domingo, 7 de agosto de 2016

14 Y 15 DE AGOSTO: XX DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO Y SOLEMNIDAD DE LA ASUNCIÓN DE LA SANTÍSIMA VIRGEN.



"He venido a prender fuego en el mundo, ¡y ojalá estuviera ya ardiendo!"
14 DE MAYO
XX DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
1ª Lectura: Jeremías 38,4-6.8-10
Cumplir la voluntad de Dios, entraña siempre dificultades, que solo se vencen con la fe.
Salmo 39
Señor, date prisa en socorrerme
2ª Lectura: Hebreos 12,1-4
..."Corramos en la carrera que nos toca, fijos los ojos en el que inició y completa nuestra fe"
PALABRA DEL DÍA
Lucas 12,49-53
"En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: "He venido a prender fuego en el mundo, ¡y ojalá estuviera ya ardiendo! Tengo que pasar por un bautismo, ¡y qué angustia hasta que se cumpla! ¿Pensáis que he venido a traer al mundo paz? No, sino división. En adelante, una familia de cinco estará dividida: tres contra dos y dos contra tres; estarán divididos el padre contra el hijo y el hijo contra el padre, la madre contra la hija y la hija contra la madre, la suegra contra la nuera y la nuera contra la suegra".
Versión para América Latina, extraída de la Biblia del Pueblo de Dios.
"Jesús dijo a sus discípulos:
"Yo he venido a traer fuego sobre la tierra, ¡y cómo desearía que ya estuviera ardiendo!
Tengo que recibir un bautismo, ¡y qué angustia siento hasta que esto se cumpla plenamente!
¿Piensan ustedes que he venido a traer la paz a la tierra? No, les digo que he venido a traer la división.
De ahora en adelante, cinco miembros de una familia estarán divididos, tres contra dos y dos contra tres:
el padre contra el hijo y el hijo contra el padre, la madre contra la hija y la hija contra la madre, la suegra contra la nuera y la nuera contra la suegra".
REFLEXIÓN
            Los domingos anteriores, centrados en el tema de la vigilancia cristiana, pusieron de relieve la seriedad con que el hombre debe asumir su vida; seriedad que no se opone a la alegría sino a la pereza y a la inconstancia.
            Hoy, continuando con esta tónica de reflexiones, Jesús afirma la seriedad con que él mismo asume su papel en la salvación humana. A medida que camina, el sendero se vuelve cada vez más estrecho y la hora del fuego se acerca: "He venido a prender fuego en el mundo..."
            En la predicación de Jesús el fuego ha sido relacionado casi siempre -refiriéndose a los tiempos mesiánicos- con el espíritu y con el bautismo, como si los tres elementos "espirituales" de la naturaleza: el viento, el agua y el fuego representaran, por sus propias características, la destrucción del mundo viejo y pecador y la instauración de un mundo nuevo.
            Ya el Bautista había predicado que Jesús traería un bautismo de fuego y espíritu, y hoy nos encontramos con un texto que, aunque breve, recoge esta interesante simbología relacionada con la obra y misión de Jesús en el mundo.
            El fuego mesiánico de Cristo no es otro que el mismo Reino de Dios que conlleva en sí un elemento destructor, no de la obra del hombre, sino del pecado. No puede surgir una nueva estructura de vida si, previa o simultáneamente, no se destruye la estructura que oprime al hombre por dentro y por fuera. Bien nos lo recuerda hoy la Carta a los Hebreos.
            También Jesús tiene que sufrir ese bautismo de fuego: es la muerte en la cruz, allí donde quedará crucificado el pecado del mundo para que se sepulte bajo las cenizas la estructura de la ignominia, del vicio, del odio y de la muerte.
            Este fuego, fuego del Espíritu, destruye y purifica; es el fuego que unido al agua engendra una nueva raza de hombres.
            ¿Y qué sucede cuando ese fuego no está encendido?
            Cuando el cristianismo no es vivido como novedad original sino como un agregado más de la sociedad, cuando convive sin oponerse con las estructuras que crean en la humanidad un estado de injusticia, de hambre, de violación de los derechos humanos, de violencia sobre los débiles, de cercenamiento de las libertades, de adoración de los líderes... No hay fuego cuando la Iglesia comparte calladamente el poder que oprime, que divide o que aplasta las conciencias. No hay fuego cuando todo sigue igual; con bautismo o sin bautismo; cuando los sacramentos no significan más que un acto social, un papel sellado, una fiesta mundana.
            Bien lo recodaba Pablo: "No extingáis el fuego del Espíritu"... Jesús ha encendido el fuego y suspira porque arda intensamente.
            Jesús ha encendido el fuego y hoy se nos invita a mantenerlo encendido. Un fuego que si está prendido dentro de la Iglesia debiera quemar tantas cosas viejas, tantos trastos inútiles, tantos organismos estériles, tantas palabras vacías...
            Es, en definitiva, lo que está haciendo el Papa Francisco, mantener encendido el fuego del Espíritu en la Iglesia para que queme todo lo que no está de acuerdo con el Evangelio de Jesucristo.
ENTRA EN TU INTERIOR
SIN FUEGO NO ES POSIBLE
            En un estilo claramente profético, Jesús resume su vida entera con unas palabras insólitas: “Yo he venido a prender fuego en el mundo, y ¡ojalá estuviera ya ardiendo!”. ¿De qué está hablando Jesús? El carácter enigmático de su lenguaje conduce a los exegetas a buscar la respuesta en diferentes direcciones. En cualquier caso, la imagen del “fuego” nos está invitando a acercarnos a su misterio de manera más ardiente y apasionada.
            El fuego que arde en su interior es la pasión por Dios y la compasión por los que sufren. Jamás podrá ser desvelado ese amor insondable que anima su vida entera. Su misterio no quedará nunca encerrado en fórmulas dogmáticas ni en libros de sabios. Nadie escribirá un libro definitivo sobre él. Jesús atrae y quema, turba y purifica. Nadie podrá seguirlo con el corazón apagado o con piedad aburrida.
            Su palabra hace arder los corazones. Se ofrece amistosamente a los más excluidos, despierta la esperanza en las prostitutas y la confianza en los pecadores más despreciados, lucha contra todo lo que hace daño al ser humano. Combate los formalismos religiosos, los rigorismos inhumanos y las interpretaciones estrechas de la ley. Nada ni nadie puede encadenar su libertad para hacer el bien. Nunca podremos seguirlo viviendo en la rutina religiosa o el convencionalismo de “lo correcto”.
            Jesús enciende los conflictos, no los apaga. No ha venido a traer falsa tranquilidad, sino tensiones, enfrentamiento y divisiones. En realidad, introduce el conflicto en nuestro propio corazón. No es posible defenderse de su llamada tras el escudo de ritos religiosos o prácticas sociales. Ninguna religión nos protegerá de su mirada. Ningún agnosticismo nos librará de su desafío. Jesús nos está llamando a vivir en verdad y a amar sin egoísmos.
            Su fuego no ha quedado apagado al sumergirse en las aguas profundas de la muerte. Resucitado a una vida nueva, su Espíritu sigue ardiendo a lo largo de la historia. Los primeros seguidores lo sienten arder en sus corazones cuando escuchan sus palabras mientras camina junto a ellos.
            ¿Dónde es posible sentir hoy ese fuego de Jesús? ¿Dónde podemos experimentar la fuerza de su libertad creadora? ¿Cuándo arden nuestros corazones al acoger su Evangelio? ¿Dónde se vive de manera apasionada siguiendo sus pasos? Aunque la fe cristiana parece extinguirse hoy entre nosotros, el fuego traído por Jesús al mundo sigue ardiendo bajo las cenizas. No podemos dejar que se apague. Sin fuego en el corazón no es posible seguir a Jesús.
José Antonio Pagola
ORA EN TU INTERIOR
            Semana a semana el Evangelio se dirige a nosotros interiorizando una fe que, si la recibimos sin conciencia en nuestro bautismo, debe ahora llegar a su plena madurez por una opción libre y personal.
            Hoy Jesús ha de sorprendernos con su palabra, ardiente como el fuego y cortante como una espada. "He venido a prender fuego en el mundo", nos dice. Es el fuego del Espíritu que hoy ha de recorrer el alma de nuestra comunidad para purificarla y para encenderla en la luz de una fe radical y comprometida.
            Dejémonos invadir por ese fuego que nos hunde en la muerte de lo antiguo y en el nacimiento de un mundo nuevo.
ORACIÓN
            Señor Dios, que has preparado bienes inefables para los que te aman, infunde en nuestros corazones el anhelo de amarte, para que, amándote en todo y sobre todo, consigamos tus promesas que superan todo deseo.
Expliquemos el Evangelio a los niños.
Imágenes de Fano

Imagen para colorear
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“Se llenó Isabel del Espíritu santo y dijo con fuerte voz: ¡”Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor?”
15 de Agosto
SOLEMNIDAD DE LA ASUNCIÓN DE MARÍA
(PRECEPTO)
1ª Lectura: Apocalipsis 11,19a; 12,1-6.10
Salmo 44: “De pie a tu derecha está la reina, enjoyada con oro de Ofir
2ª Lectura: 1 Corintios 15,20-26
PALABRA DEL DÍA
Lucas 1,-39-56
“En aquellos días, María se puso en camino y fue aprisa a la montaña, a un pueblo de Judá; entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel. En cuanto Isabel oyó el saludo de María, saltó la criatura en su vientre. Se llenó Isabel del Espíritu santo y dijo con fuerte voz: ¡”Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor? En cuanto tu saludo llegó a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre. Dichosa tú, que has creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá”. María dijo: “Proclama mi alma la grandeza del señor, se alegra mi espíritu en dios, mi salvador; porque ha mirada la humillación de su esclava. Desde ahora me felicitarán todas las generaciones, porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí; su nombre es santo, y su misericordia llega a sus fieles de generación en generación. Él hace proezas con su brazo; dispersa a los soberbios de corazón, derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes, a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos. Auxilia a Israel, su siervo, acordándose de la misericordia –como lo había prometido a nuestros padres- a favor de Abrahán y su descendencia por siempre”. María se quedó con Isabel unos tres meses y después volvió a su casa”.
Versión para América Latina extraída de la Biblia del Pueblo de Dios.
“María partió y fue sin demora a un pueblo de la montaña de Judá.
Entró en la casa de Zacarías y saludó a Isabel.
Apenas esta oyó el saludo de María, el niño saltó de alegría en su seno, e Isabel, llena del Espíritu Santo,
exclamó: "¡Tú eres bendita entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre!
¿Quién soy yo, para que la madre de mi Señor venga a visitarme?
Apenas oí tu saludo, el niño saltó de alegría en mi seno.
Feliz de ti por haber creído que se cumplirá lo que te fue anunciado de parte del Señor".
María dijo entonces: "Mi alma canta la grandeza del Señor,
y mi espíritu se estremece de gozo en Dios, mi Salvador,
porque el miró con bondad la pequeñez de tu servidora.
En adelante todas las generaciones me llamarán feliz".
Porque el Todopoderoso ha hecho en mí grandes cosas:
¡su Nombre es santo!
Su misericordia se extiende de generación en generación
sobre aquellos que lo temen.
Desplegó la fuerza de su brazo, dispersó a los soberbios de corazón.
Derribó a los poderosos de su trono y elevó a los humildes.
Colmó de bienes a los hambrientos
y despidió a los ricos con las manos vacías.
Socorrió a Israel, su servidor,
acordándose de su misericordia,
como lo había prometido a nuestros padres,
en favor de Abraham y de su descendencia para siempre". “
María permaneció con Isabel unos tres meses y luego regresó a su casa.
REFLEXIÓN
“Declaramos y definimos que es verdad de fe, revelada por Dios, que la inmaculada siempre Virgen María, Madre de Dios, ha sido elevada a la gloria del cielo en cuerpo y alma tras su vida en la tierra”. Con estas solemnes palabras, el 1 de noviembre de 1950, el papa Pío XII proclamaba dogma de fe la Asunción de María: afirmar, pues, que la madre de Jesús, tal como ella fue sobre la tierra, está hoy junto a Dios pertenece, a la fe católica que debemos profesar.
            Y el hecho de que el recuerdo de este misterio haya de hacerse en una celebración festiva debería hacernos comprender la importancia de cuanto afirmamos: lo que hizo Dios con María tras su muerte es motivo hoy de nuestra fiesta cristiana.
            Pero si es fácil captar lo maravilloso que estuvo Dios con María al salvarla de la corrupción del sepulcro y llevarla sin demora consigo al cielo, no lo es tanto vislumbrar qué es lo que ello puede significar para nosotros hoy: ¿qué nos importa a nosotros la suerte de María? ¿De qué nos sirve saberla en el cielo en cuerpo y alma, cuando a nosotros tanto nos pesan aún sobre la tierra el cuerpo y, a veces también, el alma, cuando no vemos salida a la impotencia que sentimos, cuando todos los miembros de muchas familias están en paro, cuando me quitan mi casa, cuando tengo esta enfermedad, este sufrimiento, este dolor intenso? ¿Cuáles pueden ser nuestras razones para celebrar hoy la Asunción de María al cielo?.
            El evangelio hoy, sin mencionar el hecho, nos da, con todo, una pista de solución: lo que hoy motiva nuestra fiesta es el final de una vida que empezó cuando María se atrevió, siendo una niña, a decir sí a Dios y le concedió un lugar en su vida, dejándole un espacio en sus entrañas. A lo largo de su vida, María no dejó de ser madre virgen de Jesús ni dejó de ser sierva obediente de Dios, desde la cuna en Belén, rechazada por sus convecinos, hasta la cruz en Jerusalén, abandonada de los discípulos. María concibió a su hijo en su corazón antes que en sus entrañas.
            María vivió su elección y ejerció su maternidad, manteniéndose siempre fiel al Dios que había engendrado, dado a luz y criado, y cada vez con mayores exigencias y pagando un precio más alto. La Asunción al cielo fue la meta inesperada de la penosa aventura que le procuró el haber tenido al Hijo de Dios como hijo de sus entrañas: la cercanía que mantuvo con Él a lo largo de su vida, que tantas incomprensiones y sufrimientos le deparó, quiso prolongársela Dios, cuando tras su muerte la liberó de la tiniebla y de la corrupción.
            Dios recompensó así a quien había sido por su fe su madre y por su obediencia su sierva. María prestó a Dios su vida y Dios la recuperó para sí, y para siempre, nada más perderla, tras la muerte.
            Quien ha dado algo a Dios, no se verá defraudado. Y María, que había puesto a su disposición no ya cuanto tenía sino, sobre todo y en especial, lo que era, su virginidad, y lo que pretendía ser, su vida familiar, se encontró con la sorpresa de despertarse en su presencia el mismo día de su muerte. Dios, que había sido para María la razón de su vida, Dios, a quien María dedicó toda su existencia, Dios, que se hizo hombre en su vientre, no se dejó ganar en generosidad: la tiene junto a sí, en cuerpo y alma. Y gracias a Dios, la tenemos nosotros ya en el cielo, auxiliándonos en cuerpo y alma.
ENTRA EN TU INTERIOR
RASGOS DE MARÍA
 La visita de María a Isabel le permite al evangelista Lucas poner en contacto al Bautista y a Jesús antes incluso de haber nacido. La escena está cargada de una atmósfera muy especial. Las dos van a ser madres. Las dos han sido llamadas a colaborar en el plan de Dios. No hay varones. Zacarías ha quedado mudo. José está sorprendentemente ausente. Las dos mujeres ocupan toda la escena.
 María que ha llegado aprisa desde Nazaret se convierte en la figura central. Todo gira en torno a ella y a su Hijo. Su imagen brilla con unos rasgos más genuinos que muchos otros que le han sido añadidos posteriormente a partir de advocaciones y títulos más alejados del clima de los evangelios.
 María, «la madre de mi Señor». Así lo proclama Isabel a gritos y llena del Espíritu Santo. Es cierto: para los seguidores de Jesús, María es, antes que nada, la Madre de nuestro Señor. Éste es el punto de partida de toda su grandeza. Los primeros cristianos nunca separan a María de Jesús. Son inseparables. «Bendecida por Dios entre todas las mujeres», ella nos ofrece a Jesús, «fruto bendito de su vientre».
María, la creyente. Isabel la declara dichosa porque «ha creído». María es grande no simplemente por su maternidad biológica, sino por haber acogido con fe la llamada de Dios a ser Madre del Salvador. Ha sabido escuchar a Dios; ha guardado su Palabra dentro de su corazón; la ha meditado; la ha puesto en práctica cumpliendo fielmente su vocación. María es Madre creyente.
 María, la evangelizadora.  María ofrece a todos la salvación de Dios que ha acogido en su propio Hijo. Ésa es su gran misión y su servicio. Según el relato, María evangeliza no sólo con sus gestos y palabras, sino porque allá a donde va lleva consigo la persona de Jesús y su Espíritu. Esto es lo esencial del acto evangelizador.
 María, portadora de alegría.  El saludo de María contagia la alegría que brota de su Hijo Jesús. Ella ha sido la primera  en escuchar la invitación de Dios: «Alégrate...el Señor está contigo». Ahora, desde una actitud de servicio y de ayuda a quienes la necesitan, María irradia la Buena Noticia de Jesús, el Cristo, al que siempre lleva consigo. Ella es para la Iglesia el mejor modelo de una evangelización gozosa     
 José Antonio Pagola
ORA EN TU INTERIOR
            Todos, y hoy más intensamente que nunca, deseamos vivir, vivir con la dignidad de los hijos de Dios, con un trabajo estable y una vivienda digna donde poder criar y educar a nuestros hijos y darles lo necesario, con los derechos básicos que nos ganamos con nuestro trabajo.
            En María asunta al cielo Dios nos promete que ninguna pena, por pequeña o injusta que sea, dejará de producir gozo, si es vivida en su presencia y no rompe nuestra fidelidad a Él. La vida, este bien tan frágil como menospreciado hoy, no es un callejón sin salida ni puede convertírsenos en un ejercicio continuo de impaciencia, cuando no de desesperación, si recordamos que en su final, si no antes, Él nos espera para recompensar cualquier gesto de bondad realizado y todo esfuerzo de fidelidad.
            Quien, como María, se deja ganar por Dios hoy, ganará a Dios para siempre. Por eso estamos celebrando la Asunción de María: lo que ella goza hoy puede ser mañana nuestro, si hoy hacemos nuestra su entrega a Dios.
            Quiera Dios, que tan estupendo ha sido con María, su sierva, que reconozcamos hoy en la Asunción de María su compromiso de tratarnos a semejanza de ella, si logra que nosotros le tratemos como lo hizo su madre.


ORACIÓN


           Señor, me uno a tu inmensa alegría al abrazar a María, cuando llegó al cielo en cuerpo y alma a participar de tu eterna gloria. Vivo con la esperanza de estar contigo y con la Madre, después de mi paso por este valle de lágrimas y de gozo, siguiendo –con tu gracia- su ejemplo de fe, de disponibilidad, de servicio, de amor.

Expliquemos el Evangelio a los niños
Imágenes de Fano.
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“El Espíritu nos llama a servir”

           







           

           

                       

           



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