domingo, 16 de febrero de 2020

23 DE FEBRERO: VII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO A


“Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os aborrecen y rezad por los que os persiguen y calumnian”

23 DE FEBRERO

VII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO (A)

1ª Lectura: Levítico 19,1-2

Amarás a tu prójimo como a ti mismo.

Salmo 102

El Señor es compasivo y misericordioso.

2ª Lectura: 1 Corintios 3,16-23

Todo es vuestro, vosotros de Cristo, y Cristo de Dios.

PALABRA DEL DÍA

Mateo 5,38-48

“Dijo Jesús a sus discípulos: Sabéis que está mandado: “Ojo por ojo, diente por diente”. Pues yo os digo: No hagáis frente al que os agravia. Al contrario, si uno te abofetea en la mejilla derecha, preséntale la otra; al que quiera ponerte pleito para quitarte la túnica, dale también la capa; a quien te requiera para caminar una milla, acompáñale dos, a quien te pide, dale, y al que te pide prestado, no lo rehúyas. Habéis oído que se dijo: “Amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo”. Yo, en cambio, os digo: Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os aborrecen y rezad por los que os persiguen y calumnian. Así seréis hijos de vuestro Padre que está en el cielo, que hace salir su sol sobre malos y buenos y manda la lluvia a justos e injustos. Porque si amáis a los que os aman, ¿qué premio tendréis? ¿No hacen lo mismo también los publicanos? Y si saludáis sólo a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de extraordinario? ¿No hacen lo mismo también los paganos? Por tanto, sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto”.

Versión para América Latina, extraída de la Biblia del Pueblo de Dios.

“Jesús, dijo a sus discípulos:
Ustedes han oído que se dijo: Ojo por ojo y diente por diente.
Pero yo les digo que no hagan frente al que les hace mal: al contrario, si alguien te da una bofetada en la mejilla derecha, preséntale también la otra.
Al que quiere hacerte un juicio para quitarte la túnica, déjale también el manto;
y si te exige que lo acompañes un kilómetro, camina dos con él.
Da al que te pide, y no le vuelvas la espalda al que quiere pedirte algo prestado.
Ustedes han oído que se dijo: Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo.
Pero yo les digo: Amen a sus enemigos, rueguen por sus perseguidores;
así serán hijos del Padre que está en el cielo, porque él hace salir el sol sobre malos y buenos y hace caer la lluvia sobre justos e injustos.
Si ustedes aman solamente a quienes los aman, ¿qué recompensa merecen? ¿No hacen lo mismo los publicanos?
Y si saludan solamente a sus hermanos, ¿qué hacen de extraordinario? ¿No hacen lo mismo los paganos?
Por lo tanto, sean perfectos como es perfecto el Padre que está en el cielo”.

REFLEXIÓN

Es hermosa la imagen del sol que brilla para todos los hombres sin discriminar a nadie. Si Dios tuviera que castigar cada vez a sus “enemigos”, ¡menudo lío! ¿Y qué pasa con nosotros? En el fondo de la idea de castigo está la de una justicia del “ojo por ojo y diente por diente”. Tal falta será reparada con tal sanción. Dios no es así: no castiga, convierte. No pierde el tiempo en ver lo que pasa, va derecho al corazón.

“Vosotros, pues, sed perfectos…”. Y la perfección se concreta en el perdón, que es el don por excelencia. Perdonar es recrear, liberar, creer en el otro, abrirle la posibilidad de una nueva vida. ¿Escuchará esta vez? ¿Todos nuestros enemigos se harán nuestros amigos en la medida de nuestro perdón? Nada es menos cierto; pero lo que se nos pide es que actuemos como Dios. El futuro es de él: no le cerremos la puerta con nuestra dureza. Además, la historia de Dios con los hombres lo atestigua: cuando el amor es totalmente desarmado, se convierte en lo que verdaderamente desarma. Ahí está una ley nueva, la ley del Reino. Supone una mirada distinta al mundo que sólo se comprende desde la fe. Pero, a este nivel, es la ley más eficaz que jamás se haya imaginado. La ley del Dios vivo.

Con este evangelio de hoy concluye Mateo 5, la primera parte del Discurso del Monte, que con las Bienaventuranzas y las seis Antítesis viene a promulgar la carta magna del Evangelio, la constitución del pueblo de la nueva Alianza. Hoy se leen las dos últimas antítesis: Perdón en vez de venganza, y amor al enemigo en vez de odio. Punto culminante de la doctrina de Jesús. Junto con su lugar paralelo, Lc 6,27-38, es una de las páginas de más altura de toda la literatura universal.

Es de tal envergadura el giro que Cristo propone, que en ello empeña de nuevo su autoridad mesiánica: Habéis oído que se dijo a los antiguos…, pero yo os digo. Oposición frontal a la tradición legal de letrados y fariseos.

La Ley del Talión, se formula al menos tres veces en diversas perícopas del Pentateuco. En síntesis: Vida por vida, ojo por ojo, diente por diente. Es decir, puedes vengarte en la medida en que has sido ofendido; puedes cobrar o pagar con la misma moneda. Hay que reconocer que el espíritu de venganza, una ley del talión a nuestra manera, está bien enraizado en el corazón humano, en todos nosotros. Lo decimos y oímos decir con pleno descaro: El que me la hace, me la paga…No te dejes pisar… El que ríe el último, ríe dos veces… La mejor defensa, el ataque.

Pues bien, para Jesús todo esto queda excluido. No sólo la venganza efectiva sino también el deseo de la misma, hasta llegar a renunciar a la justicia vindicativa y a toda violencia activa, incluso como autodefensa: “No hagáis frente al que os agravia; al contrario…” Y desarrolla su afirmación con cuatro ejemplos o situaciones diversas: bofetada, pleito, requerimiento y préstamos. Muestras intencionadamente paradójicas, que no son para ser tomadas al pie de la letra en su situación circunstancial, pero sí en su espíritu de perdón, reconciliación y fraternidad.

Jesús comienza la antítesis afirmando en la primera parte: “Habéis oído que se dijo: Amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo”. Defectivamente en la primera lectura hallamos la primera parte del aserto; si bien el prójimo significa en Lv 19,18 el pariente y el compatriota judío. La segunda parte: “y aborrecerás a tu enemigo” no se encuentra literalmente en ningún pasaje del antiguo Testamento y menos aún del Nuevo. Pero la deducían los israelitas como conclusión de la primera parte: Todo el que no pertenecía al Pueblo de la Alianza desconocía al Dios verdadero, y era extraño, “enemigo”, a quien no había por qué amar. Ese es el sentido.

Pues bien, Jesús una vez más rompe con la tradición de los rabinos y va más allá: “Yo, en cambio, os digo: amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os aborrecen y rezad por los que os persiguen y calumnian”. El paso que Cristo da es de gigante y para gigantes. No contento con ampliar el concepto de prójimo a toda persona sin distinción, y el del perdón hasta setenta veces siete, preceptúa además el amor incluso al enemigo- ¡Increíble! El no va a más… Jesús declara inviable y anticuada nuestra división tan usual de las personas en amigos y enemigos; para el que ama, ya no hay más que hermanos, hijos del mismo Padre Dios.

“Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto”. Esta conclusión de las seis antítesis es la motivación de todo lo anterior. Base ética profundamente religiosa: Imitación del ejemplo de Dios, a cuya imagen está hecho el hombre. “Así seréis hijos de vuestro Padre que está en el cielo, que hace salir        su sol sobre malos y buenos y manda la lluvia a justos e injustos”. Al discípulo de Cristo no le basta saludar y amar a los amigos; eso lo hace cualquiera. Al cristiano se le pide más. Vosotros sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto, concluye Jesús. Eco agrandado a la motivación-estribillo de la Ley de santidad del Levítico: “Seréis santos porque yo el Señor vuestro Dios soy santo” (Lv 19,2).

ENTRA EN TU INTERIOR

UNA LLAMADA ESCANDALOSA

La llamada al amor es siempre seductora. Seguramente, muchos acogían con agrado la llamada de Jesús a amar a Dios y al prójimo. Era la mejor síntesis de la Ley. Pero lo que no podían imaginar es que un día les hablara de amar a los enemigos.

Sin embargo, Jesús lo hizo. Sin respaldo alguno de la tradición bíblica, distanciándose de los salmos de venganza que alimentaban la oración de su pueblo, enfrentándose al clima general de odio que se respiraba en su entorno, proclamó con claridad absoluta su llamada: “Yo, en cambio, os digo: Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os aborrecen y rezad por los que os calumnian”.

Su lenguaje es escandaloso y sorprendente, pero totalmente coherente con su experiencia de Dios. El Padre no es violento: ama incluso a sus enemigos, no busca la destrucción de nadie. Su grandeza no consiste en vengarse sino en amar incondicionalmente a todos. Quien se sienta hijo de ese Dios, no introducirá en el mundo odio ni destrucción de nadie.

El amor al enemigo no es una enseñanza secundaria de Jesús, dirigida a personas llamadas a una perfección heroica. Su llamada quiere introducir en la historia una actitud nueva ante el enemigo porque quiere eliminar en el mundo el odio y la violencia destructora. Quien se parezca a Dios no alimentará el odio contra nadie, buscará el bien de todos incluso de sus enemigos.

Cuando Jesús habla del amor al enemigo, no está pidiendo que alimentemos en nosotros sentimientos de afecto, simpatía o cariño hacia quien nos hace mal. El enemigo sigue siendo alguien del que podemos esperar daño, y difícilmente pueden cambiar los sentimientos de nuestro corazón.

Amar al enemigo significa, antes que nada, no hacerle mal, no buscar ni desear hacerle daño. No hemos de extrañarnos si no sentimos amor alguno hacia él. Es natural que nos sintamos heridos o humillados. Nos hemos de preocupar cuando seguimos alimentando el odio y la sed de venganza.

Pero no se trata solo de no hacerle mal. Podemos dar más pasos hasta estar incluso dispuestos a hacerle el bien si lo encontramos necesitado. No hemos de olvidar que somos más humanos cuando perdonamos que cuando nos vengamos alegrándonos de su desgracia.
El perdón sincero al enemigo no es fácil. En algunas circunstancias a la persona se le puede hacer en aquel momento prácticamente imposible liberarse del rechazo, el odio o la sed de venganza. No hemos de juzgar a nadie desde fuera. Solo Dios nos comprende y perdona de manera incondicional, incluso cuando no somos capaces de perdonar.

José Antonio Pagola

ORA EN TU INTERIOR

Jesús nos pide que el mal sea vencido por el bien.

Jesús despliega, pues, un futuro. El hombre que se encierra en el odio desea la eliminación de su enemigo. Si se conmueve ante la bondad que se le testimonia, renunciará quizás al mal y se volverá él mismo bueno. El bien habrá vencido al mal. El perdón abre un espacio de libertad y postula una lógica distinta de la del mal.

“Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto”. Aplicar el Evangelio a la perfección. Pero ¿no puede ser descorazonador? ¿Quién puede llegar a conseguirlo? La perfección de Dios es el amor, así es el que ama, de verdad.

ORACIÓN FINAL

Señor, al final de cada Eucaristía nos envías con un encargo: “Sed santos”. Quiero tomarme esto en serio y preocuparme de lo que tú quieres. Amar generosamente en las mil ocasiones que me va brindando el día. Al estilo de Cristo.

Expliquemos el Evangelio a los niños.

Imágenes de Paxi Velasco FANO

Imagen para colorear.


lunes, 10 de febrero de 2020

16 DE FEBRERO: VI DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO A



“Si cuando vas a poner tu ofrenda sobre el altar, te acuerdas allí mismo de que tu hermano tiene quejas contra ti, deja tu ofrenda ante el altar y vete primero a reconciliarte con tu hermano, y entonces vuelve a presentar tu ofrenda”.

16 DE FEBRERO

VI DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

1ª Lectura: Eclesiástico 15,16-21

No mandó pecar al hombre.

Salmo 118:

Dichoso el que camina en la voluntad del Señor

2ª Lectura: 1 Corintios 2,6-10

Dios predestinó la sabiduría antes de los siglos para nuestra gloria.

PALABRA DEL DÍA

Mateo 5,17-37

“Dijo Jesús a sus discípulos: “No creáis que he venido a abolir la ley o los profetas: no he venido a abolir, sino a dar plenitud. Os aseguro que antes pasarán el cielo y la tierra que deje de cumplirse hasta la última letra o tilde de la ley. El que se salte uno solo de los preceptos menos importantes, y se lo enseñe así a los hombres, será el menos importante en el reino de los cielos. Os lo aseguro: si no sois mejores que los letrados y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos. Habéis oído que se dijo a los antiguos: no matarás, y el que mate será procesado. Pero yo os digo: todo el que esté peleado con su hermano será procesado. Y si uno llama a su hermano “imbécil”, tendrá que comparecer ante el Sanedrín, y si lo llama “renegado”, merece la condena del fuego. Por tanto, si cuando vas a poner tu ofrenda sobre el altar, te acuerdas allí mismo de que tu hermano tiene quejas contra ti, deja tu ofrenda ante el altar y vete primero a reconciliarte con tu hermano, y entonces vuelve a presentar tu ofrenda. Con el que te pone pleito procura arreglarte enseguida, mientras vais todavía de camino, no sea que te entregue al juez, y el juez al alguacil, y te metan en la cárcel. Te aseguro que no saldrás de allí hasta que hayas pagado el último cuarto. Habéis oído el mandamiento: “No cometerás adulterio”. Pues yo os digo: el que mira a una mujer casada deseándola, ya ha sido adúltero con ella en su interior. Si tu ojo derecho te hace caer. Sácatelo y tíralo. Más te vale perder un miembro que ser echado entero en el abismo. Si tu mano derecha te hace caer, córtatela y tírala, porque más te vale perder un miembro que ir a pasar entero al abismo. Está mandado: “El que se divorcie de su mujer, que le dé acta de repudio”. Pues yo os digo: el que se divorcie de su mujer –excepto en caso de prostitución- la induce al adulterio, y el que se case con la divorciada comete adulterio-. Sabéis que se mandó a los antiguos: “No jurarás en falso” y “cumplirás tus votos al Señor”. Pues yo os digo que no juréis en absoluto: ni por el cielo, que es el trono de Dios; ni por la tierra, que es estrado de sus pies; ni por Jerusalén, que es la ciudad del Gran Rey. Ni jures por tu cabeza, pues no puedes volver blanco o negro un solo pelo. A vosotros os basta decir sí o no. Lo que pasa de ahí viene del Maligno”

Versión para América Latina, extraída de la Biblia del Pueblo de Dios

“No piensen que vine para abolir la Ley o los Profetas: yo no he venido a abolir, sino a dar cumplimiento.
Les aseguro que no desaparecerá ni una i ni una coma de la Ley, antes que desaparezcan el cielo y la tierra, hasta que todo se realice.
El que no cumpla el más pequeño de estos mandamientos, y enseñe a los otros a hacer lo mismo, será considerado el menor en el Reino de los Cielos. En cambio, el que los cumpla y enseñe, será considerado grande en el Reino de los Cielos.
Les aseguro que si la justicia de ustedes no es superior a la de los escribas y fariseos, no entrarán en el Reino de los Cielos.
Ustedes han oído que se dijo a los antepasados: No matarás, y el que mata, debe ser llevado ante el tribunal.
Pero yo les digo que todo aquel que se irrita contra su hermano, merece ser condenado por un tribunal. Y todo aquel que lo insulta, merece ser castigado por el Sanedrín. Y el que lo maldice, merece la Gehena de fuego.
Por lo tanto, si al presentar tu ofrenda en el altar, te acuerdas de que tu hermano tiene alguna queja contra ti,
deja tu ofrenda ante el altar, ve a reconciliarte con tu hermano, y sólo entonces vuelve a presentar tu ofrenda.
Trata de llegar en seguida a un acuerdo con tu adversario, mientras vas caminando con él, no sea que el adversario te entregue al juez, y el juez al guardia, y te pongan preso.
Te aseguro que no saldrás de allí hasta que hayas pagado el último centavo.
Ustedes han oído que se dijo: No cometerás adulterio.
Pero yo les digo: El que mira a una mujer deseándola, ya cometió adulterio con ella en su corazón.
Si tu ojo derecho es para ti una ocasión de pecado, arráncalo y arrójalo lejos de ti: es preferible que se pierda uno solo de tus miembros, y no que todo tu cuerpo sea arrojado a la Gehena.
Y si tu mano derecha es para ti una ocasión de pecado, córtala y arrójala lejos de ti: es preferible que se pierda uno solo de tus miembros, y no que todo tu cuerpo sea arrojado a la Gehena.
También se dijo: El que se divorcia de su mujer, debe darle una declaración de divorcio.
Pero yo les digo: El que se divorcia de su mujer, excepto en caso de unión ilegal, la expone a cometer adulterio; y el que se casa con una mujer abandonada por su marido, comete adulterio.
Ustedes han oído también que se dijo a los antepasados: No jurarás falsamente, y cumplirás los juramentos hechos al Señor.
Pero yo les digo que no juren de ningún modo: ni por el cielo, porque es el trono de Dios,
ni por la tierra, porque es el estrado de sus pies; ni por Jerusalén, porque es la Ciudad del gran Rey.
No jures tampoco por tu cabeza, porque no puedes convertir en blanco o negro uno solo de tus cabellos.
Cuando ustedes digan 'sí', que sea sí, y cuando digan 'no', que sea no. Todo lo que se dice de más, viene del Maligno.”

REFLEXIÓN

Seguir a Jesucristo, ser su discípulo, es lo más grande y lo más gratificante que nos puede pasar. Pero no es fácil, ni es cómodo. Jesús explica con claridad sus exigencias, incluso parece a veces exagerado, o que pone el acento en la dificultad. No se nos pide mucho, se nos pide todo. Quiere que lo dejemos todo, que nos vaciemos todo, que nos sacrifiquemos del todo. Claro que es para ganarlo todo, para llenarnos del todo.

En la página evangélica de hoy, nos explica Jesús algunos de los contenidos de su ley. Está en línea con la ley antigua, pero renovada, mejorada. Puede que la letra suene igual, pero la música, el contenido de fondo, el espíritu es nuevo.

Los fariseos se consideraban unos santos. Cumplían la ley a la perfección. Y no era fácil. Sabemos el yugo insoportable que significaba esa ley. Tenían que tener en cuenta nada menos que 613 preceptos, con sus meticulosas interpretaciones. Era para ponerse enfermo.

Jesús nos pide una perfección mayor, pero en línea liberadora. “Mi yugo es ligero”, diría. No tantas leyes: que si el sábado, que si el ayuno, que si las purificaciones, que si diezmo… Menos leyes, pero importantes, como la justicia, la tolerancia, la solidaridad, la misericordia. Y si queréis una sola, la ley del amor.

Tampoco hay que cumplir porque esté mandado, por miedo al castigo, por aparecer perfecto. ¡Cuánta hipocresía! Se cumple con la boca, con las manos, pero no con el corazón. Hay que cumplir porque sale del alma, porque lo necesita el hermano, porque nos lo pide Dios.

La santidad no depende de la cantidad, sino del espíritu, del Espíritu. No cuántas cosas hacemos, sino cómo y por qué las hacemos, qué amor ponemos en lo que hacemos. Aunque sean menos cosas, aunque sean más pequeñas, aunque sean como dos reales, como la ofrenda de la viuda en el templo, pero hechas con mucha generosidad, con entera gratuidad. La santidad no está en el rigor, sino en el amor.

Los mandamientos antiguos eran leyes de mínimos, exigencias negativas que no se deben traspasar. No jurar, no robar, no matar, no desear… Bastaba con no hacer mal. El mandamiento de Jesús apunta hacia el máximo, hacia el mayor amor. No es cuestión de no matar, sino de dar la vida. No es cuestión de no vengarse, sino de perdonar. No es cuestión de no odiar, sino de amar al enemigo. No es cuestión de no cometer adulterio, sino de ser fiel en el matrimonio, con amor creciente, hasta el fin.

Vivir la ley de Dios en su espíritu es preguntarse por cuál es toda la voluntad de Dios sobre la existencia humana, interpretando cada parte o elemento de esa ley desde la perspectiva global y total de la Palabra divina.

Desde esta perspectiva, bien podemos afirmar que si los cristianos no somos hoy todo el fermento y la sal que debemos ser en el mundo, no es por llevar a la práctica toda la Palabra de Dios según lo dicta el Espíritu, sino precisamente todo lo contrario: por haberla cercenado y por haberla violentado hasta reducirla a una simple fórmula que deja intacto nuestro corazón y nuestras íntimas intenciones. ¿Acaso no nos quedamos tranquilos en nuestra conciencia porque venimos a la misa, cuando el espíritu de la eucaristía va mucho más allá de venir o no venir a escuchar una misa? Pero no sólo el espíritu, sino la misma letra referida a la eucaristía es violentada cuando esta celebración no es un encuentro de hermanos que comen juntos como signo de su servicio a toda la comunidad.

Muchas son las enseñanzas del evangelio de hoy. Pero no podemos desperdigarnos en todas ellas, sino centrarnos en algunos puntos fundamentales, como los referentes al 5º Mandamiento.
No matar. Es un mandamiento antiguo. En nuestros tiempos tan modernos ya no haría falta ni nombrarlo. Ya se tiene conciencia de la dignidad de la persona humana. La vida es algo sagrado. ¿Quién se atrevería hoy a atentar contra ella?

Y, por desgracia, parece que nunca como hoy ha valido tan poco la vida humana. Vidas que se arrebatan por dinero, o niños de la calle que desaparecen sin más. O en nuestros países tan ricos y tan desarrollados, ¿cuánto vale la vida de un anciano?

¡No matar! ¡Dios mío!, ¿quién podrá contar las víctimas de las guerras, ¿se pueden contar las que esa guerra genocida sin sentido, se está llevando en Siria?

Hay también maneras indirectas de matar, o dejar morir responsablemente. Cuando, por ejemplo, se proporcionan medios para matar, como el tráfico de armas, la droga, la eutanasia, el aborto. Cuando no se ofrecen los medios para vivir, no se comparten los alimentos, las medicinas, la cultura.

La enseñanza de Jesús va más allá. No sólo no matar, no se puede odiar, porque “el que odia en un asesino” (1 Jn 3,15). No sólo no odiar, sino perdonar, reconciliarse y amar al enemigo. No puedes comulgar si no comulgas primero con el hermano que te ha ofendido. No sólo perdonar, sino estar dispuesto a dar la vida por el hermano. Lo dice claramente S. Juan: “En esto hemos conocido lo que es amor, en que él dio su vida por nosotros. También nosotros debemos dar la vida por los hermanos” (1 Jn 3,16). Sobra ya cualquier otro comentario.

ENTRA EN TU INTERIOR

ENTENDER LAS LEYES COMO JESÚS

Los judíos hablaban con orgullo de la Ley de Moisés. Era el mejor regalo que habían recibido de Dios. En todas las sinagogas la guardaban con veneración dentro de un cofre depositado en un lugar especial. En esa Ley podían encontrar cuanto necesitaban para ser fieles a Dios.

Jesús, sin embargo, no vive centrado en la Ley. No se dedica a estudiarla ni a explicarla a sus discípulos. No se le ve nunca preocupado por observarla de manera escrupulosa. Ciertamente, no pone en marcha una campaña contra la Ley, pero ésta no ocupa ya un lugar central en su corazón.

Jesús busca la voluntad del Dios desde otra experiencia diferente. Le siente a Dios tratando de abrirse camino entre los hombres para construir con ellos un mundo más justo y fraterno. Esto lo cambia todo. La ley no es ya lo decisivo para saber qué espera Dios de nosotros. Lo primero es "buscar el reino de Dios y su justicia".

Los fariseos y letrados se preocupan de observar rigurosamente las leyes, pero descuidan el amor y la justicia. Jesús se esfuerza por introducir en sus seguidores otro talante y otro espíritu: «si vuestra justicia no es mejor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de Dios». Hay que superar el legalismo que se contenta con el cumplimiento literal de leyes y normas.

Cuando se busca la voluntad del Padre con la pasión con que la busca Jesús, se va siempre más allá de lo que dicen las leyes. Para caminar hacia ese mundo más humano que Dios quiere para todos, lo importante no es contar con personas observantes de leyes, sino con hombres y mujeres que se parezcan a él.

Aquel que no mata, cumple la Ley, pero si no arranca de su corazón la agresividad hacia su hermano, no se parece a Dios. Aquel que no comete adulterio, cumple la Ley, pero si desea egoístamente la esposa de su hermano, no se asemeja a Dios. En estas personas reina la Ley, pero no Dios; son observantes, pero no saben amar; viven correctamente, pero no construirán un mundo más humano.

Hemos de escuchar bien las palabras de Jesús: «No he venido a abolir la Ley y los profetas, sino a dar plenitud». No ha venido a echar por tierra el patrimonio legal y religioso del antiguo testamento. Ha venido a «dar plenitud», a ensanchar el horizonte del comportamiento humano, a liberar la vida de los peligros del legalismo.

Nuestro cristianismo será más humano y evangélico cuando aprendamos a vivir las leyes, normas, preceptos y tradiciones como los vivía Jesús: buscando ese mundo más justo y fraterno que quiere el Padre.

 José Antonio Pagola

ORA EN TU INTERIOR

Seguimos escuchando el sermón de la Montaña. No es ley nueva, porque se mantiene en la fundamental de la antigua, pero es ley nueva, porque cambia de espíritu, las exigencias y la motivación. No más exigencias que vienen de arriba, del Sinaí, bajo amenazas de muerte, el temor, sino exigencias que nacen de dentro, del Espíritu, con promesas de dicha y plenitud. Porque ya, Dios, el Padre de la misericordia, nos ha dirigido su última y definitiva palabra, ya no habrá otra que su Hijo amado Jesucristo, Palabra hecha carne de tu carne y de la mía.

ORACIÓN

Te bendigo, Padre, porque el espíritu de las bienaventuranzas de tu Hijo Jesús, nos ha convocado una vez más para ahondar en el sentido de su mensaje, camino verdadero de la vida. Como toda tu palabra, como la Ley y los Profetas, también el evangelio de Jesús es una invitación constante a vivir cada día con más plenitud esta gran aventura de la existencia humana, una aventura cargada de tensiones y de momentos críticos, pero también rebosante de felicidad cada vez que nuestro corazón se abre con sinceridad a una palabra que da sabor a nuestra vida

Expliquemos el Evangelio a los niños.

Imágenes de Paxi Velasco FANO



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lunes, 3 de febrero de 2020

9 DE FEBRERO: V DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO.



“Vosotros sois la luz del mundo…”

9 DE FEBRERO

V DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO (A)

1ª Lectura: Isaías 58,7-10

Romperá tu luz como la aurora.

Salmo 111

El justo brilla en las tinieblas como una luz.

2ª Lectura: 1 Corintios 2,1-5

Os anuncié el misterio de Cristo crucificado.

PALABRA DEL DÍA

Mateo 5,13-16

“En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: -Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán? No sirve más que para tirarla afuera y que la pise la gente. Vosotros sois la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte. Tampoco se enciende una vela para meterla debajo del celemín, sino para ponerla en el candelero y que alumbre a todos los de la casa. Alumbre así vuestra luz a los hombres para que vean buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en el cielo”.

Versión para América Latina, extraída de la Biblia del Pueblo de Dios

“Ustedes son la sal de la tierra. Pero si la sal pierde su sabor, ¿con qué se la volverá a salar? Ya no sirve para nada, sino para ser tirada y pisada por los hombres.
Ustedes son la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad situada en la cima de una montaña.
Y no se enciende una lámpara para meterla debajo de un cajón, sino que se la pone sobre el candelero para que ilumine a todos los que están en la casa.
Así debe brillar ante los ojos de los hombres la luz que hay en ustedes, a fin de que ellos vean sus buenas obras y glorifiquen al Padre que está en el cielo”.

REFLEXIÓN

El evangelio de este V Domingo Ordinario, nos da una respuesta a través de dos símbolos sobre cuyo significado no hará falta hacer grandes especulaciones.

El cristiano está llamado, en primer lugar, a ser sal de la tierra. Con la sal damos sabor a las comidas. De lo que se desprende que el cristiano está llamado a dar sabor a la vida.

La etimología de las palabras nos puede ayudar a comprender mejor lo que esto pueda significar. Las palabras sabor y sabiduría tienen la misma raíz lingüística: así como existe el sabor de los alimentos, existe el sabor de la vida. Lo que le da gusto o sentido a la vida, la sabiduría; es decir: aprender a vivir como personas. El arte no sólo de hacer las cosas, sino de hacerlas con espíritu, con alegría, con dignidad, con conciencia, con responsabilidad.

También hemos dicho que Jesús es presentado en los evangelios, antes que nada, como el verdadero sabio que nos ayuda a descubrir la honda raíz de la vida y hacia donde dirige sus fuerzas la energía del árbol para que trascienda al oscuro seno que le dio origen.

Desde esta perspectiva, el Evangelio es la sabiduría del hombre nuevo en Cristo; es el arte de vivir gozando y disfrutando de la vida, como se goza y se disfruta al comer un alimento bien preparado.

Basta poca sal para que la comida tenga sabor; el exceso de la misma es perjudicial, pues lo importante no es comer sal sino comida con sabor… ¿Qué nos dice esto? Pues que no nos abarrotemos de religión (en el sentido común de la palabra) sino de vida impregnada de sabor evangélico. El evangelio mismo se orienta hacia la vida del hombre, verdadero objetivo a conseguir.

La crisis del cristianismo occidental tiene entre otros motivos éste: una verdadera inflación religiosa… Según el evangelio de hoy, parece que es a la inversa: la religión (sal) debe estar para que el hombre viva. Si sirve para eso, sirve para algo. De lo contrario, según Jesús, “no sirve más que para tirarla fuera y que la pise la gente”.

También nos llama la atención que la sal, al ser desparramada en el alimento, se pierde en él, se diluye humildemente obrando en forma imperceptible y poco espectacular.

Ya sabemos que así obra el Reino de Dios, como semilla, como levadura; verdadera energía que presiona desde dentro para que la masa sea grande y fructifique. La sal, como la levadura, son dos productos esencialmente humildes.

Fácil es extraer la consecuencia: cristianos, no busquemos nuestro éxito ni el triunfo. Busquemos el crecimiento del hombre y de la sociedad. Procuremos que la historia se desarrolle sin que se nos aplauda o se nos haga reverencias. Si tenemos fe, sirvamos a la energía del Reino que ya está dentro del mundo y que, en último caso, ni siquiera nos necesita a nosotros para desplegar su fuerza.

El símbolo de la luz es más conocido por nosotros. Todo el evangelio de Juan gira a su alrededor, y con no menos fuerza lo hace Mateo. La luz es un símbolo más rico y complejo que la sal, más difícil de definir.

Cuando Jesús habla de la luz, lo hace según el espíritu de los grandes profetas que no habían sido ajenos a este simbolismo, especialmente Isaías, el gran modelo de los evangelistas.

El texto de Isaías, primera lectura de hoy, nos ayuda a aterrizar en esto de la luz.

¿Cuándo brillará tu luz en las tinieblas?, pregunta el profeta. ¿Cuándo romperá tu luz como la aurora?

Y he aquí su insólita respuesta: cuando destierres de ti la opresión, el gesto amenazador y la maledicencia; cuando partas tu pan con el hambriento y sacies el estómago del indigente; cuando hospedes al pobre sin techo y vistas al que va desnudo…

A esto se refiere Jesús cuando concluye: “Alumbre así vuestra luz a los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en el cielo.”

En la medida en que los hombres vean que los que se dicen creyentes proyectan la luz de la liberación total, sin restricciones de ninguna especie, en esa misma medida darán gloria al Padre. La liberación es el signo de la presencia de Dios que reina entre los hombres; es la manifestación de que su Reino no sólo está cerca, sino que está “dentro de nosotros”.

ENTRA EN TU INTERIOR

CARA Y CRUZ DE LA SAL Y DE LA LUZ

Si los discípulos viven las bienaventuranzas, su vida tendrá una proyección social. Es Jesús mismo quien se lo dice empleando dos metáforas inolvidables. Aunque parecen un grupo insignificante en medio de aquel poderoso imperio controlado por Roma, serán «sal de la tierra» y «luz del mundo».

¿No es una pretensión ridícula? Jesús les explica cómo será posible. La sal no parece gran cosa, pero comienza a producir sus efectos, precisamente, cuando se mezcla con los alimentos y parece que ha desaparecido. Lo mismo sucede cuando se enciende una luz: sólo puede iluminar cuando la ponemos en medio de las tinieblas.

Jesús no está pensando en una Iglesia separada del mundo, escondida tras sus ritos y doctrinas, encerrada en sí misma y en sus problemas. Jesús quiere introducir en la historia humana un grupo de seguidores, capaces de transformar la vida viviendo las bienaventuranzas.

Todos sabemos para qué sirve la sal. Por una parte, no deja que los alimentos se corrompan. Por otra, les da sabor y permite que los podamos saborear mejor. Los alimentos son buenos, pero se pueden corromper; tienen sabor, pero nos pueden resultar insípidos. Es necesaria la sal.

El mundo no es malo, pero lo podemos echar a perder. La vida tiene sabor, pero nos puede resultar insulsa y desabrida. Una Iglesia que vive las bienaventuranzas contribuye a que la sociedad no se corrompa y deshumanice más. Unos discípulos de Jesús que viven su evangelio ayudan a descubrir el verdadero sentido de la vida.

Hay un problema y Jesús se lo advierte a sus seguidores. Si la sal se vuelve sosa, ya no sirve para nada. Si los discípulos pierden su identidad evangélica, ya no producen los efectos queridos por Jesús. El cristianismo se echa a perder. La Iglesia queda anulada. Los cristianos están de sobra en la sociedad.

Lo mismo sucede con la luz. Todos sabemos que sirve para dar claridad. Los discípulos iluminan el sentido más hondo de la vida, si la gente puede ver en ellos «las obras» de las bienaventuranzas. Por eso, no han de esconderse. Tampoco han de actuar para ser vistos. Con su vida han de aportar claridad para que en la sociedad se pueda descubrir el verdadero rostro del Padre del cielo.

No nos está permitido servirnos de la Iglesia para satisfacer nuestros gustos y preferencias. Jesús la ha querido para ser sal y luz. Evangelizar no es combatir la secularización moderna con estrategias mundanas. Menos aún hacer de la Iglesia una "contra-sociedad". Sólo una Iglesia que vive el Evangelio puede responder al deseo original de Jesús.

 José Antonio Pagola

ORA EN TU INTERIOR

Dios viene no para ser servido por los hombres sino para servirlos con humildad y entrega incondicional.

El Reino busca al hombre, donde esté y como esté, para levantarlo, aliviarlo, concienciarlo y liberarlo: como individuo y como grupo humano.

El Reino no tiene fronteras ni muros ni discriminaciones de ninguna especie; en su bandera hay una sola palabra: Hombre. Está donde menos lo imaginamos y desaparece de allí donde pretendemos implantarlo o aferrarlo.

El Reino es viento, agua, fuego y luz; semilla, sal y levadura.

Los cristianos estamos para servirlo; servir al Reino es lo mismo que servir a los hombres.

La primera preocupación de la Iglesia es dejarse invadir por el Reino; la segunda, ser su testigo en el mundo.

ORACIÓN

SALMO 40

 Yo pongo en Dios toda mi esperanza.

 El se inclina hacia mí y escucha mi oración.

 El salva mi vida de la oscuridad,
 afirma mis pies sobre roca
 y asegura mis pasos.

 Mi boca entona un cántico nuevo
 de alabanza al Señor.

 Dichoso el que pone en Dios su confianza.

 No quieres sacrificios ni oblaciones
 pero me has abierto los ojos,
 no exiges cultos ni holocaustos,
 y yo te digo : aquí me tienes,
 para hacer, Señor, tu voluntad.

 Tú, Señor, hazme sentir tu cariño,
 que tu amor y tu verdad me guarden siempre.

 Porque mis errores recaen sobre mí
 y no me dejan ver.

 ¡Socórreme, ¡Señor, ven en mi ayuda!
 Que sientan tu alegría los que te buscan.

 Yo soy pobre, Señor, socórreme,
 Tú, mi Salvador, mi Dios, no tardes.

Expliquemos el Evangelio a los niños.

Imágenes de Paxi Velasco FANO


Imagen para colorear.



lunes, 27 de enero de 2020

2 DE FEBRERO: IV DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO. FIESTA DE LA PRESENTACIÓN DEL SEÑOR..


“Ahora, Señor, puedes dejar que tu servidor muera en paz, como lo has prometido,
porque mis ojos han visto la salvación
que preparaste delante de todos los pueblos…”

2 DE FEBRERO

 IV DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

FIESTA DE LA PRESENTACIÓN DEL SEÑOR

JORNADA MUNDIAL DE LA VIDA CONSAGRADA

Primera Lectura. Malaquías: 3,1-4

Entrará en el santuario el Señor,
a quien ustedes buscan.

Salmo 24

El Señor es el rey de la gloria.

Segunda Lectura. Hebreos: 2,14-18

Tenía que asemejarse en todo a sus hermanos.

PALABRA DEL DÍA

Evangelio según San Lucas: 2,22-40

"Cuando llegó el día fijado por la Ley de Moisés para la purificación, llevaron al niño a Jerusalén para presentarlo al Señor,
como está escrito en la Ley: Todo varón primogénito será consagrado al Señor.
También debían ofrecer en sacrificio un par de tórtolas o de pichones de paloma, como ordena la Ley del Señor.
Vivía entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón, que era justo y piadoso, y esperaba el consuelo de Israel. El Espíritu Santo estaba en él
y le había revelado que no moriría antes de ver al Mesías del Señor.
Conducido por el mismo Espíritu, fue al Templo, y cuando los padres de Jesús llevaron al niño para cumplir con él las prescripciones de la Ley,
Simeón lo tomó en sus brazos y alabó a Dios, diciendo:
"Ahora, Señor, puedes dejar que tu servidor muera en paz, como lo has prometido,
porque mis ojos han visto la salvación
que preparaste delante de todos los pueblos:
luz para iluminar a las naciones paganas y gloria de tu pueblo Israel".
Su padre y su madre estaban admirados por lo que oían decir de él.
Simeón, después de bendecirlos, dijo a María, la madre: "Este niño será causa de caída y de elevación para muchos en Israel; será signo de contradicción,
y a ti misma una espada te atravesará el corazón. Así se manifestarán claramente los pensamientos íntimos de muchos".
Estaba también allí una profetisa llamada Ana, hija de Fanuel, de la familia de Aser, mujer ya entrada en años, que, casada en su juventud, había vivido siete años con su marido.
Desde entonces había permanecido viuda, y tenía ochenta y cuatro años. No se apartaba del Templo, sirviendo a Dios noche y día con ayunos y oraciones.
Se presentó en ese mismo momento y se puso a dar gracias a Dios. Y hablaba acerca del niño a todos los que esperaban la redención de Jerusalén.
Después de cumplir todo lo que ordenaba la Ley del Señor, volvieron a su ciudad de Nazaret, en Galilea.
El niño iba creciendo y se fortalecía, lleno de sabiduría, y la gracia de Dios estaba con él."

Versión para América Latina, extraída de la Biblia del Pueblo de Dios.

“Cuando llegó el día fijado por la Ley de Moisés para la purificación, llevaron al niño a Jerusalén para presentarlo al Señor,
como está escrito en la Ley: Todo varón primogénito será consagrado al Señor.
También debían ofrecer en sacrificio un par de tórtolas o de pichones de paloma, como ordena la Ley del Señor.
Vivía entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón, que era justo y piadoso, y esperaba el consuelo de Israel. El Espíritu Santo estaba en él
y le había revelado que no moriría antes de ver al Mesías del Señor.
Conducido por el mismo Espíritu, fue al Templo, y cuando los padres de Jesús llevaron al niño para cumplir con él las prescripciones de la Ley,
Simeón lo tomó en sus brazos y alabó a Dios, diciendo:
"Ahora, Señor, puedes dejar que tu servidor muera en paz, como lo has prometido,
porque mis ojos han visto la salvación
que preparaste delante de todos los pueblos:
luz para iluminar a las naciones paganas y gloria de tu pueblo Israel".
Su padre y su madre estaban admirados por lo que oían decir de él.
Simeón, después de bendecirlos, dijo a María, la madre: "Este niño será causa de caída y de elevación para muchos en Israel; será signo de contradicción,
y a ti misma una espada te atravesará el corazón. Así se manifestarán claramente los pensamientos íntimos de muchos".
Estaba también allí una profetisa llamada Ana, hija de Fanuel, de la familia de Aser, mujer ya entrada en años, que, casada en su juventud, había vivido siete años con su marido.
Desde entonces había permanecido viuda, y tenía ochenta y cuatro años. No se apartaba del Templo, sirviendo a Dios noche y día con ayunos y oraciones.
Se presentó en ese mismo momento y se puso a dar gracias a Dios. Y hablaba acerca del niño a todos los que esperaban la redención de Jerusalén.
Después de cumplir todo lo que ordenaba la Ley del Señor, volvieron a su ciudad de Nazaret, en Galilea.
El niño iba creciendo y se fortalecía, lleno de sabiduría, y la gracia de Dios estaba con él”.

REFLEXIÓN

Hoy ha sonado la hora de la cita. Dios entra en su templo; viene a morar entre los hombres. Pero es una visita sin estridencias. Yahvé viene como un niño en brazos de su madre. Como un recién nacido consagrado al servicio de Dios, que es también servicio a los hombres. Movido por el Espíritu, Simeón va a su encuentro y bendice a Dios. El anciano contempla la gloria de Dios, y ahora ya puede morir en paz: es el viejo Israel el que se va para dar paso a la alianza nueva. Pero, aunque Simeón ve la gloria de Dios, la muerte ya se insinúa en el camino de Jerusalén. Dios visita a su pueblo, y comienza el juicio; efectivamente, allí está el niño “para que muchos caigan y se levanten en Israel”, y María, la hija de Sión, se sentirá desgarrada por el drama de su pueblo: Una espada le atravesará el alma.

Siempre que Cristo acude a una cita con nosotros, lo hace sin estruendo. Hoy acude pequeño, como un recién nacido, Mañana acudirá discreto, como un amigo que llama a la puerta. Al atardecer, mendigará nuestra mirada, cuando lo expongan desnudo en una cruz. Y una vez resucitado, viene de nuevo, se aparece, pero nuestras manos no pueden retenerlo: apenas lo hemos reconocido y ya ha desaparecido.

Evidentemente, nuestra fe es una espada cortante que penetra hasta lo más profundo del corazón. Religión de Jesús, venido a hacer la voluntad del Padre. Religión de María, que medita estas cosas y emprende ya el camino del calvario. Religión de Simeón, el creyente, que entona su “Nunc dimittis”. El anciano lleva al niño en sus brazos, pero es el niño el que guía sus pasos. “Si quieres ser mi discípulo, déjalo todo”, dice Jesús.

ENTRA EN TU INTERIOR

BANDERA DISCUTIDA

Simeón es un personaje entrañable. Lo imaginamos casi siempre como un sacerdote anciano del Templo, pero nada de esto se nos dice en el texto. Simeón es un hombre bueno del pueblo que guarda en su corazón la esperanza de ver un día «el consuelo» que tanto necesitan. «Impulsado por el Espíritu de Dios», sube al templo en el momento en que están entrando María, José y su niño Jesús.

El encuentro es conmovedor. Simeón reconoce en el niño que trae consigo aquella pareja pobre de judíos piadosos al Salvador que lleva tantos años esperando. El hombre se siente feliz. En un gesto atrevido y maternal, «toma al niño en sus brazos» con amor y cariño grande. Bendice a Dios y bendice a los padres. Sin duda, el evangelista lo presenta como modelo. Así hemos de acoger al Salvador.

Pero, de pronto, se dirige a María y su rostro cambia. Sus palabras no presagian nada tranquilizador: «Una espada te traspasara el alma». Este niño que tiene en sus brazos será una «bandera discutida»: fuente de conflictos y enfrentamientos. Jesús hará que «unos caigan y otros se levanten». Unos lo acogerán y su vida adquirirá una dignidad nueva: su existencia se llenará de luz y de esperanza. Otros lo rechazarán y su vida se echará a perder. El rechazo a Jesús será su ruina.

Al tomar postura ante Jesús, «quedará clara la actitud de muchos corazones» El pondrá al descubierto lo que hay en lo más profundo de las personas. La acogida de este niño pide un cambio profundo. Jesús no viene a traer tranquilidad, sino a generar un proceso doloroso y conflictivo de conversión radical.

Siempre es así. También hoy Una Iglesia que tome en serio su conversión a Jesucristo, no será nunca un espacio de tranquilidad sino de conflicto. No es posible una relación más vital con Jesús sin dar pasos hacia mayores niveles de verdad. Y esto es siempre doloroso para todos.
Cuanto más nos acerquemos a Jesús, mejor veremos nuestras incoherencias y desviaciones; lo que hay de verdad o de mentira en nuestro cristianismo; lo que hay de pecado en nuestros corazones y nuestras estructuras, en nuestras vidas y nuestras teologías.

José Antonio Pagola

ORACIÓN

Dios nuestro, fuente y origen de toda luz, que en este día manifestaste al justo Simeón la luz destinada a iluminar a todas las naciones, te pedimos humildemente que te dignes recibir como ofrenda y santificar con tu bendición a tu pueblo congregado para alabanza y gloria de tu nombre.


Expliquemos el Evangelio a los niños.
Imágenes de Paxi Velasco FANO



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