia de nuestro verdadero ser.

En el fondo, se nos está diciendo que lo primero para un cristiano es la experiencia de Dios. Sólo después de un conocimiento intuitivo de lo que Dios es en mí, podré descubrir los motivos del verdadero amor.

El amor del que nos habla el evangelio es mucho más que instinto o sentimiento. A veces tiene que superar sentimientos e ir mucho más allá del instinto. Esto nos despista y nos lleva a sentirnos incapaces de amar. Los sentimientos de rechazo a un terrorista o a un violador, pueden hacernos creer que nunca llegaré a amarle.

El sentimiento es instintivo, involuntario y anterior a la intervención de nuestra voluntad. El amor va más allá del sentimiento. La verdadera prueba de fuego del amor es el amor al enemigo. Si no llego hasta ese nivel, todos los demás amores que pueda desplegar, son engañosos.


El amor no es sacrificio ni renuncia, sino elección gozosa. Esto que acaba de decirnos el evangelio, no es fácil de comprender. Tampoco esa alegría de la que nos habla Jesús es un simple sentimiento pasajero; se trata más bien, de un estado permanente de plenitud y bienestar, por haber encontrado tu verdadero ser y descubrir que ese ser es inmutable y eternamente estable.

ENTRA EN TU INTERIOR

NO DESVIARNOS DEL AMOR

El evangelista Juan pone en boca de Jesús un largo discurso de despedida en el que se recogen, con una intensidad especial, algunos rasgos fundamentales que han de recordar sus discípulos a lo largo de los tiempos para ser fieles a su persona y a su proyecto. También en nuestros días.

«Permaneced en mi amor». Es lo primero. No se trata solo de vivir en una religión, sino de vivir en el amor con que nos ama Jesús, el amor que recibe del Padre. Ser cristiano no es en primer lugar un asunto doctrinal, sino una cuestión de amor. A lo largo de los siglos, los discípulos conocerán incertidumbres, conflictos y dificultades de todo orden. Lo importante será siempre no desviarse del amor.

Permanecer en el amor de Jesús no es algo teórico ni vacío de contenido. Consiste en «guardar sus mandamientos», que él mismo resume enseguida en el mandato del amor fraterno: «Este es mi mandamiento; que os améis unos a otros como yo os he amado». El cristiano encuentra en su religión muchos mandamientos. Su origen, su naturaleza y su importancia son diversos y desiguales. Con el paso del tiempo, las normas se multiplican. Solo del mandato del amor dice Jesús: «Este mandato es el mío». En cualquier época y situación, lo decisivo para el cristianismo es no salirse del amor fraterno.

Jesús no presenta este mandato del amor como una ley que ha de regir nuestra vida haciéndola más dura y pesada, sino como una fuente de alegría: «Os hablo de esto para que mi alegría esté en vosotros y vuestra alegría llegue a plenitud». Cuando entre nosotros falta verdadero amor, se crea un vacío que nada ni nadie puede llenar de alegría.

Sin amor no es posible dar pasos hacia un cristianismo más abierto, cordial, alegre, sencillo y amable donde podamos vivir como «amigos» de Jesús, según la expresión evangélica. No sabremos cómo generar alegría. Aún sin quererlo, seguiremos cultivando un cristianismo triste, lleno de quejas, resentimientos, lamentos y desazón.

A nuestro cristianismo le falta, con frecuencia, la alegría de lo que se hace y se vive con amor. A nuestro seguimiento a Jesucristo le falta el entusiasmo de la innovación, y le sobra la tristeza de lo que se repite sin la convicción de estar reproduciendo lo que Jesús quería de nosotros.

José Antonio Pagola

ORA EN TU INTERIOR

          El hombre religioso siempre ha tenido hambre y sed de Dios. Y siempre se ha cuestionado sobre su existencia y sobre su esencia. ¿Quién eres Tú, Dios mío? ¿Por qué no te manifiestas con más claridad?

        Nuestra pequeñez puede alcanzar alguna noticia de Dios. Si miramos sus obras, deducimos su poder y grandeza, su sabiduría y generosidad. Algo más podemos saber si nos miramos a nosotros mismos, porque estamos hechos a su imagen y semejanza. Pero tendremos que pensar en lo mejor de nosotros mismos, para no manchar a Dios. Y lo mejor que hay en nosotros, lo que más nos identifica, es, sin duda, la capacidad de relación y apertura, el abrirnos misericordiosamente a los demás, el querer hacer el bien.

     Por este camino nos encontramos con el Dios que se revela, sobre todo, en Jesucristo. Nosotros creemos en el Dios de Jesucristo. ¿Cómo es el Dios de Jesucristo?

       Jesús nos hablaba de Dios. Y la palabra clave, que le salía del alma, era Abba. Se dirige a Dios como Abba, con todos los matices de ternura y confianza que queramos. Habla constantemente a su Abba, Dios habla de su Abba, nos enseña a rezar al Padre, Abba.

      Cuando Jesús pronuncia esta palabra todo se estremece y todo en él se estremece. Dice Abba, “papa”, y desborda de alegría. Dice Abba y se esponja en confianza y ternura.  Lo mismo podía decir Misericordia. Lo mismo podía decir Amor. No que tenga misericordia o amor, sino que es Misericordia y Amor.

ORACIÓN FINAL

        Señor, si tú eres amor, nosotros, hechos a tu imagen y semejanza, tendríamos que definirnos también por nuestra capacidad de amar. Amar a todos sin distinción, como tú. Así lo dijo claramente Pedro en casa de Cornelio: “Está claro que Dios no hace distinciones; acepta al que lo teme y practica la justicia, sea de la nación que sea”.

            Que mi amor, Señor, sea como el tuyo, un amor oblativo, un amor que se dé sin esperar nada a cambio. Un amor que sienta como suyos los sufrimientos, los dolores, los problemas, las alegrías y las esperanzas de los hombres y mujeres de nuestro mundo. Porque solo así, Señor, te conoceré:” Amémonos unos a otros, ya que el amor  es de Dios, y todo el que ama ha salido de Dios y conoce a Dios. Quien no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es amor”.

Expliquemos el Evangelio a los niños.

Imágenes de Paxi Velasco FANO.



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martes, 24 de abril de 2018

29 DE ABRIL: V DOMINGO DE PASCUA.



“Yo soy la vid, vosotros los sarmientos; el que permanece en mí

Y yo en él, ese da fruto abundante; porque sin mí no podéis hacer nada”.

29 DE ABRIL

V DOMINGO DE PASCUA

Primera Lectura: Hechos de los Apóstoles 9,26-31

Les contó cómo había visto al Señor en el camino.

Salmo 21

Bendito sea el Señor. Aleluya

Segunda Lectura: 1 Juan 3,18-24

Éste es su mandamiento: que creamos y que nos amemos.

EVANGELIO DEL DÍA

Juan 15,1-8

“En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: “yo soy la verdadera vid, y mi Padre es el labrador. A todo sarmiento mío que no da fruto lo arranca, y a todo el que da fruto lo poda, para que dé más fruto. Vosotros ya estáis limpios por las palabras que os he hablado; permaneced en mí, y yo en vosotros. Como el sarmiento no puede dar fruto por sí, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí. Yo soy la vid, vosotros los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ese da fruto abundante; porque sin mí no podéis hacer nada. Al que no permanece en mí lo tiran fuera, como el sarmiento, y se seca; luego los recogen y los echan al fuego, y arden. Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pedid lo que deseáis, y se realizará. Con esto recibe gloria mi Padre, con que deis fruto abundante; así seréis discípulos míos”.

Versión para América Latina, extraída de la Biblia del Pueblo de Dios

“Jesús dijo a sus discípulos:
«Yo soy la verdadera vid y mi Padre es el viñador.
El corta todos mis sarmientos que no dan fruto; al que da fruto, lo poda para que dé más todavía.
Ustedes ya están limpios por la palabra que yo les anuncié.
Permanezcan en mí, como yo permanezco en ustedes. Así como el sarmiento no puede dar fruto si no permanece en la vid, tampoco ustedes, si no permanecen en mí.
Yo soy la vid, ustedes los sarmientos. El que permanece en mí, y yo en él, da mucho fruto, porque separados de mí, nada pueden hacer.
Pero el que no permanece en mí, es como el sarmiento que se tira y se seca; después se recoge, se arroja al fuego y arde.
Si ustedes permanecen en mí y mis palabras permanecen en ustedes, pidan lo que quieran y lo obtendrán.
La gloria de mi Padre consiste en que ustedes den fruto abundante, y así sean mis discípulos.”

REFLEXIÓN

 El discípulo de Jesús no sigue de lejos a su maestro, no se limita a escucharle y aprender sus lecciones, ha de vivir unido a él por la fe y por el amor. Tan unido como el sarmiento está unido a la cepa. No son cosas distintas, forman una unidad, la vid. El cristiano es algo más que creyente o practicante, es parte de Cristo.

            Para que el sarmiento tenga vida, ha de estar unido a la Vid. A mayor unión, más vida, más savia recibirá. Y la savia es la palabra, la savia es el amor, la savia es el Espíritu santo.

      Savia-palabra: “Mis palabras permanecen en vosotros” (Jn 19,7). “Quien guarda su palabra ciertamente en él el amor de Dios ha llegado a su plenitud” (1 Jn 2,5).

         Savia-amor: “El amor que Tú me has dado esté en ellos” (Jn 17,26). “Nosotros sabemos que hemos pasado de la muerte a la vida porque amamos a los hermanos. Quien tiene al Hijo tiene la vida”. (1 Jn 3,14; 5,12).

          Savia-Espíritu: “Recibirá de lo mío y os lo comunicará a vosotros” (Jn 16,14). “En cuanto a vosotros, estáis ungidos por el santo. La Unción que de él habéis recibido permanece en vosotros y no necesitáis que nadie os enseñe” (1 Jn 2,20-27). “Amor de Dios derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo” (Rom 5,5).

          La unión entre los sarmientos y la vid ha de ser íntima, permanente, creciente, fecunda.

          Intima. No es un colaborar, un darse la mano, un compartir. Es un comulgar. Unión de
trasvase vital, común unión de pensamiento y sentimiento, un solo corazón y una sola alma. La vid y los sarmientos se alimentan de la savia, el que comulga se alimenta de Cristo. La savia de Cristo pasa a la nuestra, una transfusión de sangre y Espíritu.

        Permanente. No bastan encuentros esporádicos. El sarmiento no se puede separar de la vid. Nuestro motor tiene que estar siempre enchufado a la central espiritual del corazón de Cristo. Sin su corriente nos apagamos. Hay momentos para cargar nuestras baterías, pero esa energía acumulada nos vitaliza. Cristo, energía divina, siempre en tu mente y en tu corazón.

Creciente. Se da todo un proceso de vaciamiento propio y de posesión de Cristo, de purificación y espiritualización, de comunicación y empatía, hasta llegar a la unidad consumada que Jesús pedía al Padre.

Los frutos que el Padre espera de nosotros son los del Espíritu, frutos de amor, de paz, de justicia, de solidaridad, de servicio. Cada día has de ofrecer algún fruto al Señor. Cada día una oración continuada y un amor entregado. La vida no está para guardarla, sino para darla.
Estar unido a Cristo es vivir en comunión con él; que su Espíritu nos aliente y vivifique.

Se reitera la necesidad de permanencia. No bastan encuentros esporádicos, ratos de oración, por largos que sean. Se necesita una vivencia cristiana continuada, cuando se reza y cuando se trabaja, cuando se ríe y cuando se llora, cuando se sirve o cuando se es servido, cuando hay luz o cuando hay tinieblas, cuando se agradece o cuando se espera. No puede haber dicotomía en la vida espiritual.

            Mira, para dejar que toda la savia del Espíritu penetre en ti, necesitas vaciarte del todo. Esto no es posible sin poda, sin despojo y sin muerte.

El trabajo de poda es ingrato y doloroso, pero necesario. Tendemos a la dispersión, a las desviaciones, a la exuberancia vanidosa, a la pasividad y el conformismo. Por ahí se nos va la vida o se estanca el dinamismo vital de la savia. Hay que cortar o estimular, quitando apegos, quemando ataduras, ahuyentando miedos y temores, alentando pasividades. Así la savia, bien concentrada y orientada estallará en frutos gozosos.

ENTRA EN TU INTERIOR

NO DESVIARNOS DE JESÚS

La imagen es sencilla y de gran fuerza expresiva. Jesús es la «vid verdadera», llena de vida; los discípulos son «sarmientos» que viven de la savia que les llega de Jesús; el Padre es el «viñador» que cuida personalmente la viña para que dé fruto abundante. Lo único importante es que se vaya haciendo realidad su proyecto de un mundo más humano y feliz para todos.

La imagen pone de relieve dónde está el problema. Hay sarmientos secos por los que no circula la savia de Jesús. Discípulos que no dan frutos porque no corre por sus venas el Espíritu del Resucitado. Comunidades cristianas que languidecen desconectadas de su persona.

Por eso se hace una afirmación cargada de intensidad: «el sarmiento no puede dar fruto si no permanece en la vid»: la vida de los discípulos es estéril «si no permanecen» en Jesús. Sus palabras son categóricas: «Sin mí no podéis hacer nada». ¿No se nos está desvelando aquí la verdadera raíz de la crisis de nuestro cristianismo, el factor interno que resquebraja sus cimientos como ningún otro?

La forma en que viven su religión muchos cristianos, sin una unión vital con Jesucristo, no subsistirá por mucho tiempo: quedará reducida a «folklore» anacrónico que no aportará a nadie la Buena Noticia del Evangelio. La Iglesia no podrá llevar a cabo su misión en el mundo contemporáneo, si los que nos decimos «cristianos» no nos convertimos en discípulos de Jesús, animados por su espíritu y su pasión por un mundo más humano.

Ser cristiano exige hoy una experiencia vital de Jesucristo, un conocimiento interior de su persona y una pasión por su proyecto, que no se requerían para ser practicante dentro de una sociedad de cristiandad. Si no aprendemos a vivir de un contacto más inmediato y apasionado con Jesús, la decadencia de nuestro cristianismo se puede convertir en una enfermedad mortal.

Los cristianos vivimos hoy preocupados y distraídos por muchas cuestiones. No puede ser de otra manera. Pero no hemos de olvidar lo esencial. Todos somos «sarmientos». Sólo Jesús es «la verdadera vid». Lo decisivo en estos momentos es «permanecer en él»: aplicar toda nuestra atención al Evangelio; alimentar en nuestros grupos, redes, comunidades y parroquias el contacto vivo con él; no desviarnos de su proyecto.

José Antonio Pagola

ORA EN TU INTERIOR

El mandamiento de Dios, y Juan nos lo repite, es que creamos en Jesús y que nos amemos unos a otros.

         Creer en Jesús de manera que tengamos plena confianza en Dios. El que cree no tiene miedo. Se sabe pequeño e inútil, pero confía; no en sus capacidades, sino en la fuerza del Espíritu.

          El que cree confía incluso a pesar de su pecado, porque conoce la misericordia de Dios, sabe que su Corazón es más grande que nuestra conciencia. El pecado no es un obstáculo para la unión con Cristo si confías y si te dejas podar, si te dejas quemar.

       Creer también es amar. La fe y la caridad son hermanas que van siempre unidas y mutuamente se ayudan y enriquecen. San Juan lo expresa de muchas maneras, pero la razón última es que Dios es amor, quien cree en el amor no puede por menos que abrirse al amor. Y quien vive en el amor se llena de conocimiento y de luz, le resulta muy fácil creer.

ORACIÓN FINAL

            Señor, tú me dices: “Mi mandamiento es que os améis”. Para que tu Iglesia no tenga más preocupación que la de amar cada vez con más pasión: ¡Señor, dame tu Espíritu!

            “Os doy un mandamiento nuevo”, nos dijiste: para que todo rastro de envejecimiento dé paso al amor que no tiene fin. ¡Señor, dame tu Espíritu!

“Amaos como yo os he amado”: para que la audacia de un amor sin reservas sea la señal de que tú estás conmigo. ¡Señor, dame tu Espíritu!

Expliquemos el Evangelio a los niños.

Imágenes de Paxi Velasco FANO




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